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Por Carmen Ortega Chamorro


“En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
–La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
– ¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
–Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla".

Don Quijote, harto de su vida contemplativa y fuertemente influenciado por sus novelas de caballería, decide emprender un camino. No hay destino, no hay prisas, no hay razones… El camino cobra sentido absoluto y es en él donde ocurren las cosas. El final no importa, es más, se evita. Lo que acontece en ese caminar y los elementos que van apareciendo a lo largo del trayecto son motivo del más aventurero interés y de las más variopintas interpretaciones. Nosotros, al igual que el ingenioso hidalgo, también caminamos, pero ¿cómo son nuestros caminos? ¿Es nuestro caminar desinteresado o es obligatorio? ¿Disfrutamos hoy en día de esos caminos?
Sin duda, en la actualidad, el trayecto ha perdido importancia. Ya casi no importa el caminar, sino el hacia dónde se camina. Nuestros trayectos son matemáticos, son vectores con un origen, una dirección y un sentido definidos a priori. Basta con fijarse en la importancia que han adquirido los GPS en los últimos tiempos para saber que ya ni siquiera nos permitimos la posibilidad de perdernos y volver a retomar el rumbo. Ya no hay tiempo para eso. Y me pregunto… ¿cuál es el motivo de ese cambio? ¿Qué factores intervienen en esa conversión del caminar en un medio y nunca en un fin?
Podríamos explicar este cambio sacando a la palestra un término que cobra hoy en día una importancia vital: la velocidad. Velocidad no sólo física, sino también mental. No sólo los medios de transporte han adquirido rapidez en sus desplazamientos, también la han adquirido las personas que viajan dentro de ellos. Una rapidez impuesta que trastoca la percepción del camino, que eclipsa el placer de caminar y que convierte nuestros trayectos en meras líneas rectas ausentes de ornamentación. 
¿Qué provoca esta variación de nuestro caminar? Sin duda el cambio no se queda sólo en la manera en la que realizamos nuestros trayectos, sino también en la forma física de éstos. El camino cambia sus elementos, pero ¿de qué manera? ¿Cómo se trasforma al incorporarle esta velocidad vertiginosa?
Don Quijote iba montado en su caballo Rocinante. Los caballos van, a galope, a unos 18 kilómetros por hora como máximo. A esa velocidad la percepción de los elementos que van apareciendo a lo largo de un recorrido es mucho más minuciosa. No sólo hay tiempo de ver los molinos, sino que también hay tiempo de reinterpretarlos y convertirlos en gigantes, pero ¿qué pasaría si Don Quijote hubiera ido a 120 kilómetros por hora montado en un Mercedes? En ese caso habría habido molinos, pero habrían sido molinos instantáneos que habrían seguido siendo molinos; porque a 120 kilómetros por hora los molinos son molinos, los árboles son árboles y las gasolineras son gasolineras.

