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La historia de una no existencia

Por Parisicilia

Estaban de postal en el portal de la entrada de casa, cuando uno de sus invitados preguntaba por su paraguas.
-No te preocupes, ahora mismo te lo traigo, dijo Sola, y subió las escaleras para buscarlo.
Algunos invitados, que estaban todavía en el portal, comentaban :
-¡Qué bien estamos aquí!
«Elle est terrible», dijo Guillermo.

*

La gente de capital se come las postales, si son de azúcar. Hace quince años era una chica con «vista», cuidaba a niños por el día, pintaba y por la noche servía en un bar de la Rue Vielle de Temple en una ciudad llena de utópicos.
Cuando acababa su servicio de noche, se iba ella misma a tomar unas copas con las propinas, a charlar sorpresas y divertirse. Después, tomaba un taxi, al que seguía hablándole de lo ocurrido, entre bares y gente.

*

Una vez, Sola bajó con el paraguas negro en la mano. La gente huía ya, bajo la lluvia, y abrían las puertas de sus coches, para salvarse rápidamente en sus casas. La lluvia percusionaba contra los adoquines y el tráfico tocaba tambores en la calle Locquenghien. Las gotas caían suaves en el aire erosionado, formando arco iris en la luz artificial, se atomizaban en tríos de colores donde se reflejaban las farolas blandas, pintadas de verde, torcidas a golpes de ciudad, medio arrancadas de la acera avolcanada.

Guillermo, que estaba todavía en el umbral de la entrada, se despidió con un apretón de manos y un par de besos. Se iba caminando a su casa sin paraguas.
Cuando el freno del tranvía se paró en rojo, Sola volvió a ver la casta de artesanos fundidos en metal, fijos en las columnas de piedra que rodeaban el parque, todas diferentes, miró delante de su casa y se quedó soñando con arte. ¡Como si después de diez años, fuera la primera vez que estaba allí!.

*

Había trabajado en una serie de esculturas a base de yeso y alambre que nadie había visto antes. La señora le confirmó que la exposición sería para el mes de diciembre y la inauguración para primeros.

Sola, muy contenta de la cena y la fiesta con los amigos, se fue a dormir, con la interesante cita que la señora le había dado: el lunes a las tres de la tarde.

*

Eraser se ató el cordón del zapato para esquivar el puñetazo, plegó la lengua al paladar sujetándola en una ola de saliva, se reincorporó y pensó mirándola: -me trago las palabras o me manda con defección ahora mismo, con el arte al infierno. Miró a su alrededor, despistando una lágrima loca (no quería que la viera llorar) que quedó petrificada en un molde de bronce, dentro de una escultura de renombre. Como en un giradiscos, la estatua de sal de Eraser, giraba y giraba muy pequeña, sentada como una lenteja en el centro de un inmaculado platillo volante blanco en equilibrio, dando vueltas, sobre el eje del sujeto al dedo del malabarista, giró y giraba en su cabeza lo que le acaba de decir la Señora :

–¡No me toquessss los cojonessss! (en una bella sala con luces blancas, Chic très Chic, paredes como la luna y blancas peanas).

*

Volvió a soñar.

*

Recordando la conversación con el taxista, una hora antes de tumbarse en el «Trou Normand» (así llamaba ella a su colchón de rayas crudas y blancas). Como en un crucigrama o como Erdbeeren en un prado, seguía bebiendo, mirando la escultura en yeso del centauro a lo lejos, encima de la chimenea, dibujando la noche, tirada en el suelo. Era ya muy pronto, estaba amaneciendo.

Era muy moderna Sola, ese colchón de lana fue el salto de un trueque entre arte y práctica. Cambió un cuadro por un colchón, que era el único decorado y buen amigo de su habitación.

Cuando se tumbaba, se le aparecía otro mundo no tan distinto, tan pequeño y tan grande como ella, en una intermitencia casi semafóricamente naranja.

¡Naranjas de la china!, se estaba quedando en blanco en el intermitente olvido de todo lo que pensaba, sumergida en una plegaria contemporánea.

*

La colección de cincuenta esculturas de Eraser, almacenadas en el sótano de la galería esperaron desde el mes de junio al mes de diciembre para salir de allí. Sola se había mudado ese mismo mes, por asuntos de escuela a otro país. Se decidió con la señora que la obra se podía quedar en el sótano hasta el mes de diciembre en el que se presentarían al público, con su respectiva organización e inauguración (más allá del material artístico del que estaban fundidas las obras).

*

Mientras cargaba una caja de madera con media docena de figurillas en metal, con título «el transporte», que representaban un señor que llevaba paquetes, muchos paquetes, todas iguales.
Se acordó, (cuando se le resbaló de las manos la caja de madera, entre el pliegue de su falda, donde tenía que depositarla y se le enganchó la chaqueta en un clavo de la puerta al despacho) de aquel sueño en París, donde el cielo se apelotonaba sobre su cabeza y al mirar hacía arriba, todas las esculturas aparecían muy bien colgadas del techo de su habitación con cuerdas de mimbre trenzado en un decorado aterciopelado y vacío. Unas más altas, otras más bajas, no colgaban del cuello, eran indefinidas, unas más voluminosas otras menos, unas más largas otras más cortas, sin poder describir sus formas concretas, eran blancas, de eso si se acordaba definitivamente.

