Por Anna Maria Iglesia Pagnotta
O chestnut-tree, great-rooted blossomer,
Are you the leaf, the blossom or the bole?
O body swayed to music, O brightening glance,
How can we know the dancer from the dance?
Yeats
¿Se puede leer? Se preguntaba Derrida en Sobrevivir y yo no sé qué contestar. ¿Qué responder a una pregunta así? No es necesario contestarla, la respuesta se esconde tras la pregunta, en los vacíos que ésta deja al ser formulada. Rellene los vacíos y encontrará la respuesta. No se puede leer o, mejor dicho, no se puede leer bien. Leer es como mirarse al espejo, mirarse y ver a otro, verse diferente. No leemos lo escrito, leemos lo que creemos que está escrito; no descubrimos lo que el autor dice, descubrimos lo que nosotros queremos decir, y a veces tampoco.

Las palabras nos aparecen como signos, impenetrables, cuyo referente es imposible de alcanzar; los signos son un vacío, son la nada, son siempre otra cosa inalcanzable, sino es a través de otro signo. ¿Qué es, entonces, la lectura? Es un errar perpetuo de signo en signo, sin hallar nunca ni el origen ni el final. El texto es una explanada sin inicio ni término, donde el lector se adentra convirtiéndose en un vagabundo dentro de la infinitud. No hay márgenes, el lector es como el protagonista borgeano, inmerso en una biblioteca infinita. Derrida mismo se pregunta dónde comienza y acaba el paregon, el marco del texto, que no está ni dentro ni fuera, es el dentro y el fuera. No hay opuestos, todo es ambivalencia: el lugar del marco es ambivalente, el signo es ambivalente, puede significarlo todo como nada, su único referente es otro signo, y la lectura es ambivalente. No hay lectura válida, toda lectura es errónea. En la ambivalencia, ¿Cómo encontrar lo acertado y lo erróneo? Verdad y error son lo mismo, son una misma cara de una misma moneda, no se oponen, se complementan.
No entiendo lo que he escrito hasta ahora, me parece confuso, extremadamente confuso, ¿usted lo ha entendido? Imposible. También le habrá resultado oscuro, pero de manera diferente de como me lo parece a mí. Seguro que usted, leyendo este texto, está entendiendo algo que yo, que soy quien lo escribo, no entiendo y, al contrario, yo pretendo decir algo que usted nunca llegará a comprender. No porque no me explique bien o porque usted no sea capaz de entenderlo, ésta no es la cuestión; la cuestión –tras vagabundear entre palabras, por fin llegamos a ella– es que toda lectura es una mala lectura. Yo leo mal lo que escribo, como usted lee mal lo que estoy escribiendo. No hay lecturas correctas, solo lecturas erróneas.
Decía Paul de Man que “a través de la lectura nos metemos (...) dentro de un texto que (...) ha sido algo ajeno a nosotros y que ahora hacemos nuestro por un acto de comprensión”, pero esta comprensión es siempre errónea, el lenguaje literario prefigura siempre su propia malinterpretación.

¿Qué nos queda, entonces? La nada, la ambigüedad frente al texto, la ceguera frente a lo leído y una historia literaria hecha de errores. Los textos, hechos de signos que remiten a otros signos, remiten, a su vez, a otros textos, creando una red de relaciones de donde es imposible salir. Aunque se hable de intertextualidad o de teoría del injerto, una cosa es evidente: ningún texto existe por sí solo, necesita a otros. Asimismo, ningún lector es autónomo, su ser lector depende del ser lector de los otros. Y es en la relación con la otredad cuando realizamos y confirmamos los errores que todo texto necesita. Toda lectura es alegórica; toda escritura crítica es falaz y toda escritura artistíca es tergiversación. Los poetas fuertes, como los denomina Harold Bloom, necesitan de la tergiversación, del misreading, es decir, de la mala lectura, para ser poetas fuertes. “Un poeta”, afirma Bloom en La angustia de las influencias, “se desvía bruscamente de su precursor leyendo el poema de éste de tal modo que ejecuta un clinamen con respecto a él”; es decir, el poeta ejecuta una mala lectura de su precursor, sólo así podrá desprenderse de la sombra de aquél. Las influencias, punto central del libro, “siempre proceden debido a una lectura errónea del poeta anterior, gracias a un acto de corrección creadora que es (...) una mala lectura”. Asimismo, el poeta de hoy, que lee mal a quienes lo precedieron, está condenado, a su vez, a ser malinterpretado por aquellos que le seguirán.
Nietzsche se refería a la necesidad del error, un error que permite crear textos ilegibles; sin embargo, “la ilegibilidad, no detiene la lectura, no la paraliza en una superficie opaca; más bien, pone en movimiento de nuevo a la lectura y la escritura y la traducción”. La certeza de una verdad, de una interpretación válida, la ausencia de ambigüedad se convierten así en los auténticos enemigos del texto, su apertura, su ausencia de marcos desaparecerían conformando una estructura fija, determinada, a la que no puede llamarse texto.

Sigo sin entender exactamente lo que he escrito, pero no importa. Me remito a Paul de Man cuando dice que el lenguaje de todo texto literario o crítico es el “más riguroso y, en consecuencia, el lenguaje menos fiable con que cuenta el hombre para nombrarse y transformarse a sí mismo”, escribir es crear lo incomprensible, leer es intentar buscar un sentido a través del errar. Y entre tanto hermetismo, entre tanto seguirse de errores ¿Qué leer? Bloom conformó en su día un canon, pero ¿es válido? Años antes, el crítico de Yale afirmaba que “toda canonización de un texto literario es un proceso que se contradice a sí mismo ya que al canonizar un texto uno le aplica tropos, lo cual significa que estamos leyendo mal”. ¿Se contradijo Bloom a la par que se contradice su canon? Si todo canon es el resultado de una mala lectura, debería concluirse que cualquier propósito de realizar un canon es un sinsentido. Sin embargo, si no hay más que malas lecturas, si no existen lecturas correctas, un canon de malas lecturas es el único canon posible: no es un sinsentido, sino la única opción viable.
A fin de cuentas, leer o no es una elección, así como qué libros leer. Es el lector que escoge, así como escoge el autor en el momento de escribir. Puede que no se lea correctamente, que no se lea aquello que el otro escribe; puede que no se escriba aquello que en verdad se quiere escribir. Puede, en definitiva, que el texto no sea más que un espejo deformador, que todo aquel que se coloca delante de un texto se convierta en el niño lacaniano delante del espejo. Pueden ser muchas cosas, todas válidas, pero ninguna segura. Todo puede, nada es.
Leer es errar, un continuo diferir de significado en significado, de texto en texto; leer es no llegar nunca a ninguna parte; puede que nos pase como a Borges, creeremos ver el aleph, pero es y será siempre un falso aleph.
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Mayo 2009 ©