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Terra incógnita
Por Miguel Baquero

A mí lo que de verdad me hubiera gustado ser, ahora que lo pienso, es explorador. Explorador y descubridor.
Situémonos: siglo XIX. Un tipo muy parecido a Livingstone, Speke o Stanley recorre el África misteriosa, una de las últimas regiones por explorar del planeta, en busca de las míticas fuentes del Nilo. Remontando el curso del río, tras muchos meses de fatigas y privaciones, sus ojos contemplan al fin unas enormes y rugientes cataratas, que en un primer momento está tentado de bautizar con el nombre de la soberana que en ese momento ocupa el trono del Reino Unido y de Irlanda: su Alteza Serenísima la reina Victoria I, emperatriz de la India. Aquel gran salto de agua estaba destinado a llamarse, pues, “cataratas Victoria”. Ya este explorador tan parecido a Speke, Stanley o Livingstone está dispuesto, brazo en alto, a proclamar solemnemente la denominación del lugar, cuando de pronto cae en la cuenta de que, si bien se asemeja a los anteriormente citados, nada en realidad le liga a la corona de Inglaterra y, sin animo de ofender a nadie, ni le va ni le viene la buena salud y muchos años que pueda reinar la monarca británica. En consideración a lo cual, carraspea y dice a los presentes: “Este lugar se llamará a partir de ahora las cataratas Paco, en homenaje a mi cuñado”. Y como cataratas Paco habrían de registrarse en los atlas de todo el mundo, no quedaba otro remedio. “Y esa corriente de agua que mana de allí, de entre esos juncos, se va a llamar el río José Luis”.
Y así también quedaría inscrito en los mapamundis.
Es hermoso, y honra, pese a todo, al ser humano, el que la mayoría de los accidentes geográficos del planeta conserven el nombre que, en su lengua, les otorgaron los aborígenes. Congracia un tanto con la especie homínida advertir esa justicia poética, homenaje último a los predecesores, aun tratándose de pueblos conquistados, que hace que se respeten sus palabras y éstas queden impregnadas, de manera irrevocable, al suelo del que un día fueron los primeros propietarios. Desde Manhattan, Michigan, los Appalaches; al Titicaca, el Chimborazo, el Aconcagua; y más allá al Serengeti, el Kalahari, el Limpopo, Krakatoa o Pao-Pao, en todo el globo se suceden y apretujan  los testimonios de tantas lenguas, innumerables idiomas, como en él se han producido. Aunque algunas ya hace siglos que hayan perdido a su último hablante.
Todo esto es muy hermoso; sin embargo, hay ocasiones en que los hombres, algunos hombres, llegan, arrasan y se ven obligados a bautizar de nuevo. Lamentable, como digo, pero, en fin, el mal ya está hecho y no hay manera de volver atrás; ahora ha llegado el momento de ponerle un nombre a toda esa superficie convertida en una tabula rasa. Aquí es donde los conquistadores, tan audaces, acostumbran a quedarse en blanco, de repente asustados y cohibidos por el enorme esfuerzo de tener que crear. “Ya está -exclama de pronto uno de ellos-; llamaremos a esta tierra Nueva Escocia”. “Qué buena idea, MacGregor, eres todo un poeta”, y le felicitan, con admiración sincera, los otros de la expedición.
Si aquellos viejos topónimos autóctonos, vestigios ancestrales, despiertan admiración, tantos “Nueva” como también pueblan el mundo, a mí al menos, me causan cierto sonrojo, por la escasa creatividad de los que impusieron el nombre.
De entre los territorios bautizados de nuevas, apenas si se salvan Venezuela, por ejemplo, Argentina, Pennsilvania… Rhode Island tampoco está mal. Otra cosa distinta es cuando el hombre no se apropia del territorio, sino que funda en él una nueva ciudad. Yo también hubiera querido ser colono, tener voz en este momento único en que, sin cargo de conciencia y con libertad plena, es hora de poner nombre a una futura ciudad. La cartografía demuestra, sin embargo, que pese al relajo, la alegría y la esperanza que se supone había de inundar a los fundadores, estos tampoco, a lo largo de la historia y a lo ancho del mapa, dieron muestras de mayor originalidad que quienes les despejaron el terreno. Porque ellos también, los colonos, parece que se hubieran quedado en blanco ante tan histórica circunstancia, como prueban la gran cantidad de Méridas, Trujillos, Guadalajaras, Parises, Londones y Amsterdams que aturullan los mapas.
Siempre he pensado que el atlas es la más completa expresión del genio humano, la más rica y políglota muestra de su historia, su carácter y aun sus miedos; sin embargo, a la vista de estos pequeños desmayos, uno no puede uno por menos de lamentarse: ¡cuanto más hermoso sería el mundo si la gente, en su momento, hubiera puesto un mínimo de interés! Ahora ya es tarde, de nada vale quejarse; estas cosas había que haberlas pensado antes. Porque yo comprendo que es difícil consensuar a los colonos para elegir el nombre de un asentamiento, que cada quien llevaría su denominación pensada, muchas veces musitada en sueños, y se resistiría a aceptar otra. “Siempre tomáis la decisión los mismos; ¿cuándo vais a dejarme a mí ponerle nombre a un poblado?”. “Pero Flaherty, comprenderás que llamar a una ciudad “Ambiciones”, como tú pretendes, no queda muy apropiado entre nosotros, cristianos metodistas”. Todo esto lo comprendo, como digo, pero aquellos colonos, por ejemplo, que se asentaron junto al cabo de Buena Esperanza, ¿tanta prisa tenían por fundar la ciudad, o tal pereza, que no se les ocurrió otra cosa que “Ciudad del Cabo”? Hombre, por Dios.
A mí me hubiera gustado ser explorador-navegante, circundar en mi barco una gran isla desconocido e ir poniendo nombre a los accidentes que surgieran al otro lado de mi catalejo. “Esa de ahí se llamará Ensenada del Terrón de Azúcar; ese golfo inscríbelo (tendría un escribano a mi lado) como Golfo del Amor Eterno (el escribano y la tripulación me mirarían un poco raro), ese río que ahí desemboca se llamará, espera, no me lo puedo creer…”. Río Nomelopuedocreer, apuntaría el escribano. Y un poco más adelante Punta de Eltimonseharroto, Cabo de Aymadre, Promontorio de Porpoco, Arrecife del Crujir de Huesos y finalmente Bahía de Uf.
Si yo hubiera sido explorador-descubridor-navegante, el atlas tendría ahora unos nombres más bonitos. Aunque eso, como todo, es cuestión de gustos.

 

 

 

 


 

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