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Díptico del Monasterio de Pedralbes.
Productos importados de Flandes
a la Corona de Aragón en la EM
Por Marta Miralpeix
A finales de la Edad Media, la zona entonces conocida como condado de Flandes, perteneciente a los llamados Países Bajos del Sur, en la actual Bélgica, había adquirido un grado de riqueza y esplendor que afectaría a toda Europa. Los primeros indicios del crecimiento económico de la región surgen a finales del siglo XII, al secarse zonas pantanosas y producirse una importante mejora de las técnicas de cultivo, con el consecuente crecimiento demográfico. Aparecerán nuevos centros urbanos, así como la que será la más fructífera industria de la zona: los tejidos ricos. Los duques de Borgoña, en sus esfuerzos por mostrarse como la corte más poderosa de la época, convertirán los tapices flamencos en las manufacturas más deseadas en toda Europa. Y tal fiebre se contagiaría también a la península Ibérica. La llegada de obras y de artistas del norte sería constante e iglesias, palacios y monasterios se llenaron de manufacturas nórdicas. Es la Corona de Castilla la que habitualmente ha recibido las atenciones de la historiografía, en cuanto a las relaciones con Flandes se refiere, especialmente desde el estrechamiento de éstas, debido a la exportación de lanas castellanas para la producción de los preciados tapices, sustituyendo así a las lanas inglesas. Posteriormente, la política matrimonial de los Reyes Católicos, así como los gustos personales de la reina Isabel, intensificarían tales relaciones. Los lazos con la Corona de Aragón, igualmente ávida de tales lujos, han pasado más desapercibidos, aunque sabemos que su desarrollo fue anterior. Conocemos la existencia de una cada vez más numerosa colonia de catalanes en Brujas ya desde 1267. Pero el consulado de la Corona de Aragón en dicha ciudad no se fundaría hasta el 1330. Se conocería primero como Consulado de la nación de Cataluña, y posteriormente, desde finales del siglo XV, como Consulado de las naciones de Aragón y Cataluña. Tal institución nacía con el fin de atender las necesidades de los ciudadanos de tal nacionalidad establecidos en Brujas o temporalmente residentes en la ciudad, básicamente marineros y comerciantes. El cónsul era escogido de entre estos ciudadanos para representarlos. Tales mercaderes y marineros se instalaban en los denominados albergues, o en casas particulares, y guardaban sus mercancías en las respectivas lonjas, edificaciones con varias funciones, como la administrativa o la de sede para reuniones. La lonja más antigua sería la de los catalanes y aragoneses, de 1357, en la plaza de la Bolsa. Ésta sería utilizada por catalanes como Bartomeu de Llobera, Bernat de Junyent o Valentí Sapera, documentados en Brujas durante la primera mitad del siglo XV. Tales mercaderes proporcionarían productos mediterráneos al norte, básicamente hierro, cereales, azafrán y lana, y de allí se llevarían todo tipo de manufacturas fácilmente adquiribles en las ferias locales. Las primeras ferias de los Países Bajos del Sur se remontan a principios del siglo XIII. Una de las más antiguas se realizaba en Brujas durante el mes de mayo. A principios del XVI una segunda feria se establecería en dicha ciudad, celebrada el mes de enero. También la ciudad de Amberes tendría sus dos ferias anuales, de seis semanas de duración. Dicha ciudad, en el vecino ducado de Brabante, había ido adquiriendo prestigio comercial durante el siglo XV, debido a ciertos privilegios de los que disfrutaba, así como a las dificultades para acceder a Brujas desde su puerto. Tales ventajas llevarían a la fundación de la primera feria permanente en 1540. La importancia que adquirirían dichas ferias, sumada a la disminución de la rigidez legislativa referente a la compra-venta de productos, provocaba una llegada masiva de mercaderes y artesanos de las más diversas regiones. Éstos instalarían sus puestos de venta por toda la ciudad, hecho del que sacarían provecho diversas órdenes religiosas, alquilando sus claustros y dependencias para el desarrollo del citado negocio. Sería el caso del claustro del convento de los Dominicos en Amberes o el de la iglesia de Notre-Dame, que alquilaría sus numerosas propiedades dispersas por dicha ciudad. A lo largo de los años, se irían especializando dichos alquileres para la venta de productos similares, y a mediados del siglo XVI sería necesaria la construcción de nuevas edificaciones, habitualmente en forma de claustro, con la función expresa de albergar el creciente número de mercaderes. Pedro Tafur, miembro de la nobleza española, que por aquellas fechas se encontraba viajando por el Próximo Oriente y Europa, después de llegar a Brujas y ver que todos los mercaderes eran ydos á la feria de Anvéres, marcha a dicha localidad y relata lo que allí se encuentra: Esta es, la