Por Natalia Zarco
(Librería Galatea, Cambrils)
”Siempre supe que la edad adulta no contaba: a partir de la pubertad la existencia es un epílogo”, con esta frase de El sabotaje amoroso Amélie Nothomb define dramáticamente mi tierna obsesión por la infancia: nada vuelve a ser tan intenso… Nunca. En adelante la vida va quedando descolorida, cargándose de certezas, de prejuicios, de monsergas, de mala educación sentimental y se va desluciendo como un juguete viejo perdiendo toda la magia y el brillante color que tuvo en un principio. La infancia es un universo delicado y cruel con un potencial literario descomunal. No hay nada en el mundo más novelesco que el divagar mental de los niños, su percepción de la realidad construye y habita castillos de arena, resucita muertos, habla debajo del agua, conjura tormentas, enloquece adultos y da respuestas cuya pregunta, afortunadamente, nadie conoce.

Las niñas queman… todo apunta, lo que son y lo que no son, pero nada es definitivo aunque se ostenta en ellas secretamente. Qué personaje tan terrible y desolador puede llegar a encerrar la palabra “niña”, niñas inolvidables, como Lolita de Nabokov, pocos personajes de la edad de Lolita han alcanzado su intensidad como criatura literaria. Ada en mi opinión la supera en exquisitez, pero siendo criaturas con el mismo padre no las pondremos a competir. La novela, Ada o el ardor, narrada ochenta años después de todo lo acontecido por sus dos protagonistas: Ada y Van, es una especie de ensoñación, transcurre como un recuerdo, el recuerdo de un verano en Ardis, lugar exuberante que no sabemos dónde se ubica y que tiene todos los tintes de ser una incierta Arcadia, el paraíso perdido de la niñez. Sin saber que son hermanos, Ada y Van se conocen pasando el estío en la casa familiar de campo y allí se inicia un amor de una pureza y al mismo tiempo de un erotismo casi tangible. Los primeros roces amorosos de la pareja tienen literariamente la misma textura que la canícula de agosto, Nabokov habla del calor sin mencionarlo y consigue ruborizar al lector sin caer jamás en lo obsceno ni en lo soez. El erotismo de las obras de Nabokov reside en las palabras, sus frases tienen sexo y arden, como Ada, sin saberlo, con una elegancia decimonónica capaz de arrancar a cualquiera una sonrisa de placer sólo con imaginar algunas de las escenas. “Estoy loca por todo lo que repta”,Ada se define en pocas palabras. La niña tiene un larvario donde estudia y cría lepidópteros, lleva a Van, supuesto primo de quince años, a enseñárselo y con un discurso de erudita entomóloga le explica, entre otras curiosidades, cómo se hace para favorecer la cópula entre las mariposas y le muestra así mismo las más variopintas especies de orugas y larvas. Van sucumbe y sufre desde el primer momento la misma fascinación que el lector, personalmente me enamoré con verdadero ardor de Ada, por la niña, personaje terrible, que provoca una tensión sensual prácticamente insuperable… “Su cabello negro le caía en cascada sobre la clavícula izquierda y su modo de sacudir la cabeza para echarlo hacia atrás y el hoyuelo de su mejilla pálida pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de una verdad reconocida […] en sus antebrazos se puede seguir con la mirada la pelusa oblicua y regular de su vello negro y sedoso de joven virgen”, los dientes blancos pero irregulares, sus labios febriles y pestañas negrísimas, los almohadoncillos ciegos bajo las mordidas uñas, su piel prohibida, sus movimientos abruptos, su olor a pasto de gacela y su agreste desnudez bajo el vestido de verano… Van se bebe las imágenes de Ada literalmente, Ada pasea por la novela desconocedora de todo pero arrasando en llamas todo a su paso. Exasperación es la palabra que utiliza el autor para describir en un principio el mero hecho de observarla, como en esa escena en que Van atónito, ayudando a Ada a trepar a un altillo se convierte en “testigo de un milagro angustioso en un episodio bíblico”, cuando al mirar hacia arriba descubre el pelo negro que sombrea el pubis de la niña… el suave perfil tembloroso de sus senos apenas en flor… Varias veces le criticará su negligencia al vestir, pero la niña salvaje en su irrupción al mundo adulto no hace más que regalar imágenes deliciosas y evocadoramente literarias. La descripción de la niña Ada es de una