
Por Adrià Garriga Far
Supongamos que tengo un amigo que se llama Pablo, por escribir algún nombre. Pablo es un gran amante de la libertad y, durante sus casi treinta años, ha ido en busca de algo parecido a la felicidad, a pesar de ser conocedor de la relatividad de tal concepto. Ya de muy joven, Pablo se dio cuenta que su relación con la música era mucho más intensa que la de los otros chicos de su edad, quizás más pendientes del fútbol o las chicas. Prueba de ello era su compra compulsiva de cassettes de grupos británicos antes que nadie, bandas que posteriormente venderían millones de copias. A pesar de la fuerte atracción de Pablo por la música, nunca tuvo la oportunidad de sondear su habilidad por algún instrumento debido, seguramente, a la obsesión de sus padres por ser uno de los mejores alumnos de su curso escolar. Así, nunca pudo apuntarse a clases de piano –su instrumento favorito– o guitarra, al quedar sus horas extraescolares ocupadas por otras actividades como inglés o repaso de física, la materia que le presentaba más contratiempos.
Llegada su adolescencia, Pablo acentuó su influencia por la música buscando nuevas bandas sonoras a sus vivencias. Aún recuerda sus primeras noches de locura; mientras todos sus amigos se pasaban hasta altas horas de la madrugada delante de la barra consumiendo la máxima cantidad de alcohol que sus cuerpos podían aguantar, él se quedaba abducido por las melodías en medio de la pista de baile, rodeado de desconocidos, con los ojos cerrados. Las mañanas siguientes, el chico sonreía al despertar y percatarse del zumbido presente aún en sus oídos, debido al ruido sideral de la noche anterior. Al mismo tiempo, sus amigos, con resaca, a penas podían poner sus cabezas en pie.
Todo el mundo debería tener un amigo como Pablo; gran escuchador y consejero, nunca ha tenido problemas con nadie. Además, siempre ha compartido sus conocimientos musicales con la gente de su alrededor, a pesar de no ser comprendidos, la mayoría de las veces.

Hará un año, Pablo pensó en sacarse la espina que tenía clavada desde que era un crío y decidió hacer un experimento. Después del final de una larga relación con su gran amor y de unos años entregado con gran afán a su trabajo, monótono y poco valorado, decidió que ya era hora de empezar a pensar un poco más en sí mismo. Un día de octubre, sentado en el autobús que le llevaría a casa, Pablo se planteó un reto: partiendo de la base de sus nulos conocimientos en cuanto a educación musical se refiere y las facilidades tecnológicas actuales para componer y producir música, el chico se preguntó: “¿hasta donde podría llegar si empezara a componer?”. A pesar de parecer un tanto pretencioso, no pensó en la palabra “fama” en ningún momento; simplemente quería expresar su libertad al 100% sin que nada ni nadie truncara este porcentaje, aprovechándose de su privilegiado oído melódico –elogiado un par de veces por sus compañeros de piso al tocar el casiotone de Paula– y del apasionante mundo del software musical. Entonces, Pablo se bajó antes de tiempo cerca del centro de su ciudad. Esa fría tarde de otoño, el chico se detuvo delante de una pequeña tienda de instrumentos de una céntrica callejuela. Estuvo plantado allí más de treinta minutos, inmerso en cada uno de aquellos maravillosos artefactos que configuraban el escaparate. “Podría expresar tantas cosas con ellos”, se dijo medio susurrando. Pablo entró, por fin, al comercio.

Sin pensarlo, gastó los ahorros de los últimos meses en una guitarra eléctrica, un teclado MIDI de 49 teclas –con el que el chico pretendía conectar a su ordenador para simular el sonido de cualquier instrumento–, un xilófono y un puñado de cables. El dueño del negocio, sorprendido por el desembolso del chico, le preguntó “¿vas a montar un grupo, verdad?”, a lo que Pablo respondió “nunca he tocado ningún instrumento ni he estudiado música”, así, sin más. Cuando el chico salió del establecimiento con los brazos sujetando los cachivaches adquiridos, sus ojos empezaron a humedecerse. Esas nuevas sensaciones le aproximaban a la felicidad absoluta que siempre había perseguido.
De camino a casa, superado el estado inicial de excitación, Pablo pensó en lo del grupo. “¿Cómo voy a hacer un grupo si no sé tocar nada? Nadie querrá andar con un novato”. Esa era la excusa perfecta que se puso para no reconocer el verdadero problema: no quería que nadie se interpusiera entre sus nuevas adquisiciones y él.
Ya en casa, Pablo advirtió a sus compañeros de piso que no le molestaran durante las siguientes horas. Se encerró en su espaciosa habitación, encendió todas las velas que encontró y esparció sus nuevos instrumentos según su comodidad. Ajustó el ordenador para que el sonido del teclado MIDI sonara a piano Steinway. Copa de vino en mano izquierda, el chico empezó a tocar el teclado con la mano derecha. Tres notas repetidas fueron suficientes, “¿para qué más?”. Pablo quedó fascinado del realismo del sonido logrado; al cerrar los ojos, el teclado se había transformado en un esplendoroso piano de cola. El nuevo artista decidió grabar el sonido resultante; su mente ya había percibido que el trío de notas estaba pidiendo a gritos una base de instrumentos de cuerda. “¿Viola o violonchelo?”, dudó. Hubo varios intentos. Al final, Pablo decidió cambiar el tiempo del compás para que cuatro notas de chelo acompañasen a las tres del piano. Durante las siguientes dos horas, el compositor siguió haciendo pruebas, totalmente sumergido en un nuevo mundo de sonidos entrelazados que se iban abrazando. El resultado final fue una bella melodía, con pies y cabeza, a la que añadió, por último, el xilófono, dándole un efecto minimalista. El chico nunca había pensado que sólo con su oído musical compondría semejante pieza. Sintió un escalofrío por sus brazos. Sus ojos volvían a humedecerse. Pablo, por primera vez en su vida, se sentía músico.

