La casita de cartón
Por José Ramón Huidobro
Ya llego a mi casita de cartón
un semáforo menos
para abrigarme
Estoy a dos calles del punto de encuentro cuando un hombre se me acerca. Lleva una cazadora de cuero negra y una bolsa de deporte, pequeña de color rojo, colgada del brazo. Se dirige a mí y yo me detengo. Me dice que es inmigranto, o algo así. Tiene un bigote muy negro y frondoso. Espero que me pida dinero, pero no lo hace. Parece ruso. Me repite varias veces “caratas”. Yo le miro fijamente y él continúa: caratas, gran placo. Gesticula con la mano. Hace un redondel. Lo cierra y traza una línea con el dedo. Estrada, estrada. Me clava sus ojos y espera la respuesta. Estamos al lado de una plaza. No creo que se refiera a ella. Está a la vista. Sigue: carota, inmigranto y señala el estómago con las yemas de los dedos. Se da unos golpecitos. Después junta el pulgar con el resto de las falanges y se los lleva a la boca. No hay duda que pregunta por Cáritas. La memoria fotográfica me revela un sitio que tal vez pueda ser. Le digo que me siga. Camino deprisa. A los lados hay muchos restaurantes. Hacen cola para entrar. Acelero más. Me excuso. Paso por el bar. Veo a mis amigos. Ellos no se dan cuenta. Doblo la esquina y ahí está: la rampa, la puerta. Me he equivocado. Lo intenta de nuevo: placo, gran estrada y extiende el índice hacia el horizonte. Asocio la estrada a la calle Princesa. Cambia de términos: polizia, militari. Yo trabajé en esa zona. Había una comisaría y un cuartel. Cáritas estaba por allí, pero no sé su ubicación, con exactitud.
Quiero acabar con la situación. Ya no sé qué hacer, qué decir. No soporto la idea de que aquel hombre no cene. Por mi culpa no será. No hay policías a la vista para preguntar. Nunca los hay cuando los necesito. Cruzamos Princesa y paro a las personas para pedirles ayuda. Unas señoras de edad me contestan que ellas no saben nada de nada y salen despavoridas. Estoy a punto de tirar la toalla. Él me dice placo, senato, palazio, parko. Fija sus ojos en los míos. Se agarra a un clavo ardiendo. Desde el principio tenía un as guardado. Al principio pensé en él pero no quería utilizarlo. Es el camino inverso a mi casa, de donde vengo. Suelo caminar y me fijo en los detalles. Aunque a veces me confunda o actúe con efectos retardados. Él lo tiene claro y ahora yo: el Senado, el Palacio Real y el Parque de Atenas. Es ahí donde quiere llegar. Le acompaño hasta que consigue orientarse. Regresamos al punto de partida. Me da las gracias. Me lo dice de corazón. Meto la mano en mi bolsillo y se la extiendo con las monedas que tengo. Hace un ademán de no aceptarlas. Insisto. Le deseo suerte. Cruza rápido el paso de cebra. Le sigo con la vista. Sabe por donde va. Vuelvo hacia el bar y les cuento exactamente lo que me ha pasado.
Me escuchan con atención. Son Manuel, mi amigo, y Luis, con su mujer. Se acaban de casar. Luis es juez y conoce desde la infancia a Manuel. Han regresado de su viaje de novios: un crucero por las islas griegas. Dicen que lo han pasado muy bien y que el barco tenía doce pisos. Estuvieron en un camarote minúsculo. Luis bromea y lo compara con el zulo donde estuvo Ortega Lara. Todo el viaje se lo pasaron comiendo y durmiendo. Nunca habían visto tanta comida. Daban vueltas y vueltas por cubierta. Se sabían las caras de memoria. La tripulación y los camareros eran filipinos. Bailaban la Macarena entre plato y plato. Se hicieron amigos de otra pareja. Así sucedió la luna de
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miel. Ana no aporta casi nada. Le mira atentamente. No sé en qué trabaja, ni le voy a preguntar. Es más joven. Cuando habla lo hace en un tono entre estridente y ronco. No es fea ni es guapa. Lleva un vestido que parece de fiesta pero que no llega a serlo. Luis calza mocasines. Viste una camisa de rayas finas y cuello apretado. Su voz es grave. Tiene un aire a Jack Lemmon. Es muy simpático, sin querer serlo. Durante muchos años preparó la oposición a la judicatura y la consiguió. Acaricia la mano de Ana. Nos dice que quién le iba a decir que se iba a casar. Le brillan los labios, como si se los hubiera impregnado con vaselina.
–¿Te acuerdas de aquellas amigas tuyas de la facultad? -Se dirige a Manuel.
–Isabel y Florita. Le responde.
–Nosotros éramos como dos osos de peluche. Las mujeres no nos deseaban.