exquisitez única, las imágenes proceden todas del recuerdo, se suceden dibujando la metáfora perfecta de la pérdida sin remedio de la inocencia, de la pureza de sentimientos y de los abismos del deseo en su estado más limpio. Su amor precoz, empieza como una desazón indefinible entre los dos hermanos, como una incierta atracción contra la que no pueden resistirse, y seguirá hasta convertirse en una pasión infantil intensa y novelesca, plagada de escenas inolvidables: como la tarde subidos en el manzano cuando Ada se escurre desde una rama superior y cae encima de Van apresándole la cabeza entre las piernas… “¿Te acuerdas?”, pregunta Van, “¿Qué si me acuerdo?”, responde Ada, “me besaste ahí…”
O la noche de la granja incendiada, capítulo culminante de la primera parte, que ambos recuerdan con intenso placer. Al principio entre disimulos sospechosos y extrañas astucias se van produciendo sus encuentros, finalmente rendidos al ardor del verano, acaban devorándose en frenéticas caricias, en torpes encontronazos, en besos abusivos y larguísimos… “Sigue tú Ada, ¿quieres?”, los narradores se van dando la palabra mutuamente, con noventa y cuatro años Van sigue sintiendo aquel “ardor” de aquel verano de 1884, pasará toda una vida de acontecimientos y pese a todo lo que vivirán, pese a ser hermanos, jamás renunciarán a ese vínculo inconfesable entre ellos y con la lejana infancia. Juntos recuerdan con deliquio su historia, se la irán contando el uno al otro y se corrigen y se extasían en la memoria. La memoria como bastión contra las horas grises, como combate contra el epílogo azul de la vejez…

Las niñas duelen: el dolor, la crueldad y la desolación de la ignorancia también pueden crear personajes infantiles de una dureza y violencia asombrosa. La niña Fernanda, de la fabulosa novela de Cristina Sánchez-Andrade, Las lagartijas huelen a hierba fascina por todo ello. La narración roza el abismo de la locura… es tan y tan fácil caer en ella. La niña Fernada es azul y “le despuntan las tetitas lindísimas”, como despunta el verano al inicio de la narración. La prosa concreta y desnuda de la autora convierte la novela en una sucesión de imágenes que alternan la terribilidad de la crueldad infantil con la más desoladora ternura. Fernanda mata las ranas ante los ojos de su hermano pequeño Luisito, las destripa y les saca los ojos, las mata con la sangre fría de quien juega o sueña. Luisito no se asusta, él es negro, unos dicen que es porque su madre durmió con un africano, las viejas cuentan que Luisito es moreno porque la madre embarazada salía de noche enfebrecida a escarbar y comer tierra a la huerta… Las dos viejas hermanas atienden a los niños en un universo de terrorífico cuento de hadas: la decrepitud, la mezquindad y la ruina del ser humano convierte a las viejas en las madrastras oscuras y desdentadas de la novela, matan doce gallinas una vez al mes, se emborrachan cada noche con aguardiente destilado por ellas y mean de pie en el huerto… según se dice tienen encerrada a la madre de los niños en la buhardilla. La vergüenza, el rencor, el odio. Del altillo de la casa sólo oímos de vez en cuando una risa loca. “¿De esa puerta sale el viento?” preguntó Luisito. “No. De esa puerta sale la risa” contestó Fernanda.
El veneno de los sapos, el viento en la veleta, los rabos de las lagartijas, que huelen a hierba, que siguen coleando una vez arrancados, la muerte que acecha en cada párrafo, contrastan con la incipiente vida arrolladora y brutal, jovencísima y ruda de la niña Fernanda y su hermano. Luisito es objeto de mofa en el pueblo por ser negro, la violencia defensiva de su hermana en este caso es de un lirismo descorazonador. En el enfrentamiento con los demás niños del pueblo el papel de ella es impresionante, cuando el cabecilla de los chavales se mete con Luisito y dice: “puta, p-u-t-a cochina” a la madre de ambos, la niña Fernanda sonríe fríamente “la niña azul, sus tetitas palpitando debajo de los tirantes, la ira retoñando en su pecho, el vestido columpiado por el viento y sus braguitas manchadas de barro y sus piernas débiles como ancas de rana…” coge una piedra y acierta al muchacho en toda la cara tumbándolo de golpe en el suelo con el pómulo partido, aullando de dolor, bañado en espesa y grumosa sangre. “–Vámonos Luisito, tenemos muchas cosas que hacer.”