Esta percepción instantánea debida a la velocidad hace que, como hemos dicho, los elementos que nos vamos encontrando a lo largo del camino cambien. Ese cambio viene reflejado en el hecho de que la belleza de la forma pierde importancia. A la hora de crear arquitectura de carretera lo que verdaderamente importa es el símbolo. El símbolo, capaz de darnos su pretendida información de una manera rápida, acorde con la velocidad a la que se percibe. ¿En qué consisten esos símbolos? ¿Cómo se identifican?
Aparecen en nuestros trayectos tipologías edificatorias que, lejos de abogar por las bellas formas, se componen de elementos simples –a veces incluso ordinarios– en los que lo importante es comunicar de manera rápida una función y servir como un reclamo obviamente dirigido al que camina con los ojos puestos en un destino distinto.
Las gasolineras son un buen ejemplo. Compuestas por una marquesina –la cual es responsable de lanzar la información, no sólo a partir de su forma sino también a través de los grandes letreros que lleva incorporados– y una o dos naves de servicio se van repitiendo a lo largo del trayecto al más puro estilo pop art. Lo único que diferencia a unas de otras, y aquí nos encontramos con otro punto clave del paisaje de carretera, son los rótulos de las distintas compañías a las que pertenecen. Los rótulos, de esta forma, se convierten en el único elemento diferenciador a la vez que en un infalible reclamo, y por lo tanto terminan tomando más importancia que el propio edificio.
Robert Venturi apunta este hecho en su libro Aprendiendo de las Vegas. El hecho de la preeminencia de los rótulos sobre la forma de los edificios. Poniendo como ejemplo el Strip de Las Vegas, Venturi hace un estudio de la forma en que van apareciendo en él  los distintos tipos de edificaciones, de cómo dichas edificaciones están íntimamente relacionadas con la carretera y de cómo se nutren de sus grandes rótulos.
Parafraseando a Venturi, diremos que la arquitectura del Strip de Las Vegas es una arquitectura comercial, cuya escala es la de la autopista. Una arquitectura en la que el símbolo en el espacio es anterior a la forma en el espacio. Podríamos, pues,  definir el Strip de Las Vegas como un gran sistema de comunicación que va dirigido al tráfico de la vía rápida.

La arquitectura, tal y como la entendemos, se encuentra, entonces, en un segundo plano y la señal gráfica pasa a ser la arquitectura del paisaje. Las primeras imágenes que nos llegan cuando nos acercamos al Strip son las de los ostentosos e inmensos rótulos situados a pie de carretera, que compiten entre ellos y que nos gritan a viva voz las funciones de los edificios a los que sirven de antesala. Pero, ¿cómo es la arquitectura tras estos reclamos gigantes y luminosos? ¿En qué se refleja su proximidad a la carretera?
Al contrario de lo que suele ser usual, en los edificios del Strip los aparcamientos se sitúan en la entrada. Vastas explanadas llenas de vehículos son el segundo gran reclamo de esta arquitectura.  El aparcamiento, espacio que suele ser camuflado por su escaso valor arquitectónico, en este caso cobra especial importancia. Aporta tranquilidad para el que llega en su coche, dejando de lado la posible cuestión de si podrá o no dejarlo en un sitio seguro.
Tras la inmensa selva de señales gráficas y tras esta nueva concepción de aparcamiento se dejan ver, por fin, los edificios. Y en éstos también se producen cambios. Cambios de nuevo debidos a la velocidad a la que son percibidos. Las fachadas principales, protagonistas indiscutibles de la arquitectura a la que estamos habituados, ceden su importancia a las laterales, por el hecho de ser las primeras que observamos desde la autopista y las que se ven durante más tiempo desde ella. Las fachadas traseras, cedidas al vasto desierto, ya poco o nada importan. La orientación de las edificaciones, fuera de responder a un estricto ordenamiento urbano, suele tener cierta inclinación hacia la carretera y existe normalmente una gran distancia entre los edificios, favoreciéndose con todo esto su visualización desde la carretera.
En definitiva, el Strip de Las Vegas es una línea en medio del desierto que crece a 120 kilómetros por hora, rebosante de símbolos y señales y en la que la arquitectura adquiere un nuevo y sorprendente papel: la cesión de sus formas a la velocidad.
Sin duda la velocidad de nuestras vidas y de nuestros medios de transporte seguirá in crescendo y la posibilidad de ralentizar los recorridos está lejos de ser una opción en el camino. Así pues y sabiendo esto, ¿es ésta una forma correcta de proyectar las arquitecturas de carretera? ¿Es bueno el símbolo como respuesta a nuestra excesiva velocidad? En caso de no serlo, ¿tendríamos que reinventar una nueva manera de intervención  o bastaría con realizar operaciones de cirugía estética que mejoraran lo ya establecido?  ¿Cómo percibiría Don Quijote esta arquitectura? Quizás la combinación de molinos y rótulos, lejos de haber sido interpretada como un sinfín de gigantes, habría ayudado a nuestro hidalgo a encontrar el amor de su Dulcinea…

 

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