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Por Sonia Fernández Pan
Si por una de esas rebuscadas casualidades que nos hacen introducirnos en territorios poco comunes de vez en cuando, dejásemos de lado el inexorable reclamo de nuestro ordenador al llegar a casa una noche cualquiera tras una sesión de improductividad mental en una oficina cualquiera, decidiendo volver a clásicas costumbres como encender la radio y descansar la vista un rato, no sería difícil encontrar alguna emisión de ondas hertzianas que dejase caer con displicencia en nuestro espacio doméstico “lo del matrimonio gay es un error, pero si hay que asistir a un casamiento entre machos, mejor verlo desde detrás”. Semejante comentario, de cuyo autor no quiero voluntariamente acordarme, además del evidente déficit de originalidad e ingenio, sirve de prueba acusatoria contra una sutil paradoja que encierra el “paradigma tolerante” de nuestra democrática sociedad: que la tolerancia, ni significa ni implica respeto. Se le agradece a dicho comentario homófobo, si se me permite la falta de respeto por un momento, su dosis de incorrección política dentro de la prudente hibernación de los juicios colectivos que rellenan el macrocosmos mediático.
En este momento, el posible lector de este texto que apenas comienza, ya estará a punto de abandonarlo, temiendo que esto sea otra reseña más a favor y en defensa de la homosexualidad, del matrimonio gay, de la mujer, de la diferencia, de la erradicación de la violencia de género (breve digresión, sintiéndolo mucho por la interrupción momentánea, pero se me hace necesario puntualizar debido al empacho terminológico que sufrimos desde la retórica política: la violencia de género es un término que, además de ser inoportuno y nefasto, se olvida de que el género es en sí mismo una forma de violencia), de la convivencia, de los beneficios de la democracia, etc. O quizás, todo lo contrario: esto pudiera resultar otro relato más estructurado de acuerdo con las tendencias de la academia queer, salpicado con los resultados la pedante herencia léxica de los diversos feminismos y las teorías poestrcuturalistas. Ni una cosa ni la otra. Esto, es simplemente, un intento de breve crónica sobre el mejor libro acerca de cuestiones de género que he leído en bastante tiempo: Héroes, científicos, heterosexuales y gays de Oscar Guasch.

Para los que no lo conozcan, Oscar Guasch, Profesor de Sociología del Género y de la Sexualidad, es autor de una trilogía de la sexualidad im-pertinente. Esta publicación en tres partes está compuesta por La Sociedad Rosa, La crisis de la heterosexualidad y el arriba mencionado Héroes, científicos, heterosexuales y gays. Comienza Guasch así de lúcido. “La masculinidad es como una cebolla: no hay nada debajo y hace llorar”. Y de esto mismo trata el libro, de ir quitando capas y capas para demostrarnos cómo la masculinidad es una estrategia histórico-social fundada en el sexismo, la homofobia y la misoginia.
A pesar de tratarse de un relato académico, el modo de escribir de Oscar Guasch es directo, mordaz y efectivo. Nada que ver con tesis doctorales llenas de insufribles notas a pie de página y citas continuas para demostrar la erudición que reclama la aceptación en las redes jerarquizadas de legitimación del conocimiento. Es más, Héroes, científicos, heterosexuales y gays debería ser un libro de lectura obligatoria a partir de la adolescencia, cuando los granos, la testosterona y las feromonas nos sacan de nuestras casillas para ponernos en nuestro lugar.
Intentar resumir un libro bien escrito es casi un sacrilegio. Se corre el riesgo de contribuir a engordar más nuestro sistema de saberes basado en las síntesis, las sinopsis y los compendios. En vez de provocar una curiosidad que promocione el contacto directo con los documentos, se promueve una pereza intelectual ante cualquier esfuerzo extraordinario. Además, resumir libros es tediosamente aburrido y deja a las ideas huérfanas de estilo. Pero algo habrá que hacer para explicar qué es lo que se cuece en Héroes, científicos, heterosexuales y gays...

