Por Natalia Zarco (Librería Galatea, Cambrils)
Marcel Schwob venía conmigo en la mochila de la universidad en el tiempo en el que vestía yo riguroso luto por el mundo: mezclados con los apuntes iban las lecciones Sobre el suicidio de Hume, el Anticristo de Nietzsche, Zucco de Koltés y Schwob, que junto a Bruno Schulz, eran los raros que había que leer para cultivar íntimamente ese pesimismo existencial que nos hacía tan ‘punk’…
Leí Espicilegio, en el que Schwob realiza un ensayo sobre sus autores favoritos del momento, entre ellos Stevenson cuando aún nadie sabía quién era Stevenson… Leí sorprendida, como al descubrir al poeta Catulo, los Mimos, texto en el cual el autor hace alarde de su erudición en temas de literatura clásica imitando a su manera las composiciones del poeta Herondas del siglo III a.C. Escrito en pequeños fragmentos de prosa poética elegante y original, Mimos nos traslada a escenas mitológicas y cotidianas de la vida en Grecia en la época antigua. Mis estudios de arte y la sutil melancolía con la que aborda la antigüedad me convirtieron de repente a Schwob en una revelación. Leí en Corazón doble un ejemplo impresionante y desconcertante en ocasiones de lo que es un relato sobre el horror, un viaje por el miedo, la extrañeza, el crimen y la superstición, y después…
Después llegué a Monelle, al Libro de Monelle, curiosa obra breve que el autor utilizó como exorcismo de una de las experiencias más intensas de su vida. Monelle es el nombre que Schwob le puso a Louise, una
prostituta infantil, una lolita sin luz y enferma de tuberculosis, de quien Marcel se enamoró y por la cual, tras su muerte al poco tiempo, anduvo loco por las calles buscándola cuando sabía que ya no la iba a encontrar. Louise representó para Marcel un tiempo de aprendizaje en el que la ternura y el brillo sucio de una infancia rota le llenaron el corazón de una melaza triste que cambiaría su vida para siempre. Monelle es el nombre imaginario que le da a Louise, que es una y todas las niñas putas del mundo, el libro de Monelle va por todas ellas, por Louise y por todas sus hermanas, las niñas sin infancia, retratadas en relatos cortos de imágenes decadentes y decimonónicas. Poéticas, delicadas y brutales, sin caer en dramatismos exagerados, el libro es puro placer estético. Dividido en tres partes, la primera: Palabras de Monelle es una impecable lección en la que el nombre propio pierde su sentido porque no habla la niña sino todas las niñas, ella es y no es, la que se pierde apenas se encuentra, la que sale de la noche y vuelve a ella pues es allí donde pertenece. “Yo soy ésta, y aquélla y la que no tiene nombre”. Monelle habla de la destrucción, del alma, de los dioses… “Que todo dios desaparezca en cuanto haya sido creado” […]“Que todo dios sea dios del momento”. Monelle habla de la vida y de la muerte, del dolor, del olvido… La primera parte del libro es casi un texto bíblico, una parábola en la que habla Monelle como hija de Lilith, diosa hebrea: Lil, cuyo significado es noche, nocturna, oscura, ausente de luz. La segunda: Las hermanas de Monelle, son piezas cortas, como cuentos frágiles, hilvanados sobre personajes que callan más que cuentan, y que representan una colección de imágenes de un simbolismo carente de moraleja, de una melancolía fina y helada como una corriente de aire, de una belleza triste e infantil. La tercera y última parte titulada Monelle es donde el autor explica, como si fuese una fábula, la historia de Monelle. Llena de metáforas punzantes, va recorriendo en una atmósfera de cuento despiadado la vida de la niña en las calles, Monelle la vendedora de lamparitas, de pequeñas llamas encendidas, Monelle el aliento tibio y breve de las niñas enfermas, el pecho herido de muerte, Monelle el abrazo frío e inerte de las muñecas…
Le livre de Monelle, 1894.
