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Por Félix Andrada

¿De dónde sacaríaClyfford Still la alusión a Belmonte que incluye en su diario? ¿De Hemingway? Aficionado improbable, su escritura es adusta por lo general, muy afilada y rigurosa en sus intenciones como para echar mano de lugares comunes. Clifford StillSin embargo, el 11 de febrero de 1956 le invade “una gran alegría libre”; acaba de terminar cuatro grandes lienzos en los que ha estado trabajando duro y, “roto por la tensión”, escribe: “Como Belmonte tejiendo el dibujo de su ser al retorcer a su alrededor los toros poderosos, me parece alcanzar un éxtasis comparable al hacer salir la vida flameante a través de esas grandes extensiones sensibles de tela. Y cuando los azules o rojos o negros saltan y se estremecen en su atmósfera tenue o se elevan con austero empuje para extender su poder más allá de los límites del campo, yo me muevo con ellos.”

A Clyfford Still (1904-1980) se le asocia, de ordinario, con el ala más severa del expresionismo abstracto, junto con Mark Rothko, Barnett Newman o Ad Reinhardt, “los Irascibles”, de los que el crítico Clement Greenberg le consideró jefe de filas. Pero sus lazos con estos artistas en gran parte se basan más en relaciones personales que en intereses artísticos. Ha sido incluido también entre los artistas que para Harold Rosenberg pusieron en práctica la action painting. Sin embargo, la acción en los cuadros de Still no se produce en absoluto del mismo modo que en los de Pollock o De Kooning. De hecho, el suceso instantáneo en sus lienzos es más aparente que real, y resulta de un trabajo muy meditado y cuidadoso, de fina artesanía, que Still concluía sin una mancha de pintura en su bata. Sandra Campbell, una de sus hijas y administradora del legado del pintor, afirma que su padre odiaba el término action painter. “Él no se ponía a bailar alrededor de la tela lanzando pintura. Cuando pintaba practicaba una especie de precisión relajada”. No era la acción, era la idea, su desarrollo, lo que absorbía por completo a Still. Y le ocupaba de manera tan exclusiva que luego parecía desentenderse de la fortuna individual de las obras. Enrolló muchos lienzos y los guardó en un almacén al poco de pintarlos, sin enseñarlos ni ponerlos a la venta, escasamente o nunca más expuestos o tal vez ni siquiera contemplados de nuevo. En realidad, la mayor parte de su producción, casi toda, ha permanecido así durante los últimos treinta años, almacenada secretamente, desconocida por completo para todo el mundo, excepto para los miembros de su familia. Y se trata de una producción altísima: su legado oculto se compone de más de dos mil cuatrocientas obras, muchas de gran formato. Sólo menos de ciento ochenta cuadros llegaron a abandonar el estudio de Still para encontrarse con el público, vendidos o donados por su autor. Dos museos, el Museum of Modern Art, de San Francisco, y la Albright-Knox Gallery, de Buffalo, poseen los conjuntos más importantes de obras suyas, 30 y 33, respectivamente, que se exhiben en unas condiciones muy estrictas pactadas con el artista en el momento de hacer la donación. Un pequeño grupo de pinturas se expone permanentemente en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. El resto, en su mayoría, está repartido entre algunos museos y colecciones de Estados Unidos y Europa (una pintura en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, otra en el Museo Guggenheim de Bilbao). En cuanto a ese enorme fondo inédito, se conservará y expondrá por fin –después de largas negociaciones con la familia del pintor– en la ciudad de Denver, donde se construye con ese propósito el nuevo Clyfford Still Museum.

1959

A pesar de su reputación, no es que Still fuera demasiado reacio a exponer públicamente su obra, sino que imponía unas condiciones muy precisas respecto al modo en que ésta debía ser mostrada y cómo ciertos conjuntos bien definidos debían mantenerse íntegros. Pocas salas podían ceder a sus exigencias o consentían en hacerlo. Así, su obra, no obstante su gran prestigio e influencia, es relativamente poco conocida en comparación con la de otros grandes artistas de su generación; una extrema reserva en torno a su trabajo a la que contribuyó su radical actitud de desprecio hacia el comercio del arte y hacia el establishment artístico. Por eso rompió con Rothko después de casi veinte años de amistad, por la sospecha de que el trabajo de su amigo se había vuelto demasiado comercial. Llamaba a las galerías “burdeles” y a los museos “cámaras de gas”. Rehuía el contacto social con el escenario artístico, que juzgaba corrupto, vacío y arrogante, y se negó a participar en la rutina de exposiciones regulares, o incluso las boicoteó. Rechazó hasta en cuatro ocasiones exhibir su obra en la Bienal de Venecia. Era inaccesible, orgulloso, obstinado, intransigente en lo personal y en lo artístico, entregado sin reservas a la creación de una obra enorme, individual y ferozmente independiente. En 1972, cuando la American Academy of Arts and Letters le otorgó su Medalla de Oro al Mérito en Pintura junto con un premio de mil dólares, Still aceptó la distinción (que no fue a recoger personalmente), pero rechazó el dinero: “Me he impuesto como principio durante toda mi vida no aceptar ayudas, premios ni subvenciones por mis trabajos de arte en curso, acabados o proyectados. Por tanto, debo solicitar que el suplemento de un millar de dólares no se incluya con la Medalla del Mérito.”

