Crónica atemporal de una noche cualquiera
De Adrià Garriga Far
Nos situamos en Londres, a mediados de 2002. Björn y yo nos disponemos a entrar al Barfly, uno de los bares frecuentados por nuestros artistas favoritos. El piso de arriba parece que está abarrotado, así que bajamos al subterráneo. Aquí no hay casi nadie, hasta encontramos un par de taburetes libres cerca de la barra. Están pinchando algo de los Gene, lo que me sorprende gratamente. Pedimos un whisky y un ron, del bueno.
–A mi el JB es el único que no me da resaca –le digo a mi amigo, que a pesar de su origen sueco ha vivido muchos años en Barcelona.
La camarera lleva gafas de pasta y un par de estrellas pintadas color carmesí próximas a su ojo izquierdo. Camisa ajustada negra, corbata delgada roja y americana envejecida. Es muy pálida. Nos pregunta de donde somos. Ella es valenciana.
–Mira, te lo he dicho mil veces; me siento orgulloso de la vida que llevas –me dice Björn.
–¿A, si? –digo mientras tarareo la canción de Blur, de las no comerciales, que está sonando. Este DJ es bueno.
–Si, te veo tan a gusto con tus cosas… Te has creado el mundo que querías, muy cerca de tus sueños. Tienes éxito…
–No exageres, Björn. Sabes perfectamente que hay cosas de mi vida que me gustaría cambiar.
–Sí, lo sé. Pero eso nos pasa a todos. Pero la armonía, que es la base de la felicidad, ya la has ido cultivando.
Sé que mi colega empieza a ir bebido. Me lo conozco bien a este. Mientras sigue enjabonándome con sus palabras, me fijo que estamos a un nivel por debajo de la calle. A unos dos metros del suelo, detrás de la barra, hay una ventana por donde se distingue la calle. Es curioso observar como los pies de la gente –la ventana no da para divisar más arriba– van desfilando como si tuvieran vida propia, cruzándose entre ellos, pasando en paralelo, parándose justo en medio para saludarse. Eso sí, no hay ningún par de pies repetidos.
Björn ya casi se terminó su ron. Ahora se lamenta de no haberse marchado por Sudamérica medio año. Su actual pareja se lo ha impedido. Le animo a que se marche, pero sin demasiado entusiasmo.
Sara, la camarera, nos rellena la copa con una sonrisa. Creo que ha habido conexión.
–A esta ronda invito yo. Mis amigos estarán al caer, os los presentaré. Queremos ir al London Astoria; hoy pincha Jarvis Cocker. Por cierto, el próximo sábado me toca ser la pinchadiscos. Si os venís, podréis escuchar rock pseudo punk de grupos con voces femeninas… –dice. Demasiado información en tan poco tiempo, pienso.
–Interesante, rollo Nico, Blondie, Siouxsie… –digo interesado.
Björn parece desubicado hasta que decide proseguir con sus confidencias.
–Últimamente no tengo memoria. Solo recuerdo los detalles y las ideas, pero no los hechos en sí. Antes de ayer andaba por Chelsea; tengo la imagen del momento en que tres palomas agitaban sus alas bruscamente para iniciar su vuelo justo en el mismo instante en que una lágrima empezaba a brotar del ojo de un anciano sentado en el banco situado frente al mío. Las cosas al mismo tiempo. Lo que no recuerdo es lo que estaba haciendo esa tarde. Lo raro es que en ese momento tampoco lo sabía… así que decidí ir a Camden a por unos discos.
–¿Te suceden muy a menudo este tipo de cosas?
–No lo sé… –sentencia el escandinavo.
Ya nos estamos terminando la segunda copa. Supongo que tendremos que pagar la tercera. En la diminuta pista de baile situada al fondo del local, unos veinte individuos con corbatas delgadas disfrutan de una selección de pop británico tan selecta, que me resulta difícil mantener los pies quietos. Suena el último hit de New Order, esa gran banda ochentera con inicios oscuros, con demasiadas reminiscencias a Joy Division, que fue ganando terreno en la escena nocturna de Manchester mezclando electrónica y new wave hasta convertirse en los reyes de la pista de baile en la hacienda.
