
Por Natalia Zarco
(Librería Galatea. Cambrils)
«Nunca sabremos quién forjó la palabra para el intervalo de sombra que divide los dos crepúsculos…», nos dice Borges. No lo sabremos, por supuesto, pero la noche es exactamente la mitad de la vida y su hechizo o maldición puede dar un giro radical a los que la habitan transformando de persona a personaje a los más vulnerables a sus efectos. La noche nos convierte, cambia el ritmo, cambia la luz, los sonidos se amortiguan o se exaltan y ocurren cosas que durante el día no tendrían explicación. La noche patria de los vampiros, de los nictálopes, de los crápulas y los que están solos, la noche, la música y las fiestas… la cuenta atrás hasta el amanecer y su botín de horas para la memoria, o su fuga de horas borradas en humo y alcohol. «la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos» según Lorca, la noche de los viajeros en trenes infatigables, la noche en vela de los enamorados y la noche exhausta de los amantes feroces devorándose a ciegas en cualquier parte. La noche oscura del alma, la noche negra de los asesinos y la noche inacabable de los ancianos… No sabemos quién forjó la palabra noche, pero la literatura quedaría partida por la mitad si no pudiese narrar desde su perspectiva. La noche simulación de la muerte, la noche trampa de los culpables, máscara y refugio…

Hubo una noche del año 2000, la del 25 de abril concretamente, en la que viajé a lejanas regiones chinas. En la que entonces era la II Muestra de Cine Asiático de Barna, actualmente BAFF, se proyectó un film del director Wong Kar-Wai, Fallen Angels. Esa noche yo quise ser hongkonesa. La película, que nos dejó a mí y a mi compañera clavadas al asiento del Teatro Apolo, transcurre íntegramente de noche, no hay ni una escena con luz de día. Con una estructura, si me permiten, nocturna, confusa, sin hilo argumental –qué noche lo tiene– se construye como un laberinto por el que los personajes deambulan perdidos y curiosamente atrapados en sus convicciones. La vida nocturna de las grandes ciudades de oriente funciona así, millones de personas hacen que la ciudad no duerma nunca, la actividad es constante, la noche no es más que el escenario libre de reglas, o mejor dicho, con otras reglas, en el cual todos somos extraños, todos somos «otro», todos fingimos algo.
Fallen Angels se montó con un excedente de metraje de otra de las fabulosas y nocturnas películas del mismo director, Chungking Express, con la que tiene múltiples puntos de conexión… En una interminable madrugada en lo más profundo de la ciudad de Hong Kong, en sus sucias calles, en habitaciones minúsculas, tanto que el tamaño humano pasa a ser un valor relativo respecto a su entorno, aparecen personajes, como Killer, asesino a sueldo y fumador imparable, seguido por una cámara frenética, por calles, pasillos de estaciones, interiores asfixiantes entre rostros desconocidos, entre el humo de mil cigarrillos… y Agent, su limpiadora, con quien se comunica por fax desde la angosta habitación que utilizan como enlace, y donde Killer pasa la noche antes de recibir las instrucciones para su trabajo. Estos dos protagonistas no se tocan, no se encuentran nunca, no se hablan, no se miran, apenas se conocen, pero ella silenciosa, sigue de muy cerca el rastro de Killer. Le huele en las sábanas que debe lavar, se lo bebe en las latas vacías de cerveza que debe eliminar de la habitación, se lo fuma en las colillas apagadas y el humo frío, lo busca en los taburetes de los bares donde sabe que él ha estado, permanece horas sentada en el mismo sitio que él, pensándolo… Agent, bellísima y aparentemente desalmada, escenifica una de las escenas eróticas más porno que yo haya visto en el cine.
Wong Kar Wai es un esteta, no hay escena de la película que no contenga poesía visual exagerada, el color intenso, la composición del plano, la fotografía, los contrastes de luz, da igual, en el cuarto más estrecho y oscuro de Hong Kong, en un camastro pequeño, con paredes heridas, cristales rotos, iluminación precaria, es decir un escenario cansado, espacios estrechos, agobiantes, angustiosos, impregnados de una tristeza infinita, y pese a eso, todo es absolutamente estético en cada fotograma. Y es en ese lugar imposible donde Agent, sin soltar el cigarro –el humo y el flequillo largo le tapan la cara–, se tumba en la cama donde la anterior noche durmió Killer y en un proceso más mental que físico, puesto que es un sexo íntimo, interior y solitario –las piernas cerradas–, un sexo que está realmente ocurriendo en otra parte, nos deja espiar una escena de masturbación femenina sin precedentes… La noche, la noche de los solos, de los que se quedan en lo que no, en el limbo de los imposibles, en el humo ascendente de los cigarrillos. Salí del cine esa noche con un cigarro en la mano y me pinté la boca de rojo mirándome en un retrovisor, para patear infatigable con mi bella acompañante toda la madrugada de la ciudad de Barcelona ¿o era Hong Kong…? Esa noche estábamos en Hong Kong, y la ciudad hervía de historias que marcábamos con una «x» de carmín, de idiomas y de rostros… en los locales de comida turca, en los bares pasados de moda y absolutamente de moda, en las calles del barrio chino, en el puerto y el Raval, todo tenía otra luz, otro enfoque, otras reglas. Nos gustó Hong Kong aquella noche y decidimos quedarnos.

