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Por Jordi Corominas i Julián

“After Brian died, we collapsed. Paul took over and supposedly led us. But what is leading us,when we went round in circles? We broke up then. That was the disintegration.” John Lennon, entrevista concedida a Rolling Stone, diciembre de 1970.

“From my point of view, it is the only place to be, really. For every human, it is a quest to find the answer as to Why are we here? Who I am? Where Did I come from? Where am I going? That, to me, became the only important thing in my life. Everything else is secondary. There is no alternative". George Harrison sobre el viaje a Rishikesh, India, febrero de 1968.

“It’s a controlled weirdness, a kind of western communism. We want to help people but without doing it like a charity. We always had to go to the big men on our knees and touch our forelocks and say, Please can we do so and so...? We’re in the happy position of not needing any more money, so for the first time the bosses aren’t in it for a profit". Paul McCartney sobre Apple en el Tonight Show de la CBS, 12 de mayo de 1968.

El Sgt. Pepper supuso un indudable antes y después en la trayectoria de The Beatles. Los meses encerrados en Abbey Road y la gran ambición del álbum, auténtico manifiesto de los años sesenta, convirtieron al cuarteto de Liverpool, que de la noche a la mañana mutó de entretenimiento comercial a fenómeno artístico vanguardista tanto por contenido como por actitud. Los buenos muchachos condecorados por su majestad se habían quitado la careta mostrando todo su potencial, se sintieron libres al estar fuera de los focos públicos y sorprendieron una vez más a un mundo en constante transformación, donde ya no era posible la unión intergeneracional acaecida entre 1962 y 1966. Las canciones, los atuendos y las proclamas indicaban una ruptura que la Historia fechó en mayo del 68, en esas idealizadas barricadas de París y el prohibido prohibir. La lucha empezó antes desde una vertiente artística que se volvió combativa mediante algunos caballos de batalla que enfrentaban a los mayores con la generación de las flores. En este sentido cabe remarcar como el conjunto se implicó en los meses posteriores a la salida de su emblemático Lp en varias actividades centradas en defender determinado consumo de drogas. El veinticuatro de julio de 1967 The times publicó un manifiesto firmado por un nutrido grupo de personalidades británicas donde se arremetía contra la ley antimarihuana. Paul McCartney instigó a sus compañeros y a Brian Epstein a pagar las mil ochocientas libras que costó publicar el texto en el periódico, erigiéndose como adalid de la causa al declarar el 19 de junio ante las cámaras de la BBC que había consumido LSD, dejando bien claro al periodista que le entrevistó las consecuencias de difundir sus palabras porque cualquier cosa Beatle era un reclamo para los más jóvenes. El consumo de estupefacientes es una decisión personal, como también lo fue en su momento la opción por la meditación trascendental que llevaría a nuestros protagonistas a la India para aprender junto al complejo Maharishi, un individuo pleno de luces y sombras. El verdadero problema de la época posterior al Pepper radicaba en la transformación y aceptación de la nueva imagen. Tras el fin de las giras se acabó el ser peleles mediáticos, graciosos y risueños. Cada uno de los miembros de la banda vio un horizonte creativo e individual más rico, con rutas abiertas que permitían un crecimiento infinito. Asumieron con naturalidad el papel de portavoces generacionales y expresaron sin tapujos sus puntos de vista, siendo coherentes porque su teoría se practicaba en armonía, con el único defecto de ensalzar la burbuja y no contemplar su fragilidad, porque al fin y al cabo ser valiente y lanzarse al arduo ruedo siempre conlleva la doble presión del yo y el colectivo, bestia con suma facilidad para la crítica. La unión indestructible se consolidó hasta alcanzar el cenit, preludio de unos nubarrones que oscurecerían un cielo demasiado límpido, tanto que cuando estalló la tormenta nadie quedó a salvo de su ira.


