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Por Sonia Fernández Pan
En 1981 el escritor Raymond Carver nos sugería a través de un conjunto de cuentos de qué hablamos cuando hablamos de amor. Hoy, casi treinta años después, habría que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de arte contemporáneo. Siguiendo el ejemplo de Carver, tampoco sería mala idea agrupar las posibles soluciones a esta pregunta en una recopilación de relatos ensamblados los unos con los otros a pesar de su aparente autonomía. Este modelo narrativo para nuestro libro sería aplaudido por los intérpretes de la cultura que no dejan de recordarnos que respiramos el aire fragmentado de la Posmodernidad tras el funeral hermenéutico de los grandes relatos. Pero quizás un cuento sea un relato demasiado breve para dar solución a una pregunta que ha provocado siempre tantos quebraderos de cabeza a los interesados en contestarla.
Al hablar de arte contemporáneo estamos hablando de muchas otras cosas. Y esas muchas otras cosas también nos hablan de arte contemporáneo aún sin pretenderlo explícitamente. Se ocupan de ello dos aspectos: primero, que la división de las disciplinas en compartimentos estancos es una falacia que utilizamos para no perdernos en la extensión imbricada del conocimiento; segundo, que el lector-espectador no podrá ser nunca sujeto inocente ante la cultura.
Uno de las posibles miradas hacia la situación del arte contemporáneo es la que desarrolla Nicolas Bourriaud en su último ensayo, Radicante. Siguiendo la estela de sus escritos anteriores Postproducción, donde declina la producción artística como una forma de deejaying de las formasdentro de toda una “cultura del uso”, y Estética Relacional –donde la función del arte sería la localización y creación de modos de encuentro, relaciones e intercambios–, Radicante es un ejemplo de cómo hacer crítica de arte de un modo inteligible sin resultar rancios y de cómo la creación de neologismos se hace necesaria y efectiva. Aviso para navegantes: a quién no le gusten los vocablos nuevos y los prefijos “post” al comienzo de muchas palabras correrá el riesgo de contraer una urticaria conceptual con la lectura de este libro. A quién sí le gusten las peripecias del lenguaje en los tiempos del post-post encontrará en Bourriaud un camarada teórico.
¿De qué habla Nicolas Bourriaud en Radicante cuando habla de arte? De la necesidad de un análisis de la globalización desde un punto de vista estético y de las formas. Fácil de resumir pero no tan fácil de explicar. Lo haremos por partes, valiéndonos de las propias divisiones del autor con las que se estructura este impecable ensayo que gira en torno a tres conceptos fundamentales: multiculturalismo, posmoderno y globalización.

