
Por Sonia Fernández Pan
Fue Pessoa quien me llevó a Witold Gombrowicz (1904-1969). Para ser más exactos, fue la afirmación de que Pessoa es una de mis maneras preferidas a la hora de pensar en palabras de otros y de que su Libro del Desasosiego es un sentimiento hacia el mundo que comparto desde hace años lo que hizo que alguien me comentase que, entonces, debería leer sin falta los diarios del escritor polaco Witold Gombrowicz. Recuerdo que, a los pocos días, decidí hacer caso de dicha recomendación y me acerqué a una librería para buscar el volumen sugerido. Si la lectura de una novela implica un acto de voyeurismo ante nuestra entrada como lectores en una realidad ajena de la que nos vamos adueñando a medida que avanzan las páginas y las palabras, la lectura del diario personal de un escritor multiplica ese reclamo gracias al carácter lícito de nuestra intromisión en pensamientos (otros) a lo largo de una vida de la que apenas conocemos nada. Lo privado se hace texto, se vuelve público y, gracias a la lectura, nace la pertenencia de lo ajeno.
No encontré ese Diario (1953-1969) de Gombrowicz en ninguna librería por aquellos días de invierno, así que me quedé un buen rato observando los libros del escritor que sí se me ofrecían en las estanterías para un compra inmediata, intentando decidir de un modo intuitivo cuál podría ser la mejor opción para empezar una relación en pretérito presente con la escritura de Witold. Elegir el primer texto de un escritor desconocido es un momento delicado que exige siempre cierta cautela. Porque así como podemos estrenar el principio de una largo matrimonio literario, también podemos tropezarnos con un divorcio prematuro.
A través de la lectura intermitente de la contracubierta de dos volúmenes, Ferdydurke y Pornografía, opté por volver otro día con las ideas un poco más claras y escoger uno de los dos. La adquisición de un libro es también la conquista de un proceso, una negociación entre el texto en sí, nuestras expectativas y nuestros estados de ánimo. El libro, aunque se inscribe en el orden de los objetos de consumo que prolongan nuestra identidad, opera más allá, en una dialéctica donde nosotros elegimos el libro pero el libro nos elige a nosotros. Finalmente decidí establecer un diálogo con Pornografía. Y he reconocer que es el único libro que he leído hasta el momento de Witold Gombrowicz.
En la superficie de las palabras, Pornografía es un relato sencillo: en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Fryderick y Witold deciden alejarse de Varsovia para pasar unos días en un caserón rural, propiedad de un terrateniente. En la campaña polaca tropezarán con una familia ordinaria cuya vida discurre apacible e indiferente al conflicto bélico. Ambos personajes comenzarán a intervenir en la vida de los miembros de la familia, cambiando el devenir lógico de los acontecimientos. Pero más allá, alejándonos de la epidermis del relato, Pornografía es un compendio del estilo narrativo de Gombrowicz y de los temas que atraviesan su literatura. Si todo lector tiene algo de voyeur, los personajes de este libro son una ingeniosa representación de lo que podría denominarse un “voyeurismo preformativo”: la capacidad de observación y análisis como paso previo para la manipulación de las relaciones humanas con el fin de que los demás actúen como nosotros desearíamos que lo hiciesen. El voyeurismo de Fryderick y Witold nace del placer que surge gracias a la adecuación de los acontecimientos deseados con los acontecimientos que efectivamente se van sucediendo.
La posición del voyeur se instala en el juego de la mirada entre un sujeto que mira y un sujeto que es observado. Inmediatamente la sexualidad entra en escena y, aunque en Pornografía no haya ningún pasaje que remita a esa sexualidad explícita que su propio título sugiere, el hecho del voyeurismo en sí mismo genera excitación gracias a esa mirada que vigila clandestinamente. Porque mirar sin ser vistos también nos permite adentrarnos en una arquitectura invisible del control sobre el otro, que nos seduce sin (apenas) darse cuenta. El voyeur de Gombrowicz no es un simple mirón, sino un director escenográfico que elige con cuidado a los actores de su obra. El erotismo, para Fryderick y Witold, no está en la sexualidad de los otros. Lo erótico está en la juventud y en la manipulación de las vidas ajenas, transformando al lector en un cómplice más dentro de toda la pantomima que se desvela en Pornografía.

