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I'm down here for your soul

Por Ana Ciurans


Contrariamente a cuanto se podría pensar, Nick Cave no encontró su primera Biblia en el cajón de la mesa de noche de un motel de mala muerte. La compró, según sus palabras, porque le sacaba gusto al morbo del Viejo Testamento y a aquel Dios maníaco y castigador. Desde entonces y antes de que se calmase y el Dios apoteósico dejase su lugar al más apacible del Evangelio según San Marcos, su preferido, por ser más corto, Cave nos ha ofrecido innumerables versiones de su personalísima y genial digestión religiosa. Con el tiempo, sin embargo, el ser humano tiende a agotar las propias obsesiones e incluso a ironizar acerca de ellas, tal vez para exorcizarlas y privarlas de ese hechizo maligno y amenazador que solo las cosas dichas a media voz logran conservar. Sea come fuere, he aquí a Cave enfrentándose al pecado, ese pecado que casi se me antoja con mayúscula. A cuya luz adquieren sentido, en este orden, las palabras remordimiento, arrepentimiento y perdón. Un magnífico léxico bíblico. Traducido a nuestro lenguaje pagano, algo así como quien a hierro mata a hierro muere. Que más allá de la parábola religiosa no deja de ofrecernos alguna útil y laica verdad.

La muerte de Bunny Munro ha sido publicado contemporáneamente en España por Global Rhythm Press y en Italia por Feltrinelli, con dos diferentes tapas que curiosamente representan visualmente dos ámbitos semánticos de la palabra bunny, conejo. El antropomórfico femenino y el zoomórfico carnavalesco, para España e Italia respectivamente. Pero, curiosidades aparte, se trata de un gran libro con el que Cave se afianza como escritor tras el precedente Y el asno vio al ángel, más oscuro, bíblico y gótico que sin embargo no alcanza su perfección estructural narrativa. Esta es la historia: Bunny Munro, cabeza loca y polla dura, es vendedor a domicilio, previa cita se justifica, de productos de belleza. En el imaginario colectivo podría evocar a la versión bondadosa de Harry Powell, el predicador de La noche del cazador, genialmente interpretado en la pantalla por Robert Mitchum, ese que tenía las manos tatuadas con las palabras “amor”, en la derecha y “odio” en la izquierda. Tiene el cerebro virtualmente encajado en la entrepierna, una mujer a la que ama, un hijo no deseado y un padre que está muriendo de cáncer. En resumidas cuentas es feliz, a su manera. Cabalga un proyecto de vida que no ha elegido. Vive como puede. Y silba.

Convencido como está de confortar con su, llamémoslo eufemísticamente, don a todas las mujeres de todas las edades y condiciones que desde los mensajes impresos en las camisetas, desde las canciones y desde los carteles publicitarios lo invitan a vivir como un erotómano en un mundo erotizado:
“—¿Te gustan los coños, Bunny?
Suena un ligero chasquido cuando el labio inferior de Bunny se derrumba. Sus años protagonizan una espectacular fuga cinematográfica.
—Sí, me gustan —contesta.
[...]
—¿Cuánto?
—Los adoro —nota cómo se evapora una tremenda carga psíquica mientras su vida se escabulle hacia el pasado.
—¿Cuánto los adoras?
—Más que nada en el mundo, más que a la propia vida.”

El suicidio de Libby, su mujer, en tratamiento por depresión y hasta el gorro del culebrón de infidelidades, lo enfrenta a la famosa rendición de cuentas. Con el ejército de las dolorosas y afligidas mujeres que ha ido seduciendo y abandonando, con su pasado y sobre todo con su hijo. Que se materializa en una criatura de nueve años, Bunny jr., aquejado de una rara enfermedad ocular y estudioso compulsivo de la enciclopedia, cuya palabra lo conforta come si de la de Dios se tratase. Los dos juntos, a bordo de un Punto amarillo, por los infinitos caminos del señor, emprenden un viaje metafórico, iniciático  y sin rumbo en el que el destino toma la implacable y mastodóntica forma de una hormigonera. Vigilados por la estroboscópica presencia del fantasma de Libby y con el diablo en persona pisándoles los pies, se medirán por lo que son. Un hombre acabado y un niño que ama a su padre “con todo su corazón y que no lo cambiaría nunca jamás por ningún otro […] aunque no sea tan buen papá como los padres que se ven en la tele, en las revistas y todas esas cosas – que por ejemplo compran la pomada para evitar que sus hijos se vuelvan ciegos o juegan con ellos a fresbee en los jardines públicos–“. La conclusión es que el pobre Bunny no ha dado una en el clavo. Y pagará por ello. No desvelo ningún misterio si añado con la vida. Un final anunciado desde el título mismo, pero glorioso como las trompetas de Jericó. Cave, duro con su personaje, con el lenguaje, genial en la elección de los adjetivos, magnífico en general, domina la novela de la primera a la última página y no podemos evitar el pensar que, como mínimo, haya compartido con él más de un motel, una borrachera o una puta. Lo confirma, hacia el final del libro, la intersección fugaz en una dimensión paralela y lynchiana del tiempo, de un Cave sano y salvo y un Bunny menos afortunado. Y es que Cave ya nos había advertido:  I ain't down here for your money. I ain't down here for your love. I'm down here for your soul. Así es. El escritor se cobra la parte de alma que había sobrevivido, milagrosamente, a la seducción del músico. El amor se lo había llevado hace ya mucho tiempo. Y en cuanto al dinero, La muerte de Bunny Munro es uno de esos libros que no tiene precio.

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Enero 2010 ©

 

 

 

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