Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio

Por Raúl Muniente Sariñena

Desde que estoy metido a todo trapo como director de agitación y propaganda del tanque de pensamiento filosófico-político de Izquierda Hispánica he olvidado un tanto mi sección de despellejamiento de algunos filósofos tunantes en mi querido panfleto Calidoscopico. Vuelvo con la fuerza suficiente como para recopilar unos cuantos enemigos de un autor nefasto no solo para la historia de la humanidad sino también para los grupitos de literatos aislados del mundanal ruido de la plebeyez. Se trata de ni más ni menos que del padre indirecto de las aburridísimas clases actuales de lenguaje, plagadas de análisis sintácticos y vacías de literatura universal, Rene Descartes.

Intentaremos ensayar un acopio y clasificación de las críticas a la idea de sujeto en Descartes. El capítulo de Descartes es quizás de los más bonitos de la historia de la filosofía, el que más suele gustar a los bachilleres. Su eficacia pedagógica es tremenda. Un profesor explica a Aristóteles y sólo atienden tres, pero con Descartes todos quedan enganchados. Ese filósofo dudando de todo, afirmando incluso que el mundo exterior no existe y llegando al fin hasta el cogito ergo sum.
Ese filósofo que para llegar a la finalidad de perfeccionar la naturaleza del hombre con descubrimientos e invención de recursos técnicos creía necesario poner en duda todo cuanto existe. Esta duda no supone creer incognoscible lo existente. Es tan sólo un recurso para hallar el principio absolutamente fidedigno del saber, el antes mencionado cogito ergo sum. De esta tesis, Descartes infiere asimismo la existencia de Dios y, luego, la convicción de que el mundo exterior es real.
Pues bien, hoy en día ya no queda nada de Descartes que no sea literatura. Ya hoy sabemos gracias a la fisiología que el experimento cartesiano es “materialmente” imposible dado que si te quitan los sentidos y la respiración y sólo te quedas con el pensar, te quedas irremisiblemente dormido.
Lo que tuvo sentido en Descartes fue el enfrentamiento de su sujeto pensante con el Dios omnipotente de la Edad Media. Ese “a mí no me engañan” del francés, queda ridículo y obsoleto cuando posteriormente desaparece esa creencia en Dios. Así pues, bajo nuestro punto de vista, la intuición del cogito fue algo válido en un momento histórico determinado y sin embargo es absurdo ser cartesiano hoy en día.
De esta manera, nos centraremos en poner en solfa la “burbuja académica” que en último término expone la historia de la humanidad como un intento por lo bajo de emulación de las ideas de los grandes filósofos. Hay una perspectiva, propia de mucho profesor de filosofía, que otorga a los filósofos una especie de causalidad histórica idealista, y que no se detiene en mientes, a la hora de hilar múltiples relaciones entre obras separadas entre siglos con tal de darle empaque al gremio filosófico, como si las páginas de cualquier diálogo platónico fueran incluso eslabones del proceso de la evolución en el mismo rango (o incluso superior) que pudieran reclamar las crisis económicas, demográficas, religiosas, o los conflictos entre las grandes potencias o las revoluciones políticas. Esto no es óbice para que estos neocartesianos se declaren materialistas en varias ocasiones, pero tratan a la vez a la materia como una idea. Pero la idea de materia, no pesa. Su proceder es siempre clavado: dibujar una idea abstracta extraída, por abstracción formal, de la realidad considerada y sustituir esa realidad por la silueta formal recién obtenida. Para esta misión y desde estos enfoques desproporcionados y estratosféricos es Descartes empleado en numerosas ocasiones . Tildado de “fundador de la nueva razón emergente”, “creador de la filosofía moderna” o, como se ha comentado en el curso, “origen del sujeto moderno”. En algunos casos se llega a afirmar que la revolución industrial es consecuencia directa de la obra cartesiana. En este punto aprovecharemos para dar a conocer a nuestro primer enemigo del sujeto cartesiano.

 


1º Enemigo del sujeto cartesiano
Gustavo Bueno. La inversión teológica de Descartes.

