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Los beatniks, la versión estadounidense del anarquismo.
Por Raúl Muniente Sariñena
Cuanto más viajas, más tonto te vuelves.
Lao-Tsé
Ya no sorprende encontrarse por las plazas barcelonesas a viajeros veinteañeros estadounidenses poco arreglados, tomando un café, apuntando notas en su libreta Moleskine y haciendo uso del wi-fi en su Mac. Podríamos considerarlos, la última muestra de la generación beat.

En plena Guerra Fría entre los Imperios estadounidense y soviético, los soviéticos se adelantaron en la carrera espacial al poner en órbita al satélite Sputnik. Mientras tanto, en Estados Unidos, las voces insatisfechas con la filosofía que implantaba su imperio se canalizaban de diferentes maneras. Algunos intelectuales estaban, trágicamente, a favor del Imperio rival, el soviético. Si tenían poder, se hacían espías, si no lo tenían, se dedicaban a la escritura de ciencia ficción. Otros, por el contrario, no lo tenían tan claro. Es ahí donde surgen las escandalosas obras y vidas de Jack Kerouac, Ginsberg y compañía y con ellos la Generación Beat. Lo de Beatnik vino acuñado por un prestigioso periodista del New York Times, que los comparaba con el Sputnik, en la medida en que su depravado ejemplo minaba la moral a la juventud a la hora de la defensa de los intereses imperiales estadounidenses. Así pues, desde la URSS, no se vería con malos ojos el éxito de los beatniks en Estados Unidos –ahí tenemos a los puñeteros jóvenes pacifistas antivietnamitas–, si bien se contemplaba con horror la posibilidad de que los, por así decirlo, ideales beats, penetraran en la estepa. 
La idea sería clara y meridiana, el anarquismo y sus sucedáneos, como pueda ser el beatnikismo, serían virus o patatas calientes que unas naciones intentan alojar en las otras para debilitarlas. Es entonces comprensible que los chicos beat fueran comparados con el satélite soviético. Comparamos a los beatniks con los anarquistas porque podemos aplicar las críticas que hace Marx a Bakunin y al anarquismo en su obra: "La miseria de la filosofía". Estas críticas de Marx para con el movimiento anarquista son perfectamente entendidas y asimiladas por Joseph Heath y Andrew Potter en su reciente Rebelarse vende: el negocio de la contracultura. La crítica a Kerouac y Ginsberg y a sus continuadores ideológicos –Pink Floyd, The Beatles, Kurt Cobain– desde las posiciones de Marx y los muchachos de Rebelarse Vende es la siguiente: la solución individual respecto a la dramática desigualdad que produce el capitalismo no contribuye sino a reforzar al capital, el cual no tiene ningún problema en fagocitar cualquier movimiento llorón.

Nadie discute la sinceridad de los sentimientos de un Kurt Cobain, que consecuente con sus principios, acaba suicidándose en el momento en el que se convierte en lo que siempre había odiado. El problema radicaría en que Kurt nunca tuvo oportunidad en la escuela de interiorizar el mito faústico, según el cual, para llegar al bien hay que hacer el mal, y viceversa. Esa es precisamente la conexión entre la generación beat y el anarquismo. Ambos son gente del buen rollo y han descartado, ombliguistamente, entrar al trapo del sistema capitalista y combatirlo con las mismas armas: la conspiración. Es a partir de esta renuncia a conspirar, a partir de esta renuncia a una valoración realista de la potencia del enemigo, en torno a la cual se teje todo un mapa ideológico marcado por el berrinche, la neurosis y la inevitable melancolía final. Otro ejemplo lo tendríamos en todas las obras de marxistas europeos, obras marcadas por el signo del perdedor, por la huella de las diferentes derrotas de los partidos comunistas de cada país del viejo Mundo.
Los chicos beats hacían de todo: pegarse, hablar por los codos, practicar el coito con adolescentes, ancianos y animales, drogarse en cantidades industriales, fumar, viajar sin destino. Hacían de todo, excepto construir un discurso afirmativo alternativo al dominante.
Eso mismo, en su versión más puritana, creemos que hacen los estadounidenses mal arreglados, merodeadores en Europa. Desprecian su imperio depredador anglosajón, pero, en lugar de adscribirse a una plataforma política concreta alternativa –como pueda ser China, Rusia o la Comunidad Hispánica– dedican su vida a la exaltación de su propia insatisfacción, como si la indignación fuera un valor por sí mismo. No andaba muy desencaminado el siempre agudo Carlos Marx, cuando dijo aquello de que "los anarquistas son gente con corazón en un mundo sin corazón". Sería perfectamente aplicable a los alegres muchachos de la generación Beat y sus sucedáneos grunge y americanos con Mac y Moleskine que pueblan nuestras plazas.

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Marzo-abril 2009
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