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Por Adrià Garriga Far

New York. Otra vez. Por fin. Han pasado quince años desde que estuve aquí por primera vez. Muchos cambios. He cambiado. New York también. Existe un gran vacío en el skyline de la gran manzana. Recuerdo como de insignificante me sentía cuando me paseaba con mi familia por las calles de Manhattan, esa primera vez. Ahora, en cambio, esa sensación ha desaparecido, en parte. Durante nuestra infancia, tendemos a magnificar los entornos que nos rodean. Todo nos parece amplio y espacioso. Ya de mayores, volvemos a los lugares donde pasamos parte de los primeros años de nuestras vida y vemos como esas grandes distancias nos parecen más alcanzables.

Me hospedo cerca de Harlem. Pasé los primeros días de mi espontáneo viaje al otro lado del Atlántico en un hotel muy bien situado, justo en la esquina entre la 5ª avenida y la calle 28. Venero al inventor de la nomenclatura de las calles yorkers; así es imposible perder el sentido de la orientación. Puedo andar sin mapa y perderme… siempre sabré regresar. La localización céntrica de mi hotel me cansó rápidamente. Demasiado movimiento. Demasiados yuppies. Demasiados turistas. Demasiadas evidencias. Por ello, he decidido subirme hasta la 106, una zona más degradada e interesante. También he pasado de una habitación individual con cama doble y baño propio, a habitación de literas compartida con 3 tipos más, viajeros trotamundos de almas solitarias, con interesantes historias con quien compartir.
En la zona común del albergue, la gente suele agruparse según su nacionalidad. Algunos deambulan tímidamente, buscando conversación desesperadamente, después de haberse pasado muchas horas con la boca cerrada. Otros, más acostumbrados a estos ambientes mochileros, planifican donde van a ir esta noche en busca de alcohol y, seguramente, mujeres. No me apetece hablar con nadie ahora. He ocupado la mesa que queda al fondo. Ha sido una brillante idea comprar cerveza en el deli de al lado. Lástima que en este país, tomarse una y fumarse un cigarrillo en un lugar cerrado es misión imposible. Intento continuar el poema que me vino a la cabeza esta mañana mientras caminaba por la calle 20, más o menos por el número 454. “Por parajes polares te conduje. Tú sentías frío, yo, todo el calor del mundo. Quería seguir recto, que nos fusionáramos con el paisaje de fondo. Parar el coche en medio de la nada helada y resbalar en espiral, abrazados, para siempre; convertir nuestro beso en un fotograma en blanco y negro, eternizarnos en muñecos de nieve. Volví a la realidad al escuchar tus palabras: ‘es tarde, va a oscurecer… da media vuelta y volvamos a la autopista’. Entonces sentí el frío”. Hay demasiado ruido en la sala. Mi inspiración se ha estancado. Dejo de escribir, así que abro el Times Out, compilación semanal de eventos culturales de la gran ciudad.
La segunda fuente de ingresos de New York proviene de Broadway y sus musicales (¡por encima del turismo!). Ahora están en cartelera Chicago, Mamma Mia, El Fantasma de la Opera, La Bella y la Bestia, Billie Elliot - ¿qué hace un inglés en la gran manzana? – etc… Teniendo en cuenta los cuatro pavos que me quedan, estudiaré otra opción más interesante. Como no me apasiona el jazz, suspiro por encontrar un concierto de Yo la Tengo, Animal Collective o Interpol, mis bandas yorkers favoritas, cuya música me permite trasladarme unas cuantas dimensiones más allá, sin la ayuda de sustancias ilegales.
Los museos de New York han tenido la brillante idea de ofrecer sus salas para la realización de conciertos. Esta semana, The High Places, grupo emergente que mezcla guitarras tradicionales, percusión y samplers, actúa en el New Museum of Contemporary Art. Sin ir más lejos, el verano pasado Sigur Rós realizaron un concierto memorable en el MoMA. Algunas ciudades como Madrid deberían tomar nota sobre estas iniciativas, al haber permitido que sus salas de conciertos se hayan extinguido por completo.
Anita Baker, calificada como la reina del Rythm’n’Blues romántico de los 80 celebra, en el mítico Radio City Music Hall, el fin de semana de San Valentín. Entradas de 44 a 130 dólares. “Too much”, me digo. Me llama la atención el “Sounds like Brooklyn Music Festival”, que organiza la Brooklyn Academy of Music. Bonito nombre. Empiezo a babear cuando leo que mañana viernes, en el marco del festival, Clap Your Hands Say Yeah (CYHSY) dará un concierto en la Howard Golman Opera House. Nunca imaginé poder ver a este grupo, otro de los punteros  de la nueva escena indie de New York, en un teatro… y menos en Brooklyn. “Sólo” 20$. Como aquí no existe ni el Tel-entrada, ni el Ticktackticket, ni el ServiCaixa, ya no me acuerdo como se compraban las entradas antes de la existencia de estas taquillas online. Tengo que llamar al 7186364100 y preguntar si queda alguna. Son las 21 y la oficina cierra a las 18. Esperaré a mañana. Justo llega Cayo, uno de los compañeros de habitación con el que me une cierta afinidad. Viene de Brasil, aunque creo que me comentó que vivía en Pensilvania. Me cuesta mantener la conversación, cambia de tema deliberadamente y me pierdo…

