Por Jorge Rodríguez Padrón
Enero, 17
Hace tan sólo unas semanas, alguien me señaló –con disimulada reticencia– mi atrevimiento extremo al manifestar por escrito que, en nuestra poesía –de quinientos años a esta parte– nada ha variado sustancialmente. Pensó que exageraba (“Uno de esos maximalismos tan tuyos” –vino a decir); y se afirmó convencido de que yo no tenía razón, sino –tal vez– en casos muy puntuales… Cuando me suceden cosas como ésa, me inclino a pensar que el equivocado soy yo, y a punto estoy siempre de dar razón a quien parece hacerme recapacitar, para que piense con más cuidado cuando digo lo que digo. Esto, sin embargo, hasta que me paro a pensar un poco –contando con tales advertencias, desde luego– en ese tan traído y llevado asunto. Entonces, me digo que no tiene razón mi interlocutor, y vuelvo a mis posiciones de partida. Al menos, para mis adentros. Me apresuro a aclarar una cosa: nunca he negado que haya –entre los nuestros de las últimas épocas– poetas muy notables; lo que pienso es que sólo se tiene en cuenta a aquellos que figuran en nómina (¡país de funcionarios hasta para esto!), y a los demás se los incorpora a ella a la fuerza y, sin saber muy bien por qué, se les hace sitio en las casillas establecidas: ni la crítica lo sabe; por el momento al menos, yo no he visto que lo haya conseguido explicar adecuadamente. Y añado, sobre el mismo asunto: tampoco digo que hoy se escriba “como hace quinientos años”, sino que seguimos dependiendo de la idea de la poesía en tanto comunicación directa, discursiva, o como prédica moral insoportable (de esto no se libran –todo lo contrario– ni quienes se declaran alérgicos a los sermones), y siempre a compás, “a sílabas cuntadas, ca es gran maestría”. Dicho con otras palabras: estamos convencidos de que la poesía debe mostrarse acorde con esa alternativa barata que tanto daño le ha hecho: poesía que dice (la buena, porque se entiende) o poesía que explora las posibilidades expresivas del lenguaje (la censurable, porque no se entiende). Nada más.
Todo, siempre, muy, muy convencional; todo del todo correcto. A cada cual, más que lo suyo, lo que de él se espera y se dice que se debe esperar. Y, por si fuera poco, en estricto paralelo con la matriz o el patrón establecidos; sin salirse un tanto así de las líneas y los márgenes. De ese modo, todos iguales, en el sentido que entiende la igualdad esta época nuestra de corrupción democrática (en el sentido originario de echar a perder, de aniquilar): se entroniza la diferencia como santa patrona de todo, y se la lleva en andas y se hacen rogativas por todas partes, pero –¡ah!– siempre que se mueva dentro de los estrictos límites de la más absoluta corrección. Y estos –los límites– los determinan, con una desfachatez que ya he dicho cinismo, quienes disponen de todo el espacio que quieren para hacerse oír con total impunidad: aquellos convencidos –porque conviene a sus intereses o porque así sirven a otros– de que sólo el medio será siempre el mensaje, y dejemos de darle más vueltas a estas cosas. Y de pensar, ni por asomo. Pongamos que se organiza una lectura de poesía; de poetas jóvenes, desde luego. Pongamos que se organiza en Madrid, y que uno de ellos se desplaza desde una comunidad autónoma de la periferia, mientras el otro vive en la capital: ese jueguito provinciano que tanto conocemos, para apaciguar a los alejados del cotarro y no se diga que con ellos no se cuenta; que toquen, por unos días apenas, lo que creen –porque se les dice– que es la gloria, pero es apenas gloriola.
