El anhelo del segundo
Por Sonia Antón Ríos
“Caminaba con un amigo por una calle llena de coches, semáforos y cláxones. Las luces de la ciudad empezaban a confundirse, a luchar unas con otras reclamando el protagonismo que el atardecer les iba cediendo. Nos detuvimos en un paso de cebra. Lo que ocurrió no sabría decir si sucedió antes o después de los impactos. Recuerdo que mientras esperábamos comencé a sentir que los edificios giraban a mí alrededor y las luces se mezclaban con los sonidos. De pronto, todo aquello cesó. Miré fijamente al bloque de pisos que tenía enfrente. Era enorme, cientos de balcones anunciaban las vidas que escondían tras de sí. Centré mi atención en uno de ellos. Allí, en aquella pequeña terraza había una jaula con un canario, un canario enorme y brillante, y me pregunté como era posible que pudiera escuchar su canto. Pero cada uno de los balcones poseía un canario idéntico. Y en ese momento comenzaron a cantar atronadoramente. Giré la vista en derredor, ¿es que nadie los oía? ¿Me estaba volviendo loco? Todo fue, desde ese momento, muy rápido. No podía respirar, me tapaba los oídos y las lágrimas que acudían a mis ojos pedían una explicación. Mi amigo me miraba desorbitado y espantado ante mi extraño comportamiento. Por sus gestos me daba cuenta de que me hablaba, o me gritaba, pero no oía nada, sólo a esos malditos pájaros enjaulados, cientos, encerrados en el panal de ladrillo. Creo que fue después cuando sentí dos golpes en mi cabeza. Primero uno y después otro”.
Con este desasosiego me narraba Basilio cómo comenzó.
Conocí a Héctor Basilio hace unos dos años y desde entonces ha venido a mi consulta dos veces al mes. Siempre me he preguntado por qué empezó a venir. Aparentemente no tenía ningún problema que requiriese un especialista, creo que sencillamente quería hablar con alguien que no fuera de su entorno. Hasta hace unos meses era muy fácil describir cómo es Basilio, ahora mismo imagino que es sólo diferente. Era una persona agradable, trabajadora, sin complicaciones, las cosas le iban bien, nunca se preocupó más allá de lo que la vida le iba presentando. No se hacía grandes preguntas, solamente vivía el presente y se dejaba llevar por la corriente que arrastra los acontecimientos comunes de la vida, y lo sé porque su vida me la sé de memoria: se levanta a las siete menos cuarto, no le cuesta despertarse, desayuna después de haberse duchado y vestido con cualquiera de sus trajes, a las siete y diez está desayunando, café y dos magdalenas, y a las ocho y media sale a la calle. Coge el metro, la línea 2, y se baja dos paradas después donde está el colegio en el que da clases. A las 15 horas para a comer. A las 16 horas engancha en su otro trabajo, en una especie de oficina científica de no sé qué. Allí está hasta las ocho. Después se va a su casa. Se prepara la cena, llama por teléfono a su madre y a su hermano, lee, o ve la televisión y se acuesta sobre las doce, la única hora que no precisa del todo. Cuando tiene visita conmigo llega siempre a las ocho y cuatro minutos, pues la consulta está al lado de su trabajo. Los fines de semana se va al pueblo de sus padres que está muy cerca de la ciudad. Los viernes queda para ir al cine con su mejor amigo del colegio y los sábados para cenar. El resto del tiempo lo pasa trabajando, siempre se lleva trabajo los fines de semana. En dos años, esto es casi todo lo que me ha contado y, por tanto, lo que puedo decir. No creo que me haya ocultado nada, aunque, de todas maneras, he de confesar que no le conozco del todo bien, le envuelve un algo que no se puede describir y que él no me ha dejado ver, por decirlo de alguna manera. Algo que oculta o algo que él no sabe aún que oculta. Pero si soy sincero, en mis veinte años de profesión he aprendido que se necesita mucho de una persona para llegar a conocerla de verdad y aún con todo pienso que nunca nos llegamos a descubrir nosotros mismos, así que a los demás...
Otras cosas que puedo decir, que nació dos minutos después que su hermano mellizo Leonardo. Que fue un gran estudiante e incluso estuvo a punto de ganar varias becas, quedándose siempre a las puertas. Estudió filología e ingeniería. Y que estuvo a punto de casarse con su primera novia, Bibiana, de la que aún sigue enamorado. Una de las cosas que más le caracterizan son dos lunares idénticos en el centro de la frente, uno encima de otro.