–¿Y aquella vez que fuimos a Azuaga? ¿Te acuerdas? Había una chica inmensa.
Era la mujer más gorda que he visto nunca.
Manuel le dice que no se ponga a sacar trapos sucios. Luis continúa. Se ríe.
–Encima no hiciste nada con ella.
–Sí. Le di un beso en la boca y me dijo que por quién la había tomado. Manuel le pregunta por su padre. Luis responde que, la verdad, está muy jodido. Silencio. Aprovecha el momento para ocupar una mesa. Nos sentamos. El juez dice que le da pereza volver al trabajo. Le gustaría dejar lo penal. Por los turnos y porque se ven cosas duras. Ha pedido otra ronda. Pero ahora bebe Dyc. Le echa coca-cola y le da un buen sorbo.
–La sociedad está enferma. Se han perdido los valores. Sentencia.
Cuenta el caso de un viejo al que sus hijos le dejaron con una maleta en la calle. Me pone la mano en el hombro. Se alegra porque hay alguien a quien le preocupan las personas. Bebe deprisa. Entre frase y frase se lleva el vaso a los labios. Ahora se asemejan al charol.
Una semana antes de casarnos hice un levantamiento de cadáver. Ya no es necesario que lo haga un juez. Basta con que se desplace un forense. Pero esa noche me llamaron para avisarme de un supuesto suicidio. Un hombre se había arrojado a un tren a cien metros de mi casa. Llamé a mi compañera y le dije que iba yo. Un policía me fue a buscar. Le seguí por las vías. Era una noche sin luna. El haz de la linterna enfocaba las traviesas. Y apareció el cadáver. Por el camino me iba haciendo a la idea de lo que me iba a encontrar. Estaba de espaldas. Le rodeamos y nos encontramos con un cuerpo sobre uno de los raíles. Nunca había visto nada igual. No sabía que el cuello pudiera estirarse tanto. La cabeza le asomaba a la altura del codo. Los vagones le pasaron por encima y no se la pudieron separar.
Sin embargo, no fue eso lo que más le impactó. En un bolsillo de la camisa descubrió un cuadernillo de papel con anotaciones hechas a mano. En él explicaba que quería acabar con su vida. Pedía perdón a su mujer y a sus hijos. Les decía que no podía continuar.
Imploraba su comprensión y, sobre todo, que no le guardaran rencor. Había dispuesto que lo incineraran y arrojaran sus cenizas desde un puente sobre el río Cares, en el pueblo en el que nació. Luis le entregó aquella carta de suicida a su viuda. Ahora mira
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el fondo del vaso vacío y da por concluida su declaración. Sonríe. Repite que tiene suerte, mucha suerte. Ha encontrado a su esposa en aquella ciudad donde se va a establecer. Asegura que es feliz junto al mar, con alguien que le quiere de verdad. Ana está seria. Le toma de la mano y señala el reloj. Nos despedimos.
Es esa hora en la que el murmullo despierta a los vecinos. Las persianas y los cristales no son suficientes para aislarlos. Los taxis son luces rojas que pasan de largo. El suelo está mojado. Queda un largo trecho para mi habitación. Sólo tendría que seguir las huellas del ruso. La noche cíclica ha trazado unas coordenadas fijas para mí. El semáforo está en verde. Por detrás oigo a alguien que dice que ya queda menos para llegar a su casita de cartón. Es un mendigo que he visto en otras ocasiones. Le miro fijamente. Tiene la mitad del cuerpo atrofiado. Se apoya en una muleta y da grandes zancadas. Me adelanta. Grita a todo el mundo que le queda menos para dormir. Alcanza la otra acera. Debajo de un escaparate está su colchón. Las cajas desarmadas lo rodean. Abre un lateral. Lo cierra. Tiene una sábana y una manta. Están perfectamente estiradas. Me detengo a una distancia prudencial. Se ha sentado en una esquina del catre. Se quita las deportivas. Las coloca cuidadosamente en un rincón del cubículo. Abre la frazada y se introduce, victorioso, dentro de la cama. Cierra los ojos y me deja a oscuras en el laberinto de la ciudad.
José Ramón Huidobro (Madrid, 1966). Se licenció en Ciencias de la Información en la rama de Periodismo después de probar otras opciones fallidas como la de la carrera militar o las Ciencias Físicas. Ha viajado por América, África y Asia en períodos intermedios entre trabajos de toda índole. Publicó Africano en Ediciones Vitruvio, Los Amantes de Coriolis (Ediciones Amargord) y participó en la antología (No sólo) Palabras para la paz de la misma editorial. En 2007 ve la luz en Amargord Sleeping train, poética y fotografía de un viaje sin regreso a la India.
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Marzo-abril 2009 ©