Inercia y confianza absoluta: excesiva indisciplina mental
Ian MacDonald juzga el fin del apogeo musical Beatle tras la finalización del Pepper. Su idea viene argumentada por la relajación del horario de estudio, donde eran los reyes y podían grabar cuando se les antojara, algo que hacían con frecuencia, siempre siguiendo sus comentarios, porque su valoración de su propia obra estaba condicionada por el consumo de drogas, lo que les hizo indulgentes al creer, como luego corroboraría la factoría Apple, en la sencillez del acto creativo, al abasto de cualquier mortal. El criterio del fallecido musicólogo tiene partes de razón. Es innegable la inyección de infalibilidad que supuso despojarse de la máscara y exhibir autenticidad a raudales. El veinticinco de abril de 1967 Abbey Road volvió a recibir la visita de sus hijos predilectos. Paul McCartney volvía de un viaje por Estados Unidos y, como casi siempre, llegaba con una nueva idea. Se trataba de recuperar a través de una película la vieja tradición de los mistery tour, recorridos en autobús donde los pasajeros iban a ciegas, desconociendo su destino. La propuesta gustó y la canción que dio título a la película más experimental del cuarteto se terminó en tres divertidas sesiones. Era una buena pieza de inicio, con agitación, movimiento, términos clave y un final pianístico que abría el misterio, la incertidumbre que rodea toda aventura. El filme no se rodó hasta septiembre, pero tras registrar su tema emblema la energía seguía inalterable, y entre el tres de mayo y el ocho de junio de 1967 se gestaron otras cuatro canciones de las que sólo una se consideró óptima para su publicación inmediata. Baby you’re a rich man mezclaba una letra de felicidad hippie con un bajo estrepitoso que dominaba la melodía, lo que será constante a lo largo de la última fase del conjunto, con McCartney llevando las riendas con su exuberante hiperactividad, desmedida para quienes querían un respiro y no podían seguirle el ritmo. Al mismo tiempo Paul se dejaba contagiar por el aire de diversión que empapaba las actividades del grupo, lanzado en la experimentación y sin límites, pues de otro modo no sería explicable que los restantes títulos de esos 35 días fueran tan dispares entre sí. All together now es carne de estadio de fútbol, cántico goliardo de animación a las cuatro de la mañana, un disparate que después se maquilló al cerrar el filme Yellow Submarine con graciosas imágenes de los cuatro. It’s all too much es el himno del verano del amor de Harrison, canción que engancha por su ritmo celebrativo y los instrumentos de viento anunciando una fiesta de transformación lisérgica, mientras You Know my name (look up the number) es un brillante juego lennoniano sacado de un listín telefónico. La composición evolucionó hasta una textura entre el humor Goon y el music hall, contando con la participación de Brian Jones en el saxo. Todas estas invenciones, incluidas en posteriores trabajos, recibieron su colofón el veinticinco de junio en Our World, evento mundial que congregó a más de cuatrocientos millones de espectadores delante del televisor para ver cómo The Beatles tejían una melodía del amor con All you need is love. La policromía, múltiples caras conocidas y un tema pegajoso, con autocrítica incluida, dotaron a ese instante de una magia especial. Love is all you need. Era un verdadero clímax, antesala inocente de unos veinteañeros que no tocarían en el mítico festival de Monterrey aun mandando su apoyo, antesala cargada de ingenuidad que terminaría con brusquedad al pisar Harrison el paraíso hippie de Haight Ashbury en San Francisco y comprobar que las reacciones histéricas en su presencia eran la norma. Nada nuevo bajo el sol por mucho que ellos, amados en todo el orbe, quisieran marcar tendencia y promulgar las virtudes de la comunidad yendo a Grecia hacia finales de julio, gobernada por una dictadura fascista, para calibrar si era viable comprar la Isla de Leslos e instalar cuatro residencias y un estudio de grabación, utopía hippie valorada en noventa mil esterlinas, desechada quizá por lo británico de los ídolos del momento y el alud de compromisos a realizar en Londres, con una agenda que iba desde un encuentro fotográfico con Richard Avedon hasta la colaboración de Paul y John en los coros de We love you de The Rolling Stones. Los príncipes del pop vivían un esplendor sobrenatural al que sólo le faltaba plena aplicación, una purga que remediara sus contradicciones y les confiriera pureza mental. Creyeron hallarla el veinticuatro de agosto en el Hotel Hilton asistiendo a una conferencia del Maharishi Mahesh Yogi, un santón hindú que llevaba más de diez años dando vueltas por el mundo mientras fundaba centenares de establecimientos dedicados a la meditación trascendental. Al día siguiente, tan entusiasmados estaban con la perspectiva de iluminarse, subieron a un tren para concurrir en Bangor, Gales, a un seminario del maestro. El veintisiete de agosto una llamada telefónica truncó el sueño: Brian Epstein había muerto de una sobredosis accidental en su apartamento del lujoso barrio de Belgravia.


