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Por María Zaragoza

Son muchos los años que llevo escribiendo, supongo que para muchos sería como decir toda la vida; ahí yo hago un apunte: llevo escribiendo toda mi vida consciente. Ese apunte es importante, es definitivo a la hora de preguntarme (sí, todavía me lo pregunto muchas veces y tantas otras siento que es inútil) las razones por las que día tras día, llueva, truene o haga un calor de mil demonios, me siento delante del ordenador y escribo, cualquier cosa, aunque no tenga más que la forma de un muñón deforme que habrá más tarde que desechar. Escribo desde los siete años de forma invariable y no hay nada ni nadie que pueda cambiar eso. Incluso a mí me extraña este poder sobrenatural que me empuja al folio o al archivo en blanco, y durante mucho tiempo no he sabido ni darme respuesta a mí, ni a los que me han preguntado a lo largo de los años. No escribo porque ame la literatura, que la amo, pero por eso leo; no escribo buscando un exhibicionismo ni porque piense que a alguien podría interesarle lo que estoy haciendo… entonces, ¿qué? Fue hermoso el día que me encontré de cara con la realidad, hermoso y triste, como la canción que estaba sonando en ese momento tan bien elegida por los montadores de sonido de televisión española: llenaba la pantalla una imagen de Las dos Fridas de Frida Kalho al son roto de La llorona. Muchas veces después he tenido esa misma sensación, aunque aquella fue la primera. “También ella…”, pensé, pero la frase quedó como descolgada en mitad de la mente, inacabada. También ella, ¿qué?
Muchas veces he pensado en el mito del Doppelgänger, “el que camina al lado”, ese ser que no se refleja en los espejos ni en el agua, que nos acompaña siempre sin que lo veamos y que es exacto a nosotros mismos. Ese doble suele ser un mal presagio en la imaginería popular porque si ves a tu doble es que vas a morir. Entonces las fotografías, los mismos espejos, ¿no son una deformación de la realidad que busca de algún modo al doble, a la muerte? No, claro, porque esos objetos te devuelven a ti mismo, no a tu otro yo, ese que todos tenemos.

Más tarde fue Marguerite Duras y ese reflejo de su sexualidad temprana en El amante (de la que he conseguido orgullosa una primera edición francesa en Minuit que preside mi cuarto plastificada), aunque con más intensidad en El mal de la muerte, del que su propia autora dijo que era lo único que había escrito sobria en su vida. La muchacha de esta historia era capaz de saber que el hombre que la acompañaba estaba muerto, caminaba como si el tiempo que permaneciese de pie fueran minutos regalados. La chica no amaba a un hombre, se estaba acostando con un doble, con un Doppelgänger, y era capaz de saberlo con más seguridad que él mismo. Sentí de nuevo el escalofrío de Frida Kalho autorretratándose de forma infinita, buscándose, encontrando a ese otro yo que la miraba desde el lienzo. También la Duras pues, también ella.

Anaïs Nin

Y luego los diarios de Anaïs Nin, a la que en ocasiones llegué a odiar aunque no dejara de amarla por razones muy similares: era valiente para abrirse en canal y mostrar lo que tenía por dentro. Pero no, no era eso. También Anaïs era sensible a lo mismo que las otras dos, a lo mismo que yo. La lista comenzó a hacerse interminable: Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Clarice Lispector… todas ellas también. Supongo que fue entonces, cuando todos los nombres, cuando todos los rostros, sus miradas sumidas en el reflejo que el espejo les devolvía, que me di cuenta: ellas eran conscientes de la muerte, eran conscientes del doble y lo buscaban, buscaban mirarse en sus ojos, saber quién era el portador de la desgracia. Asumieron la muerte como algo cierto. Asumieron el tener una parte de ellas caminando a su lado, una parte sin sombra y sin reflejo, y no huyeron de ella: la enfrentaron. Buscaron ese invisible en cada página escrita, en cada autorretrato del dolor (la ceja única como una golondrina en la frente y “pies, para qué los quiero, si tengo alas para volar”), algunas lo desenmascararon por fin y murieron jóvenes, otras se dieron al alcohol porque no pudieron soportar lo que les dijo el Doppelgänger al oído y que también temo escuchar yo algún día, aunque no por eso frene mi búsqueda: “soy tu obra, pero también, de una forma perversa, soy tú misma, ¿por qué me buscas si en el fondo temes encontrarme?”

 

 



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