Por Anna Maria Iglesia Pagnotta
La escritura es la muerte del autor, es la desaparición de su voz, sólo así tiene comienzo la escritura. “La ausencia”, sostenía Foucault, “es el primer lugar del discurso” y Barthes lo ratifica: es necesario “suprimir el yo en beneficio de la escritura”. Sin el autor, ¿qué queda en el relato? Nada más que significado, la función del relato es el ejercicio del símbolo. Ya no habla el autor, sino el lenguaje que “performa”. La escritura se convierte en ausencia, donde ya no interesa lo que se dice, ni quien lo dice, sino las formas en qué se dice.

“La escritura de hoy”, continua Foucault, “se ha librado del tema de la expresión: (...) no está atrapada en la forma de la interioridad”, ahora ya no puede ser otra cosa que puro lenguaje. Barthes desarrolla en diversos textos este tema; La muerte del autor es el texto principal donde el crítico francés se enfrenta a la desaparición de la voz del autor dentro del relato; sin embargo, el origen de esta idea se haya en otros ensayos, principalmente, en Escribir, verbo intransitivo. Barthes sitúa es origen en una nueva unión de la literatura y con la lingüística, una unión que conlleva la primacía de lo simbólico; en el texto todo significa, puesto que está “envuelto de significancia”. Barthes sostiene que la escritura consiste “en alcanzar (...) ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa,(...) y no «yo»”, es decir, el punto donde “yo” desaparezco y permanece sólo el lenguaje, sólo la significación Mallarmé fue uno de los primeros en prever esta nueva necesidad, la necesidad de una ausencia. Mallarmé fue un visionario, identificó la necesidad, pero no la teorizó. Fue el psicoanálisis, en especial, el de Lacan, como también el deconstruccionismo de Derrida, los que iniciaron el camino que concluyó Barthes. Ambos autores se cuestionan la relación de las palabras con las cosas, la palabra es, simultáneamente, idéntica de la cosa y diferente a ésta. Lacan sostiene que la base del lenguaje es un sistema de representación y, por lo tanto, visual; sin embargo, subraya que la imagen es ilusoria, es decir, la imagen fruto de la palabra que identifica la cosa, es una captación imaginaria –y por lo tanto no real– como lo es la imagen de sí mismo que el niño ve en el espejo. El lenguaje es, para el psicoanalista francés, el medio para ver esta diferencia. Algo parecido sostiene Derrida, quien considera que “el lenguaje es en su ser una diferencia, aunque no pueda escapar a la tiranía del signo lingüístico” y que, por ende, los signos aluden a otros signos. El texto, indica el crítico francés, “intenta situarse exactamente detrás de los límites de la doxa”; se puede afirmar que el texto es siempre paradójico. A partir de aquí, Barthes desarrollara la idea de una obra “sin más función que el ejercicio del símbolo”. Es necesario retomar la idea de la muerte del autor, antes de adentrarse en el simbolismo del texto.
En el grado cero de la escritura, compara el “yo” y el “él”, indicando que el segundo es más novelesco, mientras el primero “destruye la convención”; el “él” realiza, aparentemente, un estado más ausente que el “yo”, puesto que “corre el riesgo de darle un espesor inesperado” a la persona. En cambio, el “yo” del enunciado nunca representa al “yo” que escribe, es necesario distinguir entre el personaje –sujeto del enunciado– y el escritor: el “yo soy Borges” del Aleph no es el autor así como el Marcel de la Récherche nada tiene que ver con Proust. Lo dicho no implica que el autor no pueda aparecer en el texto, sino que aparece como invitado: Borges se autoinvita al Aleph, se convierte en personaje dejando de ser autor, “su inscripción ya no es privilegiada, paternal”. La distinción hecha por Barthes es herencia de la realizada por Jacques Lacan: éste identifica un doble sujeto, el del énoncé y el de los énoncés y considera que el psicoanalista debe hallar “un status preciso para este otro sujeto que es exactamente la especie de sujeto que podemos determinar situando nuestro punto de partida en el sujeto”. Barthes, en cambio, considera que la función de la crítica no es la de hallar el otro sujeto –el autor–, sino ser consciente de la diferencia entre los dos, pues “el yo del discurso ya no es el mismo yo del que es «contado»”. No es, en este punto, inapropiada la pregunta que se hace Foucault: ¿Qué es un autor? Foucault concuerda con Barthes en la idea de la desaparición del autor, pero evidencia que el nombre del autor no es solamente un elemento del discurso que se ausenta, sino que su función “es característica del modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de una sociedad”. 
En el texto la única realidad que permanece es la del enunciado, donde la “marca del autor ya no es más que la singularidad de su ausencia”. Esta ausencia, sin embargo, va más allá de la del autor, invade cada palabra del texto, que se vacía de significado para ser solo significante; se conforma una escritura blanca “libre de toda sujeción con respeto a un orden ya marcado del lenguaje”, donde todo significante alude a ningún significado concreto, sino a muchos. Es la escritura de un vacío ambiguo, es el vacío en torno a la palabra que contribuye “a dar un halo de indefinido al término, a preñarlo de mil sugerencias diversas”. “Nommer un objet c’est supprimer les trois quarts de le jouissance du poème, qui est faite du bonheur de deviner peu à peu: le suggérer... voilà le rêve”, escribió Mallarmé consciente de que el goce del poema está precisamente en el no nombrar un objeto, en no dar un único sentido. La completa ausencia es, para Mallarmé adonde debe conducir el poema, a un aboli bibelot d’inanité sonore, a una zona de vacío donde ya no resuena nada.