Narrado en primera persona y en clave de literatura costumbrista, la voz meticulosa del polaco nos descubre un mundo rural que paulatinamente abandona su estado bucólico. Pornografía es una Arcadia de tiempos compuestos en la que los dos protagonistas impulsan unos planes improvisados: conseguir contra todo pronóstico la unión de los dos adolescentes Henia y Karol como un mecanismo para deleitarse con la juventud desde la madurez. Ya nos dice el propio Gombrowicz: “el hombre quiere ser joven”. Mientras que los jóvenes apenas miran con deseo hacia los adultos, los adultos miramos hacia la juventud bajo la seducción y la resignación de lo que nos está vetado. Y aunque observar la juventud ajena no nos hace más jóvenes, entrometernos en ella e instigarla sigilosamente nos aloja en una ficción de pertenencia que, finalmente, nos hace prisioneros de aquel tiempo al que no podemos regresar. A pesar de la manipulación del viejo sobre la vida del joven, es el viejo el que vive sometido al joven a causa de su codicia insatisfecha. El exceso de atención sobre lo que no poseemos sencillamente engrandece nuestras carencias. Desear la juventud ajena tan sólo nos hace más viejos.

El voyeur lo es porque sabe que no puede pertenecer al paisaje humano que espía; se queda detrás de las bambalinas contemplando a hurtadillas una representación de la que no puede ser partícipe ni espectador. Es por esta razón que, como ya he dicho antes, los protagonistas de Pornografía no se conforman con mirar y complacerse con la realidad circundante y van más allá, actuando sin ser vistos por nadie. Si bien no pueden entrar en escena como protagonistas, sí que pueden dirigir los movimientos de los demás actores gracias a una premisa fundamental que se basa en la seducción mutua: Witold y Fryderick son seducidos por Henia y Karol porque Henia y Karol se dejan seducir por Witold y Fryderick. Revelado esto, lo demás es “coser y cantar” dentro de esta historia que se complica progresivamente y cuyos posibles resultados se van haciendo más atractivos para Fryderick y Witold quienes, a pesar de sus diferencias, no olvidemos que siempre vemos a Fryederick bajo los ojos de Witold, no dejarán de buscar “la ligereza y la irresponsabilidad” que caracterizan la edad adolescente en los actos de Karol y Henia. Frente a leyes morales que delatan la mirada sobre el otro como delito, Gombrowicz nos presenta una historia que funciona como una parodia de la novela tradicional y en la que mirada del otro termina con un delito por partida doble: un asesinato cometido desde la madurez y otro cometido desde la juventud, un homicidio como respuesta a ciertos razonamientos contumaces y otro como ejecución irreflexiva de una orden externa. Porque Gombrowicz nos recuerda que no significa lo mismo matar a los quince años que a los cuarenta, que las consecuencias de los delitos no pesan igual a una edad que a otra y que se olvida más fácilmente cuando no se tiene memoria.
Lejos de formar un capítulo dentro de esa “literatura del holocausto” por la situación espacio-temporal de su autor, la historia “metafísico-sensual” de Pornografía se inscribe al lado de todas esas rarezas que nos ha dejado la literatura vanguardista del siglo XX. Tras el reclamo de su título –hay que admitirlo, todavía hoy día todo aquello que esté relacionado con el sexo nos hace desviar la mirada y prestar atención– Pornografía es también una buena manera de empezar un relación con el universo literario de Gombrowicz. Personalmente, antes de fisgonear por sus diarios creo que continuaré con Ferdydurke ya que, como dicen todas las contracubiertas que tuve oportunidad de leer antes de tomar mi decisión de compra, es el origen de Pornografía. Y así como siempre tenemos curiosidad por saber como terminan nuestras propias historias, también siempre tenemos curiosidad por saber cómo empiezan las de los demás.

Gombrowicz, Witold, Pornografía, Barcelona, Seix Barral, 2002.
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Enero 2010 ©