Sola rozó la pared negruna, húmeda y blanca al subir a por otra caja. El polvo mugriento se adhirió a su chaqueta de corte Inglés de punto en algodón negro, que había comprado por cuatro duros en el mercado de las Pulgas, para utilizarla en momentos de presentación al público.
Al subir, la señora le dijo:

–¿No te habrás vestido de gala para venir a la galería ?

*

En ese momento entró un señor muy elegante a la galería y preguntó a la Señora por las esculturas de Eraser, y poniéndose la cara de máscara le dijo:

–Pues figúrese que tenemos a la artista aquí, puesto que preparamos una exposición para el jueves.

–No podré asistir a la inauguración pero me interesaría comprar alguna. ¿Sería posible verlas? A mis amigos les encantan y me gustaría agrandar la colección –contestó el coleccionista.

Se reservó cuatro.

*

A Sola se le hincó el colmillo en la corazonada, luego en su cerebro como una lanza negra a través de sus ojos la mentira, en la que reflexionó y recordó, que estaba haciendo un trabajo gratuito de asistenta laboral para ayudar a despejar la sala de exposiciones y poder, a lo mejor, con un poco de suerte, montar la suya. La Señora había despedido a su asistenta y se quedó sin mano de obra.

En un momento dado, la galerista llamó a Sola para enseñarle la inútil invitación al evento, porque nunca fue, ni tenía intención de invitar a nadie. Estaba en crisis como todo el mundo en esa época.

La invitación está bien, pero hay un error, ¡ese no es mi nombre de artista ! Ya sabes que mi nombre de artista es Eraser, no me conocen por Sola.

–¡No me toques los cojones! –le contestó la Señora de la casa.

Sola se dijo para sus adentros en un eco hondo y profundo, déjate de amor propio, tendrás que pasar por aquí, no te quejarás, ya te diré yo, cuando volverás, cuándo, tenemos tiempo, más adelante. Lo importante es la exposición, tienen que salir a la luz :
 «Volverás como una lombriz de campo, taladrarás el techo del asfalto, con tu cuerpo blando y cuando oigas por fin la lluvia chapotear en el techo de la tierra, como una llamada a salir del tiempo pasado en las entrañas, aguantarás, antes de salir a beber de la lluvia, porque la pájara te estará esperando y en cuanto saques la cabeza sin ojos para beber, ¡Zas! el picotazo será mortal y adiós lombriz, del vasto mundo se oye la música.

Cuando tengas que salir, saldrás en forma de luciérnaga, pero una Glühwürmchen luciérnaga espacial, porque la luz de tu estrella será tan fuerte que deslumbrará a los ignorantes que no por hambre, se cegarán y no podrán comerte porque no podrán verte. »

Después de estas frases que ella se dijo, siguieron las humillaciones y fue carne de cañón, hasta el punto de que la frustración de la Señora de la casa, ahogada por la buena voluntad de Sola en el sótano, donde le ordenó faltando a su palabra, que tenía que trabajar sin apenas respirar, (por no inhalar el inmundo polvo del olvido), tomando medidas en tres dimensiones, títulos y descripciones para preparar las listas al público y seguir adelante con esa exposición que se había vuelto imposible, una vez dentro.

Como en un perfecto teatro, ella salía de la cueva. La señora apoyada frente a su ordenador en la mesa de cristal, movió literalmente su cabeza al escuchar el rumor de Sola que subía pasitamente por las escaleras, y mirando hacia ella, le dijo en voz muy alta, antes de verla:
-¡Ah! ¿Estás ahí? Pensaba que ya te habías ahogado, ¡ahí abajo no se puede respirar!

–Sí, estoy aquí, no me meo, se suda un poco ahí abajo a cero grados, pero ya está. Aquí tienes la lista de esculturas, son sesenta, con los títulos, dimensiones y descripción.

La exposición se hizo al “desprecio” y no se invitó a nadie. Sola se quedó sola en su imaginación, decepcionada. Regresó en avión a su país, dejando con mucha pena a cientos de kilómetros todo su trabajo en aquella casa.

Lo había logrado, pasó el túnel infernal.

*

Cuando Sola volvió al cabo de un mes a recoger su obra,
la señora le dijo con los ojos saltones de rabia como hipnotizada:
–Lo único que se me ocurre decirte es que dejes de mirarte el ombligo y que aterrices.

A Sola sólo le quedó un regusto de queso análogo sobre una pizza mal descongelada, que llegó a exorcizar abriendo una magistral botella de Bodegas Vega Sicilia Reserva Especial.

 

 

 

 

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