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Relaciones vecinales

Por José Ramón Huidobro

No les llamé como nunca lo hice antes. No es asunto mío. Tampoco era asunto de ellos que yo me levantara a las cuatro de la mañana para ir a trabajar. Cada uno, en su agujero, es libre de hacer lo que quiera. Si ellos querían sacarse los ojos cada noche podían hacerlo. Yo me tenía que aguantar.  Las paredes son finas y se oye todo. A mí me daba igual. Llegué a desarrollar una habilidad para aislarme y descansar unas míseras horas para mantenerme en pie en mi trabajo. No soy una persona sociable.
Nunca fui a una reunión de vecinos. No saludaba en el portal ni sonreía a los niños del jardín. Alguna vez lo pensé. Debo cambiar. No es agradable encerrarse entre cuatro paredes y vivir como un ermitaño. Una vez compré un televisor. No recuerdo la última vez que lo encendí. A veces, pasan días enteros y no escucho mi voz. Cuando lo hago es por pura necesidad. Ahora mismo tengo la cabeza a apunto de reventar. No se imaginan lo molesta que es esta declaración. Me han exprimido más palabras de lo que podrían imaginar.

Ella era una mujer atractiva. Sí. No lo niego, para un solitario como yo, subir siete pisos en el ascensor en su compañía era excitante. Yo la miraba de reojo. Me imaginaba que aquel cerdo tenía suerte. Algunas veces me ocultaba su rostro como si yo no supiera nada y saben lo que les digo... era en esos momentos cuando más la deseaba. No. No tenía compasión. Ya les digo. No soy tan extraño. Ustedes mismos harían lo mismo que yo. Muchas veces llegaba a mi casa y no me podía reprimir. Sí. Me dedicaba un homenaje pensando en ella y daba un poco de sentido a mi existencia. Ese cerdo tenía suerte. Ya les digo. Era el típico hombre bien vestido, con sonrisa y educación. Cedía el paso a las vecinas y acariciaba la cabeza de los niños. Todo un caballero. Sí señor. Pero en su casa no tenía disfraz. Yo no tenía interés en lo que pasaba ahí dentro pero, ya les digo, era inevitable. Les maldecía un poco y me acostaba. Después me despertaba y notaba que todo estaba en calma. Yo desaparecía durante todo el día y me olvidaba de ellos. 

Caminaba horas desde la garita de la fábrica hasta mi portal. No crean que no tengo aficiones. Siempre quise ser escritor. Nunca fui capaz de plasmar nada pero mi cabeza inventa situaciones. Observo a las personas por mi camino y voy definiendo los personajes que poblarán la novela que algún día me sentaré a escribir. Es fácil, saben. La vida es predecible. Cumplo los mismos horarios cada día y lo mismo pasa con cada uno de los que se cruzan por mi camino. Unos son efímeros pero si se fijan bien hay decenas de ellos que aparecen puntuales en el mismo lugar. No es necesario hablar con ellos para intuir quiénes son, si son felices, cobardes, maltratan a sus mujeres o se emborrachan en un bar. Las opiniones de los terceros confunden. Si preguntan a mis vecinos les dirán que soy un ser despreciable. No me conocen. Juzgan y ya está. Se sienten mejor si coinciden en su opinión. Les viene bien compararse. Lo hacen conmigo porque dicen que soy insensible. Yo les digo que si mañana aparezco desangrado en el portal no harán nada por salvarme la vida. Se encerrarán y a lo sumo les llamarán y mientras tanto yo habré muerto. No se diferencian nada de mí. Anoche lo demostraron.

Él andaba dando vueltas por el salón. Golpeaba todo lo que tenía a mano. Gritaba. Lo habitual. Yo acababa de cenar: unas salchichas y unas patatas precongeladas. Abrí el frigorífico y eché en falta una cerveza. Normalmente no me hubiera molestado pero algo me hizo cambiar de idea. Por una vez me sentía con ganas de disfrutar. Y sólo pedía una cerveza para calmar la sed. Así que me calcé y me encaminé a la gasolinera.
Allí estaba ella arrancando el motor de un coche de alquiler. Me vio y no giró la cabeza. Yo tampoco lo hice. Por un momento nuestros ojos se quedaron clavados y tuve el impulso de acercarme. Me dijo que se iba. Que ya no aguantaba más. Yo no supe que responder. Ella quería hablar. Era de ese tipo de mujeres que no tienen un amigo y quizá en ese momento vio la luz. No le va a gustar – le dije- . Ella asintió. Arrancó el motor. Quitó el freno de mano y aceleró. En ese momento sentí que me arrancaban el corazón. Mis pies se quedaron clavados pero yo quería correr, salir de mi cueva, alcanzarla.... Tantos años controlándome pasaron su factura.

Regresé a casa. Había olvidado la cerveza. Soy el peor de los sentimentales – me dije. Vi mi cama deshecha, igual que toda mi vida. Me di una ducha. Entonces le escuché. No paraba de maldecir. Llamaba por teléfono. Lloriqueaba. Comencé a inquietarme. Esperaba que algún vecino les avisase pero ya les dije que no tienen humanidad. Permitieron lo mismo que yo. Día tras día. Año tras año. A todos había que encerrarlos. Condenarlos a muerte como ellos condenan al diferente, al que no dice buenas tardes ni sonríe a un bebé. No soy un buen vecino, pero yo fui el que llamó a su puerta, el que le dijo que ella iba a dejar de sufrir. Él no entendía nada. No pude contenerme. Le golpeé enloquecido. Una hostia por cada una de las que él le sacudió. Ni siquiera se defendió. Le dejé inconsciente pero no bastó. Todo mi rencor no sirvió. Y luego me acosté. Sí. Fui capaz de dormir. Me arrepiento por ello. Cuando desperté me lo encontré en la escalera. Sonreía. Me dio las buenas noches. No le respondí. Tampoco les llamé. Caminé sin rumbo. Un mendigo me pidió un cigarro. Me senté junto a él. Fumamos juntos sin hablar. Me sentía bien. Por una vez, me sentí bien. Me ofreció un poco de trago. No lo pude rechazar. Brindé por ella. El sin techo me sonrió. Él, sí sabía observar.

 


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