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by Kiko Alcázar
by Kiko Alcázar

 

El fuego de la nieve de Berlín

Por Hugo Izarra

Dice haber crecido, pero, lo quiera o no, Luis Miguélez es una estrella del rock and roll, una de esas cosas que ni la edad puede cambiar. Conserva ademanes de rockero pero sus modales son más refinados. Se ve que el exilio le ha sofisticado un poco. Tal vez por eso me ha citado aquí, en el jardín del elegante Cafe im Literaturhaus de Berlín, en el número 23 de la Fasanenstraße, esquina con Kudamm.

Llega puntual, vestido de blanco impoluto: cazadora de plástico —diseño exclusivo de Eppo Dekker, apunta—, Doc Martens, vaqueros y cinturón de remaches. Detrás de sus amplias gafas de espejo, describe los veranos grises de Berlín con una sensibilidad que fluctúa entre lo castizo y lo urbanita. «Nunca sabes cuándo va a llover, pero el invierno en esta ciudad es muy duro», apostilla.


Laurent D'az


Álvaro Villarrubia

—¿Por qué aquí?

—Bueno, estamos cerca de mi casa y me encanta la atmósfera de este lugar. Estamos en el corazón de lo que era Berlín Occidental y aquí todo es más elegante y tranquilo que la imagen alternativa que demanda el turista habitual.

Mientras la camarera nos toma la comanda, observo que no tiene ojeras. Yo sí tengo.

—Creo que hoy desayuno un combinado tipo —dice.

Le digo que será lo mismo para mí. Él se encarga de pedirlo. Se expresa en un alemán más que correcto. Sonríe. No tardan en traernos dos croissant con mantequilla, miel, mermelada y un huevo cocido con un milchcafe, que, según él, «es lo más parecido a nuestro café con leche, pero el doble de grande». Acostumbrado a todas las posibilidades del café en España, —explica— en Berlín tuve que ir probando hasta encontrar lo que me gustaba.

Grabadora sobre la mesa, cinta que echa a andar, carraspeo. Empieza la entrevista:

—Explícame, ¿qué has venido a hacer a Berlín?

—Ni siquiera me lo había preguntado. Lo cierto es que estaba muy harto de Madrid y necesitaba airear mente y cuerpo, no sabía qué hacer. Habíamos empezado a planear «Glamour To Kill» y fue esto lo que me hizo decidirme a venir. Llegué en noviembre de 2001 con una maleta y mi guitarra. A los dos días de estar aquí, sentí la nieve bajo mis pies y una energía especial que cada día encendía más el fuego de mi inspiración y ese fuego es el que todavía sigo sintiendo después de ocho años.

—¿Y por qué Berlín y no Amsterdam, New York, Londres o San Francisco?

—Mi idea inicial era New York, pero Bin Laden llegó antes que yo. Cambió mis planes. Londres no me apasiona para vivir y en Berlín se respira un ambiente más abierto, todo el mundo quiere hacer cosas. Es más fácil conectar con otros artistas y con el resto del mundo. Por otro lado, la cultura alemana y sus costumbres, como el respeto y la buena educación, me han enseñado mucho; ya no podría vivir sin ello.

—Así que no llegaste huyendo de nada, sólo buscabas un poco de tranquilidad, como Bowie a finales de los 70. ¿Has probado también a componer canciones esparciendo recortes de periódico por la moqueta?

—He ido pegando papeles enormes blancos en las paredes y día a día se iban llenando de frases, lecciones de alemán, flyers de fiestas, dibujos, de todo. Por aquella época, Antonio [Glamour] y Juan [Tormento] venían a Berlín, se quedaban en mi casa, actuábamos, grabábamos el disco a la vez y aquellos murales se iban convirtiendo en el diario de nuestras vidas. Era el año 2002.

—Un alarmante parecido. Sólo falta que ahora te cruces con Brian Eno y te empiece a obsesionar la música de aeropuerto. Por lo que más quieras, no olvides que eres un Ziggy Stardust.

Eres un Aligator!... De momento, y a pesar de todas las horas que consumo en aviones y aeropuertos, todavía no me se me ha ocurrido nada como lo de Eno, aunque me guste. Yo trabajo con el computer y sonidos electrónicos, pero me considero guitarrista. Y en los aviones, lo único que me apetece es tomarme una pastilla para dormir y llegar a mi destino sin enterarme.

—Ahora que lo pienso, Berlín no es el único paralelismo entre Bowie y tú. Los dos parecéis escapar de vuestro pasado con la velocidad de la pólvora. ¿Te da miedo estancarte? ¿Te molesta que te sigan preguntando a estas alturas por Alaska, Almodóvar, McNamara y el Madrid de la Movida?