El verano del amor: Apple y el Magical mistery tour

El fallecimiento de su manager llenó de desorientación a lo que en principio eran unas plácidas jornadas espirituales. Las declaraciones de los chicos tras el óbito de su representante fueron absurdas, basadas en máximas filosóficas orientales que poco o nada tenían que ver con el estado real de sus sentimientos. Epstein fue su guía, el hombre que les sacó del atolladero del Merseyside y les catapultó a la fama con sus métodos revolucionarios que aprendieron demasiado bien. En el momento de su desaparición física era un vínculo entre los cuatro porque proporcionaba equilibrio; tras el fin de los conciertos su papel había disminuido considerablemente, algo que no sorprende, porque pese a su modernidad el otrora director de la tienda NEMS de Liverpool aun bebía de lo clásico, contento por la constelación que manejaba sin entender ya muy bien su imparable marcha hacia un estrellato diferente, muy alejado del concepto de espectáculo, inagotable fuente económica que ellos aceptaban uniéndola al arte y a la libertad de ser ellos mismos, sin cortapisas, y así lo gritaron alto y claro con el Pepper y su carátula. El protector servía para navegar con calma sin preocuparse mucho del dinero. The Beatles tenían sus cheques semanales y gastaban a su antojo sin tener un pleno dominio del vil metal, que les agobiaba sobremanera por culpa de las tasas, terribles como un monstruo que engullía sus suculentas ganancias. Por eso sus asesores fiscales les sugirieron fundar una empresa paraguas que controlara sus ingresos. Ese fue el embrión de Apple, corporación ampliada por la inabarcable genialidad del cuarteto, dispuesto a ofrecer una plataforma de promoción artística en todos los campos posibles. El lema era simple. McCartney era fan de René Magritte y adoraba su manzana de Le jeu de mourre. El resto provenía del diccionario, de lo infantil de las letras: A is for Apple, B is for Banana... el proyecto Beatle en su fase inicial contempló hasta una escuela para niños. En otros aspectos era excepcional, más que precursor al incluir el sello experimental Zapple, una productora cinematográfica, una sección electrónica, tiendas de ropa, un estudio propio y, naturalmente, una casa discográfica dirigida por los de Liverpool, dando oportunidades a nombres como Badfinger, The Modern Jazz Quartet, Jackie Lomax, James Taylor, John Tavener, Mary Hopkin, Billy Preston o Ravi Shankar. El negocio tenía todo el aspecto de poder ser rentable. Se publicaron anuncios en los periódicos, se inauguró la tienda de moda en el 94 de Baker Street, causando escándalo por el colorista mural de la fachada y tanto John como Paul fueron de negocios a Estados Unidos en mayo de 1968 para presentar su empresa al amigo americano. La brutal estructura no hace sino demostrar que mucho tiempo antes de la muerte de su manager ya estaba previsto un engranaje independiente. El mal del mismo fue la vehemencia, el buen rollo de dar trabajo a muchos que se aprovechaban demasiado, algo que a los cuatro se les fue de las manos, incapaces como eran de combinar vanguardia musical con capacidad empresarial, actividad que interesaba a McCartney, quien durante los primeros meses del envite llevó las riendas con soltura hasta que dejó de visitar el Apple building de Savile Row, abriendo así la veda de desmanes, abusos y una estática e imparable Babilonia de facturas incontrolables para sus ojos musicales, hasta que Allen Klein puso orden y concierto en el desbarajuste, término con el que la prensa atizó la película Magical Mistery Tour, donde McCartney tomó, con