Gustavo Bueno es un filósofoespañol, famoso por ser el inventor del Filomat o (Materialismo Filosófico), una especie de variación de la ideología oficial de la extinta URSS el Diamat (Materialismo Dialéctico). El rasgo común que tienen el materialismo dialéctico y el materialismo filosófico es la negación del espiritualismo, la negación de la existencia de sustancias espirituales. Sin embargo, no reduce el materialismo a un burdo corporeísmo, como de hecho sucede en muchas ocasiones en el Diamat, sino que el Filomat admite la realidad de seres materiales incorpóreos: la relación real (no mental) de la distancia que existe entre dos botellas de agua que están encima de una mesa es tan real como esas dos botellas corpóreas; esa distancia es material incorpórea, y nada tiene de espiritual.
Para romper el círculo vicioso (sustancia espiritual es la sustancia no material, y sustancia material es la no espiritual) el materialismo filosófico introduce la idea de la Vida, definiendo la sustancia espiritual como “sustancia viviente incorpórea”. El materialismo en general (así reinterpretado frente a variantes groseras) y el materialismo filosófico en particular, “niega la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas”.
Viene a decirnos este autor que el cartesianismo no está en el origen de la modernidad, sino que se abre paso como alternativa filosófica a la teología escolástica, cuando el «trabajo sucio» ya está hecho. La teología medieval cae sobre su propio peso al debilitarse las bases institucionales en que reposaba, a saber, el Imperio Español católico. La revolución Industrial, por ejemplo, la lleva a cabo Inglaterra porque, entre otras, Cromwell le corta la cabeza al rey y confisca todos los telares de Gran Bretaña, no precisamente por la obra de Descartes.
Con lo cual, elevándonos a una espléndida ficción, la idea agustiniana de la república mundial católica hubiera podido desplegarse perfectamente (en una alarde de revisionismo histórico). La ciencia moderna se podría haber ejecutado desde unos presupuestos filosóficos teológicos católicos “precartesianos”, como prácticamente, salvando matices y distancias, ocurrió en la industrialización de la Unión Soviética.
Esto lo ignora la influencia “ilustrada”, según la cual España no puede ingresar en el mundo moderno por el “lastre” que supone que el Imperio Español sea sirviente de la teología dogmática. Así pues, los ilustrados echan en cara al Imperio Español que por delicadeza perdiera la vida, en lugar de ver la viga en ojo propio (que por brutalidad se merendaron a los españoles). El Imperio Español era plenamente consciente del lastre, como bien reconoce muchos años después Max Weber cuando afirma que “ya los españoles sabían que las reformas protestantes favorecían el comercio”.
En este sentido, pese a que Descartes es considerado por franceses y afrancesados como el iniciador de la filosofía moderna, al haber introducido el famoso cogito como fundamento de todo conocimiento frente a la duda escéptica inicial (duda metódica), casi todas sus especulaciones filosóficas son reelaboración de doctrinas anteriores: el propio cogito es formulación previa del español Gómez Pereira («Juzgar es sentir»), quien a su vez toma la referencia de San Agustín. La concepción del mundo como compuesto de dos sustancias incomunicables, res cogitans y res extensa, proviene de la escolástica de Francisco Suárez. La prueba de la existencia de Dios es readaptada de la de San Anselmo.
En general, podemos decir incluso que Descartes ha sido más influyente en la filosofía moderna por la reivindicación y cita de coetáneos y sucesores suyos como Malebranche o Leibniz pero no por la superioridad de sus doctrinas, muchas de las cuales ya fueron sutilmente refutadas por los popes españoles, como el mismísimo Tomás de Aquino o el Padre Feijoo.

 

2º Enemigo del sujeto cartesiano
El padre Benito Feijoo Feijoo. Contra los filósofos modernos.

