
Por Natalia Zarco
(Librería Galatea, Cambrils)
Cada vez que me pongo a escribir soy más consciente de que no puedo hablar de un libro o un autor como quien hace una ecuación o explica un teorema. Cada vez que escribo, como ahora, es porque me he asomado a la profundidad de los espejos, porque he visto mi reflejo en los otros, porque he seguido unos pasos que me han conducido de frente hasta mí misma. Cada vez que me pongo a escribir sobre una obra, sobre su autor, estoy escribiendo sobre mí. Me quedé pensando mucho rato, absorta no recuerdo en qué, cuando por primera vez cayó en mis manos un libro que recogía buena parte de la obra publicada de Francesca Woodman. Las fotografías fueron pasando despacio ante mis ojos y en algún momento un pequeño golpe de vértigo me hizo respirar con dificultad. Hace ya años de esto y si algo tenía muy visto en ese entonces, de pura curiosidad, era mi propio cuerpo, mi propio rostro interrogante y mudo en los espejos. Francesca Woodman se parecía asombrosamente a mí. La nariz, la frente, el cabello, la forma de los pechos, las caderas, el sexo, las manos… Francesca me delataba íntegramente en sus fotos, me desnudaba ante todos, me abría de piernas, me tiraba al suelo, a la tierra, a la ceniza. Momentos de estupor como esos en los que una fotografía te eriza el vello y te sonroja sin ser tuya ni de ti, momentos en los que un texto te desarma y te fusila sin ser tuyo y sin ser sobre ti son las únicas pistas que he ido siguiendo, desde hace tiempo, para averiguar quién soy, suponiendo que ello tenga alguna importancia.
Decía Alejandra Pizarnik, “…ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir…” Haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo. Pizarnik parece haber escrito esa frase para hablar de Woodman, para definir su trabajo. Quizá fue Francesca quien hizo esas fotos al leer los poemas de Pizarnik. Ambas hablaban de mí y no lo sabían. Desde el primer autorretrato que se hizo Francesca cuando tenía 13 años, sus imágenes han sido siempre poemas carnales, fríos, herméticos pero vivos, de cuerpo, de piel, de cabello y de sangre. Utilizando su cuerpo como instrumento principal de comunicación, para crear y representar, la semiótica de sus imágenes habla un idiolecto íntimo, cruel y delicado: el universo personal de Francesca se hace evidente en sí misma. Francesca es papel, muro, polvo y piedra, sale de los espejos, escarba la tierra, emerge del pantano, de las raíces de los árboles, de la tumba, huele a peces en un cesto, a hierba y a bosque. Francesca mira su cámara y se desnuda para guardar silencio y decirlo todo. El cuerpo de sus poemas es su propio cuerpo, su rostro, su delgadez, su melena enmarañada, sus pies sucios, sus muñecas atadas, los rasguños en las rodillas. Hay un silencio en sus imágenes, un componente sobrenatural, fantástico, como si se tratase de una Alicia triste perdida en un feérico mundo al otro lado del espejo.

Las manos de Francesca contra el muro, las “risas en el interior de las paredes” que oía Pizarnik, Francesca colgada del marco de una puerta como un pájaro clavado a una pared con las alas abiertas, y la confesión de Pizarnik: “Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón”. Parece en ambas obras que no exista ya la necesidad de aludir a nada pues todo es y así se muestra. “Ya no puedo hablar más con mi voz, sino con mis voces” dice Alejandra…
Es obvio que llegar tan hondo y ser capaz de salir a través del lenguaje hasta la superficie y con la imagen hasta el exterior, acusando así y evidenciando una hiperestesia tan fértil, no gusta a todo el mundo, para ser capaz de adentrarse en las cavernas de otro hay que conocer antes las propias, hay que saber a que huele una habitación llena de soledad, a qué sabe la incomunicación, dónde duele el silencio.
Sensibilidades de este tipo, propensas a caer al vacío en cualquier momento, propensas creo yo por lucidez y no por locura, al suicidio, lo son quizá por haber visto demasiado pero no lo suficiente, por ignorar tanto, por no ser capaces de obturar tanto vacío, por ser la existencia vista desde sus prismas una exageración de belleza que como tal duele. Francesca Woodman se suicidó con 22 años, ni tan siquiera había terminado sus estudios de arte, dicen que por un desengaño amoroso, quién sabe, quién sabe lo que callaba, lo que no supimos traducir de sus imágenes, quién sabe lo que Francesca veía realmente a través del objetivo de su cámara. Alejandra Pizarnik se suicidó con 36 años. (Foto )
A dónde mira Alejandra exactamente en esa foto, a quién, cómo podía ser tan complicado para ella conseguir una comunicación real con el mundo exterior, ¿tan hostil le era?, “mi refugio es el lenguaje”, decía, en qué momento el lenguaje deja de protegernos o de darnos el calor necesario, en qué momento deja de abrir las puertas para que salgan los fantasmas que ahogan. Qué pensaba Pizarnik en sus silencios, qué pensaba cuando no escribía, cuando decidió no darse un día más.


Qué vieron ellas que gritaban vida en todo lo que hicieron, que crearon, que amaron, que percibían el mundo con una intensidad superior a la de los demás… Qué pensaba Sylvia Plath mientras protegía a sus pequeños hijos de los efectos del gas aislando su habitación, para volver después a la cocina y meter la cabeza en el horno, con 46 años. Qué irresistible atracción la tuvo siempre a un paso de la muerte, una fascinación, una tendencia incorregible, como algo decidido de antemano, previsto en todo caso, sentencia inapelable desde el primer momento. O Anne Sexton con 46 años también, con dos hijas. Qué hizo que Anne se preguntase ¿vive o muero? Live or die. Plena consciencia de lo que ocurría, plena lucidez, y fuerza de decir hasta aquí es hasta dónde estoy dispuesta a jugar. Ni un paso más. Qué impaciencia. Qué monstruos veían ellas tan aterradores que las hacían huir y narrarse de ese modo desconsolado, que las obligaba a expresarse, de algún modo, como intento vano de restaurar y recomponer los fragmentos de sí mismas, que rotas y resquebrajadas, iban perdiendo por todas partes. Cuántas más podría citar, para seguir hablando de lo mismo, de fantasmas, de carencias, de belleza, de cristales rotos, de poemas, para seguir hablando del frío y del deseo, del sexo, del miedo, de mí, de la nada…

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Enero 2010 ©