Björn desapareció hacia el baño. La zona está llena de gente, pero hemos podido mantener nuestros asientos. Sara está hasta arriba de trabajo, pero nos deleita con su sonrisa y sus comentarios esporádicos. El acento londinense me recuerda que, a pesar de desenvolverme con soltura con el idioma, nunca podré disimular mi origen si utilizo las palabras para comunicarme. Me enciendo el enésimo cigarrillo al son de Belle and Sebastian. ¡Qué placer! Estoy convencido que seguiré escuchándoles dentro de veinte años. Combino una calada con un sorbo de whisky. Creo que entre ambos actos he cerrado los ojos, pero no soy consciente de haberlo hecho, sólo lo intuyo. Con el cigarrillo aún sujetado en mis labios, percibo una sombra intimidatoria. Me giro noventa grados hacia la izquierda.
–No sabes la sensación de placer que desprendes cuando fumas. ¿Lo estás disfrutando mucho, verdad? –me pregunta una voz masculina, haciendo referencia a mi cigarrillo. Me giro con cara de pocos amigos.
–Sí – digo lo más fríamente que puedo.
No razono. El grupito de la camarera nos rodea. Dominan los flequillos, que empiezan a estar de moda, otra vez. Parecen integradores, cosa rara en una gran ciudad como esta, donde la gente suele mostrarse hermética. Hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Cuando suena Kasabian, nueva banda que mezcla beats y guitarras, no puedo contenerme y me dirijo a la pista de baile, con otra copa más que me regaló Sara. El ritual de siempre: ojos cerrados, cabeza mirando el suelo, giros de cuello de 180º y movimientos –medio suaves, medio espasmódicos– de omoplatos. Por unos instantes no pienso. Sólo recuerdo que últimamente sólo me siento así cuando la mezcla de alcohol y música zumba por mis venas. Mala señal. No debo ser feliz. O quizás sí. La verdad es que me da igual. Podría dedicarme a esto el resto de mi vida. Es una necesidad. Me gusta gastar horas vacío por dentro, mi cuerpo sin cabeza. No quiero hablar con nadie. Desconfío de todo ser humano que no esté como ahora estoy yo. Me imagino un mundo donde sus habitantes fueran así, con música de los Stone Roses de fondo. Si no sigues el ritual que ejemplificamos algunos de los que nos encontramos sobre esta superficie azul, no nos interesas. Respiro hondo. Voy al baño. Meo fuera a propósito. Me miro en el espejo y veo mi sombra. Me giro bruscamente y vuelvo a la pista. Van a cerrar pronto. La novia de Sara me anima a auxiliarla a recoger los vasos que han quedado distribuidos por todo el local. Decido ayudar sin rechistar, eso sí, a cambio del “New generation” de Suede. Sara nos lo agradece invitándonos a un absenta antes de marcharnos. Salimos a la calle perjudicados. Suerte que esto es Londres y el frío ayuda a despejarnos. Björn es el que va más colocado. Ahora entiendo por qué se ha pasado la mitad de la noche metido en el baño.