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“Lo que dices de mi es mentira que acierta a decir la verdad…” Jesús Aguado, poeta, es uno de esos escritores milagrosos capaces de hacer magia con las palabras. En sus escritos el uso del lenguaje es tan personal y tan sorprendente que acaba una pensando que los cristales de las gafas que utiliza son una herramienta secreta con poderes ocultos que le permiten ver de la realidad mucho más que los demás, le permiten contemplar desde una perspectiva oculta todo lo extraordinario y lo intenso que este mundo contiene, todo lo bello y lo oscuro, todo lo inmenso y lo secreto… que los demás no vemos. Y nos hace reparar en ello, nos enseña a mirar de otro modo, a mirar hacia dentro y entendernos a nosotros mismos de otra manera. Así la poesía de Jesús se convierte en un tesoro misterioso… en ocasiones no sabemos si habla Vikram Babú, el sabio hindú, o si habla el propio Jesús, pero sabemos que sus palabras no son en balde. El juego de palabras, la riqueza en matices, la abundancia en referencias a La India, país en el que vivió un tiempo y del que nos ha contado tantas cosas, convierten sus textos en una jugosa fruta extraña que morder, comer y saborear con gusto. Leerle es escuchar al Mendigo que te contempla desde su humildad y que te mostrará la pequeña lección que te faltaba por aprender para entenderte y entender un poco más esta vida. En su poemario Lo que dices de mí, Pre-Textos 2002, hay versos como: “Todo lo que decimos inaugura distancias, estructura de modo distinto lo que somos y nuestra relación con lo que existe…” Jesús otorga otra dimensión a las palabras, Jesús no escribe, abre caminos que no hemos pisado, nos muestra puertas y ventanas, umbrales y espejos que atravesar para hallarnos, para saber algo que ignorábamos de nosotros y que él sabía… “Por eso las palabras nos escriben, es decir, nos
tornean, nos labran, nos dibujan…” ¿Hay acaso manera más precisa y preciosa de definir al lector? En su lectura, las palabras nos dan forma, nos crean, nos inventan, nos interpretan… Y de ese mismo modo Aguado me escribe, me tornea, me labra y me dibuja, me traza como si fuese un mapa… “Algo dice de mí la labor del orfebre, el arco iris doble, los anzuelos, las diecisiete formas que tiene el esquimal de nombrar a la nieve y el tibetano a la conciencia…” Lo que dices de mí es un libro que no se acaba en el última página, se puede abrir siempre en una página diferente y nueva y cada día el poema es otro, Lo que dices de mí no es un camino pero sí es el reguero que abre el agua en la tierra, siempre diferente, el mar contra la roca, la lluvia escurriéndose en un cristal… “Lo que dices de mí se escribe en las paredes con tizones calientes de tus muslos… Lo que dices de mí me traduce a un idioma que aún no conocemos… Lo que dices de mí me resucita… Lo que dices de mí me deja solo”.
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Henrik Nordbrandt y la fría poesía danesa, así podría titularse esta reseña pero en cambio encontramos en Nuestro amor es como Bizancio a un viajero incansable, explorador del cálido entorno mediterráneo, Turquía, España, Grecia, Italia… Como fascinado por los caminos de la antigüedad, por los templos, los cultos, las inmensas imágenes votivas, los poemas de Nordbrandt tienen un aire y un aroma a mar, a la noche en las ciudades, a especias y flores. Los temas que toca son muy diferentes si bien el amor, sobretodo la ausencia, y la muerte son los más recurrentes. Son sus poemas frescos y sencillos, con palabras claras y estructuras simples pero llenos de matices culturales y personales, tanto que leerlos es toda una lección poética. “Cuando me vuelvo hacia ti en la cama, tengo la sensación de entrar en una iglesia que fue quemada hace mucho tiempo”. La evocación, el alto contenido en hermosas imágenes lejanas, confiere a muchos de sus poemas el misterio y el tono de crónica de un tiempo antiguo, la ausencia de las personas, los recuerdos, “como un golpe de viento en septiembre”, habla de la lluvia, del viento y de los cielos, de las cartas que se escriben desde lejanos países, de la noche en las ciudades en las que somos extranjeros, “como una inscripción en una campana agrietada”, como un secreto revelado o una postal antigua, “No hay cortina entera entre nosotros, ninguna puerta que no esté rota y en cada una de las lámparas apagadas la luz de septiembre mira a su alrededor buscando a los que van a morir esta noche”. No hay artificios
del lenguaje, ni transgresiones ni intentos de deslumbrar con bengalas, la meritoria traducción con la que se nos presenta este autor, resulta un libro lleno de pasajes inolvidables, donde hablan muchos personajes diferentes y donde encontramos de su propia mano la definición más próxima a su poesía… “No busques verdad alguna aquí. Estos poemas son obra de la mano tal y como se movió unos días de noviembre, o se estremecía influida por el humor de su propietario, y por el café, cigarrillos, vino, nubes sobre el valle, muerte de amigos y comunicados de guerra”. Efectivamente no hay verdades ni certezas, hay un gozo intenso por narrar, por pasear literariamente, por imaginar otros tiempos y recrearlos con equilibrio y con madurez. Nordbrandt es el poeta elegante de la cordura, personal e íntimo, firme: “Aunque pudiera volver a vivir mi vida, las mismas encrucijadas me llevarían con toda seguridad a las mismas encrucijadas”.
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Libro de Monelle, Hiperión, 1995
Lo que dices de mí, Pre-Textos 2002
Nuestro amor es como Bizancio, Debolsillo 2010
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Febrero-marzo 2010 ©