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Por Anna Maria Iglesia Pagnotta


"Entre el recuerdo que nos vuelve bruscamente y nuestro estado actual, lo mismo entre dos recuerdos de años (...) la distancia es tan grande que bastaría, aun prescindiendo de una originalidad específica, para hacerlos incomparables unos con otros”
Marcel Proust

Escribirse, hallarse tras el yo textual, reconocerse en el texto sin ver a otro; escribir sobre uno mismo, sin desfigurarse, sin ausentarse tras la retoricidad de las palabras, sin huir de ese yo que nunca llega a convertirse en otro. Palabras, sólo son simples palabras de una ilusión siempre perdida; escribirse es siempre convertirse en otro, es siempre desaparecer, desfigurarse; “ser escritor es convertirse en un extraño”, afirma Justo Navarro, “escribir es un caso de impersonation, de suplantación de personalidad: escribir es hacerse pasar por otro”.
El temor ante la desaparición, reivindicar que ese yo no es otro, sino uno mismo, pues solamente el yo puede ser el protagonista de lo inenarrable, solamente el yo puede ser la víctima de lo inimaginable. Éste es el deseo de veracidad, el deseo de que las propias palabras resuenen, es el deso de la víctima, de aquella que escribe después de Auschwitz para que la propia experiencia no se pierda en el olvido de un pasado cada vez más lejano. Adorno, en su Dialéctica negativa, escribió que “la perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar” y, sin embargo, ¿cómo gritar sin desfigurarse?

Páginas escritas desde el desgarro, páginas que, ocupando ahora los estantes de las novedades editoriales, dejan oír la voz de aquellos que en un pasado todavía poco lejano para ser olvidado vivieron lo inimaginable, vivieron lo inverosímilmente real. Páginas escritas para narrar la propia experiencia, pero que al narrarla se obliga a la víctima a convertirse en otro. Es la retórica de la palabra, el velo impuesto por una escritura que, como espejo, deforma cualquier reflejo; nada en el espejo de la escritura es igual a como fue, todo aquello que se convierte en palabra escrita está condenado a la transfiguración. Y, sin embargo, transfigurarse, velarse tras las palabras, no implica narrar lo falso, aquello que nunca sucedió. Escribir es ficcionalizar, pero en la ficcionalización la verdad sigue sonando, las palabras siguen susurrando una verdad incontestable, la verdad de aquello que, de otro modo, no puede contarse. “La realidad suele precisar de la invención para tornarse verdadera” afirma Jorge Semprún en La escritura o la vida, la realidad necesita hacerse “verosímil para ganarse la convicción del lector”.
Si toda obra, para convertirse en obra, busca su lector, lo reclama, más todavía lo busca el testimonio de una experiencia que sobrevive al olvido; el torturado no solamente tiene derecho a gritar, sino que su grito debe ser oído, debe llegar a los oídos de un lector, resonar en ellos incluso cuando el grito, como el libro, haya concluído. El susurro de esas palabras deben continuar resonando, pero ¿cómo llegar al lector sino es a través de la ficción? Es la ficción, es decir, la escritura, aquélla que conquista al lector, aquella que hace que éste recorra con su mirada las páginas escritas y que, mientras peregrina entre las palabras, perciba el rumor de una verdad que necesita ser oída. Es la verdad de la experiencia, de una vivencia reconstruída, es la verdad  que se esconde tras la palabra del escritor, tras la palabra errante, aquella que,  asegura Blanchot “no se detendrá nunca”,  es la palabra escrita después de Auschwitz, por medio de recuerdos escogidos e involuntarios olvidos.
Recordar es rellenar los vacíos dejados por el olvido, el recuerdo no es más que olvidos recuperados, reescritos para no ser nuevamente olvidados. Escribir un recuerdo es escribir nuevamente algo que ya ha sido escrito, que la imaginación ya ha convertido en artificio. Para recordar es necesario antes olvidar, distanciarse del pasado para trasladarlo al presente y reescribirlo; “la memoria es lo que cuenta, lo que gobierna la acción profusa del relato, lo que lo hace avanzar”. No importa cuán fiable sea la memoria, cuán precisos sean los recuerdos; la memoria, como la escritura, nunca es falsa, pero siempre ficticia. Recordar, así como escribir, es desfigurarse, es hacer verosímil aquello que un día aconteció. Semprún necesitaba olvidar, olvidar significaba salvarse de unos recuerdos todavía no filtrados por un tiempo todavía por transcurrir.
Escribir desde un tiempo recobrado, desde un recuerdo previamente olvidado, solamente así Semprún podía dar su testimonio, solamente a través de una ficción fruto de unos olvidos reescritos. “Es cierto que la memoria desvirtúa, agranda y exagera”, escribe Juan Benet en Volverás a Región, “pero no es sólo eso, también inventa para dar una apariencia de vivido e ido a aquello que el presente niega”. Los gritos de los torturados, las voces de aquellos que sobrevivieron a Auschwitz deben sonar contra la negación de un presente que mira al futuro ignorando el pasado; esos gritos deben trasladar el pasado al presente, dejar que permanezcan indelebles las huellas de aquellos días. Son los gritos de un desgarro inenarrable, son las huellas las que deben seguir escribiéndose en el presente puesto que, como afirmó Adorno, “si un mal tan profundamente arraigado en la civilización no adquiere un puesto en el conocimiento, ni siquiera el individuo particular será capaz de acallarlo, incluso aunque fuese tan dócil como la misma víctima”.

Escribir para dar a conocer, para no dejar que los olvidos permanezcan vacíos en una desmemoriada memoria colectiva. Escribir para hacer resonar los gritos de una experiencia inenarrable, una experiencia que, sin embargo, necesita ser escrita y, por ello, necesita de la ficción, de aquella ficción que toda palabra impone, del velo que todo texto cubre. Es el velo de la retoricidad, el velo que des-velándose vuelve a velar, a desfigurar ese yo conviertiéndolo en otro, a deformar aquello que algún día fue, dejando oir, sin emabrgo, aquella verdad que solamente reside en el texto convertido en novela, en obra literaria. Quien escribe debe “dejar que la retórica se apropie lo verdadero del verídico” y, aunque Todorov sostenga que “la esperanza de alcanzar un estado definitivamente libre del mal es una esperanza vana”, la voz de la víctima debe seguir oyéndose, los ecos de lo inenarrable no deben cesar y puesto que, como dice en Marca de Agua Joseph Brodsky, “el ojo de uno precede a la pluma de uno”, la pluma del escritor debe convertirse en los ojos de aquellos que nunca vieron esos días.
Los olvidos serán siempre más numerosos que los recuerdos, éstos serán siempre reescrituras de una involuntaria y a la vez imprescindible imaginación autora, la imaginación de aquel que convierte su experiencia en palabra escrita, en la palabra que, como la noche, es el “lugar de la muerte de la identidad”, es el “momento de la desfiguración”. Y en esta muerte la verdad renace para seguir sonando en el susurro de esas palabras veladas, en el susurro que será “ese sin sentido que dejará oir a lo lejos un sentido (...) el estremecimiento del sentido”.

 


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Noviembre 2009 ©

 

 

 

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