feria que aquí se faze, la mejor que en mundo todo ay, é sin dubda, quien quisiere ver el mundo junto, ó la mayor parte dél en un lugar ayuntado, aquí se podría ver. [...]; en un monesterio de Sant Françisco se vende todo lo e pintura, é en una yglesia de Sant Juan todos los paños de Ras, é en un monasterio de Sant Domingo toda la orfebreria de oro, é ansí repertidos por los monesterios é yglesias, é despues por las calles todas las otras cosas. Había en los puestos, artesanos que vendían sus propios productos, de mayor o menor calidad, o mercaderes que, haciendo de intermediarios, vendían productos realizados por otros, a menudo de ciudades más lejanas. A la feria acudirían clientes potenciales de diversas nacionalidades, en busca de productos atractivos para importar a sus tierras. Como indica Tafur, los de España tanto é más que ningunos la finchen. La mercancía escogida era cargada entonces en los barcos correspondientes para ser conducida a su destino. El movimiento del puerto, en este caso el de la ciudad de Brujas, nos lo describe de nuevo Tafur: Esta çibdat de Brujas es una gran çibdat muy rica é de la mayor mercaduría que ay en el mundo, que dizen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes en el Poniente, é Veneja en el levante; pero a mi paresçer, é áun lo que todos dizen, es que muy mucho mayor mercaduría que se faze en Brujas que no en Veneja; é lo por qué es esto: en todo Poniente non hay otra mercaduría si non en Brujas, bien que de Inglaterra algo se faze, é allí concurren todas las naçiones del mundo, é dizen, que dia fué que salieron del puerto de Brujas 700 velas. El tipo de barco más usado por los mercaderes catalano-aragoneses para el intercambio de productos con Flandes y Brabante, será la galera, frecuentemente alquilada a propietarios italianos. En éstas cabían hasta 200 toneladas, y podía armarse para defensa de piratas y corsarios.
Antes de emprender un largo viaje, diversos factores eran decisivos, entre ellos las condiciones climáticas. Uno de los peligros más temidos por marinos y patronos, eran las tempestades, más frecuentes en invierno. Otro viajero de la época, en este caso el alemán Jeronimus Münzer, nos menciona alguna de ellas: El 20 de diciembre salieron cuatro naves como la real con ochocientos marranos, y otro navío, llamado “Águila” cargado con gran cantidad de azúcar y doscientos hombres, mercaderes y peregrinos con un buen patrón. El “Águila”, digo, aquel día, a cinco leguas del puerto de Lisboa naufragó súbitamente, a causa de las grandes tempestades. [...] Por aquellos días, desde Marsella hasta Valencia perecieron destrozados, en el mar o en los puertos, más de cincuenta navíos. En verano, en cambio, eran más temidos los ataques de corsarios, y también las mercancías podían sufrir desperfectos durante el viaje. Por todo ello, se aseguraban barcos y carga antes de partir, y a menudo se hacía testamento. Una vez llegado el producto a su destino, si el volumen era considerable, el mercader hacía a la vez de vendedor y abastecedor de negocios más modestos. Había también subastas públicas, así como encargos de clientes particulares que iban directamente a su destinatario.
De todo este alud de mercancías de todo tipo llegadas a la Corona de Aragón, pocas se han conservado hasta nuestros días, pero encontramos numerosas pruebas de su existencia en documentos de archivos históricos, tales como inventarios o seguros marítimos. La manufactura nórdica más importada, y apreciada especialmente por la monarquía catalano-aragonesa, sería sin duda el tapiz. Grandes series de tapicería ornaban las calles durante importantes festividades, o colgaban del interior de catedrales y monasterios, así como aislaban del frío las amplias habitaciones palaciegas de paredes de piedra. En la Corona de Aragón se han conservado básicamente cuatro grandes conjuntos importados de diversos centros productores, desde Arrás a Bruselas, pasando por Tournai, muchas de las series de los cuales, se encuentran incompletas. El primero sería la impresionante colección de tapices de la Seo de Zaragoza, la segunda más rica de la Península, después de las colecciones reales. El segundo nos lo proporciona el perteneciente a la Seo de Tarragona, con más de medio centenar de piezas. El tercer gran conjunto es el que perteneció a la Seu Vella de Lleida, aunque de las veinte piezas
documentadas sólo quedan dieciséis. Finalmente, el único conjunto de los citados propiedad del poder civil: el del Palacio de la Generalitat, hoy con poco más de una decena de piezas. Además de estos cuatro grandes grupos, encontramos otros menores, como el que forman algunos de los tapices conservados en la catedral de Tortosa, o los pertenecientes a colecciones privadas aragonesas, que se han ido heredando de generación en generación.

Tapiz de la serie de las metamorfosis,
Museu de Lleida Diocesà i Comarcal.