1957

Excepcionalmente Still escribía o hablaba sobre su obra, sin embargo detestaba las explicaciones y desconfiaba de las interpretaciones, por lo que prefería no hacerlo. David Anfam, uno de los principales expertos en pintura expresionista norteamericana y cuya tesis doctoral (Londres, Courtauld Institute, 1984) ha sido durante mucho tiempo la única sobre Clyfford Still, halló que, incluso durante sus últimos años de vida, el pintor no mostraba ningún interés en hablar sobre su trabajo con un estudiante. La oposición de Still a todo discurso le llevó a suprimir los títulos de sus cuadros para evitar influir en la apreciación del observador. Igualmente se oponía con vehemencia a que otros hablaran o escribieran acerca de sus pinturas. “Le suplico”, pedía en 1948 a su galerista, Betty Parsons, “que no permita que nadie escriba sobre ellas. NADIE. Mi desprecio por la inteligencia de los escribidores a los que he leído es tan completo que no puedo soportar sus imbecilidades.” Expulsó de su casa sin contemplaciones a algún posible comprador que cometió la imprudencia de preguntarle qué quería decir con su pintura. Era exigente con los espectadores de las contadas exposiciones en las que accedió a participar. En un catálogo de 1952 escribió: “Las demandas de comunicación son tan presuntuosas como impertinentes”; y un año antes, en carta a un amigo declaraba: “Seguramente preferiría que mi trabajo fuera totalmente asocial”. Atacaba a los críticos y a los estudiosos: “El creador es suplantado por el pedante, y toda su obra queda negada u oculta para quienes podrían tener algún deseo de experimentarla. El que no envía al curioso a la obra original es un ladrón, un embustero, un estafador, un perro asesino.”

1948

En un artista menor, con una obra menor, esta suma de actitudes probablemente habría sobrado para condenarle a un largo ostracismo. Sin embargo, por lo que respecta a Still, ni se ha puesto en duda la enormidad de su logro, ni ha cedido su reputación como gran maestro. Se ha dicho de él que fue el artista más importante de los Estados Unidos, el más audaz, el que más influyó en el reconocimiento de la pintura americana como una fuerza de primer orden en el arte mundial, y uno de los grandes innovadores de la modernidad (citas de Katherine Kuh, de Gordon Smith, de Clement Greenberg). Nada menos. A Robert Motherwell le dejó una honda impresión una de sus primeras exposiciones (en 1946): “Es el más original. Igual que un rayo en el cielo azul”. Esa intensa emoción visual tal vez perdurará nítida en la memoria de los visitantes de la exposición que el Museo Reina Sofía de Madrid (con la Kunsthalle de Basilea y el Stedelijk Museum de Amsterdam) presentó en 1992, un acontecimiento excepcional, una de las tres exposiciones de la obra de Still que se ha logrado organizar en los últimos treinta años, y la primera en Europa. ¿Será igual ahora, cuando el muy ambicioso Clyfford Still Museum de Denver abra sus puertas al público?

1947

En los últimos años de su vida, Still recibía numerosos premios, homenajes, nombramientos académicos, doctorados honoríficos en Bellas Artes por distintas universidades..., cuyas menciones ponían de manifiesto los muchos méritos del que, decían, “ha llegado a ser uno de los grandes artistas de los Estados Unidos y ejemplo para los demás por su total entrega a la inspiración de su genio”, o “una de las influencias más decisivas del arte moderno estadounidense y el principal exponente del expresionismo abstracto”. Una de esas menciones, la que se leyó con el premio que recibió de manos de los Antiguos Alumnos de la Washington State University, debió de ser tal vez mucho más satisfactoria para el maestro. Dice: “A Clyfford Still, que sobrevivió a las estructuras de poder de nuestra cultura y liberó nuestros espíritus.”

 

 

 

 

 

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