Hong Kong a ritmo de videoclip, salvaje, eléctrico, brutal. Killer comete sus ajustes de cuentas con una violencia exagerada, fría y callada, como si se desdibujase totalmente la identidad individual de las víctimas, como si fuese problema de otros: «lo bueno de mi trabajo es que no tengo que tomar decisiones: quién tiene que morir, dónde tiene que morir y cuándo tiene que morir, lo deciden otros»… esa frase es la clave de la película, todo está decidido, ¿morir o vivir?, los personajes viven atrapados en un destino que no han decidido, pero que les simplifica mucho las cosas, se dejan llevar y cumplen lo inexorable, «cada uno sirve para lo que sirve».En las historias de Fallen Angels, los ángeles caídos o perdidos que transitan por sus fotogramas se tocan por casualidad, su inadaptación a lo normal, a las vidas que se desarrollan de día es tan absoluta que no pueden sino seguir adelante, ciegamente, hasta el fin de la noche. Igual que en la vida, miles de posibles casualidades que convertirían en miles de noches diferentes una única noche, una película de metraje infinito sobre una única madrugada. La noche tiene mil ojos, mil puertas ¿quién las ve…?, la noche de Hong Kong tiene más de siete millones de habitantes…. Killer se cruza a lo largo del film con otras historias absolutamente desatinadas, una punky con el pelo teñido de rubio con quien tiene un breve encuentro sexual, o la de Ho, un personaje con una fuerza impresionante, mudo, dejó de hablar de pequeño cuando se comió una lata de piña caducada, y que pasa las noches “trabajando” en oficios inventados o robados, esto es colándose en la carnicería para ser carnicero cuando el mercado está cerrado, o en la peluquería de noche para lavarle a la fuerza el pelo al peluquero o en la heladería para obligar con divertidísimos métodos a toda una familia a hartarse de helados. Otro personaje absorto en su propia noche, su absoluta negación de la realidad, su proceso de incomunicación voluntaria con el mundo circundante, su comportamiento delirante y aún así cargado de ternura, pone en evidencia una lógica íntima desgarradora. La noche de Wong Kar Wai no ocurre en las calles de Hong Kong, ocurre en el interior de cada uno de sus personajes, tan locos como plausibles, tan cuerdos como cada uno de nosotros. El neón, los taxis, las pensiones, la foto y el montaje utilizados magistralmente como herramienta de lenguaje cinematográfico, el contraluz, la saturación del color en la fotografía y la fabulosa banda sonora aliada con las imágenes, convierten la película en un ejercicio hipnótico y brutal, joven y violento de cine con mayúsculas. Desde entonces vuelvo a Hong Kong algunas noches… con la boca pintada de rojo y las uñas, y en cada calle soy una asesina o… mejor aún, le cambio el final a la película, le pongo un final a lo Martín Amis, y soy una víctima (Agent) que busca a su asesino (Killer), cada uno sirve para lo que sirve… para encontrarle de frente, cara a cara, al fin de la noche y decirle, sencillamente: please, kill me.

Fundido en negro. Suena Five spot after dark
Y me desperté en Japón. Una noche exhausta, como la muchacha que no para de fumar y es tarde, y camina con los zapatos de tacón en la mano por el asfalto de una calle oscura, una copa vacía de cristal, fin de fiesta, amanecer, neón, al fondo luces de colores de los coches, viene hacia mi… como en esa foto magnífica de P. Powietrzynski que ilustra la portada del libro After Dark, de Haruki Murakami.
