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La república de la imaginación

En la primavera de 2007, mes de abril, este grupo de poetas compartieron espacio y tiempo llamados por la curiosidad de un taller de poesía en La Casa Encendida de Madrid, nombrado con el mismo título que acoge este libro y coordinado por Juan Carlos Mestre. Las primeras palabras de Mestre tras cerrar la puerta del aula fueron toda una declaración de intenciones: "No os inquiete el saber, yo no tengo ninguno", parafraseando a John Keats.
Fue un taller de tan sólo una semana de duración. Pero con la suficiente intensidad como para cambiar conceptos, remover poéticas, asentar aún más algunas convicciones previas, aprender a borrarse (poeta es el que se borra). Sobre todo, para  sembrar la duda continua desde la que debe crecer el acto creativo. La poesía no entiende de dogmas.
Y desde entonces, la frecuencia en el trato ha ido asentando la amistad de estos poetas, ha ido moldeando sus palabras, ha cimentado su conducta, que no es otra que la de otra forma de estar en el mundo.
No tendrá el lector entre sus manos una antología al uso. No es una selección generacional ni tiene pretensiones de marcar territorios. Se trata de un libro colectivo. Doce poetas con doce libros independientes. El espacio y el tiempo, el encuentro, el azar, es la razón de ser de esta aventura literaria.
Abren este libro unas palabras de un maestro para muchos poetas de los que aquí se dan cita, Antonio Gamoneda: La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes. En su honor, queda proclamada la Tercera República, la de la IMAGINACIÓN.

 

LOS POETAS:
Fernando BLANCO
Alberto CUBERO
Juan Pedro FERNÁNDEZ BLANCO
Pilar FRAILE AMADOR
Laura GÓMEZ PALMA
Pablo MARTÍN COBLE
Ana Belén MARTÍN VÁZQUEZ
Juan Carlos MESTRE
Jaime OLIVARES
Carlos SÁNCHEZ ALBERTO
Agustín SÁNCHEZ ANTEQUERA
Manuela TEMPORELLI

 

Algunos poemas:

De FERNANDO BLANCO

anoche me pareció ver a un hombre
caminar hacia atrás por la Gran Vía

y creí ver pena
porque, como yo,

nadie cuestionaba quién era ese hombre

y creí ver duelo
porque, como yo,

nadie negociaba qué hacía ese hombre

y creí ver muerte
porque, como yo,

nadie imaginaba dónde iba ese hombre

acaso fuera un sueño,

un profundo sueño teñido de ausencia

acaso viera la nada
menos un hombre

 

De ALBERTO CUBERO

Amor y utopía                                      

En el bosque de los enamorados cantan los árboles el poema de la esperanza, cuelgan de sus ramas los versos labrados por el artesano del corazón y de las fuentes que lo alimentan.

El bosque de los enamorados es el lugar donde vive la mujer que cada aurora se baña en el lago de las resurrecciones, donde vive el hombre que, al caer la tarde, acaricia la esfera de ámbar en cuyo interior palpitan los instantes.

En el bosque de los enamorados cada niña es una princesa, cada mujer es un haz de luz que persevera en las raíces del amor, cada hombre es el fauno custodio de las miradas y los anhelos.

En el bosque de los enamorados viven aquellos que cada noche se estremecen ante el llanto de la lechuza.

 

De JUAN PEDRO FERNÁNDEZ BLANCO

Femenino plural

Comencemos:
Las chicas, que ya no eran vírgenes,
paseaban su sexo, descaradas, por la calle,
marcando el ritmo acorde de sus pechos
con cada huella que clavaban sus tacones.
Las miradas de los adolescentes no comprendían
pero no les era vedado el placer ingenuo de la carne.
Todos los casados descuidaban sus alianzas
perdidas por las alcantarillas de la ciudad.
Los ancianos con un rubor pretérito en el semblante,
sorprendían al esbozar astutas sonrisas.
Y comenzó la fiesta de los cuerpos desnudos,
la unión de los contrarios.
Pero todo aconteció en silencio,
que no rompió ni un sollozo ni un grito de placer,
sólo el roce de los cuerpos que buscaban el calor cercano.
Hasta que una mujer desvirgada grito: ¡basta!
Y los hombres taparon con vergüenza su sexo
viendo a las jóvenes caminar con premura
hacia nuevos parajes de deseo.

