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Por Sonia Fernández Pan

Para ciertos términos las definiciones del diccionario resultan insuficientes. Son piezas del vocabulario que van más allá de la argamasa lingüística que empleamos para comunicarnos en el día a día. Son esas palabras que, a causa de un exceso de promiscuidad en su uso, también exigen que de vez en cuando alguien les dedique plena atención. Este acto de “volver a pensar” conceptos se acompaña en la mayoría de los casos de un ensayo que ilustra y comparte las conclusiones de dicho proceso de (re)pensamiento. Algo así sucede con Defensa de lo privado (Editorial Pre-Textos, 2009) del sociólogo alemán Wolfgang Sofsky.

Lo privado, en una sencilla definición, sería aquello que pertenece al universo particular y personal de cada individuo. Pero si pensamos que el individuo también pertenece al orden de lo público, la situación de lo privado se complica un poco más. Empezar un debate conceptual sobre qué es y qué no es privado desembocaría en un agotador ejercicio estéril que dejaría las cosas tal y como ya están. El texto de Sofsky declara ya, desde su propio título, un propósito práctico: avalar la defensa de lo privado en un momento en el cual este derecho se halla bajo sospecha ideológica, a la deriva y en progresiva erosión democrática.
Superada la pretensión definitoria, lo privado emerge como situación en la praxis. Y son precisamente esas situaciones concretas las que dan forma a esta defensa de nuestra privacidad como individuos dentro de la sociedad contemporánea. Porque ocultar(nos) también es un derecho. Defensa de lo privado funciona como cartografía de esos ámbitos en los que la privacidad se ha ido declinando bajo diversas políticas que nos hablan desde un lenguaje paternalista que disuelve la libertad. En una realidad donde impera el exceso de información existir significa ser vistos y dejar huellas con cada una de nuestras acciones diarias. Nuestra vida es un relato más dentro de la narrativa de los bancos de datos.

Al pensar la privacidad inevitablemente tropezamos con el poder. Y si hablamos de poder, hablamos de dominio. Nos dice Sosfsky al respecto: “No son las normas y las instituciones las que constituyen la armazón del poder social y político sino el conformismo de la gente”. El poder a secas se relaja gracias al poder de la costumbre. Frente a la destrucción de lo privado en los regímenes totalitarios y la disolución del individuo en la masa, en la supuesta era del individualismo lo privado se ataca desde el derecho gracias a la moral, la ley, la prohibición y el mandato. Frente a una protección contra el Estado, exigimos la protección del Estado moderno. Frente a una sociedad del control que se basa en la vigilancia, nuestra sociedad disciplinada se sostiene gracias al temor al castigo, la sospecha generalizada y el prototipo de ciudadano transparente que se nos exige ser. “No es el Estado de derecho el que garantiza la libertad de lo privado, sino el comportamiento oculto real de cada individuo”. Es más, el Estado moderno rezuma un paternalismo retórico que nos invalida como individuos y que bajo el pretexto de “cuidarnos” se entromete en todos nuestros asuntos. La función del Estado, afirma Sofsky, debiera ser asegurar la libertad y no vigilar lo que hacemos con ella. Dejar al hombre en su condena existencial de tener que decidir por sí mismo.
La privacidad es también algo físico. Está inherentemente ligada a los sentidos, al tacto. La piel actúa como una frontera entre nosotros y el mundo. Es por ello que, dentro de cada cultura, se instauran unos códigos estrictos para el contacto entre individuos. De aquí la importancia de la cortesía y la etiqueta como moderadores sociales. No obstante, este “respeto por los reservados de los sentidos es una conquista de la civilización siempre amenazada”. El encarcelamiento, los golpes, los cacheos, los controles y las inspecciones continuas siempre son situaciones plausibles que atentan contra nuestra frontera más personal e individual, el cuerpo. Pero, incluso lo que hacemos con nuestro cuerpo es de dominio público. Sexualidad, consumo de drogas, eutanasia, suicidio, donación de órganos, aborto, embarazo son ámbitos que se han desprivatizado a causa de la progresiva intromisión del poder en nuestras decisiones personales. La biopolítica actual que regula nuestros cuerpos, nuestra vida y nuestra muerte no deja de ser heredera de un pasado clerical.
El hogar es el espacio privado por excelencia, un refugio del mundo exterior donde estamos a salvo de las miradas ajenas. Todo ataque contra el espacio doméstico funciona como un ataque contra nosotros mismos. De aquí que la inviolabilidad del domicilio esté cargada de sentido como garante de protección de nuestras esferas privadas e íntimas. Pero también nuestros espacios privados son fácilmente vulnerables hoy día. Una arquitectura transparente a base de grandes ventanales, robos, ataques  domésticos, espacios sin separaciones internas –esos loft tan de moda actualmente–, aparatos de escucha, cámaras de videovigilancia, registros legales e ilegales, redadas configuran una maquinaria de visibilidad de los espacios que deberían estar ocultos a los ojos ajenos.
La propiedad privada no goza de buena reputación. Aunque todos la desean, resulta indecorosa”. Con esta sentencia Wolfgang Sofsky nos introduce en la controvertida relación entre lo privado y la propiedad. Valorando la propiedad privada como un mecanismo de regulación entre las relaciones humanas, a modo de contrato social, Sofsky argumenta que “los intercambios entre personas privadas con la base de la igualdad y la libertad”. Dicha igualdad viene dada por la posibilidad de intercambiar cosas que nos pertenecen y no por poseer las mismas cosas. Es la propiedad privada la que garantiza nuestra esfera privada como ciudadanos, siendo la independencia económica una garantía para la independencia de nuestras formas de vida (y aquí suena el eco de aquel banquero anarquista defendido por Pessoa a principios de siglo pasado).  Contra lo políticamente correcto, Wolfgang Sofsky va más allá y enuncia una crítica contra los impuestos. De nuevo surge el repetitivo paternalismo del Estado moderno, a quien pagamos para la organización de nuestras vidas bajo unos objetivos nada claros ni concretos. El Estado moderno no trabaja realmente para nosotros; somos nosotros los que trabajamos para un Estado que nos impide el monopolio de nuestras propias vidas y se adueña de funciones que no le pertenecen para autofinanciar arbitrariamente su poder.

