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Poemas de Pedro Larrea

 


De Fragmentos de la perplejidad (inédito)

Vienen otros en las venas.
Lato y es el tiempo. Pongo
a secar la ropa. Compro
un reloj en cada tienda
y les saco las manillas
para clavarme una era
en cada poro. Se cena
tarde, frío y con las prisas
de un cuchillo frente a un péndulo.
En la sangre se resuelve
el apetito, la muerte,
la ecuación clara del tiempo.

Yo también tengo mis horas
para el hambre. El intestino
es un calendario digno
de atención para mi boca.
Beso cuando estoy hambriento
y si no puedo besar
a nadie me escondo tras
el biombo del deseo,
y allí maldigo las veces
en que nunca tuve hambre
cuando el tiempo era una suave
rebanada con aceite.

No tengo memoria. Existo
porque otro insiste en que ronco.
Pero eso es distinto. Borro
lo que duermo con el ruido
porque al dormir suscribimos
lo que ha pasado en el día
y es necesario en la vida
tergiversar ese olvido.
Así es que los elefantes
usan toda su memoria
en recordar una sola
lección: dormir verticales.

Cuando un cuerpo dice no
se rebelan las hormigas.
Una marabunta explica
las agendas, el pudor
con que el día se retrasa,
esta mueca de las horas
que anticipan la derrota
del cuerpo que se rechaza.
Para arrasar una sombra
es necesario vivirlas
todas, cerrar la mandíbula
y negar lo que se roza.

 

Ínfima tortuga: yo
también pretendo escapar
del empedrado y sacar
el cuerpo por elección.
Quiero correr por la playa
sin el peso de esta concha
que se me encarama y dobla
el tiempo sobre mi espalda
(luz, arena, carne y agua
dan caparazón al tiempo.)
En mi caso el esqueleto
es como el tuyo: se atrasa
por odio del relojero.

Escribo sin buscar nada
porque llueve porque llueve.
No me interesa el mar (tiene
mucha sal y poco agua)
ni las nubes, ni los ríos,
ni los charcos, ni las presas,
ni las fuentes, ni las lágrimas.
No comprendo que lo líquido
se agrupe. La sed se espesa
frente al vaso. No ante el agua.
Porque el tiempo nunca pasa,
no tiene cuerpo, gotea.

.... .... .... ....

(Sobre un poema de Carl Sandburg)
The fog comes
on little cat feet.

It sits looking
over harbor and city
on silent haunches
and then moves on.

Puede que no haya mejor
imagen del tiempo que esta:
en un puerto, un gato y niebla.
Pero a Carl se le olvidó
aclarar que el gato era
otra cosa que la niebla
misma, y que aquella ciudad
era más vieja que el mar.
Así está bien. Un maullido
flota, un vapor ronronea.
El gato explica la niebla
como el tiempo el infinito.

       

.... .... .... ....

(Sobre el eco)

                                                     “y la esperanza es vínculo del viento”
Gabriel Bocángel

 

Acostado entre tus huesos.
Quisiera quedarme antiguo
acostado entre tus huesos.
Quisiera quedarme antiguo
en el ámbar de tu cuerpo.
Quisiera quedarme antiguo
en el ámbar de tu cuerpo
y que no me descubrieran
en el ámbar de tu cuerpo.
Y que no me descubrieran
sin alguna arteria dulce.
Y que no me descubrieran
sin alguna arteria dulce
en el hallazgo del tiempo.
Sin alguna arteria dulce
en el hallazgo del tiempo
detenido en tus costillas.
En el hallazgo del tiempo
detenido en tus costillas
quisiera quedarme antiguo
detenido en tus costillas.
Quisiera quedarme antiguo
mientras te quedas dormida.
Quisiera quedarme antiguo
mientras te quedas dormida
acostada entre mis huesos.
Mientras te quedas dormida
acostada entre mis huesos.
Acostado entre tus huesos.
Acostada entre mis huesos.

 

Me borro. Viajo entre insomnes
que nunca bostezan. Pueden.
Tengo carne para trenes
e impaciencia por la noche.
Duermo con alarma, bebo
con reticencia, me baño
en la fuente de los barrios
donde abunda lo que pierdo.
Y aumento la incertidumbre.
No aprendí a contar las horas
del deseo cuando sobran,
un camino que no sube.