pequeñas aportaciones de los demás, el papel de director por su experiencia doméstica en el séptimo arte. Las dos semanas de rodaje en septiembre de 1967 bascularon entre la improvisación y la ligereza de quien se sabe amo y señor sin tener que dar cuentas a nadie ni interpretar estúpidas situaciones. El trance de Help!, donde pasaron todo el rodaje colocados de hierba para sobrellevar un guión que no había por donde tomarlo, les impulsó a filmar en absoluta libertad, y bien podían hacerlo en ese viaje de cuarenta y tres personas en un autocar rumbo a la nada, psicodelia de altos vuelos entre gordas y amores grotescos aliñada con magos en el doble sentido, literal y musical. Las escenas en las que se incluyen las canciones del EP británico, banda sonora del largometraje de 53 minutos de duración, son videoclips avant la lettre entre los que destacan I’m the Walrus y Blue Jay Way por su tono onírico-surrealista, presente también en Flying con el color alterado en esos campos que bien podrían ser una representación de la mente mientras flota, imagen bien diferente a las dos piezas de la factoría McCartney, The Fool on the hill y Your Mother Should Know, de corte más clásico.
La película fue estrenada el 26 de diciembre de 1967 en la BBC en su versión en blanco y negro, lo que impidió que se entendieran los experimentos cromáticos y el resto de atrevimientos, que tampoco fueron comprendidos en una posterior emisión en color en un país donde la nueva tecnología aún llegaba a muy pocos hogares. Las críticas fueron feroces, si bien en Estados Unidos el público y los rotativos valoraron muy positivamente el producto, así como el disco, estimado a ambos lados del Atlántico, con la diferencia que en el Nuevo mundo se distribuyó con cinco canciones más, los singles del grupo a lo largo de su triunfal 1967: Hello Goodbye, Strawberry fields forever, Penny Lane, Baby you’re a rich man y All you need is love. La versión británica contenía sólo seis canciones que en ningún momento fueron pensadas en forma de enlace, por mucho que la cola final de Magical Mistery Tour parezca encajar con el inicio de The Fool on the Hill. El trabajo del grupo seguía latiendo de unidad colectiva, aunque las aportaciones de cada uno de sus miembros ya muestran una fragancia más que personal, sobresaliendo el amargo y enigmático poema que es I’m the Walrus, compuesto por John Lennon entre LSD y el llanto por la muerte de Brian Epstein, a quien consideraba como un segundo padre una vez Freddie Lennon desapareció del mapa con esporádicas apariciones fruto de la fama de su hijo. La vida de Lennon durante el período tratado en este texto era una complicada encrucijada cargada de drogas. Su matrimonio era monótono, su existencia un atasco despejado falsamente con estupefacientes, terapia de shock inútil que eternizaba su malestar, probablemente incrementado por el siempre creciente liderazgo de McCartney y Harrison, uno en lo musical, el otro en lo espiritual, capaz de convencer a sus compañeros de ir a la India para asistir al ashram de Rishikesh en que el Maharishi impartía cátedra de meditación trascendental. El único alivio para Lennon era la artista menos conocida del mundo, Yoko Ono, su amiga desde 1966, figura ambigua de quien patrocinó la exposición underground Yoko Plus Me, siendo él me, de manera anónima, incapaz de asistir a la galería Lisson por los nervios. Por aquel entonces Yoko ya le mandaba notitas que exaltaban su imaginación. Ella era la puerta hacia otra dimensión, un universo distinto que le atraía como una nueva vía independiente a sus tres amigos del alma.


