Por Juan Salido-Vico
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Me alojo por unos días en el apartamento de un amigo, en París. Durante la primera noche, y tras constatar que el insomnio ha viajado conmigo, decido levantarme y echar un vistazo a la biblioteca del salón. Dejando vagar la vista por los anaqueles, no tardo en toparme con algunos libros de Perec, y entre ellos con esa deliciosa nouvelle titulada El viaje de invierno. La tentación de remedar la situación que allí se narra es irresistible, así que no dudo en arrellanarme con el librito en una butaca dispuesto a emular a su protagonista, Vincent Degraël, quien, durante una inolvidable jornada, encontraba en la biblioteca de sus anfitriones el más perturbador de los libros: Le voyage d’hiver, de Hugo Vernier. Una obra maestra oculta, ocultada por los más celebres escritores de finales del siglo XIX y principios del XX, de Lautréamont a Rimbaud, de Verlaine a Mallarmé. Degraël descubría maravillado cómo todos ellos habían saqueado esa pieza magna, fechada mucho antes de sus respectivas obras, cómo se habían apropiado sin excepción de sus mejores frases para, culminado el expolio, hacerla desaparecer por completo y convertir a su autor en un absoluto desconocido.
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Acabada la lectura, retrocedo en busca de dos subrayados a lápiz que me han llamado la atención. Uno destaca un hallazgo expresivo: antología premonitoria. El otro parece obedecer a la curiosidad por un listado de escritores franceses del XIX poco conocidos, a los que el plagio escenificado por Perec no les habría reportado la fama mundial que sin duda creyeron merecer. Mientras trato de descifrar una nota que invade el margen externo de una de las páginas, observo con detenimiento las dos manchas, quizás de café o té, que la decoran, y que consiguen evocar el viejo proyecto de confeccionar un catálogo de mi propia biblioteca compuesto por fichas en las que el compendio de las particularidades de cada volumen (manchas y golpes, marcas, notas, subrayados) sustituiría a la habitual retahíla de datos impersonales. En esas fichas que nunca confeccionaré también habrían de tener cabida las diferentes lecturas a las que cada libro me hubiese querido conducir, el lugar y momento de su adquisición, las vivencias más destacables que hubieran coincidido con el tiempo de su lectura...
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Hay autores que nos empujan irremediablemente a la escritura. Cuando leemos a Perec no es raro que nos invada un deseo enorme de imitarle, de lanzarnos a hacer listados de meacuerdos o catálogos de cachivaches. Cuando leemos a Perec sentimos una curiosa mezcla de admiración y de envidia, pues muchos sus hallazgos se nos antojan tan brillantes como evidentes. Perec recoge lo que estaba ante nuestras narices, eso que curiosamente nadie era capaz de ver pese a ofrecerse sin más, un tesoro desenterrado y fuera del cofre, abandonado en una esquina, sobre un banco, a los pies de nuestra cama.
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Perec quiere convencernos de que aún es posible comprender el mundo. Primero divisa el límite, después decide mantenerse a distancia, luego se entretiene lanzando pequeños cantos rodados en aquella dirección (que es todas las direcciones), para recrearse por fin en la descripción de las ondas expansivas. El horizonte móvil de una tierra mítica cuyo nombre ha de mantenerse en secreto, como el nombre del Dios hebreo, pues no existiría si no estuviese siempre fuera del alcance del pie, de la lengua. Perec juega sin cesar a perseguirla, a invocarla elípticamente (como en el pasatiempo infantil del veo-veo), acechando su propia nuca con preguntas cuyas respuestas sospecha de antemano. En el fondo no se trata más que de jugar a un único juego cruel. De escribir sobre un espejo roto.
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En el siglo de la desconfianza en la palabra, Perec se aferra a un sistema de una inocencia conceptual conmovedora, empujando de nuevo el péndulo paralizado por Beckett, creyendo todavía, a pesar de todo, en la capacidad ordenadora del lenguaje. Sus libros, más allá de ostentar el virtuosismo de una escritura brillante como una ecuación, quieren ser una estrategia contra la angustia de la época. Al abrir el paréntesis moroso del Juego, reclama de inmediato la presencia de la Norma, pues sólo fijando unas reglas se puede jugar: sabe que únicamente trazando de antemano un mapa detallado de la ruta logrará olvidarse del camino y dedicarse a enumerar las hojas de los árboles. Pero al ser reivindicada, la Norma queda también en evidencia, nos deja ver sus costuras, su carácter caprichoso y gratuito, su excesivamente severa aplicación. Asomados al microscopio de Perec, maravillados por lo irreal de la realidad, sorprendemos de pronto al caos y al orden intercambiando sus antifaces durante un descanso del baile.
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Me acuerdo de las largas discusiones que de niños manteníamos a la hora de fijar las reglas del juego recién inventado; su desarrollo, al fin, era lo de menos: importaba sobre todo la negociación, implacable e impredecible. No recuerdo ninguna de esas reglas, ni la mayoría de de esos juegos, pero sí la fuerza de las disputas, el ansia por imponer el criterio propio. Ahí se agazapaba, en realidad, el juego en sí.
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Releer a Perec como el que juega a un juego conocido: conoces el mecanismo, pero nunca el resultado.