After Dark es una noche en Tokio, doce millones de habitantes, a ritmo de jazz, ya el título del libro procede de un clásico del jazz, Five spot after dark. La novela de Murakami es la más original del autor respecto a forma, se vuelca en la imagen, es un texto que se mira como un cuadro, que se lee como un guión, las agujas de un reloj van marcando el transcurso de la madrugada, la mecánica de la casualidad hace el resto y como un engranaje perfectamente diseñado el azar va moviendo sus piezas. Alter Dark suena, siempre hay una canción sonando. Escrita en lenguaje cinematográfico, es el travelling imposible de una cámara que narra fingiendo no ser omnisciente, ve lo que ve, supone y observa… sitúa al espectador como espía de las escenas pero no llega a resolver realmente ninguna de las historias que plantea, ni falta que le hace, pues aún así las historias suelen flotar largo tiempo en nuestra memoria. After Dark es una novela para leer por el placer de leer, sin nudos ni desenlaces, sin más ambición que la del léxico y el fluir undívago de una narración onírica, de intensa poética adolescente.
Le falta una canción a After Dark… le falta un tema de los Morphine, fabuloso, que se titula The other side. Life is better on the other side…, la novela parece transcurrir en el otro lado, en el lado de los sueños, en los ojos cerrados: Eri, una de las protagonistas, lleva dormida dos meses, sin motivo alguno, negación absoluta, no abre los ojos, la imagen de su cuarto aparece a lo largo de la narración observada en silencio. Los ojos cerrados de Eri: hermosa modelo, jovencísima, ¿sueña? ¿vive? En su habitación un monitor de televisión que no está enchufado empieza a emitir unas borrosas imágenes, un personaje desdibujado y extraño la observa desde la pantalla… Eri es hermana de Mari, personaje con el que iniciamos el viaje por esta madrugada. Ya no salen más trenes, es medianoche y Mari ha decidido pasar la noche en un café leyendo. Aparece Takahasi, conocido de hace tiempo por Mari, músico que pasará la noche ensayando con su grupo en un local cercano. La noche consigue que conversaciones aparentemente banales adquieran cuerpo literario, la noche tiene otras reglas, todo se mueve de forma diferente. Otro personaje: Kaoru , encargada en el Love Hotel Alphaville, pedirá ayuda a Mari, una prostituta china ha sido agredida y necesitan una interprete, Mari acudirá en su ayuda… los personajes que van apareciendo son producto de la noche, muchos otros se van cruzando en el viaje de la cámara, de los que no acabaremos sabiendo nada, pero que en todo caso se cruzan en la historia como la gente se cruza en nuestra vida cada día, sin más, torciendo la esquina después y desapareciendo para siempre de nuestro camino. Mari y Eri, parecen ser las dos caras de la misma moneda, son hermanas, una duerme, la otra está despierta. Una vive, la otra sueña. Es fascinante que la novela de Murakami no busque ninguna moraleja, que no haya apenas conclusión posible, sus personajes se sostienen por su propia condición literaria y construyen la historia desde su interior, no hay hechos apenas, hay conversaciones, percepciones, conjeturas… hay ficción, pero una ficción tan sutil que nos sitúa muy cerca de la vida, como esos sueños realísimos que tardamos en olvidar, que incluimos en nuestro registro de recuerdos como si los hubiésemos vivido en persona.
Eri nos mira desde dentro de la pantalla, de repente el plano se centra en el monitor, Eri apoya las manos en el cristal y mira hacia nosotros, Eri nos mira pero sabe que su voz no se propaga desde el monitor, sabe que no puede comunicar nada, está dentro de sí misma, los de fuera, los que estamos a su alrededor, la vemos, sabemos que está ahí, pero no la podemos escuchar ni entender, una pantalla –la campana de cristal– nos incomunica, estamos solos dentro de nosotros, no hay nada que hacer. Mari se pasa la noche en interminables conversaciones, Eri no puede transmitir con voz nada de lo que quisiera. Ambas están solas. Poco a poco el monitor va desenfocando la imagen, Eri nota que algo pasa, la distorsión aumenta: Eri es borrada de la pantalla, se apaga, desaparece. Una realidad distinta ha reemplazado a la realidad original.
La narración es un milagro que pasa constantemente de un lado a otro, de un mundo al otro mundo, llegando a confundir en verdad, cuál es el lado real y cual es «el otro lado». En realidad acabamos preguntándonos si existe ese supuesto el otro lado o si hace tiempo ya que la línea que separa lo real de lo ficticio se borró, y la vida es sueño, y los sueños sueños son... y todos somos personajes de alguna novela que desconocemos, intrascendente, un puñado de páginas que narran una noche mágica, una noche terrible, una noche olvidada, que pasará, minuto a minuto, en las agujas de un reloj, a formar parte del inmenso Libro de arena de Borges…
After Dark. Haruki Murakami. 2004 (Tusquets, 2008)
Fallen Angels. WongKarWai. Hong Kong 1995
Julio-agosto 2009 ©