Poemas de Guadalupe Grande
La huida
Huí, es cierto. Mas luego...
Huir es un naufragio,
un mar en el que buscas tu rostro, inútilmente,
hasta convertirte en náufrago de sal,
cristal en el que brilla la nostalgia.
Huir tiene el olor de la esperanza,
huele a cierto y a traición,
se siente vigilado, está perdido
y no hay ningún imán que guíe
su insensato paso migratorio.
Huir parece alimentarse de tiempo,
respira distancia y mira, desde muy lejos,
un horizonte de escombros.
Huir tiene frío y en la piel de su vientre
resuenan palabras graves valor asombro lluvia.
Huir quisiera ser un pez abisal que ha llegado a la superficie:
después de tanto oscuro,
de tantos siglos anegado en la profundidad,
brillan las primeras gotas de luz
sobre su lomo albino de criatura castigada.
Pero huir es un naufragio
y tu rostro un puñado de sal
disuelto en el transcurso de las horas.
Tarea de náufragos
misión de exploradores
Pero el mar ya no nos basta
y la vida nos sabe a poco
De El libro de Lilit
[Renacimiento, Sevilla, 1995]
Instante
Eres una grieta en el tiempo, Padre:
nada en ti dura y todo permanece.
Pronunciar la primera palabra
y acudir el desastre fue todo uno,
en aquel instante en que te dibujamos
el rostro de los días.
No pudo ser,
nunca pudo ser,
nunca habría podido ser,
y sin embargo, tenaces son las sombras
en su vocación de carne,
obstinado su aliento
y terca su palabra.
Vivir no tiene nombre
Cuidadores de ruinas
conservadores del tiempo
numeramos las piedras
reconstruimos los templos
Somos los hijos del olvido
De El libro de Lilit
[Renacimiento, Sevilla, 1995]
Día de limpieza
I
Barrer, dormir, vivir,
que todo es síntoma y anatomía,
que todo es signo ya caduco
de lo que pudo ser.
El hombre que lleva un traje verde
arrastra en su cepillo
el nudo de los verbos:
andar, vivir, tirar,
caer, mirar, morir,
y ahora todo se junta entre sus manos,
y ahora todo queda rendido ante sus pies,
y ahora todo se reúne en esta epifanía
que va de las conjugaciones al cepillo,
del cepillo al cubo,
y del cubo al vertedero de no entender.
II
Pero esta es la epifanía,
este es el momento de la redención,
este es el instante,
el constante día de limpieza
que atraviesa en solitaria procesión
las calles de la ciudad
a lomos del cepillo en el que
"todo es símbolo y analogía",
en el que todo es verbo hecho basura,
en el que todo arde en próspera comunión.
III
Barrer, vivir, tirar,
mirar, barrer, dormir...
Un cepillo cruza las calles de la ciudad.
El hombre que lleva un tarje verde
dirige por las aceras
un baile de eucaristía y llanto
una danza ecuménica
en la que todo es anatomía y rastro,
en la que todo se conjuga en la epifanía
de su efímera utilidad.
Todo danza entre los dientes del cepillo,
todo salta y vive y calla,
todo duerme y mira y juega
y todo se convierte en este festín de la extremaunción.
Andar, vivir, llegar
caer, barrer, dormir...
Aquí, en el vertedero de no entender,
entre los restos que vienen de las conjugaciones al silencio
y del silencio al suelo
y del suelo al cielo de cómo morir,
todo espera las palabras que anuncien el día de la resurrección.
Caer, mirar, vivir,
tirar, barrer, dormir...
De La llave de niebla
[Calambur, Madrid, 2003]
Pañuelos de papel
Una luz encendida en cada casa,
aquí,
en el borde sin límite de la penumbra.
Con estos dos ojos solos
y esta lengua absurda,
este boca rota,
este hueco lleno de ceniza en la garganta
escucho el paso de un tren perdido
no sé porqué, no sé por quién.
¿...y quién te mira entonces, quién?
“Adiós y ten piedad”.
Pero esta es la luz de los días,
esta es la sombra azul de la memoria
que ilumina a la hora punta
las conjugaciones de la lluvia sobra los mapas,
sobre los planos,
sobre la cartografía subterránea
y su extraña germinación.
Andenes, calles, vías,
acera, bulevares, subterráneos,
puentes, plazas, avenidas:
¿estamos
de verdad
dentro?,
“¿estamos
de verdad
fuera”.
A la hora punta de no saber,
un pañuelo de papel seca
la hebra de distancia
que resbala por las mejillas:
suenan los platos,
se afanan los utensilios en las cocinas,
se escucha la conversación del día,
el rumor de la luz que se apaga,
el ruido de la luz que se enciende,
y todo se dispone a partir o llegar
una vez más.