La tensión es entre la vida y la muerte. La niña Fernanda obedece a pulsiones primarias, el entorno es agreste, árido, las emociones resquebrajadas sólo son una sombra de lo que deberían ser, la ira, el rencor, el tufo de la maldad se ponen de manifiesto con imágenes realmente duras, arañas mortales, ungüentos extraídos de leche de higo, drupas venenosas y el olor de la tierra y del verano que todo lo pudre. Sobrevivir para la niña Fernanda es un acto de heroísmo en cada minuto y pese a todo la novela tiene un tinte lírico que la convierte en un poema con imágenes de una fuerza demoledora, como cuando el niño Luisito pone en el lugar de la dentadura postiza de una de las viejas una trampa para conejos pequeña, y la vieja la toma por error, la confunde y se la instala en la boca y se la clava en el paladar, terror imaginar a la vieja aullando con una dentadura de afilados dientes de hierro y el aliento apestando a conejo, es una imagen procedente de una auténtica pesadilla infantil. Como único intento de dulcificar, si eso es posible, el enrarecido entorno de los niños, como una tregua, de vez en cuando se salpica la narración con imágenes hermosas y de una extraña ternura como la de las ramas de las flores llenas de mariquitas rojas, como el agua fría del río o el intento de apoyo del cura sin fe del pueblo, como el puñado de flor de lavanda que Nanda encuentra en el cajón y que les hace recordar a la madre, que las ponía allí para que todo oliera bien, y que Luisito aspira con fuerza para después arrojarlas lejos, con despecho, “porque algo, en alguna parte insegura de su cuerpecito de niño, le dolió profundamente, una vaga y amorfa agonía que desde ese día empezó a incordiarle…”
Sucede que a veces el odio brota de pronto, y se odia sin querer. Y las ganas de matar. La novela con una estructura impecable, termina poniendo la piel de gallina, termina como el epílogo de la vejez, en el río helado, con olor a verdín y a hiel, y el sol que pudre las aguas, y al fin, el silencio.

Las niñas rotas. Aparecen en un raro ejemplar titulado Niñas de Yaki Setton, editado en argentina en Bajo la luna. Es un hermoso libro de poemas con una edición preciosa, ilustrada por Miguel Balaguer. Las niñas de Setton están rotas. Una se va asomando despacito, incluso con prudencia, a cada uno de los poemas, observando como se van dibujando, trazando, los perfiles tristes, niñas que duelen y que son posiblemente un pequeño homenaje a las infancias que no deberían llamarse así… Las niñas que perdieron su infancia, prisma roto para siempre en su percepción de la vida… La niña del subte, “agita a los hombres que pagarán por su delicadeza… La niña del silencio, […] sus labios húmedos de sangre nos hablan de una boca que ya no tiene lengua…” En un juego extrañamente íntimo, el autor nos va dando pistas ligeramente testimoniales, de quien mira atrás con tristeza, se funde de cierta manera lo imaginario con lo real, real hasta la crudeza, con palabras breves, sin descripción, pero profundamente acertadas. La infancia lejana y dolorosa transparenta una realidad culpable, la infancia delata y acusa al mundo adulto con una sinceridad que desarma, con frases que te miran directamente a los ojos, como las niñas.
La niña puercoespín, “duerme agazapada en la cama por los dolores de la lucha cuerpo a cuerpo su piel y su corazón armadura de espinas…” La niña de la ventana, “tus piernas se aprietan y crujen por el vidrio del sexo de la noche…”Si bien no todos los poemas consiguen transmitir la misma intensidad emocional, es cierto que en todos hay una frase que los salva totalmente, y algunos son demoledores, como Niña mía, en el que la pequeña yace en una cama de hospital y en el que el autor es capaz de transmitir el dolor de la situación con una ternura infinita… “Qué quiere decir ese beso en tu mano, la camisa entreabierta y tus pequeños senos y tu cuerpo quebrado…” Hay libros que duelen, como duele a veces quedarse absorta en algún recuerdo de la infancia, constatar, yo por ejemplo, que ya no soy la niña que fui, en mi mundo de niñas, mis hermanas, que ya no existe aquella personita, que tuvo que morir en algún instante. Quedarse absorta pensando en qué momento ocurrió que ya no fui más aquella niña, que no llevo aquellos vestiditos que cosía mi abuela, que no me caigo en el parque ni me sangran las rodillas, en qué momento maté la niña que era para seguir siendo no se sabe bien qué, avanzando hacia no se sabe bien dónde… Según avanza el poemario de Setton, las niñas se van pareciendo cada vez más al autor, para terminar con uno sobre su propia infancia, desde el poema Parezco una niña, hasta el último Si yo volviera a ser niño… el autor se describe absorto también en la infancia, atrapado en un retrovisor desde el cual cada paso nos aleja más de quien empezamos siendo… Niña que fuiste, Niña de la vida, Niña durmiente, Niña araña… En cada una de ellas hay una tragedia habitual, un drama que ahora mismo está ocurriendo, en este instante, una niña rota exhala su último aliento, una niña muda es golpeada, una niña triste pierde su mirada en alguna vaga parte que nadie más puede ver. No hay una pieza de este pequeño y misterioso libro que no me haya supuesto un golpe en el estómago o un escalofrío por la espalda. Así deberían ser todos los poemas, creo, punzantes, afilados, armas blancas, delito si te pillan con uno en el bolsillo.
Ada o el ardor. Vladimir Nabokov. Anagrama.
Las lagartijas huelen a hierba. Cristina Sanchez-Andrade. Lengua de Trapo.
Niñas. Yaki Setton. Bajo la luna.
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Octubre 2009 ©