Palabras sobre palabras
Por Anna Maria Iglesia Pagnotta
“Únicamente se puede vivir todas las vidas según la frase de Flaubert, a través de la escritura o de la lectura, porque constituyen otras tantas maneras de no vivirlas de verdad”
Pierre Bourdieu
Escribir, afirma Paul de Man, es “la eliminación determinada de la determinación”, es trazar huellas de un sentido indeterminado, inaprensible; las palabras trazadas en esta hoja en blanco son los ecos indescifrables de un silencio que habla. ¿Por qué leer, por qué adentrarse en el laberinto textual de los significantes sin poder hallar la salida?

Leer es recorrer los caminos de un bosque de palabras sin referente, de palabras trazadas en un fondo blanco tras las cuales se esconde el abismo de la incertidumbre, del sinsentido. Leer para no superar nunca ese abismo, teorizar para alcanzar siempre la indeterminación de una ambigüedad infranqueable. ¿Qué sentido tiene teorizar sobre textos sin sentido, sobre palabras que susurran sentidos siempre desconocidos, siempre indeterminados?
En sus Cartas a un joven poeta, Rilke le aconsejaba al futuro literato: “lea lo menos que pueda de cosas estético-críticas; o son opiniones periodísticas, petrificadas y vaciadas de sentido en su endurecimiento contra la vida, o son hábiles juegos de palabras en que hoy se saca una opinión y mañana la opuesta”. Leo a Rilke y me pregunto por qué llenar mis estantes con ensayos, con manuales, con libros sobre otros libros; leo a Rilke y me pregunto el porqué de las horas en biblioteca, de las horas en busca de una lectura correcta, de un sentido siempre exiliado, horas en que la ceguera sigue venciendo la visión, ¿alguna vez será al contrario?
La literatura no es una ciencia, no busca determinarse, al contrario, busca diseminarse en caminos huidizos, caminos que se pierden dejando tras de sí un origen desconocido. Los Textos, escribiría Roland Barthes, se convierten en mi campo de batalla, en una explanada donde a oscuras busco una luz, una luz que no me indique la salida, sino el camino hacia un continuo perderse; perderse, ese es el objetivo de quien teoriza, este es el objetivo de quien estudia las palabras ajenas trazadas sobre hojas que algún día fueron blancas. Hallarse es lo erróneo, es necesario perderse sabiendo que no hay una dirección única, sino tan sólo un viaje a los abismos de la indeterminación. Estudiar lo que otros escribieron para indagar sobre un lenguaje huidizo, preciso y a la vez ambiguo, para comprender la retoricidad de un lenguaje que nunca será comprensible, pero que en su incomprensibilidad seguirá abriendo puertas para la interpretación.
No se puede leer sin interpretar e interpretar es precisamente hacer hipótesis sin nunca hallar una tesis; la literatura no busca teoremas, quien estudia la literatura no aspira a buscar síntesis, sino a plantearse nuevas preguntas acerca de aquello que carece de respuesta. No importa saber qué quería decir el escritor, no importa cuando lo quiso decir, importa sólo aquello que dijo, importan sólo aquellos trazos que un día decidió dejar en una hoja esperando la ávida mirada de un lector.

Desdeñosamente afirmaba James Joyce que había escrito el Ulysses para que los críticos pasaran más de trescientos años intentando entenderlo, lo afirmaba con soberbia sin saber que había hecho el mejor de los regalos posibles, había dejado un texto inacabable, un texto sin márgenes, libre de ser escudriñado una y mil veces sin nunca llegar a agotarse. Puede que, como afirmaba Adorno, el “esfuerzo del ensayo refleje aún el ocio de lo infantil, que se inflama sin escrúpulos con lo que ya otros han hecho”, un ocio que el Ulysses no ha hecho más que resurgir, un ocio que continúa siendo el predilecto de todos aquellos que en los textos ven más que palabras para leer, ven caminos donde perderse, caminos cuyo mapa intentan trazar con la certeza de que será siempre un mapa imperfecto, un mapa erróneo.
El ensayo es este mapa erróneo, es el mapa que, ante la discontinuidad, no busca tapar las fracturas causadas por ella. Leo Adorno y olvido a Rilke, leo Adorno y encuentro el motivo de mis estantes ocupados por libros sobre otros libros; en El ensayo como forma reconozco mi ingenuidad, aquella “del estudiante que no se contenta sino con lo difícil y formidable”, esa ingenuidad que “es más sabia que la adulta pedantería que con amenazador dedo exhorta al pensamiento a comprender primero lo sencillo, antes de atreverse con eso otro complejo que es lo que propiamente le atrae”.
No temo la ceguera, huyo de la visión; escribir sobre las palabras trazadas por otro es escribir a oscuras, es trazar un mapa de aquellos significantes que impiden ver más allá de ellos; no hay nada tras ellos, significantes tras significantes que esconden ese abismo infranqueable de la indeterminación. No debe ser saltado ese abismo, es imposible superarlo, tan sólo acercarse a él, es el acercamiento del estudiante hacia el trabajo crítico, hacia el estudio literario, un estudio que “debe estar inserto en el deseo”.
Es el deseo que empuja al abismo al ensayista, al joven estudiante de letras que, como a finales de los setenta escribió Roland Barthes, es necesario no por “su competencia o su función futuras”, sino por “su pasión presente”. Es el estudiante de letras el auténtico protagonista de este artículo, un protagonista escondido tras un continuo seguirse de palabras ajenas, de citas y referencias, un protagonista escondido tras las palabras que el mismo teclea en el ordenador y que, desde el silencio de la biblioteca, intenta hacer resonar las palabras que otros escribieron y cuyo susurro todavía resuena incomprensiblemente.
El estudiante de letras es aquel que aspira “entrar en el juego del significante, en la infinitud de la enunciación”, que desea “escribir, sacar el yo, que cree ser, de su concha imaginaria, de su código científico, que protege pero también engaña”; el estudiante de letras es aquel que, siguiendo aún los imprecisos mapas trazados por otros, busca “arrojar el tema”, los textos escritos por otros, “a lo largo del blanco de la página [...] para dispersarlo”.
Puede que todo resulte confuso, pero el estudiante de letras no busca la claridad, tan sólo busca explorar todos aquellos significantes que, incomprensibles, se le presentan en cada una de sus lecturas; en su ociosa ingenuidad, el estudiante de letras busca liberar estos significantes, hacerlos aflorar en una nueva superficie, en una nueva página de la que, algún día, trazar ese mapa impreciso que ya otros trazaron.
Marcel Proust, en el recuerdo de su divagar por Venecia, afirmaba que “buena parte de lo que creemos procede de un primer error en las premisas”, un error que no debe interrumpir el proceder del estudiante de letras, pues su error no será más que la conciencia de una lectura nunca certera, siempre desviada por unas premisas inevitables. La lectura siempre será errónea, la visión nunca vencerá la ceguera y el estudiante que teclea estas palabras, aparentemente inconexas, permanece consciente de que “lo poco que yo he aprendido hasta ahora no es casi nada en comparación de lo que ignoro y no desespero de poder aprender”.
En el viaje no desesperado hacia el abismo del texto, el estudiante de letras seguirá buscando ese Aleph que, sin embargo, siempre será falso, pues nada verdadero se esconde tras los significantes trazados en una página que algún día fue blanca.

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Enero 2010 ©