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Por Clara Paolini Letamendía

Hace cuatro décadas, Nueva York albergaba las vidas de mitos y héroes cuando éstos aun no lo eran. Existen mil historias sobre noches interminables, borracheras y encontronazos que merecen ser rescatados del olvido. Las anécdotas sobre escritores, músicos y artistas se pierden en el torbellino de una época cada vez más distante. Algunas, permanecen en la memoria gracias a la música.

I remember you well in the chelsea hotel,
You were talking so brave and so sweet,
Giving me head on the unmade bed,
While the limousines wait in the street

Cada vez que suena Chelsea Hotel #2  Leonard Cohen revive el fantasma de la  noche que conoció a Janis Joplin en un ascensor de hotel. Nunca una canción hizo tan célebre una mamada.

Sin sacarina, la letra de la canción homenajea a Janis y a los encuentros entre segundos premios. Cohen cuenta que cogió uno de los ascensores esperando encontrarse con Briggitte Bardot. Otras veces buscaba a Lily Marlene. Ninguna de las dos le hubiera prestado atención, pero el canadiense tuvo la suerte de encontrarse con Joplin. Según cuenta la historia, mientras subían en el ascensor Cohen le preguntó:

-¿Estás buscando a alguien?
-Sí, a Kris Kristofferson- respondió ella.
-Hoy estás de suerte. Yo soy Kris Kristofferson.

Obviamente, Janis se echó a reír. Ni Cohen tenía los ojos de Kristofferson, ni ella el culo de la Bardot pero aquel par de patitos feos, que tanto han dado a la música, se conformaron el uno con el otro.

You told me again you preferred handsome men
But for me you would make an exception.
And clenching your fist for the ones like us
Who are oppressed by the figures of beauty,
You fixed yourself, you said, "well never mind,
We are ugly but we have the music.

Janis hacía el amor con «25.000 personas en el escenario y luego volvía a casa sola». Cohen aun no había empezado a componer y era todavía un novelista poco conocido. Ninguno estaba buscando al otro, pero el Chelsea Hotel tenía esas cosas y como no podía ser de otra manera, el recuerdo de aquel encuentro engendraría una canción años más tarde.

Los 60 y Janis murieron a la par y aunque Cohen «no piensa en ella tan a menudo», en el 71, en un bar polinesio en Miami escribió Chelsea Hotel #2 para ella. Desde entonces, muchas veces en sus directos ha introducido la canción rememorado la anécdota de aquel ascensor. En una entrevista con la BBC en el 94 confesó que se arrepiente profundamente de asociar la canción con la cantante. «Si existe alguna manera de disculparme con su fantasma, quiero hacerlo ahora, por haber cometido tal indiscreción». Es muy probable que a Janis no le hubiera importado, pero hacer públicos encuentros sexuales estelares siempre tiene sus consecuencias. Jeffrey Lewis, artista del movimiento antifolk neoyorkino, se burlaba de ellos en The Chelsea Hotel Oral Sex Song. Otros, agradecemos al canadiense compartir de forma agridulce y sincera aquella noche de los 60, porque éstos nunca volverán, y porque los escarceos sexuales suenan mucho mejor en canciones que en platós de televisión.

Sin embargo, esta anécdota es tan sólo un párrafo de los miles de capítulos de la historia del hotel. Si las paredes hablaran, las del Chelsea serían de lo más parlanchinas. El edificio ha escondido entre sus muros muchas historias con las que nutrir el imaginario colectivo acerca de sus huéspedes. Para algunos, era un antro de depravación, para otros, el lugar donde ser feliz y libre.  Leonard Cohen decía de él: «Es uno de esos hoteles que tiene todo lo que me gusta tanto de los hoteles. Adoro los hoteles en los que, a las cuatro de la madrugada, puedes traer un enano, un oso y cuatro mujeres, arrastrarles a tu habitación y que a nadie le importe».

Los libros de registros del hotel son un paseo de la fama: Jack Kerouac, Los Ramones, Jonh Cale, Edith Piaf, Jimi Hendrix, Patti Smith, Keith Richards, David Bowie… En el Chelsea escribían, componían, se drogaban, vivían y morían emblemáticos personajes de la cultura de la segunda mitad del siglo XX.  En una de las habitaciones Kubrick y Arthur C. Clarke escribieron 2001: Odisea en el espacio. En otra, Bob Dylan compuso Sad eyed lady of the lowlands.  En la 100, Sid Vicious apuñalaba a Nancy Spungen en el 78.

En la misma época en la que Janis y Cohen tuvieron su encuentro, Warhol rodaba allí su película experimental Chelsea Girls (1966). Nico, una de las protagonistas del film, utilizaría este mismo nombre para su álbum en solitario un año después. Cohen se enamoró de la diva rubia de The Velvet perdidamente y empezó a perseguirla por toda la ciudad,  víctima de una obsesión insana. Nico le rechazó, pero a cambio le presentó a Lou Reed, quien años antes compartía habitación y chutes con Janis en el mismo hotel. En el Chelsea las historias se entremezclan y los personajes se cruzan como en ningún lugar.

Años después, Nico y Cohen se encontraron otra vez en el edificio de la calle 42. El Chelsea se había convertido en un lugar peligroso; una semana antes se cometió un asesinato, había camellos, policías... Cuenta la historia que ella propuso subir a su habitación porque el bar estaba cerrando. Se sentaron en la cama, él puso la mano en su rodilla y... recibió un bofetón. Ella se puso a gritar y una veintena de policías echaron la puerta abajo. La noche que Nico le ofreció a Cohen distaba mucho de la de Janis. La naturalidad de lo casual desapareció dando paso a la  superficialidad y la pose que enterraron los ideales de los 60.

Con el tiempo, Cohen se trasladó con Suzanne a Nashville, y el Chelsea perdió su encanto poco a poco. Hoy muchos de los que vivieron la época dorada del hotel han muerto; algunos, con las venas envenenadas, como Janis y Nico, tal y como las reglas de la idolatría mandan. Los que viven, son viejos y recuerdan las historias que aquel edificio rojo encerró en un tiempo... como hace Leonard Cohen cada vez que entona Chelsea Hotel #2.

 

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