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El hiperrealismo de Perec, prisionero voluntario de su mise en abîme, no se correspondería ni al de una foto ni al de una pintura, sino al de la foto de una pintura, o al de la foto de una foto de una pintura. Para disimular el trampantojo, Perec engarza huecos, teje redes con apariencia de tapices, dibuja grietas invisibles sobre muros translúcidos. Todos sus textos acaban siendo catálogos de ausencias, donde la exhaustividad de lo compilado no deja de poner en evidencia lo que falta. Sus enumeraciones compulsivas oscilan entre el horror vacui y la atracción por el abismo de la página en blanco. Sus páginas son los planos de un película inmóvil, cuya finalidad es la de agotar el espacio, igual que Proust o Joyce intentaron agotar el tiempo, con la pretensión de no dejar ningún detalle, por insignificante que parezca, al margen de un encuadre que desprecia sistemáticamente el fuera de campo. Aunque ese fuera de campo no pueda ser sino un nuevo campo, gigantesco y magnético, hacia el que inevitablemente se siente atraído todo lo nombrado, una tierra mítica e innombrable, acaso el paraíso mudo de la infancia perdida.
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Decido buscar información sobre los ignotos literatos del XIX citados en El viaje de invierno. Como no tengo ganas de ir en busca del portátil (lo que, además, le restaría encanto a la situación), echo mano de un apolillado manual de historia de la literatura francesa que localizo en un rincón de la librería. No encuentro referencia alguna a Charles de Pomairoils, a Hippolyte Vaillant ni a Charles Morice. Victor de Laprade comparece de forma anecdótica, al igual que Anthony Valabregue, cuyo mérito mayor pudo consistir en posar para un lienzo de Cezanne.

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Me divierto mucho, en cambio, con un tremebundo poema de Maurice Rollinat, algo así como un epígono de Baudelaire:
Edgar Poe fue demonio, nunca quiso ser Ángel.
En lugar de al Ruiseñor, prefirió cantar al Cuervo.
Sobre el mismo diamante del Mal y de lo Extraño
Cinceló sus ensueños terriblemente bellos.
El tal Rollinat daría la talla de protagonista en una historia de ficción. A propósito de su biografía se podría urdir un escorzo narrado por algún personaje cercano que, tras la muerte del poeta, diera cuenta retrospectivamente de su lucha por el esquivo reconocimiento literario. Recrearía las veladas en Le Chat Noir, donde cantaba al piano sus poemas y los de sus maestros, sus problemas de salud, su relación con Georges Sand, de la que era ahijado, la devoción por su padre, el rechazo hacia su madre, la huida al mundo rural, harto de la incomprensión de sus contemporáneos...
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Al bueno de Albert Mérat, también citado por Perec en su relato, se le recuerda (o casi) por obras como El ídolo, fetichista sonetario consagrado a cantar las excelencias de las diferentes partes del cuerpo de la amada. Aunque lo que de verdad pasó a la historia fue el célebre Soneto al agujero del culo, de Rimbaud y Verlaine, parodia más o menos evidente del libro de Mérat.
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Entre las reproducciones del manual, encuentro una del célebre retrato de grupo de Fantin-Latour Un coin de table (1872), donde aparecen, además de Verlaine y Rimbaud, los poetas Léon Valade, Ernest d'Hervilly, Camille Pelletan, Pierre Elzéar, Emile Blémont y Jean Aicardel. Un ramo de flores en el extremo derecho del lienzo llena el hueco dejado por Mérat, quien se negó a ser representado junto a la turbulenta pareja.

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Ir en busca de un texto; descubrir apenas que el texto estuvo siempre ahí. Escribir, sospecho, consiste en aprender a leer dicho texto. Ingenuamente, todavía ansiamos que ese texto venga hacia nosotros, en nuestra busca. Pero el gesto inicial de la escritura supone en realidad un gesto doble. La escritura está hecha de esperas, de impaciencias y aplazamientos; también la lectura. Henry Miller, por ejemplo, retrasó la lectura de la poesía de Rimbaud durante años, convencido de que tras su lección ya no habría vuelta atrás, de que su visión de la literatura cambiaría sin remedio.
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Miller, como tantos otros, no dudó en abandonar su mundo para salir a buscarse por las calles de París, y tuvo la suerte o la desgracia de ser encontrado allí por su doble, su monsieur Hyde particular, el futuro autor de sus libros. Perec, en cambio, no necesitó más que asomarse a la ventana de la casa de sus tíos (quienes lo habían adoptado al acabar la segunda Guerra Mundial, tras la muerte en combate de su padre y la desaparición de su madre en Auschwitz) para contar el universo y contárnoslo.
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Ni Charles de Pomairoils ni Hippolyte Vaillant, ni Charles Morice ni Victor de Laprade, ni Maurice Rollinat ni Albert Mérat llegaron nunca, al contrario de Georges Perec, a formar parte del callejero parisino. La calle Perec está situada en el distrito 20 de París, no lejos del cementerio de Pére Lachaise, donde reposan sus restos. Se trata, según recuerdo, de una vía minúscula y anodina, residencial, sin ninguna relación con la existencia del escritor. Uno hubiera querido que su nombre hubiera desplazado al de Vilin en el rótulo de la calle donde discurrió buena parte de su infancia, pero una reforma urbana llevada a cabo durante los años setenta cambió por completo la fisionomía del barrio en el que se ubicaba, haciéndola desaparecer. Es una lástima, del mismo modo, que la rue Simon Crubeiller, donde el autor situó el célebre inmueble de La vida, instrucciones de uso, no haya existido jamás. Quizás el ayuntamiento parisino debería plantearse construirlos, la calle y el inmueble, pues Perec incluso se tomó la molestia de imaginarlos en un punto exacto (y real) de la ciudad: entre las calles Médéric, Jadin, De Chazelles y Léon Jost, en el barrio de la Plaine Monceau, cerca de un bonito parque decorado con ruinas falsas, en el sector sur del distrito 17.
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Febrero-marzo 2010 ©