 

De PILAR FRAILE AMADOR

En mí el dolor busca su nombre.

Saciado de mi sed recita
el himno del hueco y de la carne. El animal.

***

Y esta belleza este signo cercado
que me habita

este bicho veloz
al filo de mi carne.

***

Un cuerpo oculta sus heridas
como ciego animal. Vanamente suyo

en un instante.

 

De LAURA GÓMEZ PALMA

I

en realidad soy
un vestido blanco
o una música triste
de pies blancos que saben
adonde van

II

bajo esta luna no hay día
a mis espaldas
desde hace tiempo camino
como un destello
entre paisajes o aplausos

III

una gran araña
teje su tela
pacientemente
hora tras hora
no come
no duerme para tejer

 

De PABLO MARTÍN COBLE

Guetos

El agua y el aceite no se mezclan.

Es una regla exacta, lo descubren
cada vez que se juntan
en la cárcel de un vaso, en las ensaladeras
de cerámica. Miden sus bordes paralelos
y sospechan que Euclides era un tránsfuga loco,
Descartes, el culpable de su angustia,
Leibniz, un suicida.

Se miran a los ojos a través un visillo
donde sus pieles bailan una línea de azar
y barren el pentagrama del máximo deseo.

Desde la distancia parecen gases nobles
pero son humildes líquidos destinados a la soledad,
a ocupar el espacio que dejen sus guardianes de vidrio.

De cerca son esclavos que no saben leer
pero tienen muy clara la triste geometría
de la palabra esclavo.

Su paciencia es inútil,
tal vez también lo sepan.

 

De ANA BELÉN MARTÍN VÁZQUEZ

Soslayo

Mira a otro lado.
Una anciana entra al vagón;
fragilidad en los huesos, duelo
encanecido, años de cansancio.
                               Mira a otro lado para no ceder tu asiento.

Mira a otro lado.
Una mujer y un niño rebuscan
en la basura de otros
la escondida esperanza de la cena.
                               Mira a otro lado para no recordar
                               el kilo de arroz que tiraste ayer.

Mira a otro lado.
Un ciego busca ayuda al cruzar
su acera de desamparo,
de niebla en negro.
                               Mira a otro lado para perseguir tu prisa.
                               Alguien podrá ayudarle.

Mira a otro lado.
Para evitarte a TI, necesitado, en algún espejo.

 

De JUAN CARLOS MESTRE

Historia secreta de la poesía

Al octavo día los poetas despreciaron la serpiente, Ilhan Berk añadió entonces una torre al Mar de Galilea, el ciervo fue al mercado, la luz afiló su noticia en las columnas. El viento todavía no inclinaba el humo, no había moscas en el matadero. Al día siguiente el cuello de las floristas se alargó hasta el primer centenario, la tierra se desnudó, Ilhan pensó en todas las cosas que no había hecho.

Era el séptimo día, es decir, un huevo de alondra. Ilhan se avergonzaba ante su saber porque no llovía y la rama de olivo ya había sido cortada. Entonces llevó a sus hijos al cine, fue al taller del zapatero, compró panecillos. Cayó la noche como una pelota de goma en el patio de al lado. Ilhan la recogió y la puso en la puerta del sexto día para que jugaran Ivy, Leila y Ahmet.

Así fue, llegó el quinto día preguntando dónde vendían pescado, la hija del afilador fue en bicicleta a llevarle pan a su erizo, las rosas salieron del aburrimiento, el amarillo eligió su oficio.

Deprisa se hizo la noche cuarta, salieron los rebaños sobre las chimeneas, la luna pacía con las gacelas y los membrillos olían como los bazares. Ilhan hizo café de higo, pensó en una llave y se acostó.

