Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio

Con Ryzij y Rebelais en la última fila

Por Ana Ciurans

De todos los psicotropos, las bebidas alcohólicas son las principales consoladoras de la mísera condición humana desde los albores de la civilización. Trincar es social, representativo, creativo, lúdico y comparado con otras adicciones, económico y saludable... Nadie puede negar que una cirrosis hepática o el alcoholismo conclamado son fruto de largos años de consumo. Que no es llegar y cargar. Además, es imposible escindir en nuestro imaginario colectivo a los poetas malditos de la absenta, a John Lee Hooker del southern comfort, a Anne Sexton del whisky blues, a Dylan Thomas del whisky a secas, a Janis Joplin del Jack Daniels, a la Provenza francesa del pastis, a Berlín de la pilsner y al borracho del barrio de la cazalla. La lista de ejemplos podría ser casi infinita. La literatura, la música y nuestras vidas están atiborradas de ellos. Y corría más o menos el 2001 cuando el gran poeta Boris Ryzij, antes de cortar por lo sano con las venas, escribía: en la ultima fila había cerveza y cigarrillos. / Nunca me sentaré en la primera fila. Justo.
Pero de todas la bebidas, el vino se lleva la palma, al menos en nuestras latitudes. Empezamos en tiempos remotos con las bacanales para llegar, en nuestros días, al movimiento slow food y a la plurioferta de cursillos de enología y de itinerarios enogastronómicos. Su historia es nuestra historia. Además catar vinos se ha puesto de moda y el colocón cultural y con conciencia de causa ha sustituido a la brutal mona de litrona de acera, bolsillo permitiendo. En una palabra, beber como arte y sin necesidad alguna de justificarse ha vuelto a ser políticamente correcto. En la onda, se editan numerosos libros sobre el tema, más o menos serios y más o menos divertidos. Ahora, en Italia, en España y en Francia, países productores de los mejores vinos del mundo, las editoriales :due Punti, Melusina y Allia, respectivamente, nos ofrecen una verdadera joya: el Tratado del buen uso del vino, un inédito de Rabelais.

No nos sorprende –pero nos maravilla y, por decirlo de alguna manera, nos embriaga– que en la Biblioteca del Museo Nacional de Praga se descubra el manuscrito de un Tratado del buen uso del vino atribuido a François Rabelais en la versión checa de un tal Martin Carchesius, alias Martin Kraus de Krausenthal, rico y culto funcionario que publicó algunas traducciones a principios del siglo XVII. Presentado de este modo por los tipos de la fantástica editorial :due punti de Palermo en la nota del editor, el inédito no podía pasar inadvertido. Aunque, por su cuenta, la invitante tapa blanca y rubí sobre la que se lee Tratado del buen uso del vino que debe ser abundante & continuo para aliviar el alma & el cuerpo & contra todas las enfermedades de los órganos externos & internos escrito para uso & provecho de los hermanos de la corporación del maestro Alcofribas Nasier escanciador supremo del gran Pantagruel ya no deja indiferentes. El descubrimiento de la edición medieval en checo por Volvox Globator que data del 1995, es la última de las numerosas atribuciones de paternidad a François Rabelais a lo largo del siglo XX y, según declaran los expertos, es prácticamente segura. El Tratado, tal y como la editorial de Palermo lo presenta al público italiano, con edición crítica de Patrik Ourednik (Praga 1957, escritor, traductor y lingüista), se completa, al igual que la edición española de Melusina, con 120 reproducciones provenientes de Los sueños raríficos de Pantagruel, una serie de imágenes que parecen dibujadas en estado de delirium tremens por el autor y se cierra con una nota final acerca de Rabelais de Marcel Schwob.
Rabelais (Chinon en Touraine 1494? - París 1553), monje por necesidad, médico por vocación y humanista por índole, subvierte la admonición medieval: ebrietas plura vitia inducit, con este Tratado acerca del noble psicotrópico que, como dice Melusina en la presentación, los pueblos del Mediterráneo producen y consumen desde la antigüedad para gloria del paladar y del espíritu y que con Gargantúa y Pantagruel tiene en común el bouquet embriagador de la alegría de vivir. En el Tratado, verdadero canto anticalvinista a la corporeidad del hombre, encontramos de nuevo la riqueza léxica, los juegos de palabras, el dialecto mezclado con el latín y el mestizaje cultural entre Renacimiento ordoxo-oficial y desgreño popular. Moderno por lo tanto, no sólo en la exaltación del individualismo, sino también y precisamente en ese especial uso del lenguaje, Rabelais intenta devolver a las palabras su sentido original, su etimología natural, para hacer de ellas el vehículo de la vitalidad y de la exuberancia que lo caracterizan. Material. Corpóreo. Satírico pero en cualquier caso metafísico, Rabelais se posiciona hoy en día más actual que nunca, apologizando en estos tiempos de desintoxicación de la era workaholic, un verdadero y propio «contre le travail» en pasajes como este: con el agua y las mujeres, destruyen una impecable vida de bebedor el incauto afanarse, el atribularse, el fatigarse, el trabajar y el correr de aquí para allá. Si en estos siglos que lo separan de nosotros, muchos hubieran podido pronunciar con Guy Débord, como colofón de sus vidas: entre las pocas cosas que me ha gustado hacer y que he hecho bien, beber es sin duda alguna lo que mejor he sabido hacer, tal vez en el mundo ahora sería un lugar mejor y un poco menos trágico. Desgraciadamente, a menudo, la fe en el prójimo es una bala que sale por la culata y el heredero de Sócrates y de Erasmo, como todos los personajes incómodos, ha sido definido durante siglos en las antologías francesas «l’homme bufón», con la evidente y patosa intención de neutralizar la energía arrolladora que liberan sus textos disidentes que poco se ajustan a las convenciones. A pesar del tiempo su obra nos llega, en el bochorno de este verano del siglo XXI, como brisa fresca. Espontáneamente se elevan las copas y se brinda a la salud de la humanidad, o al menos, de los hombres que han iluminado los abundantes pasajes oscuros de su historia.

A la lectura y a la puesta en práctica del Tratado se aconseja vivamente acompañar la no menos necesaria lectura del Tratado sobre la resaca del escritor vasco Juan Bas, editado por Booket en España y por Alacrán en Italia. Los remedios para la resaca son tan numerosos como las clases de borrachera y cada maestrillo tiene su librillo. Una solución final nos la propuso en el siglo XVII nuestro compatriota Baltasar Gracián: hacer como «algunos que no se han emborrachado más que una sola vez, pero les ha durado toda la vida»". La embriaguez de una tal borrachera nos acompañará durante los veranos de toda la eternidad y tal vez la resaca no llegue nunca. Vivir o morir para creer.

 

 


subir

 

Julio-agosto 2009 ©

 

 

 

sumario

 

 

 

 

calidoscopio.net © 2006-09