 

Conozco lo que vivo
pero también conozco lo que sueño.
Hay una irrealidad propia del tiempo
en quedarse dormido.
Es una despedida,
es sacarse la espina de los dientes,
saberse por encima de la muerte
en el número incierto de los días
que se nos dan para cerrar los ojos
y abrirlos con un toque de esperanza
y cerrarlos y abrirlos y en la almohada
dejar pasar el tiempo entre los hombros.

Tardo y miro. Me detengo
a dudar sobre mis pasos.
Una cosa es ese lado
donde me prosigue el tiempo
y otra distinta este otro
lado, que nadie conoce,
lado al que no hay quien se asome
si no soy yo, que me asomo
con el miedo ante la cobra
y las manos como siempre,
doloridas, como un fénix
cuando duerme entre las rosas.

 

A veces uno no aprende
a vivir con los recuerdos.
Se niega que pase el tiempo,
que se cruzasen los puentes
de arena que nos separan
de todo lo que sentimos
hace años. Y es hoy mismo
que aparece, porque estaba,
lo que llamamos recuerdo
por no llamarlo fracaso,
fractura del día, algo
que nos mata estando muerto.

 


De De un libro perdido (inédito)

Boxeo

Para mi hermano Daniel
y su hijo –mi hijo- Ares.

Si yo fuera un boxeador
si fuera consciente de a quién me enfrento
no a un cuerpo como el mío
sino al mío
que escapa persiguiendo
que gira en un cuadrado inexpugnable
que trota sin sed
joven dromedario sobre el yunque del desierto.

Si pudiera entrenarme para los días que esperan
si con sudar mucho lo esquivara todo
si con pegar endureciera una coraza
si al menos el dolor viniera en anticipos
si cada músculo supiera la exacta herida de mañana
si cada vez que se me da un respiro
oyera la taza de té de la campana.
Si alguien más que yo se beneficiara de la victoria
porque lo ha apostado todo a que yo no me arrepienta.
Si me dijeran cómo y por qué me van a odiar.
Si me lo aclararan todo en el mentón y con certeza.

Entonces boxearía como tú, hermano.
Porque en tus cicatrices se ha salvado la alegría de tu hijo,
ese gong luminoso que a pesar de las derrotas
propaga amor entre tu puño y la sombra de tu puño.

 

 

De Poemas para Nadia (inédito)
                                                          Para A.L.D.

Lo siento. Me he marchado sin decirte
cara a cara que ya no puedo hablarte
cara a cara, que el miedo de tocarte
mientras duermes me priva de avisarte.

Me voy. Sé que querrías despedirte
aunque eso es algo que no puedo darte.
Iba a fingir, pero antes que mentirte
prefiero hablarte claro y escribirte.

No me repitas que tuve la culpa.
Me arrojaste a la celda de tus dientes
y me tuviste a pan y agua y pena.

Luego de amarme escupiste la pulpa
echaste al mar mis huesos aun calientes
y me olvidaste en pacto con la arena.

 

Pedro Larrea

Pedro Larrea (Madrid, España. 1981). Se licenció en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Después de viajar por Italia y Francia y de ejercer varios empleos en España marchó a vivir a Dublín, Irlanda. De vuelta a España, y tras una breve estancia en Madrid, se mudó a Tuscaloosa, Alabama, y acabó por instalarse en Charlottesville, Virginia, donde obtuvo su Master en literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Virginia, creada por Thomas Jefferson y lugar de estudios de Edgar Allan Poe. En la actualidad continúa viviendo en Charlottesville, donde es profesor en la Universidad, director de la Casa Hispánica “Simón Bolívar” y estudia su doctorado en poesía española. En los últimos años, también ha residido en Valencia y en París.

Algunos de sus poemas han aparecido publicados en las revistas Lateral, Deriva, Generación XXI, Fósforo y en el suplemento cultural “las Artes y las Letras” del diario ABC. Ha recitado su poesía en España, Italia y en los Estados Unidos. Es autor de La orilla libre, aún inédito, y trabaja en tres nuevos libros de poemas.


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