Taxi
De Rubén García Cebollero
Se subió al taxi hace ya algunas décadas. Era capaz de escribir la historia de un teléfono, con la facilidad con la que compraba las personas del verbo, o se atrincheraba en los cuarteles de invierno que decoraban el Parnaso de otro país en ruinas.
Era cierto que el poder envejece, y que quienes lo toman también envejecen con él, lo mismo que las cartas repartidas que con los compañeros quisieron repartir. Se acordó de Machado y de la gracia de la rama verdecida, pero los olmos acabaron por dar peras y la primavera el único milagro que nos trajo fue el del taxi.
Consiguió vivir durante décadas como si hubiera salido del taxi, pese a que nunca salió del mismo y que continúa respirando el aire corrompido de las habitaciones separadas. Y los años demuestran que la realidad y los sueños han acabado por venderle, o malvenderle, con la vista cansada.
El taxi se rellenó con poemas de tristeza, jardines extranjeros, diarios cómplices, flores del frío, intimidades de serpiente, además de otras cosas que demuestran que no siempre ni nada resultan ser completamente viernes.
Quizá por eso la última noche, hago constar que no he dicho la última borrachera, le vi pasar en el taxi atmosférico donde lloran los náufragos, los fantasmas, los críticos capaces de contar su propia historia, y de diseccionar la muerte del poema, con la esperanza que por un instante le creamos, aunque todos sepamos que nunca conocerá, o reconocerá, la vida del poema.
Bien pronto lo supieron, pues nada ha envejecido peor que las miradas. Y sin embargo ahora aún hay gente que siente, en la putrefacción del taxi, que tal intimidad es algo más que el camarote de los hermanos Marx, un malo olor, un mal retrete, donde la épica de una existencia mediocre sigue soñando algo que nunca ha sido realidad.
Quizá todos los taxis lleven al mismo velatorio, pero sé bien que Sunion, cabo Sunion, es algo más que el mármol frío erguido frente a la soledad, el tiempo, el infinito, pues entre las ruinas de nuestra inteligencia el viaje cuenta mucho más que el taxi.
Julio-agosto 2009 ©