Por Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
FORO DE LAS LETRAS
UNIVERSO RAFAEL PÉREZ ESTRADA (PONENCIA)
Córdoba, 22 de abril de 2009
En cierta ocasión, André Bretón se refirió a la obra de Paul Éluard como aquella en la que «las cosas imaginadas [dejaban] de ser un peligro para las cosas vividas» a lo que añadió que, en toda ella, sólo se habría reprochado no celebrar esos «movimientos del corazón» que tenía la obra de su amigo poeta y camarada surrealista.
Salvando las diferencias y extrapolando las palabras bretonianas dedicadas a la obra de Éluard, lo que encontramos en ambas expresiones es una suerte de definición universal en la que encajan algunos creadores como Rafael Pérez Estrada, pues en los movimientos del corazón que logra con su obra la imaginación nunca entra en conflicto con la vida, pues ambas sustentan el secreto pulso que, con urgencia, alimenta con sus metáforas el significado latente de las palabras.
De todas las parcelas poéticamente emocionales que Rafael recorrió con su libérrima heterodoxia, la más singular creo que es aquella que se sirve y trata del concepto de “metamorfosis”, que es, a su vez, esa particularidad de la obra perezestradiana que nace en el luminoso camino de las revelaciones poéticas. Pero esta elección también necesita realizarse, ya que la obra de Pérez Estrada, aunque mantiene una serie de rasgos generales aplicables a toda su creación, es en sus bestiarios de seres y gemas, y, especialmente, en su angeología, donde desarrolla con una delicada proyección «metafísica» de lo mudable o híbrido una metamorfosis mística que hace de todo lo que acontece en el alma del ser humano una parte esencial de su explicación, no siempre desvelada aunque sí siempre intuida.
Como se ha venido señalando desde sus inicios, una de las características de la obra de Pérez Estrada es la ausencia de un género literario predominante, algo de lo que tampoco se salvarán sus temas, por lo que encontramos en sus diferentes libros una variedad de recursos estilísticos empleados con una nueva intención creadora e ilustrativa: la de hacer de la palabra expresión de un destino existencial.
Quizá la crítica ha venido a calificar en la obra de Rafael esa «simbiosis» entre géneros más como una coartada que como un género en sí mismo, en el que no existe independencia entre la forma expresiva y sus temas, pues, no son tanto la forma y los temas por separado lo que interviene en su creación, sino que lo que realmente caracteriza dicha obra de Pérez Estrada es cómo ésta se articula como una pieza compuesta de numerosos resortes.
Por ello, ciñéndonos a sus textos dedicados a las metamorfosis angeleológicas, éstos participan de los rasgos generales de su estilística, en el empleo de una brevedad aforística:
«Con el ángel caído empieza la gravedad»
o también cuando impregna esas pequeñas escenas morales de una vertiente colindante con el microrrelato:
«En Cornualles hay un manicomio de ángeles. Suaves almohadas apagan sus gritos»
e incluso cuando se adentra por terrenos discursivos difíciles de abordar por tener referentes culturales firmes y arraigados, como en el caso de esta parábola:
«Desde un balcón de altísimo vértigo un muchacho se esforzaba en demostrar que en realidad era un ángel. “Ahora veréis”, dijo, mientras se arrojaba al vacío. Al poco, el muchacho fallecía aplastado contra la uniformidad del asfalto. // Algunos dijeron que era un suicida, otros, por el contrario, que se trataba de un loco; y el teólogo, con voz aguda y de puntillas, aclaró que quizás fuese realmente un ángel. Añadiendo de inmediato: “Si así era, su pecado de obstentación y soberbia le ha hecho perecer y ahora es un ángel caído”».
Los ejemplos anteriores pueden completarse con otros muchos que responden a otras de las características de la obra de Pérez Estrada, como son aquellos que destacan por un marcado estilo erudito, o esos otros que se sirven de un desarrollo con características propias del discurso ensayístico, o tantos otros aspectos particulares que con un tratamiento imaginativo de la brevedad en sus “breberías” desarrolla su pensamiento poemático logrando siempre crear un efecto expresivo de "sorpresa" en todos sus escritos.
Sin embargo, el objetivo de mi comentario persigue alumbrar un mínimo de lo que necesitaría más espacio para poder aproximarnos a lo que considero un elemento primordial del sistema de pensamiento que subyace en las metamorfosis perezestradinanas.
