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Por María Zaragoza

Nunca he creído que el hecho de que la palabra “persona” designase en sus orígenes a una máscara de teatro fuese algo casual. Dicen, o al menos por ahí se escucha, que los jóvenes escritores de hoy en día venden más el personaje, la vida literaria, el enfant terrible -del que yo saco el palabro inventado “enfanterribilismo” para designar al ser embebido por esta etiqueta machacona- que lo que es en realidad literatura. Bueno, podría ser. Es posible que a estos niños literarios se les escape el hecho de que su muy adorado Rimbaud no eligió afiliarse al enfanterribilismo como quien se asocia a un club de campo. Es probable que no se den cuenta de que su idealizado Arthur no buscó una fama que se basase en su vida. Aunque por otro lado estos infantes novedosos y muy burgueses en el fondo llevan razón en algo: Rimbaud la encontró, o más bien la vida se encontró con él de una forma violenta. Él era un genio del bien y del mal porque la vida lo hizo así. Y si estos niños quieren disfrazarse, ¿qué tiene de malo? Quiero decir, ¿qué tiene de juzgable que busquen en la vida literaria aquello que sus padres adinerados o su familia estructurada y estable les han negado? ¿Hay algo de ridículo en que se mortifiquen y hablen del suicidio, que se embarquen en juergas interminables, que beban, que se droguen, que no se duchen en un mes? ¿Tenemos derecho aquellos que no lo hacemos a decirles de qué tienen que hablar, a acotar dónde buscar la inspiración y el conflicto que los lleve a ella? ¿Dónde empieza el escritor y acaba la máscara en el fondo?

Bukowski quizá no inventó nada cuando hablaba de Hank como ese doble suyo, obsceno y alcoholico, tan Bukowski como el mismo Bukowski, pero sí es el primero que me viene a la cabeza de una gran lista de hombres que crean una máscara que al final se confunde con ellos mismos. ¿Qué fue primero? ¿Fue la vida la que hizo que Bukowski fuera así, fue la generación beat una enorme máscara tras la que se ocultaban un montón de inadaptados? ¿O quizá fue Bukowski el que buscó a Hank, el que buscó convertirse en él? Los enfanterribilistas creen que han descubierto un nuevo continente al hablar de cómo beben, si la meten o no. Creen que hablar de marcas, de no dormir por las noches, decorar con palabras grandilocuentes lo que posiblemente no sea más que una borrachera de órdago, es algo de las nuevas generaciones que los más clásicos no entendemos. Algunos hablan de su ignorancia. A mí en el fondo me resultan encantadores, con esa rabia postmoderna (¡ah!, les encanta la palabra postmodernidad) de ser siempre adolescente. Yo no creo que sean conscientes de que en el fondo no hacen nada más que transformismo, que se ponen la máscara que han elegido y salen al ruedo como ya salieron otros, incluso con las mismas tendencias adictivas. La mayor parte de las veces hablar de escritor y decir la palabra borracho en la misma frase es una redundancia, ¿es tan necesario recalcarlo?
En el fondo el rey del transformismo no viene de la literatura, sino de la música, y es David Bowie, ¿quién si no? Este genio enfanterribilista ha logrado ser tantas personas, hacerlo todo y de tal forma, que nunca se ha sabido en realidad qué hay detrás de las máscaras. Quizá el día en que Bowie muera, el forense descubrirá tras su cara un agujero negro.
En el polo opuesto esta Serge Gainsbourg/Gainsbarre, al que dejaremos por escritor porque a él le hubiera ilusionado. Es posible que si los enfanterribilistas se fijaran en él tuvieran un poco más de miedo. Aunque también es probable que despertase su admiración ese hombre que empezó siendo un genio que bebía para terminar siendo un borracho que cantaba. Si hay algo que se le debe reconocer a Gainsbourg es que, sin duda, ha sido uno de los enfanterribilistas más consecuentes: él creó a ese duplicado con nombre propio, a ese Gainsbarre vicioso e irreverente y al final se dejó matar por él. Sus excesos, o los excesos de su máscara, se lo llevaron a la tumba.

Curioso es, sin embargo, que todos estos seres infantiles y autocomplacientes, estos onanistas mentales en los que no se sabe dónde acaba la máscara y donde empieza el hombre, estuvieron siempre rodeados de mujeres maravillosas, sino por lo bellas por lo inteligentes cuando no ambas cosas. Y ellos eran feos y hoscos, viciosos y sucios, ¿qué hay en estos enfanterribilistas que se han buscado la máscara de atractivo? ¿Son ellos como una especie de agujero negro que todo lo traga, que todo lo convierte en arte o en mierda (y digo esta palabra porque sé que a ellos no les importará)? Saquemos a Rimbaud del cuadro, él nos dio la máscara cuyas infinitas versiones hemos ido reconstruyendo más tarde y en otros rostros. Incluso que no fuera él el primero, no importa. Me pregunto sin embargo si lo que se ama es al hombre que hay detrás de la máscara, a la máscara en sí o al arte que produce su combinatoria. Y no sé responderme porque, cuando es tan fácil confundirse, al final persona y máscara son una sola cosa, hay un solo teatro y la vida y el arte, tan parecidos en el fondo, son terribles en sí mismos.

 

 

 


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