El caos hacia la desintegración: India y el colapso de Lennon
El 11 de febrero de 1968 The Beatles se reunieron para rodar el vídeo promocional de su próximo single, Lady Madonna, donde la esencia rock del conjunto reverdecía viejos laureles tras la constante experimentación en estudio. Ese día filmaron, pero tanto era el entretenimiento que parieron una de sus canciones más infravaloradas, Hey Bulldog, compuesta en pocas horas, estrepitosa por su riff de piano, la alocada letra, el espléndido y danzarín bajo y uno de los mejores solos naturales de George Harrison, electrizante como toda la sesión, definida por el ingeniero de sonido Geoff Emerick como el último momento en que percibió la típica energía del cuarteto entre bromas, pullas irónicas y compenetración. El anecdotario recoge que esa fue la primera jornada en que Yoko acudió al inviolable templo de Abbey Road. Faltaba menos de una semana para la India, donde además de la meditación y la compañía de celebridades como Donovan, Prudence y Mia Farrow o Mike Love hallaron la paz para elaborar más de una treintena de canciones que nutrieron parte de sus últimos álbumes y algunos de sus trabajos en solitario tras la ruptura. Ringo, delicado con la comida desde pequeño, aguantó dos semanas, llegando a embarcar una maleta llena de baked beans por si las moscas. Paul resistió un mes, pero no pareció verle mucho sentido a la escuela, inquieto como estaba con la música, más pendiente del nuevo álbum, algo que le recriminó agriamente George Harrison, el más convencido de la experiencia junto a John Lennon, entregado a la meditación como bálsamo que escondía temporalmente sus defectos y padeceres hasta que un tic ajeno espabiló su propio infierno. El 12 de abril de 1968 John y George abandonaron el ashram al sospechar que el Maharishi no era muy santo y sí muy humano al haber mantenido relaciones sexuales con una alumna. El gurú nunca dijo ser célibe, y el paso de los años parece indicar que el causante de la forzada marcha de ambos músicos fue el más cretino de su corte de aduladores, Magic Álex, un infame griego engatusador que leía revistas tecnológicas y prometía a los miembros de la banda la piedra roseta de la innovación, anonadando con sus invenciones a dos lumbreras deslumbradas por las maravillas que les vendía el carcamal heleno: Harrison y Lennon, . Este último creyó renacer en la India cuando sólo ponía el punto final a una etapa, como se comprobó en el avión de regreso a Londres. Tras dos meses sin drogas estalló, bebió y confesó a su mujer Cynthia todas las infidelidades. La prístina declaración fue interpretada como un borrón y cuenta nueva, y es lo que fue, con la salvedad que no benefició la estabilidad de la pareja, sino que la despedazó hasta hacerla inservible, a lo que también contribuyó el episodio de la noche del 18 al 19 de mayo, cuando, con Cynthia de vacaciones, John llamó a Yoko para que fuera a su finca de Kenwood, donde pasaron la noche grabando lo que posteriormente sería el famoso, por su portada, Two Virgins. Al amanecer hicieron el amor, veinticuatro horas más tarde de reunir a Ringo, Paul y George para declararles que era la reencarnación de Jesucristo. El yo del chico chulo de Liverpool se regeneraba para fundirse con el de la artista nipona. Curiosamente muchos amigos del cantante opinan que Lennon cambió después de la India, siempre estaba enfadado, agrio y virulento. Él lo atribuyó al consumo de heroína, causado por el desprecio de los otros Beatles hacia su nueva musa, pero si nos centramos en mayo de 1968, mes de la revolución que sacudió los cimientos capitalistas y del definitivo flirteo de McCartney con Linda Eastman en Nueva York, veremos que la rabia de John surgía de sus sinsabores internos y la sempiterna idea de no ser aceptado, de no saber si lo tomaban por un loco o un genio, como bien expresó en Strawberry fields forever. Tenía todas las papeletas para el éxito y se complicaba el solito, lo que no impidió que a mediados de ese mes bisagra fuera el que mayor número de canciones nuevas aportó en la sesión previa al White Album realizada en Kinfauns, en casa de George Harrison. Lennon aportó Cry baby cry, Dear Prudence, Yer Blues, Revolution, Sexy Sadie, The continuing story of Bungalow Bill, I’m so tired, Everybody has something to hide except for me and my monkey, Julia y las descartadas What’s the new Mary Jane y Child of nature, reciclada en 1971 en Jealous guy. McCartney apareció con Back in the USSR, Ob-la-di, Ob-la-da, Rocky Raccoon, Honey pie, Blackbird, Mother nature’s son y Junk, integrante del elenco de su álbum de debut en 1970. El anfitrión Harrison daba pasos de gigante en sus tareas compositivas con While my guitar gently weeps, Piggies, Sour milk sea, Circles y Not Guilty. Las dos primeras formaron parte del White Album, monumento de treinta canciones y un estupendo single que arrancó su edificación el treinta de mayo de 1968 bajo imprevistas circunstancias, con una japonesa en Abbey Road y una serie de tensiones contenidas que dinamitaron la habitual concordia de los de Liverpool hasta poner en peligro su integridad durante los cinco meses de gestación del álbum poliédrico, amalgama de rostros que desde su individualismo aún respiraban la sana brizna grupal sin la que seria incomprensible la endiablada progresión del monstruo de cuatro cabezas, colosal hidra que con el blanco precipitó su debacle desde la belleza.

 

 

 

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