Para que todo resulte impecable, al que llega se le dice conveniente leer algo de algún poeta consagrado y celebrado –de los del canon y el compás que decía–; y él lo hace, dócil a tales requerimientos. Al que vive en la capital, en justa reciprocidad, se le pide lea algo de algún poeta de aquella comunidad extrema; y lo hace también con el habitual en las nóminas. Todo –como se ve– bien templadito, que no se deslice siquiera el menor asomo de disidencia. Ellos –jóvenes, ya digo– que cumplan como les está mandado, puesto que quieren tener ese minuto de gloria en la Corte. Luego, que lean sus poemas. Para mí, el ejemplo más triste de esta España (y de este tiempo) en que todo vale, en donde todo da igual; hasta la mismísima poesía, por mucho que aquellos del medio hagan con ella retórica tan insoportable, y tan envejecida. Quiero decir, hacen como si para lo que la poesía estuviera fuera para concordar con “lo cotidiano [con] la denuncia de las sombras que deja en el alma la actualidad”. ¿Qué es esto, hablando de poesía? Resulta que volvemos –y se dicen más osados por hacerlo así– a expresiones que valen para cualquier cosa, para cualquier momento. Cotidianidad y actualidad –precisamente– los enemigos del alma de la poesía, los que acaban con ella porque la corrompen. La poesía no es nada sin memoria; digo, sin ahondar en ese espacio y tiempo que nos hace: memoria como espacio de comunión y reconocimiento; no la simple anécdota, y mucho menos la carga sentimental de los recuerdos.
Estos hábiles tahúres de la palabra –no contentos con lo dicho– añaden en seguida, para probarlo, que, si uno de estos jóvenes poetas anda en tratos con lo cotidiano, el otro –para no perder el paralelo– muestra “una ambición de conocimiento espiritual que tiñe su poesía de una ambición religiosa”. Inmediatamente, queda en evidencia el cumplimiento de las consignas exigidas; y se matiza, por si acaso, que en el primero hay también una ambición similar, pero es “mucho más civil, más desgarrada” (¡ah!). Este director de la orquesta mediática hace énfasis con su batuta, para añadir (y que no nos llamemos a engaño): “los dos leyeron algunos poemas (uno, sobre pateras (…); otro, en torno a una experiencia sobre la pobreza en Delhi)”. Así, así se bendice lo que no es poesía, para que todos –siempre las mayorías– crean que eso es, o que ésa es la poesía que se debe hacer. Pongámonos en razón; mejor, parémonos un momento a pensar: por supuesto que la poesía es –tiene que ser– un asunto religioso; no puede ser poesía de otro modo. Ya lo decía el bueno de Francisco Pino: “el poeta es siempre religioso”. Atendamos bien, sin embargo, a una cosa: lo que nuestro empeñoso clericalismo (pro o anti, es indiferente) dice al respecto nada tiene que ver con el verdadero sentido religioso de la poesía (y de la vida, por cierto): cosa del espíritu porque es cosa del lenguaje, y en particular –ya lo adelanté– de la memoria; sin el uno y sin la otra sólo somos eso que se nos quiere imponer: contingencia, que además acaba en el mismo instante de ser comunicada. La poesía –por fuerza– ha de abrir un espacio de comunión.
Este de la religión, el camino imprescindible para alcanzar nuestro principio común, y reconocer así el sentido que adquiere la existencia para serlo. Es materia que, entre nosotros (más papistas, siempre, a todo lo largo de nuestra historia), no parece asunto ni que se trate con atención ni que admita discusión, mientras la memoria a la cual pertenecemos y siempre se ha negado –dígasenos lo que se diga; pregunte, quien no se fíe, a Luis Cernuda– se sostiene sobre ese principio vertebral, desde el mismísimo Dante, a quien no por casualidad llegó Ezra Pound para entender la cosa. Aquí parece que todo comenzó anteayer, que con ese saber barato en que han dado nuestros planes de enseñanza se han liquidado historia y memoria; como mucho, se alcanza a mirar unos setenta años atrás, y ya. Comprensible, pues, que quien ha ido diciendo esas cosas para celebrar la lectura de los jóvenes poetas de nuestro cuento, concluya señalando que ambos –por tratar aquellos temas– dan fe de la “aspiración civil que tiene la poesía contemporánea, de intervenir en la desdicha con el testimonio que nos permitan las palabras y que procede directamente de la rabia del alma” (el subrayado es mío). Nuestro pretendido crítico –a la vista está– sabe poco de poesía; escribe pero no piensa. ¿Es que después de tanto viaje, sólo hemos logrado volver al punto de partida, para comenzar otra vez? Claro que así ha sido nuestra historia toda, nuestra permanente frustración política, nuestra imposible construcción de una sociedad moderna: lo hemos dejado todo para una próxima ocasión, y llegada ésta, de nuevo comienza el debate inicial… Y así desde 1812, que dentro de poco celebraremos tan ufanos.