Viernes. Mis pantalones de no-pitillo y yo nos dirigimos a Brooklyn. Cuesta de creer que pude conseguir la última entrada para el concierto de CYHSY. El metro cruza el puente de Manhattan para llegar al otro lado del Río Este. Gente variopinta llena el vagón. Lo que más me gusta de esta ciudad es que uno puede pasar del todo inadvertido. Llego a la Brooklyn Academy of Music media hora antes de que empiece a tocar Chairlift, el grupo telonero. Me fumo dos pitillos largos antes entrar. Esta dosis de nicotina será suficiente para poder aguantar un buen par de horas sin fumar. Paseo por el hall del teatro. Me detengo en la tienda de merchandising. Camisetas interesantes pero demasiado caras. Entiendo que la dependienta dice que las chapas son gratis. Antes de empezar a llenarme los bolsillos de ellas, se lo pregunto otra vez con mi acento mediterráneo – un tanto tosco –, no sea que me meta en problemas.
Por fin me decido a entrar a la sala de butacas. Una acomodadora me dirige hasta mi asiento. El teatro, de arquitectura clásica y acústica adaptada para recitales de ópera, es fascinante. El recinto aún está medio vacío, pero a medida que se va llenando me percato de la heterogeneidad de la audiencia. Me esperaba estar rodeado de chavales medio anoréxicos con zapatillas deportivas, pantalones pitillo y gafas de pasta – look que ahora se lleva en el Soho, la zona más cool de la gran manzana y, seguramente, del mundo –. Para mi sorpresa, la media de edad del público es ostentosamente superior a la mía. Da gusto sentirse así, últimamente empezaba a tener complejo de padre en algunos de los antros que más frecuento. A pesar de que pueda parecer una contradicción con lo que acabo de escribir, léase  que a primera vista, soy el único chaval del teatro que lleva barba.