Otros de los productos importados serían las tablas y retablos, pictóricos o escultóricos, usados para la devoción pública o privada, colocándose en altares mayores, en capillas particulares o viviendas privadas. Un ejemplo de retablo de grandes dimensiones para una institución pública, es el adquirido en el 1494 por el Ayuntamiento de Valencia al mercader Joan Anell. Se trata del tríptico del Juicio Final, pintado por Vrancke van der Stock, seguidor de Roger van der Weyden, pensado para vestir la capilla de dicha institución. La temática de dicho retablo era habitual en ayuntamientos con claras funciones jurídicas. Desconocida su ubicación original, en la Seo de Zaragoza se encuentra el tríptico de la pasión, pintado en 1515 por el Maestro de Francfort, perteneciente al arzobispo de Zaragoza Alonso de Aragón. Especialmente numerosos son los retablos facticios conservados en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona, acumulados por las monjas de dicho monasterio a lo largo de los siglos. Y para citar una coleccionista particular, volvemos a Valencia para encontrar a Mencía de Mendoza, que compró pinturas de Jan Gossaert o de van Orley, algunas conservadas hoy en el Museo del Patriarca. Tanto los retablos pintados como los esculpidos, pasarían a realizarse en serie, de forma prácticamente industrial, a causa del incesante ritmo de producción debido al incremento de la demanda, lo que provocaría la disminución de la calidad del producto final. Especialmente prolíficas serían las ciudades de Bruselas y Amberes, que ante tal situación marcarían sus productos como garantía de calidad. Otra vez en Pedralbes encontramos ejemplos de retablos esculpidos, como el de Santa Marta, de principios del siglo XVI. O bien, repartidas entre el Museo del Cau Ferrat y el de Jaca, se encuentran varias de las figuras esculpidas de un retablo perteneciente a la catedral de dicha ciudad. Otro tipo de piezas de enorme demanda eran las pequeñas figuras individuales talladas en madera. Un éxito extraordinario tuvieron hacia finales del siglo XV y principios del XVI, las llamadas figuras de Malinas. Se trata de pequeñas piezas de unos 40 centímetros de altura, representando a la Virgen, a santos o al niño Jesús básicamente, a menudo policromadas. Sin ser de gran calidad, eran atractivas debido a su precio y fácil manejo. Buenos ejemplos los encontramos por ejemplo, en el Museo Episcopal de Vic, pertenecientes al obispado, representando a la Virgen o a San Cristóbal. Siguiendo con la escultura, eran frecuentes también las figuras de tierra cocida, casi todas desaparecidas debido a su fragilidad, pero abundantes en la documentación; o los relicarios en forma de busto. Menos frecuentes eran las esculturas exentas de mayores dimensiones, como el Cristo sobre la roca fría de Pedralbes, tallado en madera, o el espectacular San Martín partiendo la capa, realizado en bronce para la iglesia de San Martín de Valencia, atribuido a Pieter de Beckere. Otro tipo de piezas realizadas en bronce y muy apreciadas fueron las lápidas sepulcrales con las que mercaderes enriquecidos hacían cubrir sus despojos. Procedente de la catedral de Tarragona tenemos la del arzobispo Pere de Sagarriga, hoy en el Museo Frederic Marès, o la del mercader de Solsona Pere Satrilla, hoy en el Louvre. También de metal, en este caso de latón, eran las lámparas y candelabros: ejemplo especialmente destacable nos lo proporciona la lámpara del Museo de Solsona, procedente de Valldeperes, llamada Arnolfini por ser igual a la representada en El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck. También de latón y bronce se importaban complejos facistoles a menudo con forma de águila con las alas extendidas. Otras piezas de menor envergadura y de diversos metales se reclamaban también desde la Corona de Aragón: se trata de las famosas campanillas litúrgicas fundidas en Malinas, en gran número en el Museo de Vic, o de los numerosos bacines que se hallan dispersos por museos y particulares, que habrían sido utilizados en las iglesias para rituales lavatorios o para pedir limosnas, y habitualmente decoradas con escenas religiosas, como la Anunciación o San Cristóbal. Sabemos que se compraban a
centenares. Como también a centenares llegarían los gravados nórdicos, usados a menudo como modelo para escenas pictóricas o escultóricas. Los libros de horas disfrutaban también de gran aceptación. De estos libros manuscritos con bellas miniaturas, usados para la devoción privada, hoy encontramos numerosos ejemplares en la biblioteca de la Universidad de Barcelona. Llegaban también vidrieras, muebles, instrumentos musicales, bordados, y especialmente, ropas de vestir de todo tipo. Éstas aparecen en multitud de inventarios, de ricos y pobres, y en cambio se han conservado muy pocos ejemplares.

En resumidas cuentas, y viendo los inventarios, podemos afirmar que el comercio de la Corona de Aragón con Flandes y Brabante era tan activo o casi, como podía serlo el de la Corona de Castilla, y que de la gran cantidad de manufacturas importadas, sólo nos ha quedado lo que sería la punta del iceberg de lo que habría existido a finales de la Edad Media.
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Mayo-junio 2010
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