Andamos por un espacio de tiempo indeterminado. Hay cola en el Astoria, pero la evitamos porqué tenemos pases VIP. Nos disponemos a presenciar en directo la debacle de la carrera musical de Jarvis, ex líder de Pulp, uno de los principales grupos que marcó nuestros años de la adolescencia. Desde el 98 y su “This is hardcore” que no han sacado nada decente. A pesar de ser un genio, me han contado que está preparando otros proyectos individuales de escasa calidad, comparado con lo que tenía acostumbrado durante el segundo lustro de los noventa. Esta noche pondrá sus canciones favoritas. Voy al baño. Veo que Björn, Sara y su novia se encierran en uno de ellos. Me miran para que les acompañe, pero me encierro en otro, solo. Saco el pequeño frasco del bolsillo. Miro hacia arriba. Primero se me humedecen los ojos, pero luego empiezan a escocerme deliberadamente. Pierdo el equilibrio hasta que mi espalda reposa contra la pared. Inspiro fuerte y me seco las lágrimas. Es lo que tienen los colirios. Mis ojos vuelven a recuperar el blanco como color de fondo. Fuera de los servicios el ambiente es oscuro. Ya en una de las barras, consigo reposar en un taburete. La música de Jarvis me está aburriendo. El camarero me reconoce y me sirve una copa. No acepta mi billete. Confundo realidad con ficción, pero aún sé lo que hago y lo que digo. Me llama la atención un olor. Es ligero, nada empalagoso. Cierro los ojos para relajarme un poco con la canción que suena y la fragancia que me rodea. ¿Quién debe llevarla? Me giro con disimulo. Mis ojos chocan contra otro par de ojos solitarios. Bajo la cabeza y me fijo en sus Adidas de los setenta, un claro fetiche de coleccionista. Como aún no pienso, la palabra “sexo” no aparece en mi cabeza. Nos volvemos a mirar y nos giramos. “¿Tienes tabaco?” es la frase percibida por mis oídos –con un acento british perfecto. Saco el tabaco y le ofrezco uno. Le doy fuego, pero no digo nada. Mejor así. El silencio impera ante dos miradas tensas. Tarareo la canción de Muse que está sonando. Me fijo en sus labios cuando sueltan “my plug in baby”. Continuo yo “crucifies my enemies” y, finalmente, los dos a la vez “in unbroken virgin realities is tired of living, oooh…”. Sonreímos. Me levanto, pues he localizado al grupo de Björn. Jarvis se despide con el superhit de Pulp “Disco 2000”. Ojos cerrados, la cabeza dirigida hacia el suelo, giros de cuello de izquierda a derecha y movimientos espasmódicos de omoplatos. Los ojos de la barra, mi alma gemela secreta, vuelven a estar cerca de mi. Ya no me gustan, pues me impiden estar en blanco. ¿Quieres jugar…? pues te ignoraré. El DJ residente empieza su sesión con Mogwai, selección algo sorprendente para no estar en el salón de mi casa. Exagero mis movimientos. Simulo que sujeto una guitarra y la estoy distorsionando. Tengo flashes del cuerpo desnudo de mi alma gemela. Me la juego al ofrecerle mi copa. Acepta y bebe. Me ofrece tabaco. Estoy tan colocado que entiendo porqué antes me ha pedido uno si en realidad ya tenía; normalmente soy lento para estas cosas. Björn me susurra “míralo... las matas callando”. Me río con él. Cuando me incorporo otra vez, mis ojos ya no están. Ni rastro. Hago un esfuerzo en seguir como si nada. Me reintegro con el grupo de Björn, Sara y compañía. “Ya no lo necesito” le digo a mi amigo cuando me ofrece un cigarrillo de esos sin filtro y excesivamente aromáticos. Me da miedo que empiece a relatarme, otra vez, su teoría sobre la infidelidad, pero como justo empieza a sonar el himno “What a waster” de los Libertines, nadie se atrevería a decir nada.
[El autor de este relato no tiene nada que contar durante las siguientes horas de la noche debido al paréntesis temporal emplazado en su cabeza]
Es domingo y son las nueve de la mañana. La ciudad se prepara para empezar el conjunto de actividades frenéticas de cada día. Algunas almas en pena vuelven hacia sus casas para empezar un nuevo día dentro de ocho horas. A penas me acuerdo de quien soy. Encuentro las llaves de casa después de registrar cuatro veces todos los bolsillos de mi chaqueta. Sé que aún estarás durmiendo. Realizo movimientos en cámara lenta para evitar cualquier ruido. Te observo al entrar en nuestro cuarto. Pasan diez minutos. Me acerco al equipo de música y selecciono el “Post” de Björk, su mejor álbum. Volumen mínimo. Me desnudo y me siento a tu lado. Me hago un hueco en la cama. Te doy un beso en el cuello. Lanzas un gruñido inocente. Te escribo “hola” en la espalda con mis dedos. Respondes agarrándome la mano. Por un momento pienso en la presentación del nuevo disco dentro de una semana. Te abrazo con todas mis fuerzas. Sé que en dos minutos ya estaré durmiendo. Me siento a gusto así. Escucho tu respiración y me veo ínfimo y vulnerable. Sé que cualquier día de estos tendré que dejarte.
Julio-agosto 2009 ©