Lo de la caída de Basilio en la calle, como he dicho, me lo dijo él mismo. Fue después de una, más o menos, larga recuperación en el hospital. Creo que hacía un mes que no le veía ni sabía nada de él. Recuerdo que vino un sábado de niebla, de esa niebla intensa que junta los lazos de la mañana con los del atardecer, la niebla que borra los contornos y las formas dejando sólo los resplandores de luz como en un cuadro puntillista.
Venía a despedirse, esa misma noche tomaba el avión y se iba al fin del mundo. De repente tenía mucha prisa, pero antes pude arrancarle algunas palabras, concretamente el porqué que era lo que más me interesaba. Así que se sentó concediéndome una última audiencia. “Me desperté dos días después en el hospital. En el hospital, durante la recuperación y muchas pruebas, me ha dado tiempo para pensar, creo que nunca había tenido tanto tiempo para hacer nada. Recuerdo que cuando era estudiante y trabajaba a la vez fui consciente de que no tenía ningún momento para pensar y descubrí que ese hecho sólo lo hacía en el transporte público. Allí rodeado de tanta gente encontraba el aislamiento y la soledad necesaria para hacerlo, en tonterías quizá, no sé. Pero también era una soledad muda y ahogada. Bueno, a lo que iba. En estos días he repasado mi vida, toda, de cabo a rabo. Y me he dado cuenta de algo tremendo y extraordinario a la vez. Algo que me llena de impotencia y, en cierto modo, me enfada”.
En este punto de la conversación advertí el cambio de Héctor. Hablaba entrecortadamente pero con decisión, no dudaba. Era como un inventor que tiene que convencer a un auditorio de su gran hallazgo. Se descubría competitivo y con mucha fuerza, preparándose para su gran aventura.
“¿Sabe qué fue aquello que impactó en mi cabeza? Dos ladrillos, dos, nada más y nada menos que dos. Se imagina que manera más absurda de morir habría sido. Dos ladrillos idénticos uno primero, y otro tras dos minutos, haciendo una curva perfecta e irreal porque la obra más cercana se encontraba detrás de mí pero a una distancia tan amplia que hacía imposible un hecho como aquel. Con el casi jocoso acontecimiento me dio por reflexionar sobre mi vulgar existencia. No, no se crea, he sido feliz y agraciado y por ello me siento agradecido, pero siempre se me han escapado cosas, siempre. En definitiva, en cada momento decisivo he sido el segundo, o si lo decimos de otra manera más sentenciosa, estoy marcado por el número dos”.
Le pedí perdón por echarme a reír e intenté alejarle de creencias supersticiosas que sólo lo estaban confundiendo. Al final siguió con sus ideas y yo casi le di la razón. Y era cierto, sucedía algo extraño: era mellizo, el segundo, nacido dos minutos después, había sido buen estudiante, siempre superado por alguno de su promoción, había nacido en febrero y tenía dos lunares en la frente. Claro que yo a esto le dije que también, y afortunadamente, tenía dos orejas, dos brazos, dos ojos... Pero él siguió con su doble retahíla, sobre todo referida a actos involuntarios en los que no había reparado. Y me puso ejemplos: “siempre digo dos veces adiós, siempre compro dos barras de pan, siendo yo solo en casa, tengo dos sofás amarillos, casi todos los modelos de pantalón, de jerséis, camisas y trajes los tengo por dos, los libros también y así un montón de cosas que habitan mi casa y en las que nunca había parado...” Actos en parte absurdos y en parte totalmente normales, pero que vistos en conjunto conformaban un universo compuesto por pequeñas moléculas pares, que formaban la vida de Basilio. Con todo, Héctor había llegado a una determinación y un deseo: quería ser el primero en algo. Y esta idea se había transformado en obsesión y en una nueva forma de entender todo lo que le rodeaba. Se podría decir que quería dejar de ver doble, si me permiten.