Feijoo es considerado el primer ensayista de la literatura española. Los temas sobre los que versan estas disertaciones son muy diversos, pero todos se hallan presididos por el vigoroso afán patriótico de acabar con toda superstición y su empeño en divulgar toda suerte de novedades científicas para erradicar lo que él llamaba “errores comunes”, lo que hizo con toda dureza y determinación. Mientras que Descartes tenía enormes problemas en Francia en conciliar dicha actividad con la ortodoxia católica, Feijoo sin embargo era mucho más encajado por las altas instancias católicas españolas, pese a las virulentas polémicas que generaba. Recordemos el famoso edicto de Fernando VI en 1750 que prohibía que se atacara la figura de Feijoo. Aquí tenemos un ejemplo de su estilo, aplicado de paso, a los seguidores de Descartes:

“Saben bien que los necios son infinitos, y que a todos los que lo son, persuade más el estrépito de las voces, que la fuerza de los discursos. El ignorante que oye a un filósofo tratar con vilipendio el ingenio y doctrina de otro, aprende como superioridad de talento lo que es sólo exceso de orgullo, y juzga que logra la victoria aquel campo donde truene más la artillería, aunque el viento se lleve toda la carga. Sobre este supuesto se aprovechan los eruditos de la credibilidad de los indoctos y, despreciando cuanto dicen sus contrarios, hacen que en las gacetas, que se esparcen al vulgo de la república literaria, suene como victoria verdadera un triunfo imaginario”

El padre Feijoo, en su Teatro Crítico Universal, con ese estilo tan adecuado para todos los públicos y que le hizo ser tan difundido, (sobre todo en América), dedica varios articulitos de los suyos, tanto a Descartes, como a los fans de Descartes de la época, como también sutilmente a algunos jerifaltes de la Inquisición Española por censurar a Descartes superficialmente por ser novedad y no criticarlo en el fondo de sus planteamientos.
Sus críticas van dirigidas al quid de la cuestión del sujeto cartesiano. Para Feijoo, la intuición del cogito es absurda al definirse como negación de los objetos exteriores. Pero volvamos a sus palabras, que por ausencia de jerga filosófica, no necesitan aclaración alguna:

 “Nuestro entendimiento por su limitación no puede concebir las carencias sino a modo de entes positivos. Así concibe la sombra como real imagen del cuerpo; la ceguera, como cualidad positiva de los ojos. Y ni más, ni menos aprehende el espacio imaginario como un aire tenebroso libre de todo corpúsculo extraño. Estas son unas primeras aprehensiones (en quienes formalmente no hay error), las cuales corrige después el juicio. Ni aun cuando no las corrija, podemos atribuir el error al Autor de la Naturaleza: así como el que cree que la vara metida en el agua está realmente torcida, no debe quejarse de que Dios le engaña, porque fabricó el órgano, y dispuso el medio, y el objeto de modo, que se le represente torcida al sentido”.

A grandes rasgos, la refutación del sujeto cartesiano, es similar a la que comentábamos antes de Gustavo Bueno acerca de la “inversión teológica”: el Dios cartesiano se cuela en nuestro cerebro.


3º Enemigo del sujeto cartesiano
Antonio Damasio. El error de Descartes.

Seguimos escuchando expresiones, por parte de los expertos, que se mantienen en los clásicos esquemas cartesianos: “el cerebro es el centro desde el que se transmiten las órdenes al sistema nervioso”. Aquí “cerebro” sustituye al alma cartesiana, que desde el esfenoides dirigía los movimientos del cuerpo. ¿Cómo puede atribuirse al cerebro las funciones propias de un director de orquesta o de un guardia de tráfico, tras los espectaculares avances en neurología, sobre todo, a partir del periodo de entreguerras?
El autor, con este auténtico best-seller, comenta, con múltiples ejemplos cotidianos, porque el cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable integrado por circuitos reguladores bioquímicos y neuronales que se relacionan con el ambiente como un conjunto.

No obstante en ocasiones, parece caer él mismo en el error de Descartes, al comentar que “la actividad mental surge de esas interacciones”. Volviendo a darle un toque intuitivo y misterioso a la idea de mente. Así pues, finalmente, Damasio se cita a escondidas con Descartes, pese a su pública enemistad.
El autor, con rabia para el erudito y regocijo del lector vulgar, vende su hallazgo como si estuviera descubriendo la pólvora, humillando a la historia de la filosofía.
En el punto de mayor vanagloria, elabora el curioso concepto de la “teoría del marcador somático”. Una teoría que se opone a las teorías dualistas y mentalistas neocartesianas que contaminan buena parte de los planteamientos psicológicos actuales.  Así pues, la enemistad de Damasio con Descartes no se encuentra en sus aspectos positivos, de cuyo reduccionismo y carácter “cerebrista” hemos señalado antes, sino en su oposición a las clásicas posiciones neocartesianas (la mente como algo inmaterial, artilugios cognitivos sustantivados, etcétera). En este sentido, Damasio no cesa de reclutar a Spinoza para la causa, oponiéndolo al sujeto metafísico cartesiano. Es más, recientemente ha publicado otro libro titulado En busca de Spinoza. 


