Por Álex Chico
No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio
El mito de Sísifo, Albert Camus
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Llego a Portbou a primera hora de la mañana. El lugar es, antes que nada, un territorio fronterizo. Todo él parece una inmensa estación de tren. Un no-lugar expandido hacia el Mediterráneo. Busco la ruta Walter Benjamín. Subo hasta el monte y encuentro el bloque de metal que desciende por el acantilado. Las escaleras hacia el rompeolas me reafirman en la idea de que toda la literatura es un descenso, una particular descripción de la caída. Que se suicidara precisamente aquí guarda, por eso, un simbolismo extremo. Un escritor que opta por ser su propio verdugo antes que ser víctima de los bárbaros. Subiendo al cementerio, recuerdo a Stefan Zweig, otro de esos artistas de la desaparición, cuyo suicidio tuvo lugar muy lejos de aquí, en Petrópolis (Brasil, 1942), dos años más tarde que Benjamín. Ambas muertes esconden una similitud esencial: desaparecer por asedio. Pienso esto mientras llego hasta la tumba de W.B., que guarda cierto parecido con las tumbas de Brecht, de Camus o de Borges. La piedra que graba sus nombres no son un territorio distante, sino una prolongación de la tierra. Recuerdo que durante los primeros años W.B. fue un muerto anónimo, enterrado en una fosa común. En su pasaporte figuraba su nombre al revés: Benjamín Walter. Un personaje creado para huir. Alguien que sólo existe con una única función: escapar. Repararon en él cinco años más tarde. Un poco antes, en Dirección única, Benjamín escribió: “Lenguaje incomparable de la calavera: la inexpresividad total –la negrura de sus cuencas- unida a la más salvaje de las expresiones –la sonrisa sarcástica de la dentadura”.
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Militancia del artista de la desaparición: su último acto resume toda su producción literaria en vida. Se me ocurren varios casos. Por ejemplo, José Asunción Silva. Es un suicidio geométrico: esponja en un lado del frac y tiro en la sien apuntando a un círculo que señala el lugar preciso para que la sangre no se extienda por el traje. O Virginia Woolf, cerrándose paso por entre las aguas. De todos ellos, el que más recuerdo es el de Gabriel Ferrater. Cumplió su palabra de no vivir más allá de los cincuenta años. Para ello, eligió la asfixia. El arma homicida fue una bolsa de plástico.

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Otro poeta de la generación de Ferrater: José Agustín Goytisolo. No fue la primera noticia de un suicidio que recuerdo, pero sí la primera vez que un suicidio causó cierta controversia. El 20 de marzo del 99, un día después de su muerte, se leía en La Vanguardia: “El poeta José Agustín Goytisolo, representante de la escuela de Barcelona en la llamada generación literaria del 50, falleció ayer sobre las 4 de la tarde tras arrojarse a la calle desde la ventana de su domicilio barcelonés, en el tercer piso del número 166-168 de la calle Marià Cubí. El escritor, que el pasado 13 de abril había cumplido 70 años, sufría profundas depresiones y recientemente había estado afectado por una de estas crisis, según confirmaron varios allegados”. Algunos de esos allegados me explican que días antes les había llamado. Y añaden que esa última conversación tenía un tono de despedida. Dije controversia porque hay quien desmintió esa teoría. Un amigo del 99, que descartaba también la idea del suicidio, me ofreció un argumento irrebatible. Recordando aquella conversación me dijo, más o menos, lo siguiente: “Cuando Goytisolo se lanzó por la ventana, un repartidor (¿de pizzas?) pasaba por el 166-168 de la calle Marià Cubí. Goytisolo tuvo que verlo. No creo que se hubiera arriesgado a caer sobre él. Debió tropezar mientras limpiaba las ventanas. Goytisolo estaba deprimido, sí, pero no era un asesino”. No supe qué contestarle.