Pero atengámonos a la poesía: ¿qué es eso de “la rabia del alma”? Pero si la docilidad y la servidumbre a la corrección, tal hemos señalado, es absoluta en estos poetas –en la mayoría hoy– pues no pretenden más cosa que un lugar al sol del medro literario. Lo dijimos también: cumplen escrupulosamente cuanto de ellos se espera, y eso les proporciona un par de líneas que los celebran, en cualquier crónica de urgencia. Dígaseme qué credenciales aportan para ofrecer sus versos al público, para merecer tal atención. Pero no. El comentarista los acoge en su columna, y cuanto escribe acerca de ellos (y acerca de la poesía, que es más grave) resulta justamente lo contrario de lo que debería ser (de lo que deberían hacer); y procede de ese modo con la pretensión de que miren –la una y los otros– hacia donde no les cumple mirar: los lenguajes del poder y su trampa permanente; que reproduzcan la ambición de éste por secuestrar y manipular los significados, secuestrarlos para poderlos manipular con total impunidad. Los poetas españoles de ahora, y en particular los más jóvenes, habrán de entender que la posición disidente de la palabra poética reside en la capacidad que ellos puedan trasmitirle para la reflexión y para el pensamiento, referidos estos últimos a la existencia y a sus interrogantes, al vasto espacio de la memoria que nos hace; habrán de entender que todo este atrevimiento que le dicen es sólo disciplinada reiteración de un lenguaje muerto por trivial, el de la comunicación y el consumo más innobles. Esto correspondería hacerlo, si acaso, a otras formas de escritura, no desde luego a la poesía. Y si de reflexión y pensamiento se trata, el compromiso del escritor, su responsabilidad con el lenguaje, no puede avenirse a los modelos establecidos de ritmo y léxico: en la sintaxis es donde está la semántica, en la propia voz, frente a ese compás que sólo halaga el oído, frente al prosaísmo avulgarado que niega toda capacidad poética a la expresión.
Lo que el poder pretende, como siempre, y sus corifeos bien adiestrados contribuyen con toda eficacia a lograrlo, es desterrar la poesía de verdad, pues con ella quedaría de inmediato en flagrante evidencia la mentira sobre la cual poder y corifeos asientan sus reales, y desde donde reparten bendiciones y mercedes. Piensen, precisamente los poetas jóvenes, por qué –además del celo testimonial, comunicativo y rabioso, que acabamos de ver– se fomenta, como si se tratara del lenguaje más atrevido y más nuevo, el léxico (sólo el léxico: es muy sintomático) de los medios o de las nuevas tecnologías, donde los significados son inflexibles y encorsetan la expresión, donde no existe modo alguno de abrir la palabra a la libre afluencia de sus sentidos. Una añagaza muy propia de estos tiempos de gran penuria intelectual, donde –además– la existencia parece ser cosa de argumento y no el asunto primordial de la creación literaria. Escribo esto, y pienso que se cumple ahora el cincuentenario de la muerte de Albert Camus; sólo digo que se lea con atención su integridad, y que desconfiemos de tanta faramalla celebratoria bajo la cual, sin ninguna duda, los menos dignos tratarán de acogerse con una desfachatez insoportable. Porque ni saben… Regreso al principio, a la velada queja de aquel amigo que me reprochaba el atrevimiento al hablar de estas cuestiones en estos términos. Sí, él también escribe poesía y –como es natural– teme que en mi juicio yo incluya también su propia actitud como escritor. Pero teme mucho más, y no puede disimularlo aunque quiera, que se le vengan abajo tantos nombres consagrados, tanto prestigio histórico que cómo va a ponerse en cuestión… Vuelvo –digo– a aquella conversación y no tengo otro remedio –por más que quiera matizar mis opiniones– que concluir que me asiste la razón; no sé si tengo o no tengo razón; que es ella quien me asiste, no debo dudarlo en absoluto.
subir
Febrero-marzo 2010 ©