Su mirada se había llenado del brillo del que va a atravesar primero la meta. Pero él sabía que de momento era ilusorio, aún le quedaba mucho para llegar, para ser el primero. Héctor Basilio se disponía a encaminarse decididamente hacia su meta, hacia su duelo con el destino que le había relegado al segundo plano, a la división o multiplicación entre y por dos. Me contó que sabía, por un tío suyo al que llamaban el explorador, que hacía unos años existía un lugar en la tierra que aún no estaba explorado, ni si quiera nombrado. Le dije que eso era falso, imposible, que su tío se estaba mofando de él, que todo en esta vida está ya inventado y todos los lugares descubiertos. Sus ojos me enseñaron una gran desilusión al escuchar mis palabras, e incluso, enfado. Me di cuenta y me arrepentí de lo que había dicho. Basilio no quería saber que los reyes son los padres, por decirlo de la forma más explícita que en estos momentos, cuando estoy escribiendo todo lo que sucedió, encuentro. Cambié de tema tan rápido como pude y la tensión se desvaneció con la misma rapidez. En la despedida me dediqué a decirle lo típico: que tuviera cuidado, que cuando iba a volver, que si llevaba todo lo necesario, etc. Y así con una sonrisa infantil en los labios me dijo: “Adiós, Manuel, adiós”.
Paradójicamente lo que sentí cuando Basilio abandonó mi casa fue de haber estado hablando con una persona incompleta, sensación que nunca antes había tenido durante nuestras conversaciones. También pensé que aquello había sido un adiós definitivo. En mi cabeza se entrelazaban muchas cosas como si viera una película muda, y todas las escenas eran relacionadas con mi extraordinario paciente, desde que lo conocí hasta esa visita del sábado por la tarde. Sin duda, él se había ido con un símbolo en la cabeza: el número dos. Y yo me quedé con otro: el panal de canarios enjaulados. Imagen ésta que se me ha quedado grabada como si yo mismo la hubiera vivido. Acaso todos la hemos vivido. Y sin embargo, y esto me hace gracia, Héctor creo que, en principio, no fue consciente de ello, pero, y a pesar de todo, aquella visión le cambiaría su forma de ser y de entender el mundo.
Una de las últimas noticias que tuve de él fue una extensa carta, sellada aquí mismo en esta ciudad, dos días antes de que yo la recibiera. En ella me contaba casi todo lo referente a su viaje, a su doble viaje. Cuando la leí me lo imaginé ahí sentado como tantas tardes, pero esta vez mirándome a los ojos. Qué decir de su experiencia, mejor será que lo lean ustedes.
“Estimado Manuel.
Como ve sigo vivo y estoy bien. Sigo siendo el mismo y diferente al mismo tiempo. Quizá he crecido, no sé, esto se lo dejo a usted que es el que más sabe de estas cosas. ¿Ahora? No sé, supongo que debo abrir las jaulas.
Desde la distancia a aquellos días puedo decir que he sufrido y también he sido muy feliz. Aquí le cuento, de comienzo a fin, cómo fue mi especial búsqueda.
Al principio no fue nada fácil. La mayor parte del tiempo creo que pequé de novato, es decir, no pensé donde me metía, o puede que no quisiera saberlo. Me guié por un impulso, un impulso que casi me mata de hambre, ya que mis provisiones de alimento se descubrieron en seguida como precarias y raquíticas, así que no sé cómo no me he envenenado más de una vez experimentando con todo tipo de plantas. El agotamiento físico y el hambre hicieron merma en mi estado de salud inmediatamente. Aún así pienso que hallé lo que buscaba, y no era, precisamente lo que buscaba, me entiendes, no sé si me explico bien, en fin, da igual.
Seguí las indicaciones de mi tío y tras llegar a las zonas de las grandes ciudades me encaminé hacia el este, siempre en contra de la civilización, esquivando las multitudes y los pequeños poblados hasta que dejé de encontrar gente por los caminos y de oír lenguas que me distrajesen de mis pensamientos y mis pasos. Seguí una gran senda paralela a un río hasta que esta se borró bajo mis pies, hasta que las huellas de mis pasos comenzaron a crear el nuevo camino. Sabía que aún me quedaba mucho por hacer, y seguí sin descanso. Atravesé una selva a la que nombré la selva de los Hombres Enanos, donde los insectos y los ruidos ocultos de la noche hicieron que desease al sol. Se sucedió una tierra yerma como la resaca de la humedad de la selva, y la llamé El desierto Tiramisú. A mi paso descubrí gran cantidad de plantas, accidentes y animales jamás vistos por mí, y por consiguiente tampoco por el hombre. A la flor azul de un sólo pétalo la llamé Lacónica, al árbol de hojas amarillas y espigadas lo nombré Salandro, a aquellas piedras que me seguían en el nuevo camino, alargadas como las hojas de un olivo, las llamé Olivanas. A los arbustos morados: Pensadores Cansados, al río: Robanton, a los acantilados del río: Los Tajos del Destino, y a las conocidas amapolas de las llanuras: Muasanamis, y a las llanuras: Tenues Espumas. Se convirtió en algo más que un juego, dar nombre a las cosas es como darles existencia, porque les otorgas el nombre que te lleva a reconocerlas. No sé si me explico bien. Todo esto me hizo recordar a Juan Ramón Jiménez que decía algo como: intelijencia dame el nombre exacto de las cosas. Pero tampoco este verso explicaría qué fue lo que me indujo a poner nombres a todo. Bueno, sí, fue porque no tenían nombre, porque las quería nombrar y no tenía medio. Buscaba que la inteligencia me regalara el nombre-esencia, libre de vestiduras, y esto si es Juan Ramón, libre de connotaciones y sobre avisos. Palabras puras como las cosas nuevas.
