El hombre que quería ser Harry Dean Stanton
Por Laia López Manrique
Siempre quise ser un hombre perdido, un hombre roto. Alguien que una mala noche bascula su vida y entorna los ojos con una mueca atroz, desesperada. Alguien que sufre en la opacidad de su celda, que se irrita por la calle, que mide las líneas de sus manos con temor, que vuela y se oculta en nidos infectos a plena luz del día y se retuerce en la culpa por un pecado insalvable de juventud. Mi vida como una superficie altamente inflamable, cubierta de rasguños, de fisuras que se hunden en mí descubriendo mi dolor, dejándolo a la intemperie. Un hombre que deambula sin tregua y recorre medio mundo en busca de su ración de hambre. Alguien que se busca y busca en los otros el daño como quien investiga huellas dactilares en el hipotético lugar del crimen. Un cuerpo al agua, un prófugo, un caminante sucio y reactivo. Como Harry Dean Stanton en la primera escena de París, Texas, uno de mis posibles ideales. Sin duda, me gustaría habitar esa escena como una guarida para el futuro. Vestir la misma gorra roja, el traje abierto y manchado de polvo, la misma barba sobre la piel grasienta, la mirada caída suavemente hacia abajo, tropezando con dos huecos de carne porosa y hojaldrada. Ser ese hombre, ese mismo hombre que se equivocó una vez y ahora regresa, con paso audaz, a través de honduras, raíles, llanos, carreteras abrasadas por el sol, desiertos donde escasea la hierba y donde, cuando cae la lluvia, la tierra, en lugar de limpiarse, se ensucia y se reblandece.
Pero la mala suerte quiso que yo fuera un hombre feliz, innecesariamente feliz y sedentario. Como un perro adiestrado, no conozco otro camino que el que me lleva a casa. Jamás he transitado por lugar alguno, jamás he dejado que el eco abismal de mis propias zancadas me transporte a sitios desconocidos o peligrosos. Jamás me he equivocado, ni he alzado la voz a nadie, ni he bebido absenta en tabernas de mala fama, ni he desmenuzado el pasado con la hiriente precisión de un cirujano. No hay pasado que explorar en mí. Estoy cómodamente instalado en la vida, en mi céntrica casa poblada de libros, de comida caliente, de holgura a fin de mes, de discos de culto, figuras de cerámica y carátulas de películas antiguas. Solamente a través de la soledad me comunico con Harry Dean y su personaje desarraigado, y cada noche, a eso de las once y media, ensayo torpemente su pose ante un espejo pardo que me devuelve, con mofa, mi reflejo burgués y su insoportable y estática simetría.
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Marzo-abril 2009 ©