La invención de Bioy: la duda como plan de evasión
Por Ana Ciurans
“…Como en una criptografía, en las diferencias de los movimientos atómicos el hombre interpreta: ahí el sabor de una gota de agua de mar, ahí el viento en las oscuras casuarinas, ahí una aspereza en el metal pulido, ahí la fragancia del trébol en la hecatombe del verano, aquí tu rostro. Si hubiera un cambio en los movimientos de los átomos ese lirio sería quizá, el golpe de agua que derrumba la represa, o una manada de jirafas, o la gloria del atardecer. Un cambio en el ajuste de mis sentidos haría quizá, de los cuatro muros de esta celda la sombra del manzano del primer huerto”.
Para muchos grandes escritores la adicción al bourbon, al tabaco, al orgullo, a las drogas, a las desgracias y a otras malsanas dependencias, parece ser directamente proporcional a la grandeza de su obra. El estirado Bioy Casares era, por ejemplo, absolutamente adicto a la inteligencia. Creo que se trate del mínimo efecto colateral que “ser la otra mitad” de un tal Borges, durante cuarenta años, puede causar a cualquier mortal. A Adolfo lo asistió también la suerte. Se pudo dedicar a la literatura sin pensar en el vil dinero y fue tan buen mozo que prácticamente jamás tuvo que sufrir por amor. Está refinada y elitista adicción, unida a una innata elegancia en el uso del idioma y a una matemática formulación de lo imaginario, desemboca en algunas de las páginas más despiadadas de la literatura fantástica. Que no sobrenatural ni científica. Como él mismo solía decir, se trataba de invenciones rigurosas, verosímiles a fuerza de sintaxis, contra las cuales lector y personajes pueden y deben oponer su fuerza de voluntad. Algo así como lo que afirmaba el psicólogo y filósofo William James: el compartimiento volitivo de nuestra naturaleza domina tanto el compartimiento racional como el sensible. En otras palabras, no hay lugar para las debilidades. Así es para Plan de evasión que bien hubiera podido llevar el título de La invención de Castel, publicado inmediatamente después del no menos magnífico La invención de Morel, con el que presenta numerosas analogías. En ambas obras, los protagonistas, prisioneros de sus propios cuerpos, como por otra parte sucede en el Diario de la guerra del cerdo, sufren la ulterior cautividad del espacio geográfico sofocante, la isla, y del esquema severo que forma el rigidísimo hipertexto, súper complejo y, obvio, no revelado abiertamente.

En Italia, en este momento en que el departamento comercial de las casas editoriales pesa de manera excesiva a la hora de elegir los clásicos que hay que volver a publicar, sacrificando, ça va sans dire, la calidad literaria, la propuesta sistemática de la obra de Bioy Casares por parte de la editorial Cavallo di Ferro se revela una elección digna de respeto. Cavallo di Ferro, dejando a parte la polémica y el enigma que la palabra “sistemática” podría abrir, ya ha publicado, en el 2008, Diario de la guerra del cerdo, a principios de este 2009, Plan de evasión y tiene ya listo para junio El héroe de las mujeres, todos ellos con traducción de Romana Petri. Magnífica labor a la que sólo se puede objetar la falta de un comentario digno de la obra de un autor de esta envergadura.
