
Por Anna Maria Iglesia Pagnotta
“El voyage que narro, es... autor de ma
[chambre.”
Jorge Luis Borges
Escribir es apropiarse de la página en blanco, es transformarla en el espacio del texto, en el espacio donde construir ese mundo posible tan ligado y tan ajeno al mundo real; escribir es apropiarse de la página todavía no transitada por las letras; asimismo, leer es apropiarse de páginas que ya han sido transitadas por otros, páginas que, sin embargo, esperan ser recorridas una y otra vez por miradas diferentes, por transeuntes siempre nuevos, los mismos que recorren la ciudad dejando en cada calle, en cada esquina, la huella imborrable de su paso. Escribir, leer, caminar es transitar por espacios que han dejado de ser lugares, simples configuraciones instantáneas de posición; escribir, leer, caminar es transformar los lugares en espacios donde las movilidades de cruzan en un eterno palimpsesto, espacios atrapados “en la ambigüedad de una realización”, en la pluralidad de significantes que, como indica Barthes, siempre se refieren a otra cosa. El espacio entendido como texto para ser escrito y para ser leído, como relato de viaje organizado por los andares del caminante, cuyos pasos, como las palabras del escritor, permanecen como significantes, mientras los significados, así como el caminante, pasan, se ausentan juntamente con su autor.
La ciudad es, para Roland Barthes, como un poema y el usuario una “especie de lector que, según sus obligaciones y sus desplazamientos, aisla fragmentos del enunciado para actualizarlos secretamente”; el usuario de Barthes es un lector de la ciudad, pero también es su escritor, es quien reescribe los fragmentados enunciados, dándoles uno nuevo orden, rellenando los vacíos, los lugares de indeterminación que todo texto contiene. La ciudad es la página que todo usuario recorre así como la habitación es la página que Xavier de Maistre escribe en cada una de sus excursiones imaginarias por ese espacio donde el obligado aislamiento no impide el viaje. De Maistre viaja entorno a su habitación turinesa, esa habitación donde debe permanecer durante cuarenta y dos días, días que se convierten en el tiempo de un viaje sin recorrido previo, pues serán las ideas, la libre imaginación quienes trazarán la línea, nunca recta, que el viajero deberá seguir; como indica Henri Glaesender, Maistre, “lejos de detenerse dentro del estrecho recinto de una habitación, circula [...] libremente a través de un campo indefinido del ensueño y de la imaginación”, Maistre circula como el viajero de Calvino, ese viajero que hace de una noche de invierno una noche eterna de libros incompletos y siempre por escribir. La habitación es el texto incompleto, es el texto cuyas indeterminaciones de Maistre debe rellenar, es el espacio de la escritura cuyas redes “avanzan y se cruzan” componiendo “una historia múltiple”, la historia de un yo que se busca a sí mismo, de un yo plural y contradictorio, escindido, reflejo alterado y cambiante de ese espejo que, como dice de Maistre, “presenta al viajero sedentario mil reflexiones apasionantes, mil observaciones que lo convierten en un objeto inútil y valioso”.

En lo alto de su torre, Montaigne se buscaba a sí mismo, buscaba pintarse “del todo entero y del todo desnudo”; de Maistre, asimismo, busca su reflejo en ese espejo que, como todo espejo, siempre muestra a otro; el espejo como metáfora de la escritura, como espacio utópico del viaje, de la “exploración hacia uno mismo”, exploración enciclopédica entendida como viaje imaginario que, como indica Rosa de Diego, “no sólo es una actividad que puede transformar el mundo en cuanto imaginación creadora, sino que también permite reconstruir la esperanza del ser”. La esperanza de Montaigne, la misma que la de Xavier de Maistre, es la esperanza de hallar el yo unitario, es la esperanza utópica de una síntesis de un yo inevitablemente fragmentado, del yo escindido entre alma y cuerpo, del yo perdido entre citas ajenas; la exploración hacia uno mismo de Montaigne y de de Maistre es la exploración hacia un yo dialógico, a ese yo bajtiniano, hecho de voces ajenas, de páginas leídas y de páginas todavía por escribir; es el yo escindido entre la corporeidad y el alma, entre el aquí del cuerpo y el allá del alma, un más allá no trascendente, sino viajero: “el gran arte de un hombre de talento”, afirma Xavier de Maistre, “ es saber educar bien su bestia para que ésta pueda caminar sola; mientras, el alma, libre de esta penosa compañía, puede elevarse hacia el cielo”. El alma es quien realiza el viaje, quien inicia el viaje estático desde el enclaustramiento, un viaje estático y, a la vez, una huida hacia el exterior, hacia ese exterior que Marcel, estirado en la cama y con un libro entre las manos, imaginaba más allá de la ventana. La habitación de Marcel es la habitación cuya oscura frescor, tan luminosa como los rayos estivales del sol, “ofrece a mi imaginación el espectáculo total del verano”, ese espectáculo que transforma el reposo de Marcel en “un torrente de actividad”, en un desplazarse solitario a través de la reflexión, en un viaje más allá de la ventana, más allá de la habitación y de la torre. Desde la butaca, así como Marcel desde su cama, Xavier de Maistre emprende el viaje, acompañado por el Satán de Milton, así como por Homero y Virgilio, inicia así el viaje “ desde el fondo de los infiernos hasta la última estrella más allá de la vía láctea, hasta los límites del universo, hasta las puertas del caos”; de Maistre recorre un vasto campo, un inconcluso espacio, donde “los recorridos de hoy se cruzan con los de ayer”, donde las aventuras leídas por Marcel se reviven como propias y los libros de Hipócrates, de Platón o de Virgilio conforman el mapa fragmentado de un recorrido imprevisto. Los libros, en los que Montaigne buscaba “solamente deleitarme con una honesta ocupación”, son los significantes que permanecen en el espacio, son los significantes a partir de los cuales de Maistre escribe su habitación, pues es en los libros donde la experiencia de cada uno se inscribe y, como las palabras del epitafio, perdura en un tiempo finalmente abolido conviertiéndose en un palimpsesto de recuerdos donde, indica Michel de Certeau, “la subjetividad se articula sobre la ausencia que la estructura como existencia y la hace estar allí”, en ese estar allí que se ejerece y articula toda práctica del espacio. La habitación de Xavier de Maistre es el espacio donde se conjuga “la continuidad de una identidad y la novedad de una experiencia”, la novedad de un obligado aislamiento que busca la huida y la reapropiación de lo perdido a través de la escritura, a través de la inscripción en el espacio de ese viaje estático que permite a de Maistre ir más allá de la ventana, recuperar la exterioridad que le ha sido prohibida.

