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Por Sonia Fernández Pan
El mundo del arte es un país extraño. De difícil acceso, emite pasaportes ocasionales y partidas de nacimiento que en ningún caso aseguran una pertenencia imperecedera dentro de sus caprichosas fronteras. Como territorio de la estética, produce numerosas guías de acercamiento para neófitos curiosos y abundantes ensayos sesudos para el deleite de capacitados expertos que observan con recelo la eclosión y desarrollo de un blasfemo parasitismo entre mercado y cultura. Como territorio de una economía de élite, produce titulares en prensa protagonizados por insultantes cifras con muchos ceros capaces de provocar mareos e indignación a más de una lector.
Frente al acercamiento desinteresado de los estudiantes a una historia del arte construida a través de míticas categorías que alejan sus productos de las realidades de la oferta y la demanda, la aproximación de los posibles propietarios efectivos de las obras de arte se olvida de las consideraciones filosófico-estéticas para dejar paso a un valor artístico determinado por el valor económico. Al fin y al cabo, quizás el arte no sea más que aquello que hace que unos ricos sean más distinguidos y refinados que otros. No es lo mismo tener un Porsche dormitando en el garaje que un Warhol durmiendo en la pared del salón.

Haciendo referencia en su título a una conocida pieza del polémico artista británico Damien Hirst, “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”, El tiburón de 12 millones de dólares. La curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas del economista Don Thompson es un libro que desprende al arte de toda su aureola mística y espiritual para mostrarnos su aspecto más banal y mercantilista. A pesar del desacuerdo general de la crítica especializada, las obras de arte funcionan como un artículo de lujo más para aquellos que poseen la posibilidad económica de comprarlas. La censura a artistas como Damien Hirst no está exenta de cierta mojigatería y puritanismo intelectuales. En las antípodas de Van Gogh, de quien se dice que no vendió ni un solo cuadro en vida, Hirst es de los pocos artistas que sabe vivir del arte. Y vivir muy bien, dicho sea de paso. Calificar el trabajo de Damien Hirst como un catálogo de impactos y provocaciones mediáticas dentro de la reluciente esfera del arte supone la emisión de un cómodo veredicto que se olvida de que, quizás, la magnitud del trabajo de este artista reside no tanto en los objetos que salen de su taller como en la puesta en circulación de los mismos dentro de los mercados más voluptuosos. Si los artistas pudiesen permitirse el hecho de invertir en bolsa con fines artístico críticos, creando performances a través de los principales mecanismos de especulación que existen, seguramente lo harían.
Thompson nos acerca al mundo del arte desde una perspectiva económica. Este economista y coleccionista de arte, nos coge de la mano dócilmente para darnos un paseo por esos lugares del arte que resultan tan famosos como opacos para el ciudadano corriente. Si los amantes del arte vamos al museo, los amantes del reconocimiento social a través del arte ni siquiera van a las subastas: envían a sus representantes. Y, en algunos casos, son las propias obras las que van a ellos directamente para ser vistas antes de una compra, sin que tengan que moverse de sus extraordinarias mansiones.

La pregunta que Don Thompson se formula es por qué ciertas obras de arte llegan a valer 12 millones de dólares o por qué un lienzo con gotas de colores alcanza un precio de venta de 140 millones de dólares en una subasta. Una respuesta rápida nos llevaría a pensar en la supuesta motivación de pagar en exceso con el fin de obtener publicidad y distinción cultural. A pesar de que el dinero, la codicia y la vanagloria sean factores importantes dentro de la ecuación, el problema no se resuelve tan pronto. Según Thompson hay otros dos factores más relevantes que ayudan a seguir completando la ecuación que pretende resolver: la marca y la inseguridad. Es la inseguridad del coleccionista y su falta de juicios estéticos propios lo que le impulsa a comprar obras que posean un estatus especial: el de obra de arte-marca. El que una obra de arte sea de marca o no viene determinado por diversos motivos dentro de lo que podría denominarse un “dispositivo de marca”: el artista-marca, el coleccionista-marca, el subastador-marca, el museo-marca, la subasta-marca, el marchante-marca, la galería-marca, el comprador-marca. El famoso tiburón en formaldehído poseía todos estos requisitos. Damien Hirst (artista), Charles Saatchi (vendedor y galerista), Larry Gagosian (marchante), Sir Nicolas Serota (posible comprador y director de la Modern Tate), Steve Cohen (comprador final y archimillonario) son el elenco de nombres, “aristócratas” del mundo del arte del momento, que consigue formar al unísono una marca inapelable que finalmente coloca su cuño sobre la obra de arte. El resultado: un precio de 12 millones de dólares por un animal muerto dentro de una caja.
Thompson es tan prolijo en descripciones y anécdotas a la hora de narrar las aventuras de grandes magnates en busca de la obra de arte única y exclusiva que, a lo largo de la lectura, llegamos a sentir algo parecido a lo que se siente leyendo las excentricidades consumistas de Paris Hilton en la prensa rosa. Incluso, por momentos, parece que llegamos a ser espectadores activos dentro una puja en una de las dos grandes casas de subastas: Christie’s y Sotheby’s, el duopolio por excelencia del mercado del arte.

Desde la disposición jerárquica de las galerías de arte contemporáneo hasta la psicología que opera en las casas de subastas, pasando por la reciente detonación de las ferias de arte como alternativa estratégica de los marchantes contra la aristocracia de las casas de subastas, el efecto Veblen (la satisfacción de todo comprador por comprar aquello que es caro), los problemas derivados de las falsificaciones de arte moderno y contemporáneo, los millonarios japoneses que solicitan irreverentemente ser incinerados con un Van Gogh de su colección, el escaso peso de la crítica especializada a la hora de acuñar valor económico a las obras de arte, la transmutación de los museos en franquicias, los inexistentes beneficios a la hora de invertir en arte contemporáneo además del anonimato y opacidad en su compra-venta, la estrecha relación de los artistas actuales y sus estudios de arte con los talleres del Renacimiento, la desmitificación del genio atormentado en su estudio a favor del artista como director de orquesta, quizás lo que más se agradece es tropezar con un texto en materia de producción artística en el que no se mencionen palabrotas posmodernas a lo largo de sus más de trescientas páginas.
Pero por encima de la anécdota y del chisme y de las cifras astronómicas, El tiburón de 12 millones de dólares. La curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas consigue un acercamiento asequible a todo este entramado artístico mercantil al evitar conscientemente la ininteligible terminología que define, tanto al mundo de la economía como al mundo del arte. Si la mayoría de ensayos de arte contemporáneo nacen del impulso de intentar conseguir una descripción plausible a la hora de definir qué demonios es el arte contemporáneo, el texto de Thompson es más bien una exégesis de los lugares comunes y de las jerarquías sobre las que se asientan estos objetos tan codiciados que se desmarcan de los parámetros mercantiles comunes de la economía mundial. Eso sí, quizás más de algún amante del arte se deprima ligeramente al comprobar cómo un cuadro de Francis Bacon puede no significar más que “un montón de pasta” sobre la pared del salón de su propietario en vez de una representación figurativa de la violencia en el alma del individuo. Es el discreto encanto de la nueva burguesía lo que produce el discreto desencanto del arte contemporáneo.
Thompson, Don.
El tiburón de 12 millones de dólares. La curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas.
Editorial Ariel
Páginas 288
Año 2009
SBN 978-84-344-8837-3
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Julio-agosto 2010
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