Oscar Guasch retoma una idea que ya había quedado clara en el universo feminista. La mujer no nace: se hace. Y si la mujer es un producto histórico y social, el hombre también. Este último detalle es algo que no ha tenido el mismo peso teórico que los infinitos análisis sobre el estado de la mujer en las diversas etapas de la sociedad occidental (no es lo mismo ser hombre o mujer aquí que allí).
Mientras que en el marco teórico feminista se habla de género y no de “feminidad”, en la escasa aventura teórica que se atreve a analizar el género masculino, se habla de “masculinidad” y no de género. Guasch proclama la masculinidad como una forma de género que, como tal, tiene un carácter relacional, plural, jerárquico y excluyente. El hecho de que uno sea un hombre no lo libera de la dominación de una masculinidad hegemónica que se impone sobre todas las demás, así como la religión se impuso inicuamente sobre el paganismo. La masculinidad es una narrativa llena de héroes a imitar, una novela llena de protagonistas cuyo trasero es una parte intocable del cuerpo. Como relato institucional que pretender ser, la masculinidad también necesita de personajes secundarios que la reafirmen como la mejor opción posible: las mujeres y los efebos afeminados y pasivos.
Visto que la naturaleza del ser humano es “heterosexual”, se hace necesario recordar varias cosas: que la naturaleza humana es una construcción social desde el saber científico, que el saber científico no es un universo neutro y objetivo y que la “heterosexualidad” como tal nace hace relativamente poco dentro del discurso psiquiátrico del siglo XIX. Si antes no éramos heterosexuales, ¿qué demonios éramos?
Los científicos son los profetas de nuestro tiempo (antes la gente se confesaba: ahora vamos al psicólogo) y, dentro de sus aparentemente inofensivas taxonomías sociales se dedican a determinar que hay modalidades de tasación para el ser humano: superdotado, estándar y retrasado. Este sistema de valores evidencia que los parámetros que la ciencia emplea para describirnos se basan en la eficiencia, la asepsia emocional y una falsa objetividad. La ciencia tiene género y, desde luego, es masculina. Control, orden y razón son sus rasgos definitorios.
Es la ciencia, apoyándose en las tecnologías, la que tiene el poder de definir lo que es un enfermedad y cómo debiera ser nuestra sexualidad. Conservadora, ante todo. Para dar problemas ya están los grupos de riesgo (el propio término demuestra por sí mismo las intenciones de este esquema supuestamente carente de connotaciones morales) que la propia ciencia se encarga de “descubrir”: hemofílicos, haitianos, homosexuales y heroinómanos. Estos dos últimos tienen la capacidad de “haberse ganado a pulso” su relación con diversas enfermedades cuyo baluarte es el SIDA. La ciencia considera que la promiscuidad es algo arriesgado que se sanciona socialmente con la enfermedad. Y dentro de esta historia, la promiscuidad de los heterosexuales se desconoce o se olvida a propósito.
A la hora de analizar nuestra sexualidad, la ciencia se empeña en acudir a la genética. Si el deseo erótico es algo natural y básico que necesita ser explicado mediante la ciencia, ¿por qué no sucede lo mismo con las necesidades alimenticias y su consecuencia cultural, la gastronomía? La herencia científica del proyecto ilustrado ve naturaleza allí donde no la hay: en la realidad sociocultural.

La heterosexualidad, lejos de ser, un patrón “natural” del comportamiento humano es un arquetipo científico y, por lo tanto, social, coyuntural, histórico, local y provisional. Por contrapartida, la homosexualidad vendría a ser una “forma médica, científica y erudita de homofobia”. Es en este punto en el cual Oscar Guasch hila muy fino, desvelando como la homofobia afecta, tanto al universo heterosexual como al homosexual. Ningún hombre quiere ser un “marica”, se acueste con mujeres o con hombres. El marica devalúa el género masculino del mismo modo que la puta devalúa el género femenino, evidenciando como la homosexualidad no es algo que rebaje a las mujeres. Las lesbianas no ponen en entredicho qué significa ser mujer. Las putas sí.
El universo “gay” y su mercadotecnia identitaria, confinado en guetos donde la vida es una fiesta continua (como para todos los demás que se unen al carro del “ser joven siempre” en una ordenanza tardocapitalista donde no el mañana siempre es hoy), no escapa tampoco a la homofobia. Porque los gays, en cuanto hombres de verdad que quieren ser, no se aman entre sí aunque mantengan relaciones sexuales entre ellos. Los gay son gays -y no maricas- que tienen sus propias mitologías para construirse como tales. Y estas mitologías tienen un eco heterosexual. Los gays entienden (de arte, moda, literatura) e intentan ser aceptados socialmente siendo homosexuales a tiempo parcial, durante los fines de semana y viviendo como heterosexuales el resto del tiempo. El modelo gay ha terminado por ser una opción más dentro del sistema ideológico capitalista, dejando todo el contenido político en manos de un estado democrático paternalista que lo tolera pero que no lo respeta, que le indica continuamente cuáles son las conductas a seguir para ser un “buen homosexual y no un depravado marica.
Y es entonces cuando uno puede encender la radio y entender el por qué de comentarios en el espacio mediático como el que inicia este texto. Quizás el matrimonio gay es un error, pero no porque los hombres de verdad tengan que tener miedo de ello, sino porque revela que todos debemos comportarnos como saludables heterosexuales para ser aceptados como ciudadanos válidos dentro de la potestad democrática.
Guasch, Oscar
Héroes, científicos, heterosexuales y gays.
Los varones en perspectiva de género
Edicions Bellaterra
Páginas 155
Año 2006
ISBN(13): 847290329X
Sonia Fernández Pan
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Mayo-junio 2010
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