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Por Natalia Zarco (Librería Galatea, Cambrils)

Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito. Giovanni Papini

Giovanni Papini nació en Florencia en 1881, escéptico y de gran ambición intelectual destacó por su contribución más que esperada en la renovación de la literatura italiana de la primera mitad del siglo XX. De formación voraz y autodidacta, engullía libros de todo tipo y sus frutos, finalmente, fueron curiosas obras de una singularidad y un carácter personal inconfundible. Profesor, bibliotecario y periodista, en 1908 era ya redactor jefe del periódico Regno, será en esta última disciplina donde se desarrolle su brillante carrera escribiendo sobre todo tipo de temas y convirtiéndose en una de las voces más original, audaz y escandalosa del nuevo movimiento filosófico y político de esa época en Florencia. Futurista partidario de Marinetti, anticlerical, explorador de culturas y creencias de todo tipo, ostentaba una cultura personal amplia y ecléctica que supo plasmar en sus textos sorprendiendo, subvirtiendo y criticando con sarcasmo y precisión los personajes y situaciones más destacables de su época. Según J. L. Borges afirmaba de él: "Si alguien en este siglo es equiparable al egipcio Proteo, ese alguien es Giovanni Papini, que alguna vez firmara Gian Falco, historiador de la literatura y poeta, pragmatista y romántico, ateo y después teólogo". De toda su producción, uno de los títulos más destacados, y para mi todo un manifiesto de una más que justificada misantropía, es GOG. Esta novela escrita en 1931 es un texto de una lucidez y una riqueza argumental impecable. De hecho es un libro que, vuelto a releer en estos días para escribir estas líneas, sigue haciéndome pensar que está de absoluta vigencia, que sus conclusiones y aportaciones no han envejecido y que aún hoy es un texto lleno de brillantes y necesarias conclusiones. GOG es novela pero no es novela, se construye con fragmentos cortos, opiniones, pequeñas piezas que forman un engranaje, una maquinaria que aún hoy desde 1931 funciona perfectamente. El texto sigue la pista de un personaje que avanza por el siglo XX acercándose a los principales personajes como Roosvelt, Ghandi, Einstein, Freud, Lenin o Edison… y que en su caminar cuestiona los principales pilares de la cultura de ese momento, así como las relaciones humanas y las escenas más comunes de la vida diaria. GOG nos pinta el mundo como algo que se va tornando peligroso y espantoso, se queja de las guerras y se hace construir un refugio inexpugnable en la cima de una montaña perdida. Es inmensamente millonario, en uno de los capítulos se compra una República, un país al borde de la quiebra el cual gobierna desde el anonimato y eso le permite sacar conclusiones brillantes sobre el gobierno de los pueblos. El arte, la cultura, los personajes decisivos del momento con los que se entrevista con espíritu crítico, las excentricidades brillantes de este personaje convierten GOG en un texto lleno de sorpresas, de giros, con una gran capacidad de ilustrar, cuestionar y de generar nuevas perspectivas. Es un texto lleno de matices de humor que hacen que sea un placer necesario leerlo. Viaja a China, a Egipto, a India…. Así mismo cuestiona desde un subyacente rechazo a la humanidad dañina, comportamientos que van de la egolatría a el mero hecho de comer en público cosa que le parece de un mal gusto deleznable. El esoterismo, los milagros, la enseñanza de la historia, el carácter universal de GOG no tiene límite, darse un paseo por este libro, así hojeando, saltando de un capítulo a otro puede conseguir en apenas media hora cambiar radicalmente la visión que, hasta el momento, uno tenga del mundo.
Gog. Giovanni Papini. 1931.


