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LÉOLO

Por Anna Maria Iglesia Pagnotta

 

“Por la palabra nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia asediante e instantanea”
Maria Zambrano

“Los verdaderos libros”, escribió Proust, “deben ser hijos no de la plena luz y de la charla, sino de la oscuridad y del silencio” y es precisamente en esta oscuridad y en este silencio donde Léolo descubre aquel libro, el único libro que había en casa, y que empieza a leer, arrinconado entre la puerta medio abierta del frigorífico, cuya luz ilumina cada una de esas palabras que con dificultad Léolo recorre con su mirada; L’avalée des avalés, este era el libro de Léolo, el libro cuyas palabras lo hacen renacer en el mundo de la imaginación, cuyas palabras le permiten soñar.


Se escribe porque se lee, el protagonista de la película de Jean-Claude Lauzone empieza así a escribir, Léolo se escribe en su cuaderno donde la realidad se convierte en sueño y el sueño deja de ser ficción para convertirse en realidad; “porque sueño yo no lo estoy” repite Léolo, quien una vez soñó de tener orígenes italiano y que, como él mismo dice, “desde este sueño exijo que se me llame Léolo Lauzone”. Escribirse es reinventarse, es volver a nacer con un nuevo nombre, con un nombre italiano, escribir es hacer de la ficción realidad, borrando las fronteras entre ambas, éstas se confunden sin distinción posible. Léolo escribe en la soledad de su cuaderno, lee en la soledad de la cocina, descubre que hay más vida de la que se puede abarcar, las palabras desvelan esa otra vida, aquella que se sueña, aquella que se revela con el dilucidarse de las palabras, propias y ajenas. Dijo Maria Zambrano que escribir “es una acción que sólo brota desde un asilamiento efectivo”, es el aislamiento de Léolo y de su cuaderno, de esas páginas en blanco en las que Léolo se convierte en ese niño de origen italiano, en las que su hermano se convierte en un débil culturista y su abuelo trata de ahogarle en la pequeña piscina inchable. En esas páginas de cuaderno la ficción se convierte en realidad, la vida de Léolo se convierte en la verdadera vida porque “la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura”.

A través de la novela escondida bajo una mesa desvencijada Léolo nace, empieza a recorrer una vida que se traza al tiempo que las palabras se inscriben en el texto, cada palabra leída, cada palabra escrita es una experiencia vivida, es un momento que pronto se convierte en pasado, en el pasado de aquel niño que, en soledad, escribe su vida.
¿Por qué escribe Léolo, por qué se escribe? Escribe para salvarse, para huir y reinventarse, como decía Proust, Léolo escribe para “intentar ver bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras, algo diferente”, se sumerge en busca de un tesoro, de una verdad custodiada en el fondo de un mar oscuro, impenetrable; al ser ahogado por su abuelo, en esa pequeña piscina, Léolo se sumerge en un extraño mar, en cuyo fondo vislumbra extraños tesoros inalcanzables, restos de otras épocas, reliquias que sobreviven al paso del tiempo. El fondo de ese mar custodia los secretos que también se esconden en el sótano del domador de versos, aquel hombre que combate la ignorancia y que Léolo describe como la reencarnación de Don Quijote. ¿Quién es el domador de versos? Es el lector, el que lee las páginas escritas por Léolo, cuando éste ya no está; “hay que soñar” le dice el domador de versos a Léolo, mientras observan el lento quemarse de imágenes y palabras, que “deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres”. Las palabras renacen en la imaginación de Léolo, renacen en cada relectura de esa única novela, en cada momento de escritura; las palabras renacen en busca de ese tesoro, de ese secreto que debe ser revelado y que, escondido tras los textos, debe sobrevivir más allá de los tiempos. Es necesario “salvar la palabra de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndola, forjándola perdurablemente”, la palabra es lo único que perdura, el único testigo que sigue haciendo oir su susurro más allá del tiempo, cuando su autor ya no esté, la palabra será lo único que quede.


Léolo enfermo se ausentará, dejará de soñar, esas hojas que un día escribió será lo único que perdure de él, esas páginas lo salvarán del olvido, pues con ellas se ha creado una vida, la vida auténticamente vivida, que sigue su recorrido como una novela sin página final; Léolo se ausentará, pero su temeroso y musculado hermano permanecerá así como su madre que, abrazándolo entre sus brazos, lo llamará por primera vez Léolo, ese nombre de sueño que se ha convertido en su auténtico nombre.
¿Todo ha sido real o solo un sueño relatado por Léolo? La madre al final entra en ese sueño, entra a formar parte de esos versos que han renacido en la imaginación de su hijo; ya no importe si es verdad o ficción, “porque sueño yo no lo estoy”, porque el sueño, la imaginación, la literatura se han convertido en la vida auténticamente vivida.
Léolo es el escritor que como Marcel encuentra la grandeza del arte verdadero, que reside “en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos”, esa realidad posible que vive el autor y que la hace perdurar el lector. Esta es la función del domador de versos, custodiar esa realidad escrita por Léolo, conservarla y perdurarla a través de la lectura.  L’Avalée des avalés es salvado por Léolo en el momento en que es recogido del suelo y su páginas empiezan a ser recorridas por su mirada, mirada atenta, lectora; las páginas que él escribe son salvadas por el domador de verso, en su lectura, haciendo que esas palabras revivan en cada instante en su imaginación. Se escribe en soledad, pero en una soledad comunicable, toda palabra reclama ser leída, un libro no leído es “solamente un ser en potencia”. Entre las reliquias, las palabras de Léolo sobreviven, custodiadas por aquel domador que algún día fue don Quijote; en esas palabras sumergidas en el abismo de ese sótano, Léolo encuentra la perdurabilidad, porque “¿acaso el libro que se exhuma, el manuscrito que sale del ánfora para entrar en la plena luz de la lectura, no nace de nuevo, de modo impresionante?”.
Puede que Léolo se ausente, pero el susurro de sus palabras sigue resonando, su sueño no concluye, renace a cada nueva mirada lectora.


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Octubre 2009 ©

 

 

 

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