Después de muchos días y muchas penalidades, hambre y cansancio como antes te he contado, llegué, cómo no, a mi Y pitagórica. De nuevo me encontraba conmigo mismo, y tenía que decidir. En cada extremo, al final de cada brazo de la Y se encontraba una elevación del suelo, entre montaña y cerro. El camino hasta ellas era más largo de lo que parecía a simple vista. La vegetación iba aumentando en espesura y las laderas más altas eran de roca cortada y afilada. No supe elegir, así que lo dejé en manos del destino por última vez tirando una moneda al aire. Seguí hacia el sur. Me sentía antiguo, de otra época. Como los colonizadores de América, como los exploradores del Polo Sur, o los comerciantes de la Ruta de la Seda. Hechos históricos que realmente nunca me habían llamado la atención. Nunca me ha parecido Colón un descubridor, no se puede descubrir una tierra que ya está habitada, es estúpido y pretencioso. Sin embargo yo sabía que aquella zona estaba deshabitada, estaba seguro, llevaba dos meses sin ver un alma, ningún indicio me hablaba de civilización, ninguno. Yo era el primero, el primero. Yo había dado nombre a aquella tierra innominada. Gracias a mí existía aquel paisaje, por que mis ojos lo habían visto. Después lo proclamaría al mundo entero. Allí tras la tensión de la selva de los Hombres Enanos, el Tiramisú y después de las Tenues Espumas, se encuentra la tierra de... Epsilán. Así se llamaría: Epsilán.
Logré, no sin gran esfuerzo, llegar a la cima de la Géminis del Sur, de tal manera las bauticé. Atravesé la densidad de su falda y busqué los pocos favores de su roca afilada. Había sido una locura hacer este último tramo en mitad de la noche oscura, pero no podía parar justo en ese momento. La noche no me rendía. Necesitaba sentir el aire tibio del triunfo, del primogénito. Y lo sentí en mi rostro al alba, lavándome la cara. Contemplé la belleza de Epsilán, fue como descubrir de nuevo el oro, o el fuego. A mis pies se extendía aquella zona ya nombrada, aunque desconocida por el mundo y por el ruido, Epsilán. Me gustaba repetir el nuevo nombre de la nueva tierra, Epsilán.
Pensé mucho. Estuve dos días allí arriba, con los ojos muy abiertos, aprendiéndome cada rincón y cada secreto del paisaje que me rodeaba. Como el único personaje de un cuadro romántico, como el monje frente al mar. Pensé en mi vida, en mi casa, mi trabajo y en mi familia. Intenté componer círculos que se cortasen pero casi no se tocaban. Mi vida, qué era mi vida, acaso difería mucho de la de un pájaro en la ciudad. Pero me negué a profundizar, estaba harto de mi mismo, llevaba sólo demasiado tiempo y no me soportaba ya a penas. Decidí no pensar, no quería estropearme aquel momento, además, he descubierto que hay cosas que es mejor no definir prematuramente, ya tendría tiempo.
El segundo día, la naturaleza me obsequió con la aurora más bella. La luz del sol regalaba a las cosas un brillo mágico que mudaba su color. Miré hacia la Géminis del Norte, realmente no la había prestado mucha atención. Lucía de manera especial, posiblemente fuese más alta y grande que la Sur. La miré atentamente, empecé a sentirme mal, aunque este sentimiento no sé si fue antes o después. Había algo que se movía con el viento, colores que bailaban alegremente dando la bienvenida al amanecer, y un poco más a la derecha había más, más colores ondeando, o lo que es lo mismo, media docena de banderas. No una, sino más...
Me eché a reír, y a reír, y a reír, me dolía todo el cuerpo pero no podía parar. Y el eco me devolvía las carcajadas como bofetadas. Y me sentí como quien descubre un secreto que todo el mundo conoce, como colonizar una tierra habitada”.
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Marzo-abril 2009 ©