En Cosmología esencial, antología de la obra de Pérez Estrada publicada en 2000, se establece que en 1985 se inicia en la trayectoria perezestradiana un período poético con Libro de horas que llega hasta La noche nos persigue, de 1992, donde según José Ángel Cilleruelo, su antólogo, «se descubren dos grandes líneas de su universo imaginativo: la del mundo físico (nubes, pájaros, flores, animales, piedras, paisajes...) y la del mundo metafísico (ángeles, sombras, espejos...)».
Si bien es verdad que hay que reconocerle su razón al analizar taxonómicamente este período en la obra de Pérez Estrada, marcado por esos temas o contenidos y por una inspiración que entra en diálogo con los antiguos tratados sapienciales del medioevo y el Renacimiento, incorporando un halo permanente de ilusión y de utopía como logro poético del intelecto, también creo entender que Pérez Estrada emplea esos temas o contenidos como vía para expresar un mundo metafórico propio, canalizando poéticamente por medio de ellos una “metafísica” de lo humano sirviéndose de los ángeles, gemas y bestiarios como una posibilidad simbólica real.
Pero profundizando con más detenimiento en lo que supone la capacidad de “metamorfoseación” de seres y cosas en la obra de Rafael, se aprecia que esa delimitación entre mundo físico y mundo metafísico no es estanca, pues todo ese discurso está regido por una tendencia mística superior a lo aparente, algo que hace de estos textos no ya un ejercicio en que lo estético es primordial, sino, por el contrario, un sistema de pensamiento moral que utiliza la estética como parte consustancial de su destino en el lenguaje. Para precisar brevemente esta idea, me centraré tomando como ejemplo la capacidad metamórfica que Pérez Estrada proyecta sobre su angeología y el sentido dual que otorga por medio de ella a la imaginación.
Si nos atenemos a unos mínimos datos históricos y culturales sobre el origen de la figura del "ángel", veremos que se remonta al zoroastrismo de la antigua Persia y que, a través de él, posteriormente se trasvasará al judaísmo desde el exilio en Babilonia, encontrándonos con la aparición de estos y esos otros ángeles, los "ángeles caídos", en otras tradiciones además del judaísmo, como en el cristianismo y en el islam.
Variados serán sus nombres y sus cualidades, desde el primitivo Metatrón, ángel que temía al amanecer, o Samael, ángel de la muerte, pasando por las interpretaciones de algunos textos esotéricos, que hacen que Jacob, después de luchar toda una noche contra un ángel caído y vencerlo, pase a convertirse en ángel y cambie su nombre por el de Israel.
Con múltiples nombres e interpretaciones de unas y otras culturas, la figura del ángel históricamente es la de un ser transformado por el orden del que procede, que es divivo y no terrenal, al contrario de lo que ocurre en la obra de Pérez Estrada, cuya capacidad de metamorfosear la realidad hace del ángel una figura existencializada, algo que también aplicará en cierto grado, aunque con otras matizaciones, al mundo animal, vegetal y mineral, como arrancándolo de un origen emanante de cierto sustrato panteísta.
Muestra de esto lo encontramos en versos como «No matarás a las nubes», donde se ofrece un paralelismo entre nubes y ángeles, lo que viene a significar lo mismo que “No matarás a los ángeles”, algo que posteriormente se nos dice en el mismo texto y que responde a lo que se denomina “norma 26 de los mandamientos vedas”, donde se establece: «Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible».
Ese “futuro posible” vendría a ejercitar una idea de transmutación o posibilidad evolutiva que recorriese la existencia de lo que es una nube hasta llegar a su estado superior en el que se encarnaría en un ángel. Sin embargo, a diferencia de los seres míticos, la angeología perezestradiana se proyecta sobre una carga prácticamente terrena de los ángeles, aplicándoles un sentido tan humano de la existencia que en el mismo poema anteriormente citado se identifica a un cementerio de nubes en el cielo, como ese «[…] lugar oculto, más allá de la luz de las estrellas, donde mueren los ángeles».
Para entender mejor tanto estas cualidades como sus limitaciones, en el poema “Especies” se nos ofrece una clasificación de las nubes y, por extensión, de los ángeles, reforzando la idea de que es en su sistema simbólico en el que se reflexiona y, de alguna forma, se reclama esa dimensión mítica del ser humano, en el que las nubes son, en primera instancia, estados embrionarios de lo que posteriormente serán ángeles. Esta teoría evolucionista angelical Pérez Estrada se la adjudica al matemático inglés Ralph Bryan Livermoore, quien clasifica y cataloga a estos seres crisálidos, futuros ejercicios de metamorfosis de una angeleología conocedora de unas leyes fijadas en la naturaleza imaginativa de los seres que el hombre puede llegar a ser.