Aún faltan diez minutos. Justo en los asientos que tengo delante se han sentado dos varones sacados de una de esas hermandades americanas, nombradas a partir del alfabeto griego. Además de ser totalmente imberbes, ambos llevan el mismo sello en el meñique de sus manos derechas. Me intriga saber si formarán parte de una secta… También pienso si estarán casados… idea que descarto al darme cuenta de que, a pesar de estar en la ciudad de la libertad, este derecho tan básico parece estar a años luz de sus ciudadanos. Finalmente, concluyo que los dos chicos se habrían casado en una hermandad mediante un ritual secreto y no oficial. Justo a su lado, aparece una chica que me recuerda a Mafalda, pero en rubio. Lleva flequillo largo y gafas de pasta, de esas tan grandes. Debe tener unos treinta. Me pregunto si se siente triste por asistir sola a un concierto de CYHSY en una noche como la de hoy, 13 de febrero… víspera de San Valentín, donde los enamorados suelen alquilar una limusina para pasear por New York bebiendo cava y prometiéndose un amor eterno que, conocedor de los tiempos que corren, seguramente no durará otro año más. Me cae bien la chica. Estoy convencido que conoce sitios interesantes, no al alcance de la mayoría de yorkers. Mis pensamientos se interrumpen cuando un speaker anuncia que a continuación el grupo de Brooklyn, Chairlift, va a empezar su concierto. También recuerda que cualquier grabación será considerada delito, así que decido esconder mi cámara, que estos americanos aún me encerrarían… más aún si me cachearan y se dieran cuenta que llevo metidas veinte chapas en los bolsillos, no lo comenté antes, pero al volver del baño, cogí un puñado más… El concierto empieza con una atmósfera tenue. El grupo es realmente bueno, una voz femenina angelical se mezcla con una guitarra oscura, una base de percusión suave y unos teclados con influencias un tanto psicodélicas. Sus canciones no son nada evidentes. Eso me gusta. La chica se desenvuelve con soltura, siguiendo el ritmo de la música con marcados movimientos de cuello.

Chairlift, gran descubrimiento; “bruises”, gran canción. Durante el breve descanso entre las dos bandas, el teatro se llena del todo. El speaker advierte otra vez las graves consecuencias que provocaría el hallazgo de un móvil o una cámara de fotos en la sala. Finalmente, como si de un partido de la NBA se tratara, grita a todo pulmón “Ladies and gentlemen, Clap your hands say yeah!”. Y así, los artistas aparecen en el escenario. Alec empieza desafinando que da gusto. Tiene una voz realmente peculiar, muy aguda… Me pregunto si tendré jaqueca cuando el concierto termine. A pesar del inicio titubeante, Alec recupera el tono rápidamente, cosa que es de agradecer. El grupo va mezclando canciones nuevas – es bueno saber que siguen componiendo – con los hits de sus primeros 2 EPs: “Satan said dance”, “Is this love?”, “The skin of my yellow country teeth”, “Over and over again” o mi favorita “In this home on ice”.

A pesar de la energía del grupo, el público está realmente frío, limitándose a aplaudir al final de cada tema. Me supone un gran esfuerzo permanecer quieto en el asiento. Me apetece levantarme y empezar a saltar al ritmo de la música desenfrenada. Ya en las últimas canciones, sucede lo peor… Parte de la audiencia empieza a desfilar antes de tiempo. Empiezo a estresarme. No puedo concentrarme en el concierto con tanto movimiento. La gente es realmente maleducada. El mundo se me cae encima cuando la “ex-Mafalda rubia”, a pesar de mis augurios, también desaparece antes que termine el concierto. Seguramente habrá quedado con su novio para dar una vuelta por la ciudad en limusina. El recital termina y a penas me queda energía para aplaudir. Es la primera vez que asisto a un evento de este tipo y me disperso tanto. Qué lástima. Supongo que en esta ciudad las cosas suceden tan deprisa que la gente no tiene tiempo ni de permanecer quieta en un asiento, un par de horas, hasta que el espectáculo haya terminado.

Así que me despido de la Howard Gilman Opera House con un sabor agridulce. Voy recorriendo las calles para volver al albergue en mi última noche en New York. Aparece dentro de mí cierta melancolía. No me importa pensar que ando por la calle 7 y tengo que llegar hasta la 106. No me importa sentir como el frío polar que invade esta noche la gran ciudad azota mi cara. No me importa pensar que hoy a penas he gesticulado ninguna palabra con nadie. Me veo en el reflejo de un rascacielos. No soy yo… es un chaval de 15 años que se siente insignificante ante tanta inmensidad. El viento me recuerda el paso del tiempo… últimamente las cosas van y vienen a velocidades vertiginosas. Con las manos en los bolsillos, la izquierda me advierte del trozo de papel que he encontrado esta tarde encima de mi almohada. La abro. “Maybe one day we cross again. Nice to meet you, Cayo  (xxx@xx.com)”. La doblo y me la guardo otra vez en el bolsillo del abrigo.
Llego por fin a mi habitación. Agotado, caigo redondo a mi cama…

 

 

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