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Por Sonia Fernández Pan

Hubo un tiempo en el que el sentido burlesco de la catalogación del vil marrano era una grave injuria proyectada sobre el judío, errante por doble partida, desde su condición en diáspora continua hasta la propia etimología del término, puesto que “hebreo” significa “aquel que transita”, corroborándose el hecho de que el lenguaje opera como una tecnología a la hora de la construcción identitaria de un individuo o de un colectivo. La terminología animal, el “cerdo”, en este caso, también ofrece interesantes aspectos etimológicos, cuando “marrano”, probablemente deriva del término árabe mahram –cuyo significado es “cosa prohibida”– o de la deformación  del término hebreo macharam atta –que vendría a significar “el anatema caiga sobre ti”. Aplicado al judío, reverbera una exclusión, el eco continuo de la fuga, el escondite, el desconocimiento propio. Ello se traduce en el uso por parte del judío de una identidad doble y no exenta de ambigüedades, el enmascaramiento de la no-identidad, la carga continua, una culpa que gravita sobre dos aspectos: un origen judío y la incapacidad de eliminar el peso psicológico de dicho origen a pesar de su encubrimiento desde diversas variantes según el lugar de destino y proyecto de vida del judío, que se convierte continuamente en ese “otro” bajo dinámicas proselitistas. Un judío que se advierte como oportunista traidor desde su propia comunidad tras la cirugía del disfraz identitario, habitando en un espacio un tanto esquizofrénico entre dos conductas en dialéctica: la privada y la pública, extranjero de los otros y de sí mismo, entre los “hundidos” y los “salvados”, a la manera de Primo Levi. La conversión o la muerte.
Isaak Bábel lleva el judaísmo implícito en su nombre y, paradójicamente, es mediante la conversión a Kiril Liútov que llega a una muerte parecida a la del cerdo en el matadero: un rápido y contundente tiro en la nuca el 27 de Enero de 1940. Caballería roja es obra de un miembro del ejército soviético que, además es escritor y judío. Cuando Ermano Vitale nos habla del vil marrano, establece una interesante digresión: el intelectual marrano, cuya condición es plausiblemente diferente a la del simple marrano, quizás radicalmente opuesto a éste. El intelectual marrano no huye, no se esconde, sino que es alguien que defiende sus diferencias ideológicas con respecto a lo establecido por los parámetro culturales que lo abrazan. Está exiliado, pero de la comunidad intelectual, sin discípulos que lo apoyen en su ostracismo. Dentro de este selecto grupo habitan dispares pensadores: Moisés Maimónides, Moses Mendelson, John Milton, Thomas Hobbes.

Isaak Bábel

Quizás Isaak Bábel acusa una doble conducta como marrano: judío dentro de una Rusia, ya Unión Soviética, impregnada de antisemitismo; intelectual dentro de las tropas soviéticas del Ejército Rojo, incapaz de matar como lo hacen sus compañeros de batalla, aterrorizado y maravillado por los sublime de la violencia, escritor furtivo entre cazadores de hombres en aras de ideales revolucionarios que más tienen que ver con el matadero que con las utopías del socialismo desarrolladas en el papel o en las arengas políticas. La sinergia es imposible.
Pero Bábel y Liútov creían en la revolución comunista, ese proyecto de un devenir déspota que, quizás, se olvidó de las argumentaciones de aquel intelectual marrano que afirmaba que el “hombre es un lobo para el hombre”. Y de lobos está lleno Caballería Roja, empezando por el propio apellido que disfraza al judío Bábel. El significado de Liútov es “lobo” en ruso, en ese intento del marrano Bábel de ser más ruso que los rusos.
Y aunque Bábel no es capaz de asesinar, si es capaz de narrar su violenta cotidianidad en unos cuidados manuscritos, con palabras que traducen las balas de un ejército que avanza implacable sobre el territorio, sensible a la belleza de unos paisajes donde “el sol naranja rueda por el cielo como una cabeza cortada”.
En su dual y perenne condición de marranos, los judíos son descritos en las palabras del escritor “cual simios, como japoneses en el circo, sus cuellos se hinchan y giran”, al lado de unos cosacos que quedan representados en la figura de Prischepa, “canalla incansable, comunista depurado, futuro quincallero, sifilítico impávido y mentiroso indolente”. Pero Bábel no es un cosaco, entre el terror y la admiración hacia ese “otro” que nunca llegará a ser en su condición de marrano, además de intelectual, estigma que lo persigue hasta sus últimos días.
Bábel no es Mayakovski, no canta elegías al proyecto revolucionario fuera de sus escritos para el periódico militar, más cerca de la simple propaganda del panfleto que de la creación literaria. Bábel no ignora la sangría implícita que acompañan al ideal comunista a la hora de su puesta en práctica. La muerte, la sangre, la sífilis, la violación, discurren generosamente dentro de las páginas de ese Bábel que debe esconderse al régimen que lo sostiene, entre lo abyecto y lo bello.
Bábel se inscribe en esa otra literatura, en esos escritores enmudecidos desde el poder soviético durante décadas: Marina Tsvietáieva, Andrèi Platónov, Borís Pasternak, Anna Ajmátova. Enmudecido y asesinado dentro de esas purgas continuas por unos actos pretendidos como “contrarrevolucionarios”. Pero, cuidado, Bábel no genera una literatura de la distopía como Koestler, Huxley y tantos otros. Bábel se circunscribe a la violencia sanguinaria de su presente desde una óptica estetizante que lo convierte en una voz única e inquietante que es necesario escuchar, aunque sea ahora, tarde, cuando la Unión Soviética es un recuerdo melancólico por el proyecto que pudo ser y no fue para muchos y una pesadilla para otros, tras una Perestoika que convirtió el Telón de Acero en fragmentos para el turismo histórico. Es por tanto, indispensable leer a Bábel y resucitarlo de su plural ostracismo, en vida y en muerte, marrano por doble partida.

 


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Octubre 2009 ©

 

 

 

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