Por medio de esta clasificación, Pérez Estrada desarrolla un juego de espejos en el que es fácil adivinar el objeto final: reconocer al ser humano como a un ser nuevo, material, pero no por ello menos posible.
«El hombre que sueñe con una nube será algún día arrebatado en carne mortal por los dioses», se nos dice en el poema “Cronicas”, lo que viene a significar que ese hombre arrebatado en carne mortal se hará de carne divina, como si se invirtieran los términos que sustentan la imagen del “ángel caído” para pasar a ser la imagen del “hombre ascendido”, pasándose de un ser tangible a otro con cierto aspecto dual, entre etéreo y material, entre humano y divino, entre concreto e indeterminado.
En un intento de acercarse más aún a esta visión mística, Rafael Pérez Estrada, en “Paisaje con nubes”, hace responsable al filósofo árabe Otsmen ben Yahya de que, encontrándose éste en ese estado indeterminado en el que «sueño y vigilia jugaban a las realidades desconcertantes, descubrió el doble decir de la palabra», a lo que denomina «sistema de las inversiones expectantes».
Ya no se nos introduce únicamente en la naturalidad corpórea de esos seres, sino que se los interpreta como un tipo de lenguaje, como ese “doble decir de la palabra” por medio de esa ley a la que denomina “sistema de las inversiones expectantes”, que es una cualidad más, un estado más que puede alcanzar a ser el ser humano, pues ya el ángel le resulta demasiado cercano a lo humano.
A partir de estas premisas, Pérez Estrada abre su abanico de posibilidades metamórficas entorno a la naturaleza de la “nube” que culminará y explicará en el poema “Paisajes con nubes”, contándonos la historia del poeta chino T’sea Shen-hsö, que descubrió algo inusual: una tarde contemplando «el cielo en calma de azules, se sintió inquieto. […] Entonces –dice– se me manifestó en una aparición celeste el sentido de lo poético». La imagen se completa cuando observa cómo dos nubes, una que viene por la izquierda y otra por la derecha se unen, y dice: «Y estando ya –en un lento viaje– frente a frente, el hermosísimo blanco de las nubes se fundió en uno solo. Fue en ese instante cuando entendí el valor de lo alto y de lo trascendente, y comprendí que detrás de todas las palabras hay otras palabras que tienen un sentido poético tan exacto que sólo la muerte puede desvelarnos su misterio». Así, de nuevo, y en este caso a través de las nubes, se nos viene a representar el estado inicial de la palabra, del lenguaje, reflexión que, a su vez, tiene connotaciones semíticas.
Pero, en un orden emocional nuevo, todo tiene cargas expresivas inauditas, por lo que ciertos seres adquirirán categorías representativas de otra realidad, como es el caso de los pájaros, que vienen no tanto a sustituir como a representar categorías de lo humano: «Pertenece la estructura del pájaro a la caída»; y tras este pensamiento no es difícil establecer un paralelismo entre la caída de este “pájaro” metafórico con la idea de la caída del ángel, puesto que un ángel caído es una instancia ya muy próxima al hombre. Después nos dirá «Bate sus alas el pájaro y cree volar», que es lo mismo que romper el encantamiento e intuir cómo el hombre “cree vivir”. Pensamiento filosófico que parece querer precisarnos cuando dice: «Se siente el pájaro en el efímero valor de la nube».
Como si ejercitase la ornitomancia, esa extraña técnica por la que en la antigüedad se atribuía a ciertas personas el poder de explicar el destino por medio de la interpretación del vuelo de las aves, Pérez Estrada nos pregunta: «¿Tiene conciencia el pájaro de los signos, símbolos y claves de su vuelo?». Cabría que nos preguntásemos que si en vez de “pájaro” entendiésemos “hombre” ¿acaso perdería profundidad esta pregunta o acaso incrementaría su significado?
Así son los movimientos del corazón que hacen que las cosas imaginadas no sean un peligro para las cosas vividas, porque así son las preguntas y las respuestas de un hombre llamado Rafael Pérez Estrada, que un día dejó escrito:
«He leído en mi propio diario: Escribir es el destino del hombre (el silencio, su cómplice), y ahora tengo miedo a dejar de escribir. Es la pasión la que nos sostiene. Cada astro es una letra componiendo un verbo difícil. Cada luz, un signo del cosmos. Morir quizá sea escribir la palabra muerte».
subir
Mayo 2009 ©