La habitación de Xavier de Maistre es “la bagatela inmortal” que resonaba en los versos de Carlos Argentino, es el relato que atraviesa, el que convierte “la frontera en travesía, y el río en puente”, La habitación es el relato que permite a Joseph Brodsky recuperar el recuerdo de sus padres, cuyo recuerdo es lo único que el exilio le permitió. La escritura es, para Bordsky, “la única forma como puedo verlos a ellos y nuestra habitación”, la única forma para recuperar la imagen de sus padres y de la habitación donde convivieron; La habitación es el relato puente que vuelve a unir al autor con su pasado, La habitación es el texto donde se articula la memoria de Brodsky, donde la experiencia del joven escritor empezó a inscribirse en cada uno de los cambios, de las modificaciones de ese espacio que, a pesar de sus dimensiones, ha podido ser escrito una y otra vez. De la habitación única a la habitación fragmentada, de un único espacio a la falsa puerta que confiere al futuro escritor un espacio propio, un espacio donde las teclas de la máquina de escribir empieza a ser tecleadas incesantemente; entre los dos espacios, la cámara oscura, prefiguración de la abismal separación que el exilio impondrá a Brodsky. El sonido de los dedos sobre el teclado traspasaba esa cámara oscura, donde el padre revelaba las fotografías que, superado el abismo, la escritura ha vuelto imperecederas; Xavier de Maistre, desde el aislamiento de su habitación, viajaba hacia una exterioridad indefinida, Brodsky, en cambio, desde la exterioridad regresa a esa habitación y media para que los recuerdos, encerrados en ella, puedan traspasar, como el sonido de las teclas, el abismo temporal y espacial. El viaje de Brodsky es un viaje de ida y vuelta, es un viaje hacia la interioridad del espacio y, a la vez, hacia la exterioridad; como la habitación turinesa, la habitación y media es el espacio de un viaje, el relato de un viaje de la memoria hacia ese tiempo perdido y recuperado, hacia ese espacio donde las huellas de sus habitantes todavía permanecen así como permanecen, aunque imperceptibles, los pasos de los usuarios de la ciudad. La habitación y media es el espacio de la memoria que, como dice el propio Brodsky, “se parece a una biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie”, es el antimuseo donde nada puede ser localizado, sino como fragmento reescrito de una totalidad inaprehensible; la memoria es la reescritura de un espacio practicado, es como el mapa del viajero subterránero, ese mapa donde “las líneas de metro, como las de la mano, se cruzan; no sólo en el plano donde se despliega y se ordena la urdidumbre de sus recorridos multicolores, sino también en la vida y en la cabeza de cada cual”.
La torre de Montaigne, la habitación turinesa de Xavier de Maistre y la habitación y media de Brodsky son los espacios del vagabundeo de la semántica, son los espacios escritos y leídos a la vez en cada una de las excursiones de sus autores, excursiones imaginarias, reflexivas, viajes del alma desligada de la corporeidad; la prosa del mundo de Merleau-Ponty se convierte, para estos autores, en la prosa de la habitación, en la prosa de un espacio cerrado donde, como en el mundo de Merleau-Ponty, se engloba todo discurso, donde la ventana de Marcel sigue estando abierta para ese viaje que todo escritor comienza y todo lector continua.
“Todo relato es un relato de viaje”, afirma Michel de Certeau, de un viaje que transforma los espacios en discursos y los discursos en espacios, borra las fronteras conviertiendo los rios en puente; el protagonista de Si una noche de inviero un viajero viajaba entre las páginas de libros siempre inconclusos, Xavier de Maistre viaja a través de una habitación cerrada y, a la vez, inconclusa, como la habitación y media de Brodsky, siempre en continua transformación. Habitaciones que son libros de arena, cuyo “aspecto infinito, no es su expansión, sino su reducción”, reducción donde el viaje es posible, donde el alma logra desligarse de la bestia y alcanzar el cielo. En la reducción del libro, el lector recorre sin itinerario las páginas innumerables del libro inconcluso, en la reducción de La habitación Xavier de Maistre empiezan el viaje más atractivo, ese viaje que teme interrumpir cuando su obligado aislamiento llegue a su fin. La habitación y el libro, espacios que en su reducción son infinitos, espacios escritos por palabras, por pasos, por escritores y transeuntes.
Caminante, escritor y lector, autores que, como Marcel, cruzan la ventana desde el inmóbil reposo.

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Julio-agosto 2010 ©