 

Al vincular información y privacidad, más allá de las habladurías y los chismorreos cuya existencia es indisoluble al orden de los secretos que dejan de ser tales, el poder del Estado administrativo surge de nuevo como bastión de nuestra información. A lo largo de los años rellenamos cientos de formularios donde nuestra vida privada se transforma en datos que sobrealimentan el régimen de la estadística, la ciencia predilecta del Estado. Son los datos los que aseguran el Estado del bienestar, la panacea universal de nuestras democracias, pero también el Estado de seguridad. Es la estadística la que aporta la imagen de ese ciudadano transparente que es deseado tanto por el Estado como por la empresa capitalista y el mercado de mercancías. Un ciudadano que cada vez es menos ciudadano y más consumidor.
Cuando la democracia occidental quiere defenderse a sí misma, el argumento recurrente siempre es el siguiente: la libertad de pensamiento. Seguramente sea cierto. Pero dicha libertad a la hora de pensar presupone un proceso educativo basado en la disciplina social. Los aparatos ideológicos del Estado moderno que ya enumeraba Altusser décadas atrás –religión, escuela, familia, cultura, medios de comunicación– siguen trabajando en la producción de productos colectivos estandarizados.  A la política de la memoria colectiva se une la política de la verdad colectiva. Sin embargo, quizás nada sea más cierto que aquello de “que una libertad de la que no es posible abusar no es libertad”. Deberíamos pensar la libertad admitiendo el riesgo de que ser libres no nos hace mejores, sino simplemente libres. Y de que esa libertad nace de la privacidad y no de la ilusión de seguridad que utilizan tanto el Estado como el mercado a la hora de desprivatizar nuestros espacios personales.

Si por algo se define el texto de Wolfgang Sosfsky no es por esa miopía utópica con la que miran el mundo los intelectuales, consciente a lo largo de todas y cada una de sus páginas de que no hay casi nada en el aparato político actual que pueda tener como prioridad la defensa de lo privado. Ni siquiera da por supuesto que es algo que todos nosotros deseemos. Aún a riesgo de caer en una tautología, lo privado quizás sólo pueda defenderse desde lo privado, es decir, desde nuestra capacidad para cambiar de roles y poder “ser otros” siendo nosotros mismos.  Frente a la estrategia de lo público, la táctica de lo privado. Sin embargo, un alegato como el de Sofsky pertenece al orden de la paradoja que él mismo anuncia: la necesidad de los medios públicos –el entramado que también otorga sentido, produce y sostiene a los intelectuales– para la defensa de aquello que es privado. Frente al consenso y la tolerancia como eufemismos, la posibilidad real de la controversia. Donde lo personal es político lo privado no tiene por qué ser público.

 

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