Félix F. Casanova nació el año mismo en que murió Papini: en 1956, vivió exactamente 20 años. Dejó algunos poemas y El Don de Vorace, publicado recientemente en Demipage. La escritura para Félix no era para nada el medio del que vivir, no estaba condicionada por factores de presión como que tu jornal dependa de ello y no estaba apenas contaminada por lo que hoy en día es el oficio de escritor. Félix ejerce una literatura íntima y adolescente, que sólo se debe a uno mismo, que no entiende más discurso que el que se da entre el autor y su cuaderno como único instrumento o modo de canalizar su caudal poético. Félix escribe como se debería escribir, para sí mismo sin pensar en mercado, ni en portadas, ni en publicar siquiera. El Don de Vorace es como un diario, como una confesión puesta en boca de un personaje singular y único que en algún momento me ha hecho pensar en un pequeño libro del desasosiego emocional e infantil. Bernardo Vorace es el protagonista, se confunde a veces con el propio autor, y a veces también con el lector. Bernardo es un personaje torrencial, brutal y exagerado, un personaje escrito como sólo se puede hacer con 17 años. El deseo o la tentación constante a abandonar este mundo le convierte en un individuo libre de todo vínculo innecesario con esta vida, le otorga el don de una escritura desligada de presión y compromiso. Una literatura comprometida únicamente con ese personaje, Bernardo, que es quién realmente escribe el libro y que a veces parece incluso tomar las decisiones al margen de su autor. Bernardo tiene un don. Un don que él cree que es la inmortalidad. Obviamente es un juego sarcástico, ha intentado y deseado tantas veces la muerte, desparecer, no existir más, de forma inútil que finalmente su frustración de tener que seguir arrastrándose por este mundo, que le parece infame y absurdo, le hace determinar que su problema o castigo no es más que uno y es que no puede morir. Su condena, su terror infinito es el de tener que seguir con vida, intentado una y otra vez quitársela sin conseguirlo. Su misantropía es proverbial. El personaje va narrando diferentes situaciones con un lenguaje intensamente poético pero al mismo tiempo, terriblemente desnudo y despojado de retóricas innecesarias, ni siquiera en su poesía caía en estas trampas. Claro, certero y brutal en sus textos el autor escribe a bocajarro con un dominio léxico y estructural que evidencia la sangre caliente del adolescente, la fuerza de quien escribe sin nada que perder, jugándosela sólo con uno mismo y por la única razón o necesidad de hacerlo. El don de Vorace se estructura en capítulos cortos, algunos de una calidad poética e imaginativa sin precedentes.
La especie humana, definida en pocos trazos en los personajes que se cruzan con él a lo largo del texto, es algo que a Bernardo le parece rozar el esperpento, de hecho aparecen descripciones de algunos momentos o situaciones que recuerdan a Valle Inclán, el modo en que los define y el tratamiento que les da hasta llegar a cometer el crímen que comete son una muestra clarísima del poco respeto que la vida humana le suscita, ni la suya ni la de los demás. En su locura o en su particular lucidez extravagante, Bernardo me trae a la mente el personaje protagonista de un relato de 1934 de Agustín Espinosa, titulado Crímen. El enfrentamiento final con su condena capital, ese diálogo con la muerte que se intuye a lo largo de todo el texto bien podría ser, desde mi punto de vista, una manifestación externa de un terror que se hace más doloroso y más complejo en la adolescencia, un terror con el que convivimos siempre, pero que en el momento en el que vital y emocionalmente somos más intensos, se hace más insoportable y que no es otro que el absoluto desconcierto cuando entendemos realmente qué es la muerte. Desconcierto, rabia y miedo, sobretodo miedo, a desaparecer, a morir, a no ser más, miedo que Bernardo canaliza a través de su singular desequilibrio, de modo exagerado, como una reacción violenta, como si le dijese a la muerte, al modo más contestatario y radical de los jóvenes, algo así cómo que si debo morir llévame ya. Llévame hoy. Llévame ahora y mientras no me lleves soy inmortal y te venzo. Su locura me parece universal en este aspecto. Me parece justificada. Y su modo de escribir sobre ella, sobre la vida y la muerte, que son finalmente lo mismo, un ejercicio brillante de sublevación íntima.
El don de Vorace. Félix F. Casanova. Demipage Editorial. 2009.



Estar enfermo pero de poesía…
Decía Nietzsche que “madurar es recuperar la seriedad con que jugábamos de niños”. Luna Miguel tiene apenas 19 años, dato que puede parecer irrelevante para hablar de un texto pero en este caso no lo es. Escribir con la seriedad con la que escribe un adolescente una carta de amor, escribir con la absoluta trascendencia íntima con la que una niña se confiesa en un diario, con el total convencimiento de que hacerlo es necesario y no puede ser de otro modo, eso sólo puede hacerse con esa edad. Escribir poesía como quien recupera las piezas de un puzzle inmenso que acabará mostrando su propio rostro, escribir para atentar, para crear, para provocar, para suturar heridas, para obtener algo de belleza con la que mitigar el gris del mundo. Escribir con esa edad es milagroso, intentarlo con todas las fuerzas y todas las ganas, con esa edad en la que cada palabra que escribimos nos construye y nos forma, nos da pistas sobre nosotros, nos desvela ante los demás. Escribir para gritar como gritan los chavales por la calle, escribir por esa poética y strana gioia di vivere, y escribir para entender que también el llanto nos habita. Me encanta esa frase de Nothomb que dice: “Siempre supe que la edad adulta no contaba: a partir de la pubertad la existencia es un epílogo”. Nada puede ser comparable a la infancia y la primera toma de contacto consciente con el mundo. Ahí, en esos años es cuando percibimos la realidad de un modo más puro e intenso. Y ese tiempo dura poco. El libro de Luna es honesto. No hay que pedirle todavía más que lo que ofrece y lo que ofrece es real. Luna escribe de aquello que le duele, de lo que la hiere, de lo que la cansa, de todo aquello que la hace vibrar para bien o para mal. Y lo escribe con la intensidad, la melancolía indefinible, la ternura y la violencia que una experimenta únicamente a esa edad… y sólo a esa. Estar enfermo puede parecer obsceno por precoz, se puede acusar a la autora de querer correr mucho, de querer volar, pero sin duda sus escritos están más vivos que muchos de nosotros, sus palabras tienen lo que más echo a faltar en este mundo: sangre… Luna se desnuda de su infancia, su texto es un pecho de niña incipiente, pezones rosados y dolorosos, inacabado, en ciernes. Estar enfermo casi a punto de morir de adolescencia con toda su luz, su tiniebla, sus carencias y su deliciosa ambición. Morir de adolescencia para pasar ser mayor, para perder la seriedad de la infancia y la turgencia violenta del pecho que rompe, para dejar de escribir con el vientre y las entrañas, para dejar de palpitar. Crecemos y posiblemente entonces aprendemos a escribir, y también a callar… crecemos pero ya todo es repetido… crecemos y cuando volvemos a encontrar nuestro cuaderno de la escuela con sus poemas garabateados con furia éstos ya no nos conmueven, ya somos tan adultos y estamos tan cansados que apenas recordamos cuando fuimos pájaros a punto de volar.
Estar enfermo. Luna Miguel. La Bella Varsovia 2010.

 

 

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