—Nadie tiene el poder de decidir lo que quieres. He estado saltando de un sitio a otro como los camaleones. He trabajado con artistas de muchos estilos, todos diferentes, y con todos he aprendido muchas cosas y, a la vez, he aportado otras muchas. Ahora, en la madurez, me apetece dedicarme a mí: cuidarme y mimarme, me apetece cantar, actuar y dar la cara. En eso se resume «Glitter Klinik»: Juan [Tormento], Grace [Ryan] y yo somos amigos y los tres nos conocemos, nos divertimos y tenemos claro cuál es el papel de cada uno. Creo que es un proyecto definitivo en constante evolución.

—Hablando de la evolución, ¿qué tal te llevas con la justicia poética?

—No sé a qué te refieres exactamente con eso de la justicia poética. Me llevo bien con la justicia, soy Libra y a veces también puedo ser muy poético y escribir letras como “Gritando amor”.

—Quiero decir que es evidente que has sido el cerebro de todos los (muchos) grupos por los que has pasado, ¿cómo llevas que algunos aún frunzan el ceño cuando alguien pronuncia tu nombre? ¿Te produce algún tipo de desaliento o te da la risa?

—La madurez hace que todo te entre por un lado y te salga por el otro. No sé quien puede fruncir el ceño al oír mi nombre y no me importa. Yo soy artista, me considero una persona honesta y al que no le guste lo que hago, que pase la página y busque algo que le guste. Así de simple.

—Claro que sí. Pero nos estamos desviando del tema, se supone que hemos venido aquí para hablar de vuestro último trabajo.

—Como todos mis trabajos, creo que el disco ya lo dice todo por sí mismo. Quiero añadir que nadie venga buscando la segunda parte del «Rockstation», como he leído en repetidas ocasiones. Jamás haré una segunda parte de nada. «Bye Bye Supersonic» es un disco nuevo, fresco y con muchas emociones y sentimientos que cautivan a jóvenes de una nueva década.

—Aún así, algunas de las canciones que incluís en este nuevo disco se remontan a la época de «Rockstation». ¿Ves factible volver a grabar con Fabio ahora que se ha entregado a la descansada vida y a la retirada senda o «Bye Bye Supersonic» supone, como parece profetizar el título, la última colaboración entre Miguélez y McNamara?

—El título es casual y estético y no pronostica nada. Fabio y yo tenemos mucho material grabado y enmaquetado y siempre que escucho algo me parece de lo más moderno. Siempre hemos hecho discos esporádicos y por diversión. Somos amigos desde hace muchos años y eso nada ni nadie puede cambiarlo.

—Me alegro... Se dice que ya estás con lo próximo. ¿Te queda tiempo para dormir?

—Duermo lo necesario, disfruto con la música y no sé hacer otra cosa. Hoy día el show-bussiness ha cambiado mucho y eso permite a los artistas hacer los discos cuando a ti te apetece y es lo que yo hago. Ahora estamos con los preparativos del segundo disco de Glitter Klinik y espero que vea la luz en enero del 2010, me gusta esa fecha! ...

—Con el primer disco no os ha ido nada mal, desde luego.

—Cierto, con «Beautiful & Nasty» hemos ganado el premio al mejor disco de música de vanguardia en la primera edición de los Premios UFI 2009 de la música independiente. Eso anima mucho.

Asiente al escucharse a sí mismo. Sin darse cuenta, echa un vistazo discreto a su reloj. Comprendo que es hora de acabar esta entrevista. Lanzo al aire la última pregunta:

—Una difícil: dibújame un mapa breve de tus principales influencias musicales.

Son muchas, pero destacaré sólo diez: «Foxy Lady», de Jimi Hendrix; «School's Out», de Alice Cooper; «Heroes», de David Bowie; «Angie», de los Rolling Stones; «Looking For A Kiss», de los New York Dolls; «Die Roboter», de Kraftwerk; «Shout At The Devil», de Motley Crüe; «London Calling», de The Clash; «Samba Pa Ti», de Santana; y «La Espabilá», de Antoñita Peñuelas.

Clic. Justo en ese momento la cinta llega a su final. Ni a propósito.

—¿Sabes una cosa, Luis?

—No, dime.

—Me he dejado la cartera en el hotel.

Kein Problem, —se ríe— estás invitado.

Nos levantamos y paga la cuenta de los dos. Me siento doblemente en deuda con él. Se despide, amistoso, y se vuelve por donde ha venido, Fasanenstraße arriba, ajeno a los escaparates de Gucci y Chanel que esta mañana gris iluminan la avenida.

Yo también tendré que volver andando.

 

F. Luckenbach



 

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