Pero volvamos al Plan de evasión de la mezquina realidad. La trama, impecable y digna del mejor creador de tramas del mundo, según palabras de Borges, es la siguiente: Enrique Nevers se dirige, contra su voluntad y por causas poco claras, pero que evidentemente lo turban, a Cayena, con el encargo de administrar la cárcel de las islas de la Salvación. Una vez llegado a la isla, el extraño comportamiento de los presidiarios que no están obligados a ejecutar ningún trabajo y casi todo el día vagan libremente por las islas y del gobernador Castel mismo, que sufre de inesperados cambios típicos de quien consuma opio o morfina, contagian con el morbo de la duda su ya inestable salud mental. Todavía no se acabó la primera tarde en estas islas y ya he visto algo tan grave que debo pedirte socorro, directamente, sin ninguna delicadeza. Intentaré explicarme con orden, escribe en la primera carta. ¿Mimetizaciones, mutaciones, amotinamientos, morboso experimentos? Los indicios, causa de inquietud de Nevers y del lector, argumentan todo y su opuesto contrario. En esta especie de isla del doctor Moreau, la única cosa cierta es que las emociones alteradas transustancian el mundo en algo parecido a la borrachera, el cielo o el amor: intensidades incompatibles con la inteligencia, según Castel. Bioy, impecable en su bata blanca, juega con el lector al doctor y al paciente, con su miedo irracional, el que flota en las peores pesadillas verbales y que toca el ápice cuando el ayudante de Castel bala, agudizándolo con esa sintaxis que, forzada, se revela el arma impropia de la racionalidad. Propuesta actualísima si consideramos que hoy en día el miedo es uno de los principales aglutinantes de nuestra sociedad. El narrador juzga, sospecha, deduce, con la frialdad de un informador policial, la delirante correspondencia de Nevers a su tío que se inyecta en el texto, creando dos niveles de símil realidad enfermizos. La confusión deliberada entre la realidad aparente y el simulacro de una invención, alcanzan en Plan de evasión la versión, a mi juicio, más lograda de la obra de Bioy, cuando lo verosímil se enreda con lo literario en una apoteosis desconcertante que nos obliga a dudar constantemente. Con la habilidad de un carnicero, Bioy usa el informe y las cartas como herramientas que amputan especularmente el confín entre lo real y lo imaginario, hasta resolver, con la inteligencia de un cirujano, toda la narración en las últimas páginas. La evasión, su plan, reducidos a línea argumental, dejan detrás de sí muchos puntos interrogativos. Entre los que se encuentran una sirena de oro y dos adjetivos obsesionantes y fatídicos con los que Nevers se refiere a Carlota, la hija de unos amigos que Bioy no ha podido usar por casualidad. Pero en realidad esto no importa. Ni siquiera importa adónde se llegue. Importa el exaltado, y tranquilo, y alegre, trabajo de la inteligencia de la que Plan de evasión es la alegoría.

No hay piedad en este libro. Bioy empuja al hombre, desamparado y reducido al papel de conejillo de indias, al borde del abismo. En su mundo, la palabra Dios no brilla ni siquiera por su ausencia. Es inútil suplicar porque no hay otra salvación que mantener la sangre fría. En el caos atómico que se traga a los débiles, porque de esto se trata, sólo la duda tiene billete de vuelta de la stultifera navis. Y, como decía Borges, la duda es un de los nombres de la inteligencia.
Una reflexión. Vivimos en una época en que la literatura está impregnada de una humanidad que apesta a cadáver. No pretendo leer en vuestro lugar ni evaluar, sino dar mi opinión de sujeto activo. Inocular en lo posible un virus que ponga en marcha las defensas inmunitarias del lector que no consume libros, sino que los lee. Plan de evasión es un libro difícil, un colocón mental para combatir la metadónica clasificación de los más vendidos durante el Día del libro. Ni siquiera los más perezosos pueden sustituirlo con el tripi de una partida a Resident Evil o viéndose de nuevo la Isla del doctor Moreau. Con un cambio en el ajuste de los sentidos o en los movimientos de los átomos un lirio sería quizá, el golpe de agua que derrumba la represa, o una manada de jirafas. En cualquier caso, un libro puede hacer incluso de los cuatro muros de una celda la sombra del manzano del primer huerto. Y aquí no hay quizá que valga. Conectad las cuatro neuronas que aún no se han amorbado haciendo compañía a los números primos. Y dudad. La duda no es sólo uno de los nombres de la inteligencia. Es la prerrogativa de una mente libre.
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Mayo 2009 ©