Desde la primera página se le agradece a Bourriaud el tono distendido de su discurso, el estar casi escuchando su voz y no leyendo solitariamente en el momento de introducirnos en Radicante. Aunque quizás sería conveniente empezar explicando el título, un tanto críptico para los que no estén familiarizados con el uso de los conceptos de botánica dentro de la filosofía, cuya eclosión tuvo lugar con la aparición de la teoría del rizoma de la mano de Deleuze Y Guattari. Al lado de una cultura basada en la raíz jerárquica del árbol o en la raíz horizontal del rizoma, Nicolas Bourriaud sitúa una raíz radicante en el mundo [del arte], es decir, como un organismo que “hace crecer sus raíces a medida que avanza” por el mundo a través de múltiples “arraigos simultáneos y sucesivos”. La propuesta no está exenta de cierto componente utópico, pues como ya sentencia Bourriaud, “son las raíces las que hacen sufrir a los individuos”.
Otro concepto a tener en cuenta a la hora de entender esta invitación teórica que se sostiene gracias a la praxis –se le nota al escritor su labor de curador– es lo que Nicolas Bourriaud llama la “altermodernidad”, que no es otra cosa que una apropiación del vetusto y oxidado concepto de “modernidad” que tantos dolores de cabeza viene creando desde hace más de un siglo. Si la modernidad respiraba en un territorio pantanoso donde se mezclaban la obsesiva vuelta a los orígenes, la pureza y el onanismo convulso ante el progreso y lo urbano; la altermodernidad es heredera de ésta en cuanto a su interés por una ciudad que es Metápolis que nostalgia una tierra ignotay por pensar en la diversidad como una categoría de pensamiento en vez de como un fetiche exótico.
El primer capítulo toma nombre de este neologismo, la altermodernidad, para dar paso a una crítica –¡otra más!– de la posmodernidad. Sin embargo, la novedad del enfoque aparece cuando Bourriaud se atreve a enjuiciar las consecuencias del posestructuralismo, olimpo intocable de la filosofía contemporánea. Desaprueba la “cortesía estética posmoderna” con la que vestimos nuestras opiniones por miedo de herir la susceptibilidad del “otro” a la hora de tejer la crítica del arte hoy día. El razonamiento que sigue es que, si no somos capaces de juzgar todas las obras de arte bajo los mismos criterios y dentro del mismo marco de discusión, lo que realmente estamos haciendo es convertir al “otro” en un invitado de nuestra cultura y no en un actor con plenos derechos sobre la misma. El pensamiento surge como acontecimiento y no como pertenencia; el artista se convierte en semionauta, encargado de poner signos en circulación y de traducirlos, en un éxota, que logra volver a sí mismo tras haber atravesado lo diverso, dentro de una modernidad políglota. El arte opera como un “laboratorio de identidades” donde lo que importa es la trayectoria de los sujetos, convirtiéndose en una disciplina política a la hora de luchar contra la realidad fluida y escurridiza del capital y contra la expansión de un imaginario estándar.

Como lo propio del arte es la estética, Bourriaud nos introduce a su “estética radicante” en el segundo episodio del volumen. Si el pensamiento radicante es la “organización” de un éxodo, la estética radicante vendría a ser la forma de este éxodo bajo la tutela de los artistas, auspiciados por las características que definen nuestro momento histórico. A causa de la espacialización del tiempo, el arte ha generado lo que se denominam time-specific y una búsqueda de nuevas formas de espacio a través de la topología; como consecuencia de la efímera vida de los objetos, los materiales y las tendencias, el arte ha dejado de eternizar dispositivos para aliarse con la precariedad y reparar los objetos que el consumo desecha; debido al inagotable interés sobre la gran ciudad, el artista sigue siendo ese flanêur que ama lo errático y que, por un instante, se parece al vagabundo. Quizás algo que olvida Bourriaud en su elogio del vagabundo es que éste no puede decidir hacerse artista del mismo modo que el artista puede decidir disfrazarse de mendigo.
La relación entre el arte y el viaje es más antigua que el hambre, pero el arte contemporáneo hace del viaje una forma artística y del recorrido una obsesión. El artista se convierte en un homo viator que viaja a través del mundo y de la red para crear los nuevos modos de representación que exigen las nuevas subjetividades que van surgiendo por el camino. Esto también lo hace el capitalismo. ¿Qué tiene, pues, de original o de contundente el artista radicante? La activación del tiempo a través del espacio [y viceversa] en estos momentos tan “post” en los que vivimos para los que el pasado es un catálogo y no una herencia.
El artista viaja, pero además realiza una función privilegiada: traduce. Y utiliza la traducción como táctica de resistencia contra la estrategia general. El arte deviene guerrilla en los albores del siglo XXI después de haber significado una guerra para los futuristas italianos de inicios de siglo XX. A este punto del texto toca pararse, tomar aire, fumarse un cigarrillo y hacerse una pregunta muy básica. ¿Por qué le pedimos al arte que cambie el mundo de la manera que no lo hace la política?
Radicante sigue su propuesta con un “tratado de navegación” que nos arroja sobre la figura capital del arte del siglo XX: Marcel Duchamp. Y algún que otro, con motivo, pudiera pensar... ¿Hace falta seguir haciendo re-lecturas y observaciones sobre la obra del padre del ready-made a estas alturas del siglo XXI? ¿No son ya suficientes todos los estudios que existen? Al terminar de leer las consideraciones de Bourriaud sobre la obra de Duchamp uno se da cuenta de que, a pesar de todo, es necesario todavía que llueva más sobre mojado dentro del universo Duchamp porque Marcel todavía se nos mea encima.