La ausencia que Mallarmé recreaba en sus poesías comparte espacio textual con diversas escrituras, ninguna propia del autor, todas provenientes de fuera; la nada comparte así espacio con las voces ajenas bajtinianas, con una mezcla de escrituras sobre las cuales el autor nunca se puede apoyar. El escritor, afirma Barthes, “se limita a imitar un gesto”, las palabras permanecen ajenas a él, a su intención, las palabras sólo se apoyan entre sí, sólo se pueden explicar con otras palabras, son signos que remiten a otros signos.
El texto de Barthes es un texto de la différence, del continuo desplazamiento de significados, de un desplazamiento ad infinitum; el texto es, por tanto, ambiguo, no hay interpretación posible, hay solo significados que se entrecruzan. El texto bartheniano es la obra abierta de Eco, cuya forma es “estéticamente válida en la medida en que puede ser vista y comprendida según múltiples perspectivas”, la multiplicidad de perspectivas y, contemporáneamente, la ambigüedad de significados, de versos como “plaines toutes petites dans mes mains ouvertes/dans leur double horizon inerte indifférent”. El significante infinito que no remite a nada inefable, sólo a un juego, al libre-juego de sustituciones propuesto por Derrida ya que el texto así como la lengua, está descentrado, en palabras de Barthes, es “un sistema sin fin ni centro”. Y, es precisamente en este sistema “sin fin ni centro”, donde aparece la intertextualidad, concepto que tanto Barthes como Julia Kristeva han desarrollado a partir de una nueva lectura de Bajtin e intentando desligarse del tema de las influencias, cuya búsqueda sirve sólo “a satisfacer el mito de la filiación”. Para ambos autores las múltiples escrituras no son fruto de una influencia, no son un “tomar prestado”, sino que son “citas sin encomillar” que han entrado a formar parte del texto, que remplazan la voz ausente del escritor. Escribió una vez Walter Benjamin que “en nuestro tiempo la única obra realmente dotada de sentido, de sentido crítico, debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras”, pues a este collage el autor de Paris no se acaba nunca, Enrique Vila-Matas, añadió “frases e ideas relativamente propias” para así construir “un mundo autónomo, paradójicamente muy ligado a los ecos de otras obras”. Vila-Matas pone en acto lo ejemplificado por Barthes y, ante esta pluralidad de voces, ¿Qué importa quien hable?.
El texto es una novedad y un recuerdo a la vez, con elementos originales y heredados, pero siempre es diferente a todos los otros, pues “no hay en la vasta Biblioteca dos libros idénticos”. La originalidad reside en saltarse las leyes de la probabilidad, en amentar los significados, es decir, en proponer un nuevo sistema lingüístico a través de una ausencia y una pluralidad. Podría decirse que el texto propuesto por Barthes no es solo paradójico en cuanto a la referencialidad de la palabra, sino en cuanto es ausencia y multiplicidad, ausencia del autor y presencia de voces ajenas. ¿Cómo interpretar un texto así conformado? Hay multiplicidad de significaciones y por lo tanto toda interpretación es válida como toda es errónea. El significado del texto reside en el lector, en la interpretación que éste le dé. La intención del autor no cuenta, solo cuenta el lector. Barthes configura así la figura del lector, elemento de unión entre la obra y el autor; el lector es el lugar metafórico “en que se inscriben todas las citas que constituyen una escritura”.
Dijo en una ocasión Valery: “il n’y a pas de vrai sens d’un texte”, afirmación que indirectamente completó Paul de Man al escribir: “tanto la literatura como la crítica están condenadas a (o tienen el privilegio de) ser para siempre el lenguaje más riguroso y, en consecuencia, el lenguaje menos fiable con que cuenta el hombre”. ¿Condena o privilegio? Mallarmé, al igual que Valery, no tenía dudas: la ambigüedad, es decir, la falta de fiabilidad, es el punto de llegada de una escritura de la ausencia, donde lo único real es el desplazamiento de significados, la différence. Barthes comparte la misma postura de Paul de Man, considera que la escritura blanca es infiel puesto que “los automatismos se elaboran en el mismo lugar donde se encontraba anteriormente una libertad, una red de formas endurecidas limita cada vez más el frescor primitivo del discurso”; sin embargo, Barthes no cuestiona si es condena o privilegio, él también lo tiene claro: el nuevo lenguaje de la poca fiabilidad no es otra cosa que el renacer de una nueva escritura en el lugar, precisamente, de un lenguaje indefinido.
“La Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes, inútil, incorruptible, secreta”, así como perduran en las palabras los ecos de otras, así como en la ausencia perdura la presencia de aquel que no está. La escritura, como dijo Barthes, renace en un lenguaje indefinido que, por ser precisamente indefinido, perdura en una différence ad infinitum. Habrá ambigüedad mientras haya différence y habrá differénce mientras haya lectores que interpreten, que recojan y una todas las voces, y todas las ausencias, que se inscriben en el texto.
No hay lector sin texto, pero tampoco hay texto sin lector. Barthes desplazó al autor, lo puso tras los bastidores y presentó al lector. No importa quien hable, pero si quien lea; es el lector quien identifica la cita y descubre que es un juego. Es el libre-juego derridiano, es la falta de fiabilidad de Paul de Man, es el Texto que se contrapone a la obra. Es la escritura de la repetición que, como el azar, ni siquiera una ambigua tirada de dado suprimirá.
subir
Junio 2009 ©