Al tercer día se oyó decir que alguien había inventado una silla, Ilhan miró al sol, se acordó del desierto y le envío una carta. Le había crecido la barba como un jardín y fue a dar una vuelta por Estambul.

Era ya la víspera del primer día cuando una mujer preguntó la hora en que habría de nacer su hijo. Tenía la cara pálida como las manos de las lavanderas. Eso quiere decir que alguien podía hervir agua y regar los geranios al levantarse, también ir a una isla y regresar. Ya casi era hoy.

Las gallinas cantaban, sus patas eran azules como la historia de un viaje contado en la cantina. «Puede oírse el cielo», dijo.

Al día siguiente Ilhan se puso una camisa blanca y descansó.

 

De JAIME OLIVARES

Tacto

Hay una huella en la piel de mi espalda,
un soplo de duda en mi nuca,
una gota de sal en mi frente,
de sal que abandona mi cuello,
de sal penetrando en mi pecho.

Hay un contacto momentáneo
de párpados con labios, instantáneo
de vapores y manos, furtivo
de vellos y alientos.

Hay una prospección
en la blandura,
un choque tangencial
con la dureza,
una brazada en la humedad
del silencio.

Hay una zambullida frontal
en el calor,
una oscuridad lumínica,
un infinito fugaz,
una atemporalidad tan concreta.

Hay un aterrizaje forzoso,
un desembarco de emergencia,
una tristeza leve e insondable,
un insatisfecho deseo
de eternidad.

 

De CARLOS SÁNCHEZ ALBERTO

Elefantes

Hoy es un día de hospitales desamparados, gastos de correo,
picaduras de insectos que se marchan, de huérfanos y visitas.

Los elefantes con la costumbre de los momentos llegan tarde
al lugar de los pacientes, a los cuidados progresivos, a la química.
Soy un huésped en el hotel de la razón, desde la cabeza
abierta como una fruta anciana diagnostico a los enfermos.
Percibo los virus, las patologías, los pasillos del alma. Las zonas
de mi cuerpo se debilitan lentamente, el juicio, la alegría,
el deseo de perder la salud. Las cartas engendran en los buzones,
las moscas se reproducen, el hombre sana, los médicos enferman.

Algunos elefantes permanecen callados frente a la sangre,
frente al tiempo. Los animales grandes atienden a los instintos.

 

De AGUSTÍN SÁNCHEZ ANTEQUERA

Deseo

como un gato escalando las estrellas,
un laberinto de regaliz que sobrevuelan las palomas.

como una equis en la casilla de la libertad,
un eje partido por la fuerza del tiempo.

como un haz de hierba cortada al azar,
un pájaro escribiendo adivinanzas a la luna.

como un corazón viajando por las nubes,
un sacrificio de cristales.

como Roma enterrada en la playa del amor,
un ser complejo que quiere llevarte.

 

De MANUELA TEMPORELLI

Poemas de ausencia

Tan dentro de la noche se ha sumido
que la luz de la espera le abandona.
Muestra su rostro un leve desvarío
al sumar, al pensar tantas derrotas.

Llueve en las calles, lluvia de cenizas.
Llueve en la acera y llueve en sus entrañas.
Sus versos no han brotado, son semillas.
Una esperanza, al fin, llega una carta.

Mira su enjuto cuerpo, mira el torso
ceñido por un látigo de ausencias.
Mira, luego, sus manos peregrinas

resumen de la historia de su tierra.
Calado está de lluvia y llanto ajeno.
Calado está de amor, hasta la médula.

 

 

LA REPÚBLICA DE LA IMAGINACIÓN
Varios Poetas
Madrid, 2009
ISBN: 978-84-936453-3-5
182 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
LEGADOS EDICIONES

www.legadosediciones.com
Precio: 15 € (IVA incluido)
Pedidos a:
pedidos@legadosediciones.com
http://www.legadosediciones.com/fichas/republica.htm


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