
Por Luciana Ferrando
Era desproporcionada. Chiquitita y con piernas casi tan cortas como las de un enano. Una cabeza grande, tal vez el espacio físico propicio para su imaginario, y unos ojos donde estaba todo: lo que decía y lo que nunca pudo decir, lo que miraba y sufría, lo que los demás veían de ella, y la lucha encarnizada de todas las Alejandras –todas contra todas, todas contra ella.
Todavía le dicen poeta maldita, suicida, Sylvita Plath porteña, herida, pornográfica, adicta a los psicofármacos, acomplejada, infantil, bisexual, loca, muy loca al final. Sus críticos, admiradores sentimentaloides, biográfos, periodistas literarios, editores y poetas lo dicen en artículos, libros, obras de teatro, rondas de poesía...
Yo, sin embargo, la entendí de otra manera.
Sólo conozco esos ojos gracias a las fotografías. Yo no había nacido, no viví la efervescencia del París de la década del 60, en el que pululaban los poetas latinoamericanos y se hacían la Europa en mesas de café, no leí en la primavera del 72 la noticia de su suicidio.
Nunca pude mirarla verdaderamente a los ojos. Pero, siempre tuve la sensación de conocerla.
La primera palabra que leí de ella fue mi primer coup de foudre poético y hasta puede que entre mis amores imposibles de adolescencia se contara la voz muda pero inmensamente poderosa de una muerta.
Entonces yo escribía contagiada por su oscuridad y sus luces, por su querer decirlo todo y su impotencia de no poder nombrar las cosas, “si digo agua, ¿beberé?, si digo pan, ¿comeré?”. Yo la leía en los cafés literarios, y en los encuentros con amigos. Yo la defendía y la nombraba todo el tiempo. Cuando estaba de viaje, y aún hoy a veces lo hago como un rito, no grababa mi nombre o mis ideologías en las paredes o las puertas de baños sino su pregunta: “cómo explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco, llevándome”.
Yo estaba segura –quizás todavía lo estoy– de entenderla, en un sentido que la palabra entender no puede abarcar.

No hay una razón particular para ponerme ahora a escribir sobre ella. Su poesía y su prosa completa fueron publicadas, hace tiempo ya, en España por la poeta Ana Becciú, criticada luego por editar una versión “censurada” de los diarios de la poeta. El escritor César Aira le dedicó una biografía mucho más corta que la de Cristina Piña, pero también más enigmática, y la autora y amiga de Alejandra, Ivonne Bordelois publicó Correspondencia Pizarnik, con las cartas de la poeta sobre todo de su estancia en París (1960-64), época que parece ser la más feliz de su vida, en la que Cortázar y Octavio Paz, entre otros, la adoptan como a un pájarito que tiene que aprender a volar, un pajarito que, por otra parte, publica y escribe y traduce a Michaux y a Artaud sin que eso inmute su frágil autoestima.
No es su aniversario ni existe ninguna edición nueva de su obra como para invocar ahora, una vez más de las tantas, su leyenda. Tampoco es aquella efervescencia juvenil la que me mueve, sino tal vez el recuerdo borroso pero presente de esa efervescencia –porque el día se presta gris, un gris parisino, y lluvioso con olor a lluvia porteña– y esta forma más adulta de apreciarla y de leerla.

Alejandra es el centro, la sangre, el cuerpo de la poesía de Alejandra –“Aún si digo sol, luna, estrella, me refiero a cosas que me suceden” –. Su manera de exponerse hasta la desnudez imposible, Frida Kahlo retratándose, descuartizada, abierta, herida o entera, en millones de espejos, de escribir desde su jardín interior y dividirse constantemente como una célula son siempre maneras de decirse.
Todos los destinatarios y las primeras, segundas o terceras personas de sus letras no son otros ni otros que ella misma y sus personajes.
También en la vida real, según cuentan, podía ser tímida y apocada, obscena y locuaz, protegida de los grandes literatos, hija adoptiva de Bioy Casares y amante secreta de su mujer, Silvina Ocampo.
Tampoco al final de su vida, cuando el neuropsiquiátrico se convirtió en su segunda casa, silenció sus voces. Por el contrario, se volcó a una prosa feroz, juguetona, inmensamente irónica y pseudo pornográfica de la que surgieron textos como La bucanera de Pernanbuco o Hilda la polígrafa. “Para desatigrar a su tigresa; Para piramedar sus miedos, y que se desdieden sus miedos; Para desapenar a la enana entre pinos –suspira Piria, supina Pina, faló la falúa en la falleba; –justito, Justine: en el jusodicho, pelumoja-dorrito, reflantario, aleteante, ying-yang, ping-pong, meto-saco, sacmet, tsac, –el tsac penetró por la falleba justito ¿mojadita? ¡plum-metsac! ¡más-metsac! Y tsac y –por ahí, sí, just, píf, páf”; La condesa sangrienta, en el que narra las torturas proferidas por la Condesa Erzébet a sus doncellas; o la obra de teatro Los poseídos entre lilas.
“Alejandra, Alejandra. Debajo estoy yo, Alejandra”. Ella se encuentra con ella, debajo de todas las capas, al final de cada viaje.
Da igual si escribe en París o en Buenos Aires, en la primavera del 68 o en el invierno del 70. Su espacio y su tiempo son propios y no se parecen a los de nadie.
Tal vez eso me cautivó de ella: su falta de consciencia social, su subjetividad extrema, su búsqueda infructuosa del orgasmo literario, del punto donde pudiera decir todo lo que no se puede ser. No vivir sino a través de la escritura. No escribir sobre lo que se es, sino escribirse. Crearse a medida que la tinta –o los lápices de colores que siempre llevaba con ella en una bolsita de tela, niña mimada y maldita– se impregna en papel.
Un placer inmensamente doloroso. Sólo para los enamorados platónica y prácticamente de la muerte, como ella.
Escribo, luego existo. Luego soy Alejandra.

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Junio 2009 ©