4º Enemigo del sujeto cartesiano
Justo Nicola Romero. La intuición del cogito 

La Revista Cubana de Filosofía en su número 6 editó un interesantísimo número especial en el año 1950. El objetivo era el de analizar el sujeto cartesiano, en buena parte de ellos se carga contra él, no en todos.  En ella aparecen artículos de Francisco Romero, Humberto Piñera, Ramón Xirau, Merceces García Tudurí, Rosaura García Tudurí, Máximo Castro Turbiano, Victoria González, Dionisio de Lara Mínguez , todos ellos colgados en Internet. Hemos escogido el que creemos más pertinente y más profundo en la crítica al sujeto cartesiano.

El autor, se centra en el concepto clave del cogito ergo sum (pienso luego existo) y no es otro sino lo que el mismo Rene Descartes manifiesta; que se trata de una intuición. Luego, con Descartes, la intuición adquiere el rango de medio autónomo de conocimiento.
El gran filósofo, amante de la claridad y la distinción, no sólo especifica el sentido de los vocablos intuición y deducción, sino que establece una jerarquía entre ambos actos del espíritu. Así, dice de la deducción que es la simple inferencia de una cosa de otra; que por deducción “entendemos todo aquello que se sigue necesariamente de otras cosas conocidas con certeza”. Y con referencia a la intuición y a su superioridad en el orden cognoscitivo, explica: “Entiendo por intuición, no el testimonio fluctuante de los sentidos, ni el juicio falaz de una imaginación incoherente, sino una concepción del puro y atento espíritu, tan fácil y distinta, que no quede en absoluto duda alguna respecto de aquello que entendemos, o, lo que es lo mismo: una concepción no dudosa de la mente pura y atenta que nace de la sola luz de la razón, y que, por ser más simple, es más cierta que la misma deducción, la cual, sin embargo, tampoco puede ser mal hecha por el hombre...”
Nuestro autor cubano se concentra en la Segunda meditación cartesiana, en la cual nuestro respetado enemigo, llega a la radical conclusión siguiente: “Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; estoy persuadido de que nada de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son ficciones de mi espíritu. ¿Qué, pues, podrá estimarse verdadero? Acaso nada más sino esto: que nada hay cierto en el mundo”.
Descartes ha llegado al momento crucial y se pregunta si no habrá algún Dios o alguna potencia que ponga esos pensamientos en su/nuestro espíritu, respondiéndose categóricamente: “No es necesario; pues quizá soy yo capaz de producirlos por mí mismo”.  
En esta simple frase, según el señor Nicola, está virtualmente contenido el gran descubrimiento del filósofo, pues de inmediato se dice: “Y yo, al menos, ¿no soy algo?” pero como todo ha sido negado, incluso los sentidos y el cuerpo, como Descartes está persuadido de que no hay nada en el mundo, ¿tendrá, entonces, que llegar decir: yo no soy?, “ni mucho menos; si he llegado a persuadirme de algo o solamente si he pensado alguna cosa, es sin duda porque yo existía”.
Así pues su duda metódica lo conduce al encierro en la pura inmanencia de la conciencia. Y es en ella donde encontrará la verdad suprema de su existencia como cosa pensante.
Lo que viene a decir Nicola al final de su artículo es que esa intuición es la que recogerá  Kant para llevarla hasta sus últimas consecuencias, el ego trascendental. Un Kant que de esta manera pese a su aparente anticartesianismo no es sino una radicalización del cogito ergo sum.

Y con él, caen arrastrados en el cogito ergo sum, desde los neokantianos hasta Husserl, el creador de la Fenomenología.