4
La madre de John Kennedy Toole destruyó la nota de suicidio que dejó el autor de La conjura de los necios. Escritor imprescindible para entender las razones de los artistas de la desaparición. Envió su manuscrito a Simon and Schuster. El editor lo rechazó, resumiendo su negativa con la frase “el libro no trata realmente de nada”. A partir de entonces, pierde la esperanza de publicar una novela a la que juzga una obra maestra. Bebe ingentemente, deja de lado su actividad profesional, no acude a sus clases doctorales de Tulane. En marzo del 69, desaparece de Nueva Orleans. Huido, exiliado o expatriado, decide colocar una manguera en el tubo de escape de su coche, por un extremo, y unirla con la ventanilla del conductor, por el otro. Algunos biógrafos apuntan directamente a su madre, a la perversa influencia que ejerció sobre él. Con todo, es a ella a quien debemos que La conjura de los necios pueda leerse hoy día.
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Otro militante de la desaparición, Mariano José de Larra. Suicidio hedonista: delante del espejo. A estas alturas no deberíamos caer en la tentación de añadir el epígrafe “suicidio romántico”. Quizás, porque incurriríamos en una tautología. Febrero de 1837, veintisiete años. Dolores Armijo y su cuñada acuden a la casa del escritor (c/ Santa Clara, número 3). La visita tiene como fin cerrar cualquier posibilidad de reencuentro. Versión más o menos aceptada: tiro en la sien derecha mientras ambas mujeres apenas habían salido de la casa. Versión por confirmar: el suicidio del escritor es presenciado por su hija. Dos cuestiones más: ¿Por qué delante del espejo? ¿Por qué esa última visión de sí mismo? Si hubiera sobrevivido al disparo, hubiera seguido escribiendo. Sabría exactamente cuál es la imagen del fracaso.
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Más confusión alrededor del suicidio romántico. Alvy, personaje de Annie Hall, dice: “Sylvia Plath. Una interesante poetisa cuyo trágico suicidio interpretaron abusivamente las seudointelectuales universitarias como gesto romántico”. Ciento veintiséis años más tarde del disparo de Larra, en un mismo febrero, Plath se asfixia con un horno doméstico. Poco antes, había alquilado el mismo piso en donde había vivido W. B. Yeats. Plath nos enseña algo fundamental para los artistas de la desaparición: todos han descrito su muerte, todos han anticipado su desenlace, todos, también ella, hablaron de su suicidio antes de suicidarse. En el caso de Sylvia, a través de uno de sus mejores versos: “Lo único que cabe hacer con tan bello vacío es suavizarlo”.
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No todo iba a ser ficción. Vamos a terminar con suicidios reales, aquellos artistas de la desaparición que son personajes literarios. Magos de la desaparición son algunos seres que habitan Suicidios ejemplares, de Vila-Matas. A vuelapluma, podíamos citar cientos, miles, de expertos en el arte y disfuncionales en la vida cotidiana. Nos serviremos del último libro de Phillip Roth, La humillación. Página 49: “Sentado allí, entre sus libros, trataba de recordar obras en las que un personaje se suicida. Hedda en Hedda Gabler. Julia en La señorita Julia, Fedra en Hipólito, Yocasta en Edipo rey, casi todo el mundo en Antígona, Willy Loman en Muerte de un viajante, Joe Keller en Todos eran mis hijos, Don Parrit en El repartidor de hielo, Simon Stimson en Nuestra ciudad, Ofelia en Hamlet, Otelo en Otelo, Casio y Bruto en Julio César, Goneril en El rey Lear, Antonio, Cleopatra, Enobarbo y Charmian en Antonio y Cleopatra, el abuelo en Despierta y canta, Ivanov en Ivanov, Konstantin en La gaviota […] Deirdre en Deirdre y los dolores, Hedvig en El pato salvaje, Rebecca West en Rosmersholm, Christine y Orin en El luto le sienta bien a Electra, Romeo y Julieta, el Ayax de Sófocles”. Por no hablar de la narrativa. Mi suicidio favorito sigue siendo el de aquel personaje de la película Delitos y faltas, de Woody Allen. Un militante del sicoanálisis optimista que deja la siguiente nota antes de lanzarse al vacío: “He salido por la ventana”.
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Mayo-junio 2010 ©