El francés recurre a Marcel Duchamp estratégicamente para analizar los principios fundamentales que conforman la teoría del arte contemporáneo: el apropiacionismo, término que nunca saldría de la boca de Duchamp a pesar de los falsos rumores, la belleza de la indiferencia, el sentimiento de desposesión hacia el objeto, el desplazamiento, es el régimen del arte el que decide que un mismo objeto sea arte dentro del dispositivo y no lo sea fuera de él, el “ready made recíproco”, un cuadro de Rembrandt como mesa de planchar. A todos ellos, Bourriaud añade la interforma, forma estética predominante en nuestro tiempo que resulta tras un trabajo de desviación sobre el objeto que hace que su relación con el espacio exterior sea diferente a como era en su origen.

Su crítica en contra del multiculturalismo recuerda a los enunciados de Slavoj Žižek en ese pequeño y recomendable texto titulado En defensa de la intolerancia. Frente a las políticas bienpensantes que saturan los medios con palabras como: multiculturalidad, diferencia, razas, convivencia, ambos autores proponen estar atentos y rascar un poco más con el fin de percibir como ese multiculturalismo que se cansan de escupir nuestros poco profesionales de la política no es otra cosa que la ideología del capitalismo en su fase actual, herencia de un modernismo colonial que deja a occidente en su posición privilegiada de siempre.
Siendo consecuente en su desarrollo crítico contra la posmodernidad con el fin de privilegiar su propuesta de un nuevo proyecto conjunto basado en la idea de una “altermodernidad”, Nicolas Bourriaud remata su análisis mencionando el insufrible prefijo “post” y su existencia viscosa para denominar a las cosas cuando no se sabe qué nombre darles. Resulta cuanto menos curioso que se necesite cambiar el principio de las palabras para poder referirnos al epílogo de los acontecimientos. La posmodernidad lleva inscrita en su declamación una melancolía por el pasado que no se sucedió según lo previsto. Ese “post” ubicuo no deja de ser el “después eterno de las cosas”, una nota a pie de página a través de continuas citas al pasado. Bourriaud nos propone acabar con el “post” mediante otro prefijo: alter, basándose en las nociones de alternativa y multiplicidad para empezar a ver la modernidad como un acontecimiento más entre tantos otros. La línea del progreso se sustituye por una espiral de hechos relacionados entre sí donde el éxodo moderno supone una diáspora en pretérito que nos exige un nuevo éxodo todavía por activar: el de nuestro tiempo globalizado. La pregunta con la que nos abandona Bourriaud es ¿cómo podrá el arte definir una cultural global y vivir en ella sin caer en los estándares que implica la globalización? Dicen los entendidos que las grandes preguntas son las que no se dejan contestar y van abriéndose paso en nuestro pensamiento a través de más y más interrogantes. Se me ocurre empezar a preguntarme si podrá el arte sobrevivir a las bienales, a las ferias de arte, al reclamo de las políticas estatales como regenerador económico, al culto hacia el espectáculo, a la precariedad de los artistas, al fundamentalismo mediático. Se me ocurre cuestionar la buena voluntad de Nicolas Bourriaud a la hora pensar la puesta en marcha de un proyecto común en un mundo lleno de grietas y fronteras. ¿No estaremos ante una “altermodernidad” tan utópica como la denostada modernidad?
Radicante, Nicolas Bourriaud, Editorial Adriana Hidalgo.
Páginas 226
Año 2009
SBN: 978-987-1556-12-0

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