Aspirando Husserl, como Descartes muchos siglos antes, al ideal de una ciencia filosófica exenta de supuestos, que le impone el intuitivismo como “principio de todos los principios”, crea la Fenomenología haciéndola descansar en la Wesenchau o intuición esencial. Reconociendo en las “Meditaciones Metafísicas”  el prototipo de la reflexión filosófica, retoma las mismas en el cogito y, mediante una reducción, transforma el ego cogitans en ego trascendental. Por eso, aunque desecha la mayor parte del contenido doctrinal de la filosofía de Descartes, sugiere y acepta que la Fenomenología se le podría llamar un neo-cartesianismo, porque desarrolla radicalmente motivos cartesianos. 
 

5º Enemigo del sujeto cartesiano
Aleksei Losev. Dialéctica del Mito

Hasta ahora, hemos escogido a cuatro filósofos que podrían considerarse como “materialistas”. En esta ocasión y para terminar tiraremos por la tangente, por lo que podríamos considerar un “místico idealista”. Esta distinción tan cacareada entre materialistas e idealistas, es “en realidad” bastante a vuelopluma, puesto que, en ocasiones, los extremos se tocan, y creemos que puede haber bastantes similitudes y posibles alianzas entre la mística rusa representada por Losev, el materialismo filosófico de Gustavo Bueno o el catolicismo español del padre Feijoo. De hecho, por lo menos, en Descartes, todos tienen a un enemigo común. Por así decirlo, nuestros materialistas enemigos del sujeto cartesiano, tienen una idea de realidad idealista. 

La obra que citamos viene como reacción a otra corriente de neocartesianos que permanece en una especie de limbo aparte. Se trata del segmento de los filósofos del lenguaje  de la tradición de Saussure y Chomsky y que son el centro de los ataques de Losev. Estos tipos crean la lingüística en base a los presupuestos del cogito ergo sum cartesianos. Chomsky mismo, tiene su Gramática Generativista que se sirve del cogito de Descartes en el momento en que basa el lenguaje en una presunta presencia innata de las estructuras del lenguaje dentro del propio sujeto.
Losev carga ferozmente contra todo esto en la Dialéctica del Mito. Para el ruso, un acto discursivo individual es una contradicción. No puede haberlo. Es un asunto eminentemente social, histórico y en última instancia, mítico. De esta manera también carga contra la filosofía oficial de la URSS, el Diamat, por considerar el recurso a secas de la dialéctica como un sinsentido circular obvio tirando a cartesiano. No obstante, Losev ha conocido la fama por ser leído asiduamente por Stalin, el cual pudo haberse alejado de los neocartesianos popes ideológicos de la URSS, con los cuales tuvo numerosas polémicas, en parte, en base a sus lecturas. 

La crítica directa que Losev hace al sujeto cartesiano viene, volviendo al núcleo de la cuestión, por la trituración de las consignas de algunos aberrantes cartesianos, en este caso los filósofos del lenguaje creadores de la gramática.  

Para Losev la gramática no es sino considerar al lenguaje como una especie de sedimento muerto, una lava petrificada de la creación lingüística construida en abstracto por la lingüística con el fin de enseñar una lengua como instrumento. Esto mismo podría considerarse una metáfora del cogito cartesiano. 
Losev defendería, contra la gramática, la “estilística”, una disciplina –por decir algo– que estudiaría las posibilidades expresivas que una lengua ofrece a unos hablantes y el uso que estos hablantes hacen de ellas. 
La clave radica en que tanto Descartes como sus seguidores creadores de la lingüística cristalizan dentro del individuo el origen de la existencia. 

Para Losev, como para algunos de sus seguidores  (Bajtin o el mismo George Steiner), no hay que estudiar ni el ego ni el lenguaje –ni filosofar sobre el ego o el lenguaje-.  
Ellos –Descartes y los neocartesianos– solo intentan  describir y explicar la estructura y el funcionamiento tanto del ego como de la lengua, pero jamás se proponen invocar la retórica, la respiración, la expresión, la dimensión vertical, la polifonía y en general, la compleja dimensión dialógica del asunto. Ello es así, porque se hallan hipnotizados por el embrujo del sujeto cartesiano. Llega a decir Losev, que el ego cartesiano nace de la negación de la veneración.

 

 

subir

Mayo-junio 2010


 
calidoscopio.net © 2006/10