De La llave de niebla
[Calambur, Madrid, 2003]
Pórtico
¿Será hacia esta luz?, vivir es ver volver, entonces el regreso,
regresar para vivir,
retornar con la pupila de otros días a la mirada de hoy,
como regresan las plantas a la luz, como retorna la hoja a la raíz, como llega la semilla al fruto de su íntima voluntad.
Todos se han ido y sólo queda regresar.
No es el baile de la memoria, no son los pasos del recuerdo, no es la sombra de lo que ya no está,
es la luz en la que sólo acontece el regreso.
Te veo volver.
Sabes que todos se han ido y la mano pequeña se quedó en la grieta del muro cuando guardaba la caja de las últimas cosas: la crisálida de la libélula, la cicatriz de nieve, la carta que no enviaste, la llave de niebla, la colección de sellos para las amantes del padre, el hilo que guardaba tu madre para el laberinto, las uñas del gato muerto, el disco que siempre suena, mateo, mateo, por qué no me supiste esperar, la fotografía de la silla donde te sientas a mirar el mundo, un helecho de cristal, la espiga de oro y el pico del mirlo y la sombra invisible de la alondra (pétalos secos para el amor, nido de levadura).
Palabras, tan sólo palabras,
un cuaderno para cada palabra,
y la luz azul del pentagrama, je reviens, je reviens
y el ángel que te esperaba cada mañana en el autobús del colegio y que sólo ahora puedes ver.
Todos se han ido y sólo queda regresar:
centinela en penumbra de la piel, regreso mudo de luz y hierbaroma que atraviesa la infancia y su cicatriz.
Queda en la grieta del muro el pequeño ataúd para tu mano, las últimas cosas en un calidoscopio incesante que gira despacio en la penumbra de los días, humo y sombra en su laberinto de espejos, pequeños insectos, últimos gestos de la vida allí, fragmentos de rastros, cuadernos para la caligrafía del tiempo.
[Inédito]
Gatas pariendo
Así escuchas las cosas de tu vida como el maullido de un gato al fondo del jardín
Te despiertas de madrugada y oyes al fondo muy al fondo ese remoto maullido de gato recién nacido
Y un verano y luego otro y otro más hasta llegar a esta noche
al fondo del jardín al fondo
Así escuchas las cosas de tu vida así escuchas las cosas del mundo
a oscuras de noche palpando el susto de no entender o el de no querer hacerlo
y ese gato no para de maullar y es una pequeña herida no sabes de qué no sabes de quién pero ahí está insistiendo clamando de hambre y noche al borde del peligro al borde del abismo al borde del jardín Un coche un faro luego nada
Y continuarán los maullidos más obcecados que tú y si no al tiempo al próximo verano hasta la próxima canícula sonido desvalido como una onomatopeya tan poco lírica que no la puedes escribir
Qué pensaría nadie y quien es nadie al leer esa onomatopeya tan líricamente escrita tan ridículamente sonora tan de viñeta de posguerra
pero suena suena cada noche
y tú para bordear la herida dices que así empezó todo con una onomatopeya con un sonido tan innombrable como ahora el insistente maullido del gato recién nacido convocándote a dónde pidiéndote qué
O quizá algo peor tal vez nada te convoque y tan solo te despiertas en medio de la noche para ser el precario testigo que no puede traducir una onomatopeya Eso te dices para bordear la herida
Escuchas el maullido del gato Has visto un hombre sin brazos al borde de la limosna has rozado la pierna perdida del animal en el pantalón doblado sobre el muslo has comprendido que la muerte es un ramo de rosas de plástico atado a un farol
y te has preguntado qué palabra no es una onomatopeya indescifrable, una persecución en la sombra
Un verano y otro al fondo de la vida al fondo del jardín al fondo del sonido
Y las gatas siguen pariendo sin parar y paren onomatopeyas que al fondo del jardín resuenan como las tablas de la ley
[Inédito]

Guadalupe Grande nació en Madrid en 1965. Es licenciada en Antropología Social.
Ha publicado los libros de poesía El libro de Lilit (Premio Rafael Alberti 1995, Renacimiento, Sevilla, 1996), La llave de niebla (Calambur, Madrid, 2003) y Mapas de cera (Poesía Circulante, Málaga, 2006). Junto a Juan Carlos Mestre ha traducido La aldea de sal, antología del poeta brasileño Lêdo Ivo (Calambur, 2009).
Como crítico literario, ha colaborado desde 1989 en diversas publicaciones: El Mundo, El Independiente, Cuadernos Hispanoamericanos, El Urogallo, Reseña, etcétera.
En el año 2008 obtuvo la Beca Valle Inclán para la creación literaria en la Academia de España en Roma.
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Mayo-junio 2010 ©