Durante los siguientes meses, Pablo fue creando un gran número de piezas musicales, con una duración variable desde treinta segundos hasta ocho minutos y medio. Además, no se limitó a tocar el teclado. Su experiencia con la guitarra eléctrica – la cual distorsionaba con una máquina de hacer espuma a capuccinos – le permitió empezar a creer que su libertad para componer música era absoluta, sobretodo porqué no conocía las reglas que rigen la estricta educación musical. “Si hubiera estudiado solfeo, seguramente no me sentiría tan libre a la hora de componer”, solía pensar. En poco tiempo, Pablo incrementaría su familia de instrumentos con la compra de un sintetizador Korg, un Casio VT-10 de segunda mano, una melódica, distintos pedales para crear más efectos a su guitarra y una flauta Hohner.

Su grabadora siempre le acompañaba: ruidos de llaves, el son de la lluvia, el deslizamiento de un coche sobre el asfalto, el llanto de un niño pequeño, el murmuro de un gentío, el acto de rasgar papel… eran algunos de los sonidos que posteriormente añadiría a sus composiciones. A pesar de la curiosidad de la gente que le conocía, en un principio el chico se mantuvo reacio a compartir sus creaciones. Sin embargo, un día, por casualidad, su compañero de piso pudo escucharlas; sin tener grandes inquietudes melómanas y conocedor de la nula formación musical de Pablo, soltó: “está muy bien, parece música de verdad”. “Deberías venderte mejor”, solía repetir otro de sus mejores amigos. Esas palabras hicieron plantearle empezar a hacer pública su música. Y así fue como Pablo empezó la segunda parte de su experimento: consolidar el proyecto musical iniciado esa tarde fría de otoño hacía ya algunos meses.
El primer paso fue asignar un nombre a la banda imaginaria de Pablo. Inmediatamente lo tuvo claro: sus sonidos le evocaban la belleza de parajes polares, la melancolía de largos días lluviosos, la alegría de un paseo por un prado lleno de flores o la inocencia de unos niños jugando en la nieve. A menudo le venía a la cabeza aquella serie de dibujos animados donde el diminuto Nils Holgersson viajaba a las espaldas de un grupo de gansos por toda la Laponia, fomentando valores como la amistad y la libertad.

Dicen que hoy en día Myspace es el espacio donde los artistas pueden expandir mejor sus creaciones. Aficionado al diseño, el nuevo músico plasmó su pequeño mundo en la pantalla de su ordenador. Pablo se angustió al pensar que cualquier ser humano con Internet podría acceder a su rincón, donde había desnudado su alma. Aún así, decidió seguir con su proyecto. Ya sólo le faltaba colgar algunas de sus canciones. No fue una decisión fácil. De los veinte temas compuestos, eligió cinco, sus favoritos: “The runner”, ”Infinitas maravillas”, ”Looking on the bright side”, ”Volteretas” y ”And suddenly, musical notes flow from his mouth”. Mandó un mail a toda la gente que le vino a su cabeza para empezar a darle vida a su proyecto. Pablo redactó a sus colegas que por fin sus composiciones podían escucharse libremente en Myspace. Una vez enviado el mensaje, el chico se sintió muy realizado. Su experimento no hubiera podido salir mejor; a pesar de no estar terminado, los siguientes pasos ya no dependían de él, si no de los oyentes que, de forma fortuita o voluntaria, escucharían su música. Pablo lo celebró en la intimidad, con una copa de un buen vino tinto, reservado para ocasiones especiales.
Hace cinco meses que las canciones de Pablo se encuentran en www.myspace.com/holguersson. Con casi 1000 visitas y 750 escuchas, el resultado es sorprendente. Incluso otros artistas han dejado mensajes felicitándole. Pablo sigue con su trabajo monótono y poco valorado y continua escuchando a sus amigos. El otro día me comentaba que aún no se ha promocionado mucho, pero que le han pedido de alguna radio que mande una maqueta con sus temas. También tiene nuevos sueños. Pensando en como alargar su experimento, el chico se imagina en un teatro, sentado en primera fila degustando como su música es interpretada por un grupo de buenos músicos. Quizás podría actuar él mismo, pero el sentido estético del chico le impediría reproducir la belleza de un violonchelo mediante un teclado MIDI: Pablo diferencia entre componer música e interpretarla.

Particularmente, considero que a pesar de las facilidades por obtener distintos sonidos mediante un único teclado, o poder obtener unos efectos determinados a partir de un software, sin talento ni inspiración, por muchas herramientas que existan, los resultados obtenidos serán discretos. Por ello, cuando me preguntan por mi amigo, suelo contestar: “Tengo un amigo que se llama Pablo, es músico”. Y lo será el resto de su vida.
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Mayo 2009 ©