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Por María Zaragoza

Es curioso cómo los libros cambian nuestra percepción de las cosas. Quizá esto quede demasiado personal para compartirlo en un panfleto cultural, pero es que he pensado mucho en ello últimamente. Yo escribo libros, esta es una frase que no digo muy a menudo pero que no por ello deja de ser cierta, así en general escribo libros. A causa de la verdad que hay en esa oración debería haberme parado a pensar alguna vez que todos los libros que he leído en mi vida estaban escritos por alguien, una persona que fabuló esa historia que me tuvo absorta durante un periodo de tiempo y que luego lamenté haber terminado. Pero yo nunca pienso en las personas que hay detrás, o en muy contadas ocasiones y por detalles nimios, guiños que me recuerdan a algo que podría reconocer en mi obra, cuando en realidad hablo de mí y lo disfrazo en un personaje. Al final lo importante no es la persona, el escritor, lo que de verdad permanece es el libro, la obra, el resultado, no en lo que estaba pensando cuándo lo escribió, no en lo que él sentía, sino en lo que nos hace sentir a nosotros cuando lo leemos que no tiene por qué tener algo que ver con el original. Es por ello que a veces me resulta extraño y hasta perverso el concepto del lector. Es como si, al leer lo escrito, pervirtiéramos el sentido original del texto, pervirtiéramos los sentimientos y pensamientos del creador para transformarlos en otros, los nuestros, que son como los originales vistos a través de un cristal deformante. Es por ello que un libro no siempre nos causa la misma impresión a unos y a otros, ni siquiera a nosotros mismos si, pasado algún tiempo, volvemos a leerlo. He pensado muchas veces en si Proust sería consciente de lo que causaría en sus lectores la visión de una magdalena después de haber leído En busca del tiempo perdido; si Nabokov sabía que estaba acuñando un término que definía como algo concreto a una niña perversa, a una niña que es una fantasía sexual, con su Lolita; si Maquiavelo intuía que su nombre se convertiría en adjetivo definitorio de una persona que actúa con astucia, hipocresía y engaños para lograr sus propósitos a través de El príncipe. Supongo que no. Supongo que ni siquiera Kafka y sus atmósferas kafkianas sabían que llegarían a acuñar un término. Y entonces se me ocurre una nueva duda.

¿Qué es entonces más importante? ¿Realmente importa interpretar cada palabra, cada gesto o metáfora de un autor, empaquetar sus características, sus guiños, enfrascar sus métodos y venderlos al por mayor con la estilosa etiqueta de la crítica y del análisis? En realidad no creo que jamás se llegue a comprender texto alguno con la intención exacta que quiso darle su autor en su momento. Estoy convencida de que no es posible, que perseguir esa definición perfecta es un trabajo vano y que en realidad lo que pervive no es el autor como ya he dicho, ni siquiera su intención primaria, su impulso, sus sentimientos o pensamientos racionales. Lo que sobrevivirá es el texto y lo que a cada uno de sus lectores y analistas inútiles le sugiera, las emociones creadas a partir de algo tan sencillo como una magdalena que Proust compró en una panadería en la que nunca han hecho magdalenas. Es curioso, pero no voy a preguntarme qué quiso decir con ese guiño secundario. En realidad poco importa. Proust ha muerto como moriremos todos y después de eso quedarán unas letras que nos reproducirán una y otra vez, creando un eco semejante al de los círculos concéntricos de una piedra que rebota en el agua: una imitación vibrante y efímera de la piedra sobre la superficie del lago que terminará por tragársela.

 

 


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Mayo-junio 2010 ©

 

 

 

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