
Por el filólogo asesino
Confesiones de un filólogo asesino en serie
Por muchos motivos que tuvieran Bruto y los suyos para coserlo a puñaladas en el Palatino no creo que ninguno pesara tanto como la insoportable manía de Julio César de hablar de sí mismo en tercera persona. Yo también odio a los que hablan de sí mismos en tercera persona, pero odio aún más a los que lo hacen en plural mayestático o incluso en plural de modestia o autoría. Y aquel tipo llevaba los citados plurales a sus últimas consecuencias. Así que ¡toma singular puñalada!
–Morimos asesinados como mueren los que...
Fueron sus últimas palabras. Con el cadáver ya a mis pies sentí lo que siente el que sabe que ha matado a varios pájaros de un tiro.
El asesino filólogo vuelve a matar
A ese lo maté porque tenía una cierta propensión a creer que pasar página es sinónimo de hacer justicia y de disculparse. Pasemos página, pasemos página, pasemos página. Así todo el día. Toma punto final: todas las páginas pasadas de un golpe. Le di con el diccionario de sinónimos de canto, en la mismísima sien. Se le quedó una carita como de no haber pasado página nunca. Hala a aprender sinónimos en el infierno. Se le va a hacer una eternidad.
El regreso del filólogo asesino
Los congresistas inundaron la ciudad. El fin de semana ha estado inundado de bodas. El buen juego inundó el estadio. Los cabezudos inundaron las calles. Los libros inundaron la plaza mayor. Me inunda la emoción. Siempre andaba con inundar. Venga inundaciones. Me costaba soportar tantas. Nos tenía siempre achicando aguas metafóricas. De todas maneras y aunque rezaba para que se lo llevara una verdadera inundación no lo maté por eso. Es que también utilizaba con demasiada frecuencia y poca precisión el verbo embutir. La ministra iba embutida en un traje que le quedaba holgado. Los jugadores iban embutidos con su segunda equipación. Los espectadores estaban embutidos en sus asientos. Estoy embutido de una gran emoción. Era como si tuviera el cerebro demasiado embutido en el cráneo. Le di una salida. Naturaca.
Lecturas del filólogo asesino
Abrí la novela. En la primera pagina el novelista describía a un personaje como un hombre de cara rugosa y redonda como una hogaza. Me estremecí (tuvo que ser la audacia de la comparación) como sólo lo hace un hombre que se ha estremecido mucho. Al principio de la segunda página el novelista añadía que el tipo era rechoncho como un tonel y feo y desagradable como un sapo. Volví a estremecerme, esta vez como sólo lo haría el campeón mundial de estremecimientos. A mitad de esa misma página me alegré de estar todavía privado de libertad y bajo los efectos de la medicación. Cerré el libro y, casi sin querer, leí en el cintillo rojo (rojo como... como... como un cangrejo o como... como... como un pato rojo) que un crítico había escrito que la novela "es una historia que respira y transpira inteligencia".
Hace un momento acabo de pedir al psiquiatra que me aumente la dosis de ansiolíticos, al juez que me amplíe la condena y al encargado de la biblioteca que esté unos días sin volver a pasar por mi celda a no ser que me traiga los cuentos completos de Scott Fitzgerald.
El filólogo asesino vuelve a las andadas
Me cargan las redundancias y aquel era un tipo tan redundante que creí que tendría matarlo tres veces. Pero no. Bastó con una. Estoy hecho un hacha.
*Filólogo asesino: Jesús Alonso Ovejero
Ilustración: Francis Ponge
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Febrero-marzo 2010 ©